Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 12FENNA
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Capítulo 12FENNA

FENNA

Llámame cuando aterrices, mi tesoro, para que sepa que estás bien. X

Eso es lo último que aparece en la pantalla cuando apago el teléfono, un mensaje de Yaya.

Es como si tuviera una especie de sexto sentido extraño para saber cuándo estoy a punto de embarcar, porque siempre parece ser la última persona que me manda un mensaje cuando me abrocho el cinturón.

He llegado al vuelo por los pelos debido al tráfico, al aparcamiento y a una mujer demasiado entusiasta del control de seguridad que parecía disfrutar muchísimo con un cacheo interminable.

El disfrute ha sido solo suyo. Como resultado, estoy sofocada y menos presentable de lo habitual, pero al menos estoy aquí, pienso mientras me aparto de la frente unos mechones de pelo oscuro pegados por el sudor.

Nunca había llevado el pelo tan corto desde los nueve años, cuando decidí que quería el mismo corte que mis primos Luis y Félix. Horroricé a mi abuela materna con aquel tupé corto y oscuro, pero Yaya y mi madre se limitaron a declarar que parecía una versión nicaragüense de Tintín .

Me paso las manos por los lados y luego por la nuca.

Tiene esa textura suave y erizada que no puedo dejar de tocar.

No tenía intención de hacerme nada tan radical, pero, cuando me senté en la silla, me invadieron unas ganas de cambiar y pensé: a la mierda.

Yaya tenía razón. Necesito ser atrevida, poner algo de pasión en mi vida, así que le dije a Izzy, mi peluquera, que me lo cortara todo.

Ahora solo me quedan unos mechones negros en la parte superior, peinados en un bonito tupé.

El avión tiembla bajo mis pies cuando los motores cobran vida y veo al hombrecillo de los enormes auriculares preparándose para ocupar su posición y agitar los banderines. De verdad que he llegado a este vuelo por los pelos.

—Buenas noches, señoras y señores. En nombre de United Airlines, es un placer darles la bienvenida a bordo del vuelo UA 1533 con destino a Santiago.

En estos momentos somos los terceros en la cola para despegar y esperamos estar en el aire dentro de aproximadamente siete minutos.

Les rogamos que se aseguren de llevar abrochados los cinturones de seguridad y de que todo el equipaje permanezca debajo del asiento que tienen delante.

—Al principio la voz me pasa por encima y apenas le presto atención.

Acumular demasiadas millas aéreas provoca eso.

Te vuelves inmune a los anuncios hasta que atraviesas una zona de turbulencias fuertes y entonces aguzas el oído. Pero conozco esa voz.

—También les rogamos que mantengan los asientos y las mesitas plegables en posición vertical durante el despegue.

Por favor, apaguen todos los dispositivos electrónicos personales, incluidos los ordenadores portátiles y los teléfonos móviles.

Está prohibido fumar durante todo el vuelo.

En unos instantes, nuestra tripulación de cabina recorrerá el avión para comprobar que todo esté preparado para el despegue.

Juraría que su voz me resulta familiar. Estiro el cuello hacia el pasillo para comprobar si ese pequeño cosquilleo de emoción que me burbujea en el estómago se debe a quien creo haber oído, pero no reconozco a nadie.

Hay dos mujeres de pie hacia la parte delantera del avión.

Una es rubia y la otra morena, ambas de unos veinticinco años, quizá, pero ninguna me resulta familiar.

Con unos movimientos tan sincronizados que deben de habérselos inculcado como si estuvieran en el ejército, las tripulantes de cabina nos muestran el protocolo de seguridad obligatorio al principio de cada vuelo y después rodamos hacia la pista principal.

Resignada a que mi mente me está jugando una mala pasada, vuelvo a acomodarme en el asiento.

Estoy demasiado cansada para darle vueltas a lo absurdo que ha sido hacerme ilusiones y, para ser justa, tampoco he tenido mucho tiempo durante los dos últimos meses para pensar siquiera en ella.

Primero estuvo la operación de la comunicación interauricular de Flora para cerrar el agujero de su corazón, que salió incluso mejor de lo esperado; después Yaya sufrió una caída.

Nada grave, pero le gusta mantenernos a todos en vilo.

Y luego está mi horario de trabajo, que se ha vuelto una auténtica locura.

No sé en qué momento me quedo dormida, pero me despierta otro anuncio.

Según el piloto, volamos a una altitud de crucero de 33 000 pies y deberíamos llegar a Santiago aproximadamente a las 06:20 de mañana...

Eso ya es otro día. Apenas vuelvo a cerrar los ojos cuando otro pitido me avisa de que todavía hay más.

—Como ha dicho el comandante, este es un vuelo nocturno, así que les ruego que se aseguren de bajar por completo las persianas de las ventanillas.

Soy Kristi, la jefa de cabina, y hoy me acompañan Karen, Amy, Chris y Phillipe, que atenderán a los pasajeros de clase turista, mientras...

—El anuncio continúa, pero no oigo ni una palabra más.

