Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 8KRISTI
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Capítulo 8KRISTI

KRISTI

—Entonces... —Se acomoda en la silla mientras el camarero trae un par de cervezas—. ¿Eres una tripulante de cabina que recorre miles de kilómetros para trabajar como voluntaria en un refugio de perros y liga con mujeres al azar en clubes de salsa?

Inclina la cabeza, esboza una sonrisa traviesa y se lleva la botella de cerveza a los labios.

Sé que intenta parecer tranquila y distante, pero también sé que no es tan despreocupada.

Por dentro probablemente esté temblando un poco, preocupada por lo que yo piense de ella.

Intento calcular su edad. Es cirujana, así que debe de rondar la treintena, pero creo que tiene una madurez impropia de su edad, al menos cuando no se muestra adorablemente torpe.

—Más o menos. —Le dedico una sonrisa cálida y sincera que parece hacerle bajar la guardia, porque, cuando se echa hacia atrás, la silla resbala y el movimiento inesperado hace que se derrame el líquido dorado por la barbilla y por la piel que queda oculta bajo la blusa .

—¡Mierda!

La cerveza salpica la pequeña mesa cuando se inclina hacia delante, intentando evitar que le caiga más sobre la ropa.

Me acerco, coloco dos dedos justo por encima de sus pechos y los deslizo lentamente hacia arriba para detener el reguero.

—Creo que será mejor que dejes las cuatro patas de la silla en el suelo.

Suelta una risita apenas audible, riéndose de sí misma, y vuelve a aparecer Fenna, la mujer de aquella inocencia ingenua. La observo reírse un poco de su propia fachada endeble, fascinada por la ironía de lo auténtica que se muestra ahora.

Demonios, Kristi. Ten cuidado con esta.

—Respondiendo a tu pregunta, creo que a estas alturas probablemente paso más tiempo en el aire que en tierra.

Doy un sorbo a la cerveza y hago una mueca. Llamar cerveza a aquello es ser generosa; sabe más a agua que ha pasado demasiado cerca del lúpulo.

—¿Y aun así eliges volar hasta aquí en tu tiempo libre? Yo habría pensado que querrías pasar algo de tiempo en casa, en Denver.

Su suposición me dice más sobre ella que sobre lo que pueda pensar de mí, pero decido no entrar en eso y respondo a su pregunta.

—Lo entenderías si fueras al refugio. Tiene algo... bueno. Es tranquilo y la gente es amable. Ellos... Cuando estoy allí, marco la diferencia. No puedo decir lo mismo de mi trabajo habitual.

—¿No te gusta ser tripulante de cabina?

Hago una pausa, poco acostumbrada a que me interroguen de una forma tan directa. Esta es Fenna en modo trabajo. Directa y sin rodeos.

—Yo no he dicho eso. El trabajo tiene sus ventajas .

—Pero... —me anima a continuar.

—Pero... hay algunas cosas de las que podría prescindir, ¿sabes?

Estaría bien no tener que limpiar vómito, tanto si ha caído dentro de una bolsa como si no, ni ser quien tiene que sacar objetos innombrables de los baños en pleno vuelo.

Preferiría no tener que lidiar con pasajeros enfadados que creen tener derecho a todo y quieren conseguir gratis cuanto puedan, ni tranquilizar a viajeros nerviosos convencidos de que vamos a morir todos en cuanto se enciende la señal de abrocharse los cinturones.

—La miro y me doy cuenta de que probablemente oyó a Ali y presenció su capacidad sobrehumana para vomitar, porque está sonriendo—.

Como la mujer del vuelo de ida. Pensé que le daría un ataque de pánico cuando atravesamos las turbulencias.

—Entonces, si no te gusta, ¿por qué lo haces?

Me río de lo directa que es, pero respondo de todos modos.

—Porque soy adulta y tengo facturas que pagar.

Además, me gusta viajar, vivo a un paso del aeropuerto y, cuando empecé, me pareció la mejor forma de conocer el mundo.

Para ser justa, eso sí me lo ha dado. Durante los primeros seis meses visité más países de los que algunas personas conocen en toda su vida.

—Pero ¿cuánto llegas a ver de cada país? Además, hay otros trabajos que te permitirían hacer lo mismo.

—Ninguno para el que esté cualificada —respondo—.

Cuando empecé, acababa de salir de la universidad.

Supongo que en aquel momento solo quería coger el pasaporte, subirme a un avión e ir a cualquier lugar que pudiera.

Ser tripulante de cabina era la forma más sencilla de hacerlo y, además, cobrar por ello.

Fenna me observa como si fuera una de sus pacientes.

Casi espero que me pida que saque la lengua y diga aaa .

Resulta desconcertante. Se suponía que íbamos a tomar una cerveza y quizá a enrollarnos, no a someterme a una exploración médica ni a la Inquisición española.

Ni siquiera sé por qué le cuento todas estas cosas, pero, cuando pregunta, no parezco capaz de hacer otra cosa que contárselo todo.

Aquellos ojos oscuros y profundos sostienen mi mirada durante unos instantes y después se suavizan, derritiéndose como chocolate caliente con mantequilla, y estoy perdida.

—Kristi. —Acerca la silla, me coge la mano y me acaricia la palma con el pulgar.

