Capítulo 11KRISTI
KRISTI
Me agacho para coger la maleta de la cinta, tiro de ella para sacarla y hago una mueca ante el dolor que me recorre el cuerpo.
Mi abuela solía decir que la edad se te echa encima poco a poco, pero mis músculos están demostrando lo equivocada que estaba.
¿Poco a poco? Y una mierda. Tres días en el refugio ayudando a Diego a construir el nuevo bloque de perreras, una noche arrastrando por Centroamérica a una cirujana estética borracha (en realidad solo fueron unas cinco calles, pero parecieron muchas más) y otra noche de diversión muy activa con una cirujana preciosa y de lo más entusiasta han acabado conmigo.
Cuando tenía veintitantos podría haberlo hecho todo dos veces sin perder el ritmo, pero ya no tengo veinte años.
Estoy a punto de cumplir cuarenta y cuatro, por Dios.
Al menos de cuerpo. ¡Y quién iba a decir que todavía podía separar tanto las piernas, y durante tanto tiempo!
El tipo rechoncho y calvo que está a mi lado, con una camisa de manga corta demasiado ajustada, y al que clasificaría como viajero inexperto por su obsesión exagerada por ser el primero en recuperar la maleta, se me queda mirando.
Es una mirada extraña, la misma que le dedicarías a alguien si llevara una berenjena colgando de la fosa nasal izquierda.
O, al menos, la clase de mirada que imagino que le dedicarías.
No sé por qué me ha venido a la cabeza una berenjena, o quizá sí.
En fin... Como yo ya tengo mi maleta y él sigue sin la suya, me pregunto si sufrirá esa envidia por la recogida de equipajes que infecta a los hombres en los aeropuertos.
Pero entonces me doy cuenta de que probablemente sea mi expresión de boba lo que lo ha inquietado.
Aunque, si estuvieras reviviendo el momento en que una preciosa mujer de pelo oscuro te tenía tumbada boca arriba, con las manos en la cara interna de tus rodillas, separándotelas todavía más para poder lanzarse sobre ti y desatar su lengua como una especie de arma de asalto mortífera, te reto a no poner la misma cara de idiota.
Dios, solo pensar en su cara llena de ansia está volviendo a excitarme.
Saco de golpe el asa telescópica de la maleta y le sonrío como solo puede hacerlo una mujer que conoce el secreto de los orgasmos múltiples, un secreto que tú, mi pequeño amigo calvo, probablemente nunca conocerás, y salgo de la zona de recogida de equipajes con paso decidido, como si fuera la dueña del lugar.
Horas más tarde sigo comportándome como una jefa, ahora vestida con el chándal y blandiendo el cúter mientras desato todo mi poder contra el embalaje de cartón que tengo delante.
Llevo meses viviendo con la cocina destrozada, lo que tampoco supone un gran problema.
Cuando estoy en casa, rara vez cocino porque solo estoy yo.
¿Por qué se molesta siquiera en instalar una cocina nueva?
, seguro que estás pensando. Y sí, probablemente fuera un lugar extraño por donde empezar, pero quiero hacer algo que produzca un cambio visible y, sin llegar a derribar paredes, esto cumplía el objetivo sin salirse de los límites de mis capacidades para hacer reformas en casa.
Además, tengo una pequeña caja de herramientas con todo lo esencial: un destornillador inalámbrico, un taladro de 21 V, un cortador de azulejos y un juego de treinta y dos llaves combinadas que compré de oferta en el Ace de Tamarac Square.
Con todo eso puedo renovar una cocina, pero necesitaría una sierra de mesa, una amoladora angular y una clavadora inalámbrica DeWalt 20V MAX XR (créeme, es la que necesito, y lo sé porque llevo días babeando por ella) para hacer una reforma de verdad.
Corto el resistente cartón ondulado y aparto los separadores de espuma para liberar otra puerta de armario.
Después de retirar el revestimiento de plástico blanco, que es un auténtico fastidio, admiro el elegante acabado de alto brillo.
Elegí el gris, que combinaré con azulejos blancos satinados porque la cocina es lo bastante grande como para soportar esa combinación de colores.
O, al menos, eso fue lo que me dijo la mujer de Home Depot.