Kristi.

Me enderezo en el asiento y miro por encima de las cabezas de los demás pasajeros, intentando vislumbrar a la dueña de la voz que me ha emocionado tanto.

Al fondo del avión veo a una tercera mujer con un uniforme azul intenso, pero desde esta distancia ni siquiera distingo si es ella. ¿Es Kristi? ¿Mi Kristi?

De todos los vuelos posibles... ¿Qué probabilidades había de que volviéramos a coincidir en el mismo avión?

Esta debe de ser la tercera vez que hacemos la misma ruta, una como pasajeras y dos mientras ella trabajaba.

Estoy segura de que dijo que solo hacía rutas por Centroamérica.

Santiago queda muy lejos de su zona habitual.

¿Pasé a su lado al subir al avión sin ni siquiera verla?

Para ser justa, estaba bastante alterada.

¿Me ha reconocido? Llevo el pelo distinto. Instintivamente, levanto la mano hacia el nuevo corte tan corto y me pregunto si le gustará.

Las dos mujeres que vi antes avanzan por el pasillo, seguidas por la del uniforme azul intenso, que dedica una sonrisa radiante a cada pasajero junto al que pasa. Y es ella. Es Kristi.

Hoy está tan distinta que no me extraña no haberla reconocido al subir al avión.

Lleva el pelo, que estaba suelto cuando nos conocimos, recogido con fuerza en un moño bajo en la nuca.

Está impecable, igual que las otras dos mujeres a bordo.

El vestido está perfectamente planchado y parece hecho a medida para ella, ni demasiado ceñido ni demasiado holgado.

Queda muy lejos de los vaqueros rotos que llevaba antes.

Las zapatillas desgastadas han desaparecido, sustituidas por unos tacones negros relucientes que hacen que sus esbeltas piernas parezcan más largas de lo que recordaba.

Debería decirle algo, pero, a medida que se acerca, mi mente se queda en blanco.

¿Qué debería decir? ¿Qué le dices a la mujer con la que tuviste una aventura de una noche y a la que no has visto en meses?

Hola, ¿podemos convertirla en una aventura de dos noches, quizá?

O: disculpa, ¿podrías traerme un vaso de agua?

Y, ahora que me acuerdo, gracias por aquella noche tan maravillosa. ¿Podemos repetirla?

Quizá sea un poco atrevido para una conversación normal en mitad del pasillo.

Cada vez está más cerca y estoy empezando a entrar en pánico mientras intento averiguar cuál es la mejor forma de manejarlo.

La observo mirar al hombre que está sentado a mi lado y sonreírle antes de volverse hacia mí.

Durante un instante, me mira como si fuera una cara más entre la multitud, otra desconocida a la que atenderá durante las próximas horas.

Pero entonces se detiene, su mirada se encuentra con la mía y veo un destello de reconocimiento y sorpresa.

—¿Fenna? ¿Eres tú? —Una sonrisa radiante le ilumina el rostro. Se alegra de verdad de verme—. Me encanta tu pelo. Très chic. ¿Qué haces aquí?

—Te prometo que no te estoy acosando. He venido por trabajo.

Abre la boca para añadir algo, pero enseguida niega con la cabeza, como si se lo hubiera pensado mejor.

—Volveré a verte para que hablemos cuando terminemos este servicio, ¿vale?

Y, dicho eso, me aprieta el hombro y continúa hacia el fondo del avión.

Resulta extraño oír la voz de Kristi y verla así...

Es ella, pero al mismo tiempo no. Como si alguien hubiera apagado el interruptor de su personalidad y le hubiera instalado un programa de Stepford.

Debe de ser su voz de atención al cliente.

Mi hermana trabajó en una gasolinera durante la universidad y, a veces, cuando pasaba por allí a repostar, me recibía como si fuera una desconocida, con una sonrisa radiante y un alegre: «Buenos días, ¿qué desea?

», antes de darse cuenta de quién era y abandonar la actuación.

Entonces resultaba tan extraño como esto ahora.

Me pregunto cuánto tiempo pasará en Santiago.

Quizá podamos quedar y charlar mientras tomamos algo, o quizá...

¿Es desesperado y necesitado querer pasar otra noche con ella?

Sé que dijimos que sería cosa de una sola vez, pero eso fue entonces.

Si soy sincera, albergaba la esperanza secreta de que esto pudiera suceder, aunque solo como una fantasía.

He escrito mil mensajes para ella, pero nunca he reunido el valor necesario para ser atrevida y apasionada y pulsar el botón de enviar.

El simple hecho de saber que está aquí conmigo me provoca un ligero mareo de emoción y sonrío como una idiota mientras saco los documentos para trabajar un poco.

No hay ninguna posibilidad de que vuelva a dormirme.

Pasa bastante más de una hora antes de que vuelva a verla. Otra mujer más joven, con una sonrisa idéntica a la de Kristi, nos ha servido las bebidas. En ella no parece tan extraña, aunque quizá se deba simplemente a que no la conozco.