Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 10FENNA
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Capítulo 10FENNA

FENNA

Debería borrar su número y ya está. Tampoco es que vaya a escribirme.

No sé por qué se me ocurre eso ahora, mientras atravieso la zona de llegadas del aeropuerto de Denver, pero, por alguna razón, mientras busco a Yaya entre el mar de rostros, Kristi sigue ocupando todos mis pensamientos.

Encendí el teléfono en cuanto las ruedas tocaron la pista y descubrí que no tenía ni una sola notificación.

La decepción fue aplastante. Pero no sé por qué.

En el fondo sabía que no habría ningún mensaje, no de Kristi, porque solo había sido una aventura de una noche.

Nada más. Las posibilidades de que volvamos a vernos son casi nulas.

Pero, aun así... Quiero decir, ya habíamos coincidido una vez antes, en otro vuelo.

Así que quizá las posibilidades no sean realmente tan escasas.

Basta, Fenna, me reprendo mentalmente mientras intento tragarme esa pequeña esperanza de que quizá, solo quizá, esté pensando en mí o en lo que compartimos anoche.

—¡Fenna! ¡Cariño, aquí !

Oigo una voz conocida llamándome desde la multitud que espera y veo a una mujer diminuta sosteniendo un cartel que ya he visto muchísimas veces: ¡Fenna Vargas!

Siempre le digo que no necesita traer un cartel porque la estoy buscando a ella, no un trozo enorme de cartulina con mi nombre.

No es que no sepamos qué aspecto tiene la otra, le digo, pero ella asegura que todas las personas importantes tienen carteles y que, para ella, yo soy importante, así que... ¿Cómo se puede discutir con esa lógica?

—¡Yaya! —Me agacho para pasar por debajo de la barandilla que separa a los pasajeros de sus familias, sus seres queridos y algún que otro chófer profesional, y la estrecho con fuerza entre mis brazos, casi aplastando su cartel hecho a mano.

—Ay, cariño, deja que te vea. —Se aparta lo justo para poder apretarme las mejillas con una fuerza digna de un torno y observarme—. Ay, mi tesoro, deja que te mire bien.

—Abuela. —Intento escabullirme entre risas, pero no sirve de nada—. Solo he estado fuera tres días, venga.

—Sí, tres días lejos de casa, tres días comiendo en los hoteles. Mírate, mira esas mejillas. —Levanta la cara hacia mí y hace un mohín—. Has estado comiendo bien, ¿verdad?

—He comido bien, te lo prometo. —Le cojo las dos manos entre las mías y las aparto con suavidad de mi cara.

Es la misma rutina que seguimos cada vez que regreso a casa.

En realidad, es la misma rutina que seguimos siempre que pasamos más de un par de días separadas.

Ella se preocupa por mí y teme que no esté comiendo lo suficiente, yo le aseguro que estoy bien y después me arrastra hasta su cocina para atiborrarme de buena comida casera.

La mayoría de las veces regreso a mi apartamento con comida suficiente para toda una semana, cuidadosamente guardada en pequeños recipientes Tupperware.

A Yaya le encantan los recipientes Tupperware .

—Vamos a llevarte a casa —dice con dulzura—. ¿Quieres unos nacatamales? Esta mañana he ido al mercado.

No me da opción a negarme. Antes de que pueda decir nada, ya me ha cogido de la mano y nos abrimos paso entre la multitud hacia la salida. Ni siquiera me doy cuenta de que ha agarrado mi equipaje hasta que atravesamos las puertas.

—Abuela —protesto—. Deja que lleve yo eso. No deberías...

—Ay, hablas igual que tu madre. Estoy perfectamente. —Me aparta la mano de un manotazo cuando intento coger la maleta—. No, Fenna. Yo llevo la maleta.

Nos detenemos en el paso de peatones y nos miramos fijamente, desafiándonos.

Tiene la espalda mal y la cadera aún peor, y sabe que no debería cargar con nada que no sea estrictamente necesario.

Sin embargo, cada vez que alguien intenta decirle que se lo tome con calma, parece considerarlo una ofensa personal.

—Abuelita —digo con firmeza mientras le quito la maleta de la mano con suavidad—. Sabes lo que dijo el doctor Thornton.

Frunce los labios y entrecierra ligeramente los ojos.

Es la misma mirada que nos dirigía cuando discutíamos de pequeños, una mirada que a menudo iba acompañada por una cuchara de madera apuntando a quien estuviera gritando más.

La mayoría de las veces, esa mirada todavía consigue que me rinda y le pida perdón, pero no cuando se trata de esto.

Este es el único terreno en el que puedo ser testaruda.

—Dame la maleta —digo con una pequeña sonrisa—. O le diré que no estás siguiendo sus indicaciones. ¿Quieres que te dé un bastón? ¿O un andador?

Tuerce el labio con asco ante la idea y por fin suelta la maleta.

—Bien, bien. ¿Sabes? Cuando hablas así, me arrepiento de haberte dicho que te hicieras médica .

—¿Ah, sí? —Una al lado de la otra, cruzamos el aparcamiento hasta su coche y me indica que meta la maleta en el maletero—. ¿Por qué?

—Me gustabas más cuando no tenías amigos médicos que pudieran hablar contigo a mis espaldas. —Alarga la mano para pellizcarme la mejilla con un poco más de fuerza de la necesaria antes de empujarme hacia el asiento del acompañante—. ¡Entra! ¡Quiero que me lo cuentes todo sobre Costa Rica!

Es evidente que mis amigos médicos no hablan a sus espaldas, pero insisto en acompañarla a todas sus citas médicas, por mucho que finja protestar.