Es un gesto tan íntimo que juraría que en este momento nos conecta una energía extraña.

—La forma en que te iluminas cuando hablas de trabajar en el refugio es...

—Niega con la cabeza y pone los ojos en blanco.

Entonces veo el brillo. Tiene los ojos húmedos.

En algún momento de todo esto, empieza a abrirse paso entre sus emociones para encontrar las palabras.

No soy la única que siente esta conexión.

Ella también la siente—. Es electrizante.

Cada parte de ti cobra vida. No puedes ocultar lo que amas, lo que te emociona, pero, cuando hablas de tu trabajo como tripulante de cabina...

—Se encoge de hombros—. Cuando hablas de pasajeros, turbulencias y vómito, tu brillo... bueno, se desvanece.

Abro la boca con la intención de soltar alguna respuesta ingeniosa sobre quién podría brillar hablando de vómito , pero lo único que llena el aire entre nosotras es un pequeño sonido ahogado.

Mi pequeño sonido ahogado. Me toco la punta de la nariz, consciente del hormigueo que anuncia la repentina e inexplicable oleada de emoción que recorre mi cuerpo y amenaza con abrumarme.

Siento el pecho cada vez más oprimido hasta que me olvido de respirar.

De alguna manera, ella me ve. Me comprende. Y no sé qué hacer.

Esto es... horrible.

Aturdida y sintiendo que me ahogo, intento ponerme en pie .

—Lo siento, solo necesito...

Mis ojos recorren frenéticamente la penumbra, buscando algún cartel que indique dónde están los baños. Solo necesito un minuto... ¿Un minuto para qué? ¿Para recomponerme? Pero, antes de que consiga escabullirme entre las sillas, la mano de Fenna atrapa la mía.

—Lo siento. No quería alterarte. Por favor, siéntate. Tómate un momento.

Solo entonces veo la pequeña placa de madera con una flecha blanca: baños.

El pulgar de Fenna me acaricia la cara interna de la muñeca.

Su contacto es ligero, pero firme, y basta para distraerme y hacerme volver aquí, con ella.

Permanezco completamente inmóvil durante unos instantes.

El movimiento sobre mi muñeca resulta tranquilizador y disuelve la urgencia de huir, que tan importante parecía apenas unos segundos antes.

Miro el cartel y después vuelvo a mirar a Fenna, aún sin saber qué hacer.

—Siéntate conmigo —dice en un tono bajo y suave.

Mi cuerpo vuelve a desplomarse sobre el pequeño taburete de madera. El movimiento apaciguador de su pulgar continúa y, al cabo de unos minutos, mi respiración vuelve a la normalidad.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

Niego con la cabeza, sin saber cómo explicar lo que acaba de suceder ni si quiero hacerlo.

No estoy segura de poder. Un instante estoy bien, mejor que bien, absorta en esos ojos con pequeñas motas verdes atravesando las intensas brasas marrones, y al siguiente intento salir corriendo hacia el baño para evitar llorar delante de ella.

Va a pensar que soy una especie de bicho raro o, peor aún, que estoy emocionalmente desequilibrada.

—No estoy segura —respondo con sinceridad—. ¿Podemos dejar de hablar de mí y hablar de ti? Por favor.

—Claro. ¿Qué quieres preguntarme ?

La calidez de la sonrisa de Fenna me dice que no pasa nada. Puede que no entienda qué acaba de ocurrirme, pero, demonios, yo tampoco. Al menos no parece haberme descartado por alguna neurosis extraña. Todavía.

—Eres cirujana, ¿verdad?

—Sí, lo soy.

—Entonces, ¿por qué no estás en Estados Unidos haciendo, no sé, operaciones de corazón? —Me río mientras agito las manos en el aire.

—Bueno, eso será porque soy cirujana pediátrica, aunque, para ser justos, podría estar operando un corazón diminuto. Estoy especializada en cirugía neonatal, así que mis pacientes suelen ser recién nacidos de hasta un año.

Hace una pausa para asegurarse de que la entiendo. Asiento.

Mierda, que sea tripulante de cabina no significa que sea idiota.

Aunque, pensándolo bien, tener una vida tan diminuta entre las manos cuando apenas acaba de llegar al mundo resulta alucinante. Intento imaginar lo pequeño que es en realidad el corazón de un recién nacido, pero no puedo.

—En Denver trabajo principalmente entre el St. Joseph y el Rocky Mountain, pero mi ex me involucró en este programa benéfico que lleva médicos a los lugares donde los necesitan, en algunas de las zonas más pobres de Centroamérica y Sudamérica.

Algunos vivimos en Estados Unidos, pero muchos son de Canadá.

Y no participan solo médicos y cirujanos; también hay enfermeras.

Se ocupan de todo, desde campañas de vacunación hasta especialidades como la mía.

Mientras tú me esperabas tan dulcemente —me dedica una amplia sonrisa que deja ver sus dientes—, estaba terminando una operación de corazón, así que has acertado, pero mi paciente solo tenía seis días.

Me llaman cuando me necesitan, me envían los expedientes y, si estoy disponible, me traen en avión.

Somos un equipo pequeño, así que todo depende de quién tenga disponibilidad.

—¿Siempre hay alguien disponible?