Capítulo 9FENNA
FENNA
—¿Estás segura de esto? —me pregunta en la oscuridad de la habitación del hotel, pero, en lugar de responderle, la beso con un hambre tan voraz que hasta yo misma me sorprendo.
Hace tiempo que no estoy así con nadie, con una desconocida, quiero decir.
Aunque, pensándolo bien, hace tiempo que no estoy con nadie.
Entreabro los labios, desesperada por acercarla más, y me estremezco de placer al sentir su lengua danzando contra la mía. No he besado a nadie con tanta pasión desde Kelly, y mucho menos he hecho nada parecido a lo que estamos a punto de hacer. O, al menos, espero que estemos a punto de hacerlo.
La presión de su mano al cubrirme el sexo y después el peso de su muslo apretándose con más firmeza contra mí me arrancan un jadeo.
Separo las piernas, ansiosa por sentir más de ella.
Esto es lo que deseo desde aquella primera mirada al otro lado del bar.
Estoy donde quería estar desde el momento en que me hizo señas para que la siguiera.
Nuestras caderas se mueven al unísono, buscando desesperadamente más contacto mientras ascendemos en una espiral de deseo.
—Por favor, Kristi —jadeo junto a su oído—.
Quiero que me toques. —Mis manos sacan a tirones su camisa azul de la cinturilla de los vaqueros.
Quiero sentir su piel. Esa preciosa piel bronceada bajo mis dedos, tan suave.
No veo la verdadera profundidad del deseo en sus ojos hasta que se aparta para concentrarse en desabrocharme el cinturón.
Desea esto tanto como yo. El azul tropical de su mirada, que a veces roza el turquesa, ha desaparecido y en su lugar hay un tono mucho más oscuro, eclipsado únicamente por los profundos pozos de tinta de sus pupilas, completamente dilatadas.
Como una posesa, tira de mi ropa, forcejea con ella y la desgarra.
Es desesperado y brusco, y me encanta. Aparto la mano de su cuello y la poso sobre la de ella, pero no intento detenerla.
En cambio, la ayudo a bajarme los vaqueros hasta quitármelos y lanzarlos precipitadamente al otro lado de la habitación.
En cuestión de minutos, la ropa que llevábamos, igual que los límites a los que podríamos habernos aferrado, ha quedado descartada y esparcida por toda la habitación por lo que parece una fuerza de la naturaleza.
Un tornado de deseo crudo y primitivo. Apenas llego a fijarme en las marcas del bronceado donde su camiseta de tirantes la ha protegido de los rayos del sol ni en el ornamentado tatuaje de trazo fino, formado por girasoles y rosas, que asciende por su muslo y adorna su cadera.
Antes de que pueda concentrarme en los detalles, en el diseño, Kristi me guía hacia atrás.
La parte posterior de mis pantorrillas choca contra la cama y caigo suavemente sobre el mullido colchón que compartimos la noche anterior.
Pero esta vez me abro para ella. La invito a entrar.
No es algo que haga a la ligera. Quiero decir que sí, la oleada de dopamina, noradrenalina y serotonina que recorre mi organismo no está haciendo que la decisión resulte precisamente difícil, pero Kelly y yo rompimos hace más de dos años y no ha habido nadie desde entonces, así que esto es algo bastante gordo para mí.
Quizá se deba a que sé que no puede llegar a ninguna parte.
Al fin y al cabo, ¿qué fue lo que dijo? Esto lleva incorporado un temporizador para la ruptura.
Nos divertimos y mañana nos marchamos hacia amaneceres distintos. Literalmente.
Se coloca encima de mí y me atrae hacia un beso.
Me deleito con el peso de su cuerpo sobre el mío y con la sensación de tenerla entre las piernas.
Estoy empapada de expectación y, cuando rodeo su cuerpo con los muslos, sé que ella también puede sentirlo.
Por extraño que parezca, teniendo en cuenta que acabamos de conocernos, siento que esto es lo correcto, como si no existiera nadie más que pudiera haber puesto fin a los meses, a los años, de abstinencia que yo misma me había impuesto.
Antes de que pueda preguntarme por qué ella, de entre todas las personas que han intentado ligar conmigo —y han sido muchas—, por qué he elegido que sea Kristi, desciende por mi cuerpo, besándome, provocándome y mordisqueándome la piel.
Juguetea con mis pezones, que se endurecen sin el menor pudor bajo los giros de su lengua, preparados para obedecer todas sus órdenes.
Mis pechos, mis caderas, todo mi cuerpo están desesperados por rendirse ante ella y solo ante ella.
Me retuerzo bajo su control mientras sigue descendiendo.
Dios, necesito su boca sobre mí. Necesito sentir esos labios atrapándome y esa lengua saboreándome.