Resulta extraño permitirme sentir ilusión por instalar una cocina nueva, pero sé que no se trata de los armarios, ni de las puertas, ni siquiera de los azulejos.
Se trata de arrancar las cosas que pertenecieron a mi abuela, retirar las que tocó mi madre, traicionar sus recuerdos.
Sé que no es cierto porque hablé de algo parecido justo después de la muerte de mi madre.
Cuando murió, me negué a permitir que la abuela moviera nada.
Todo tenía que permanecer exactamente como estaba.
Ni su cepillo del pelo, ni su ropa, ni siquiera sus libros, que ella insistió en que debíamos llevarnos cuando dejamos nuestro apartamento de la ciudad para mudarnos aquí, a las afueras, con la abuela.
Cuando murió, sabía que no iba a regresar, que la había perdido para siempre, pero permitir que la abuela moviera sus cosas era como perder lo poco que todavía me quedaba de ella.
Ninguna conversación ni explicación racional iba a hacerme cambiar de opinión, al menos si procedía de mi abuela, así que me llevó a una terapeuta especializada en niños que habían perdido a sus padres.
—¿Dónde crees que está ahora tu madre? —me preguntó, y supe que la respuesta no era dentro de un cepillo del pelo, pero eso no era cierto respecto a todas sus cosas.
¿Cómo podía explicarle que estaba en todos aquellos libros que tanto amaba?
¿Que su voz seguía allí cuando yo leía las palabras?
¿Que todavía estaba en su vestido favorito, con su olor entretejido en la tela?
Pero, después de diez frustrantes semanas sin encontrar las palabras que necesitaba, mi rabia empezó a disminuir de forma natural y la abuela y yo llegamos a un acuerdo.
Lo guardaríamos todo en cajas y lo bajaríamos al sótano, pero bajo ninguna circunstancia tiraría nada, y no creo que lo hiciera nunca.
Digo que no lo creo porque, aunque preparamos juntas las primeras cajas, envolviendo las cosas en papel de seda para protegerlas, la abuela guardó muchas de las pertenencias de mi madre mientras yo estaba en el colegio y ahora hay un montón de cajas apiladas cuidadosamente en el sótano.
Unos meses después del funeral de la abuela, justo antes de empezar mi primer trabajo en la aerolínea, hice lo mismo con todas sus pertenencias personales, así que lo enterré todo junto bajo las habitaciones que una vez habíamos compartido.
Sin embargo, hasta hace poco no había cambiado nada más en la casa que heredé.
Sí, compré una cafetera nueva cuando la vieja fundió un fusible (salía más barato comprar otra que repararla) y pinté mi dormitorio porque eso estaba permitido, era mío.
Pero la casa entera era mía, los cinco dormitorios, cuatro de los cuales nunca pisaba, el salón, la cocina comedor, incluso la gran galería acristalada desde la que se veía el jardín trasero, un poco descuidado. Soy la guardiana de sus cosas.
Un grifo que goteaba en el mueble del lavabo del piso de arriba fue mi perdición.
Había estado tan ocupada y pasaba tanto tiempo fuera que no me había dado cuenta de la mancha marrón de humedad que se extendía y que, según me aseguró el fontanero, debía de llevar años creciendo.
El resultado fue el derrumbe parcial del techo y una cocina empapada.
Había llegado el momento de hacer algunos cambios.
Así que aquí estoy, con un chándal cubierto de polvo y una camiseta de tirantes enorme que estuvo de moda por última vez cuando yo era una niña pequeña, sacando partido a las habilidades para las reformas que he aprendido en el refugio.
Resulta que tengo buenas manos. Sonrío con suficiencia al pensar en anoche.
Sí, definitivamente tengo buenas manos. ¿Estará pensando Fenna lo mismo mientras estudia sus papeles para preparar otra operación?
O quizá no esté pensando en mí en absoluto, porque, si soy sincera, resulta extraño que yo piense en ella.
No soy ninguna golfa, entiéndeme, pero soy una mujer con necesidades, así que sí, de vez en cuando conozco a alguien que me gusta y nos divertimos de forma consensuada, pero ahí termina todo.
No hay segundas ni terceras citas, ni suspiros por lo que podría haber sido. Solo diversión.
Entonces, ¿por qué no puedo dejar de pensar en ella?