Capítulo 8KRISTI #2
Niega con la cabeza.
—No, no siempre. Pero hacemos todo lo posible y normalmente nos avisan con muy poca antelación.
—Ah. —Asiento lentamente—. Eso lo explica.
—¿Qué explica?
Doy otro sorbo a la cerveza mientras recobro la compostura.
—En los vuelos largos es bastante fácil aburrirse, incluso cuando estás trabajando.
Así que, cuando hacemos un vuelo de ocho horas, a muchos nos gusta observar a los pasajeros.
Yo miro a la gente e intento averiguar por qué viaja, adónde irá después del vuelo y a qué se dedica.
Con algunas personas resulta bastante sencillo.
Una vez se presentó una influencer de Instagram pidiendo champán gratis a cambio de publicidad en su página, pero ya la habíamos calado antes de que empezara con sus exigencias solo por su aspecto.
Bueno, por eso y porque no paraba de adoptar posturas ridículas para hacerse selfis.
Con otras personas, sin embargo, suele ser más difícil.
—¿Intentabas averiguar qué hacía yo en el avión?
Asiento y eso parece divertirla.
—Te reconocí en el vuelo de ayer y sabía que te había visto antes. Las dos veces estabas hojeando expedientes y leyendo cosas que parecían importantes. Haces una cosa con los dedos cuando intentas separar las páginas.
Imito su gesto y ella suelta una carcajada sonora y maravillosa.
—No puedo creer que te fijaras. No voy a negarlo y, Dios, jamás jugaré al póquer contigo.
Si tengo algún tic que me delate, tú serás la primera en detectarlo.
—Fenna niega con la cabeza y el pelo oscuro le cae un poco más suelto alrededor de los hombros—.
Entonces, ¿qué pensabas que estaba haciendo?
—Mi primera suposición fue que eras profesora —confieso—.
Pensé que quizá estabas corrigiendo trabajos.
No transmitías esa imagen de mujer de negocios que tienen algunas pasajeras, así que supuse que no pertenecías al mundo empresarial.
Tengo que admitir que una médica voluntaria no entraba en mis quinielas.
¿Cuánto tiempo llevas colaborando con la organización?
—Casi dos años. Mi ex trabajaba para ellos.
Es enfermera de práctica avanzada y gestiona las campañas de vacunación.
Regresaba con todas aquellas historias de niños que necesitaban ayuda y allí estaba yo, a punto de terminar mi especialización y con dos días enteros libres, así que me pareció lo correcto.
Se encoge de hombros como si la gente hiciera esa clase de cosas altruistas todos los días. No es así. Con mi trabajo conozco a mucha gente y, la mayor parte del tiempo, el mundo no es un lugar tan bueno.
—Mi familia es de Nicaragua. Bueno, mis abuelos lo son.
Mis padres son estadounidenses de primera generación, pero Yaya, es decir, mi abuela, está inmensamente orgullosa del lugar del que procede, así que supongo que siento que estoy devolviendo algo a mis raíces.
—Pone los ojos en blanco y niega ligeramente con la cabeza—.
Dios, seguramente piensas que soy rara. Te prometo que no soy tan buena, pero cuando Yaya les dice a todos lo orgullosa que está de mí, me hace sentir muy bien. Creo que solo necesito que me elogien.
Su sonrisa es tímida y no puedo evitar sentir una punzada de celos.
¿Estaría orgullosa de mí mi abuela ahora?
Recuerdo cómo enlazó su brazo con el mío el día de mi graduación y se paseó diciéndole a todo el mundo que yo era su nieta.
No me estaba titulando como cirujana ni nada parecido.
Ser técnica veterinaria no es lo mismo, pero, para ella, habría dado igual que me hubieran concedido un doctorado en astrofísica.
Mientras seas feliz , me decía, y te quieran.
En el refugio siento ambas cosas.
—Debe de ser duro pasar todo tu tiempo libre trabajando como voluntaria.
Se encoge de hombros.
—Merece la pena. Pero... tienes razón. Es duro y es... —Introduce el borde de la uña bajo la etiqueta de la botella que sostiene y empieza a separarla suavemente del cristal.
Durante un brevísimo instante parece perdida en sus pensamientos.
—Es difícil pasar tanto tiempo lejos de mi familia. Estoy muy unida a ellos y mi hermana tiene una niña, así que viajar resulta complicado. Aunque supongo que tú lo sabes mejor que nadie.
—Bueno, yo no tengo ese problema —confieso.
—¿No?
—No tengo familia. Ni padres, ni esposa, ni hijos. Soy la candidata perfecta para trabajar como tripulante de cabina o en la marina mercante. No estoy atada a nada.
—¿A nada? —Parece sorprendida, una reacción bastante habitual cuando la gente se entera—. ¿Ni siquiera tienes una novia esperándote en Estados Unidos a que regreses?
Me río. Ahora me toca a mí sorprenderme.
—¿Crees que te habría besado si hubiera otra persona?
—Espero que no —responde mientras se ruboriza—, pero no todo el mundo es así.
—Bueno, yo sí. Además, es difícil tener una familia y hacer esta clase de trabajo, siempre de un lado para otro. No tiene mucho sentido empezar una relación con alguien si nunca voy a estar cerca para verla.
—Supongo que no .
Parece decepcionada.
—Pero no todo es malo —le recuerdo con mi sonrisa más diabólica—.
Un estilo de vida como el mío tiene muchas ventajas.
Puedo viajar y conocer el mundo. Conozco gente nueva en cada lugar al que voy.
Y, además, nunca tengo que romper con nadie.
Solo puedo estar con alguien mientras me encuentre en el mismo país que esa persona.
Es como llevar incorporado un temporizador para la ruptura.
Incluso mientras pronuncio las palabras, me pesa la decepción en el pecho, pero sonrío, levanto la cerveza y la entrechoco con la suya, preguntándome cuánto tiempo más podré seguir mintiéndome.