Las dos sabemos que quiere que esté allí y todo resultaría mucho más sencillo si aceptara desde el principio, en lugar de obligarnos a representar toda una farsa cada vez.

Pero así es Yaya, y la quiero por ello, por muy exasperante que pueda resultar.

Yaya llena el trayecto hasta su casa con preguntas sobre mi trabajo.

¿Salió adelante la niña? Sí, le digo, y ella hincha el pecho de orgullo, pero nunca me siento de verdad en casa hasta que estoy sentada a la mesa de su cocina.

Solo cuando planto el culo en aquella dura silla de madera, la misma en la que me retorcía de pequeña mientras me negaba a comer los guisantes, sé que he regresado de verdad, en todos los sentidos.

No importa dónde haya estado ni qué haya hecho: todas mis preocupaciones se desvanecen mientras permanezco sentada, observándola moverse por la cocina.

Siempre que cocina, repite los mismos movimientos, las mismas rutinas.

Enciende la radio y tararea para sí misma mientras reúne todos los ingredientes.

Lleva el mismo delantal que tiene desde que yo era pequeña, el del limonero y el pájaro gordo.

La tela está ahora tan manchada y descolorida que resulta casi imposible distinguir dónde estaban antes las líneas del dibujo, pero lo he visto tantas veces que ha quedado casi grabado a fuego en mi memoria .

Hoy no es diferente. Tararea y baila por la cocina con su viejo delantal y, en cuanto la comida toca la sartén, me llega el olor a ajo, cebolla y pimentón. Vuelvo a ser una niña pequeña, balanceando las piernas desde la silla porque los pies no me llegan al suelo.

—Conocí a alguien en San José —digo, y me detengo un segundo antes de añadir—: Una amiga.

—¿Ah, sí? ¿Del hospital?

—No, del avión. Es tripulante de cabina.

Resulta que ya me había visto en otro vuelo y sentía curiosidad por saber qué hacía yo en San José.

Empezamos a hablar y... —Dejo la frase en el aire, optando por pasar por alto algunas partes de mis noches con Kristi.

Hay muchas cosas que estoy dispuesta a compartir con Yaya, pero hay ciertos momentos en los que nuestra conversación debería hacer un fundido a negro.

—¿Y?

—Y... es agradable. Un poco mayor que yo. Te caería muy bien. Estaba allí trabajando como voluntaria en un refugio de perros.

—¿Un refugio de perros? ¿En Costa Rica? —pregunta, volviéndose desde la encimera para asegurarse de haberme oído bien, y su expresión desconcertada me hace reír.

—Sí, Yaya, un refugio de perros en Costa Rica. Es una especie de organización benéfica. Creo que lo descubrió durante una escala y regresa siempre que tiene ocasión para ayudar.

Mi abuela asiente y una expresión seria se extiende por su rostro.

—Entonces tiene un gran corazón. ¿Te gusta?

Asiento y jugueteo con la esquina del mantel individual de colores vivos que tengo delante.

Me arden un poco las mejillas, tanto por la vergüenza de admitirlo como por lo ridícula que me siento al conservar la esperanza de volver a verla, aunque sé que es poco probable.

Pero hay que reconocérselo a Yaya: no señala el rubor que me ilumina la cara.

En cambio, lo reconoce mostrando aún más interés por nuestra conversación.

—¿Cómo se llama? ¿Y dónde vive? —Las preguntas llegan una detrás de otra y levanto la mirada para descubrirla observándome por encima de las gafas mientras se seca las manos con el paño.

—Kristi, y vive aquí mismo, en Denver.

Mi respuesta parece animarla y abre mucho los ojos.

—Entonces volverás a verla. —Lo dice como si fuera un hecho, lo más lógico del mundo. Y en el mundo de Yaya lo es. Ojalá fuera tan sencillo.

—No estoy segura. Tengo su número, pero... es complicado, Yaya.

Suelta un bufido y levanta las manos de forma dramática, agitando el paño como si intentara espantar una mosca.

—Con su generación todo es complicado. Toda esa angustia que les corre por las venas cuando lo que debería correr es sangre... pasión. —Cierra los puños y da un pequeño golpe al aire frente a ella.

A lo largo de los años me ha contado tantas veces la historia de cómo conoció a mi Tata que, si hemos de creerla, parece sacada de Romeo y Julieta.

Amantes en bandos opuestos de la revolución.

El padre de Yaya, mi bisabuelo, era comandante de la Guardia Nacional y Tata...

bueno, él era un valiente combatiente del Frente de Liberación, un hombre que solo amaba una cosa más que a su país: a ella.

Por suerte, su final fue más feliz que el de la tragedia de Shakespeare, pues huyeron para comenzar una nueva vida aquí, en Estados Unidos.

Sin embargo, fue un romance agridulce, ya que nunca volvieron a ver a sus familias.

Creo que por eso nos mantiene a todos tan cerca.

Después de perder una vez a sus seres más queridos, ahora no permite que nada se interponga entre nosotros, especialmente entre ella y yo, su pequeña cumiche.

No puedo contarle todo lo que ocurrió, ni darle los detalles, porque, por muy abierta de mente que sea y aunque haya aceptado que amo a las mujeres, sigue siendo mi Yaya.

—Las dos estamos muy ocupadas y, además, no está tan interesada en mí. Si lo estuviera, me habría llamado —digo, restándole importancia a mi decepción con un encogimiento de hombros. Pero sus ojos amables no se apartan de mí y sé que no puedo ocultarle nada a Yaya.