Me estoy perdiendo en el momento y resulta maravilloso, como si todas mis preocupaciones y todo el peso que llevo sobre los hombros hubieran desaparecido.
Es como si aquellos roces ligeros como plumas que ascienden por la cara interna de mis muslos y esa lengua que se desliza entre mis pliegues fueran...
Ay, esa lengua. Un gemido gutural llena la habitación y no me doy cuenta de que ha salido de mí, de que soy yo la que está haciendo tanto ruido, hasta que oigo reírse a Kristi.
—Me alegra saber que estoy dando justo donde debo —dice con una amplia sonrisa de gato de Cheshire que se le extiende por el rostro.
—Sí, lo estás haciendo y... —Siento su lengua rodearme el clítoris otra vez—. Ay, Kristi, no pares.
Pero para, y el colchón se tambalea. O quizá se hunde, teniendo en cuenta lo blando que es. No estoy segura y no me importa. Solo quiero que vuelva. Levanto la cabeza y miro entre mis piernas abiertas. Kristi está ahora arrodillada en el suelo, mirándome.
—Solo me estoy poniendo cómoda —dice, y engancha un brazo alrededor de cada uno de mis muslos y tira de mí sin ningún miramiento hasta acercarme al borde de la cama y a ella.
La sorpresa hace que mi risita salga convertida en un gruñido extraño, pero no creo que Kristi se dé cuenta porque... ¡Madre mía! Esa lengua. Mi cuerpo se ilumina con más intensidad que el árbol de Navidad del Rockefeller Center y me deja sin aliento.
—Ay, Dios, Kristi, por favor.
Quizá se deba a que hace muchísimo tiempo que no me toca nadie aparte de mí misma, pero, después de solo unos minutos bajo la seducción de su boca, el orgasmo arrasa mi cuerpo y soy incapaz de hacer otra cosa que rendirme.
Mientras permanezco tumbada, jadeando y cubriéndome la cara con una mano, siento que el calor de su cuerpo vuelve a situarse a mi lado.
—Gracias. —Mi voz es poco más que un susurro. Aparto la mano de los ojos y descubro que me observa con intensidad.
—Estás preciosa cuando te corres. Suenas excitada y atormentada al mismo tiempo.
—Enreda la mano en mi pelo oscuro y me atrae hacia un beso profundo.
Saboreo la dulzura de Kristi mezclada con la mía y noto cómo vuelve a crecer mi excitación.
¿Y si es cierto lo que dicen? Cuando llevas tanto tiempo sin nada, un poco nunca es suficiente.
¿Y si Kristi ha liberado a una ninfómana hambrienta de sexo?
Puede que no la deje salir nunca de esta habitación.
—Yo también quiero saborearte. —Le dedico mi sonrisa más perversa y deslizo la mano entre sus piernas.
Dios, creía que yo estaba mojada, pero esto...
Vaya. Sé que Kristi es un poco mayor que yo, aunque no estoy segura de cuánto, pero, juzgando solo por su excitación, probablemente diría que es mucho más joven de lo que en realidad es.
No es que me importe la edad. Al fin y al cabo, no es más que un número y, en cuanto al apetito sexual, creo que estamos muy bien compenetradas.
La hago rodar hasta dejarla tumbada boca arriba y observo la sorpresa en sus ojos.
Puede que sea pequeña, pero también soy poderosa y, cuando quiero algo, nada me impide conseguirlo.
Me deslizo entre sus piernas con rapidez y seguridad, coloco las manos en la cara interna de sus rodillas y se las separo por completo.
Entonces, sin vacilar, bajo la cabeza para saborearla.
Una mezcla dulce con un ligero toque salado me cubre la lengua y me anima a seguir explorando.
Mi lengua la recorre y la provoca, aprendiendo un poco más sobre su cuerpo con cada roce y cada caricia.
Qué la hace gemir, arquear las caderas o jadear.
Qué ritmo provoca que se le tensen los músculos.
Cómo expresa su frustración cuando quiere más.
Quiero saber todo lo que pueda sobre Kristi durante el poco tiempo que tenemos, pero ahora mismo es su cuerpo lo que me interesa.
Deslizo dos dedos en su interior mientras le succiono el clítoris, deleitándome con la forma en que eleva las caderas y se aprieta con fuerza contra mi rostro.
Podría prolongarlo, exprimir cada segundo, pero decido no hacerlo.
Esta es solo la primera ronda y tendremos tiempo de sobra para hacernos suplicar la una a la otra.
Está tan hinchada, palpitando contra mi boca, y curvo los dedos contra su punto más sensible hasta saber que ya no puede resistir más.
Entonces, con rápidos movimientos de la lengua, me recompensa con sus orgasmos. Dios, qué bien sienta volver a casa.