Capítulo 7KRISTI
KRISTI
—Se le da muy bien tratar con los padres. La forma en que se lo ha explicado...
Las dos doctoras con pijama quirúrgico que están de pie a mi lado, esperando en la cola para tomar un café, mantienen una conversación apasionada y no puedo evitar escucharla, sobre todo porque no tengo mucho más que hacer.
La alta es estadounidense, de Nueva York sin duda, pero la más baja y rechoncha, con aquella mata de pelo pelirrojo, suena...
no estoy segura, ¿quizá británica? Aunque también podría ser europea, porque percibo una ligerísima inflexión al pronunciar ciertas palabras.
Intento distraerme de lo poco propio de mí que ha sido venir hasta aquí, al lugar donde trabaja Fenna, pero en su mensaje no decía que no quisiera verme.
Solo que tenía que cancelar nuestros planes porque estaba atrapada en el hospital.
Cambio de postura en el asiento de plástico, provocando un desconcertante sonido húmedo cuando mi piel acalorada se despega del vinilo.
Unos pliegues marcados como a plancha me adornan la parte inferior del muslo.
Llevo tanto tiempo sentada aquí... Debería haber traído un libro.
—Precisamente estábamos comentando lo impresionadas que estamos con su trabajo, doctora Vargas —dice con voz melosa la más alta de las dos, dirigiéndose a alguien que está detrás de mí.
En parte por curiosidad y en parte por aburrimiento, me vuelvo para descubrir quién inspira tanta admiración. Los mismos ojos oscuros que me atrajeron anoche me devuelven la mirada.
—Gracias, Autumn, pero ha sido un trabajo en equipo. El éxito es tan vuestro como de cualquiera.
Tiene la voz un poco más ronca que anoche, o incluso que esta mañana, cuando la besé mientras dormía, todavía amodorrada.
Observarla allí, tan tranquila y lánguida, hizo que marcharme para coger el transporte a las montañas resultara casi imposible.
Hasta que Evie soltó un resoplido y se despertó a medias.
Diego tocaba el claxon con impaciencia, para disgusto de Julio, cuando bajé corriendo por las escaleras y salí a la silenciosa calle.
Es la primera vez que hago esperar a Diego.
—Sigan trabajando así y pronto no hará falta que yo venga.
El elogio de Fenna hace que ambas parezcan crecer unos centímetros y que sus sonrisas se ensanchen. Entonces vuelve a mirarme con expresión interrogante.
—No esperaba encontrarte aquí.
—Yo tampoco, hasta hace una hora. —Me encojo de hombros como una acosadora bastante torpe a la que acaban de descubrir escondida detrás de un arbusto demasiado pequeño.
Esto solo será raro si permito que lo sea , me digo sin resultar demasiado convincente.
—He pensado que quizá tendrías hambre .
Fenna coge la pequeña bolsa de papel marrón que le ofrezco, lee la etiqueta y después la abre con ansia.
El fino lino blanco de su blusa se levanta y deja entrever un trozo de piel suave y bronceada por encima de la cinturilla de sus vaqueros.
Mi mente regresa al momento en que acaricié con suavidad ese mismo lugar mientras hacíamos la cucharita anoche.
Por tentadora que resultara Fenna, desnuda salvo por las bragas, había algo en ella demasiado bueno, demasiado puro, y yo no soy de las que se aprovechan de una situación así.
—Tamales de La Casona del Maíz. Mis favoritos. ¿Cómo lo sabías?
—No lo sabía. Me he encontrado con Evie cuando se marchaba y me lo ha contado.
Dice que la última vez que coincidisteis en un vuelo arrastraste hasta allí a Evie y al taxista, así que he pensado que la comida tenía que gustarte muchísimo para hacer algo así.
Por eso he pedido un Uber. También hay nachos, queso crema y salsa.
No sabía qué te gustaba, así que he comprado un poco de todo.
—Esto es increíble. Nadie había...
Se interrumpe y el delicado rubor que aparece en sus mejillas me dice que se avergüenza de lo que estaba a punto de confesar.
Podría preguntárselo, pero no me parecería justo. Además, puedo hacerme una idea bastante aproximada. Antes de que consiga detenerme, me tiro yo sola a los leones.
—Yo nunca había hecho un trayecto de ida y vuelta de veinticuatro kilómetros y después había esperado toda la noche para llevarle tamales a alguien, así que...
—Kristi, lo siento. Te he hecho esperar todo este tiempo y tú me has traído la cena. Dios, seguro que te arrepientes de haberte molestado. Debes de estar agotada.
La preocupación le arruga el rostro y resalta el principio de dos tenues líneas verticales de ¿qué coño? entre las cejas. Son adorables y quiero alargar la mano para alisarlas, pero no lo hago. Eso llevaría demasiado lejos toda esta situación medio de acosadora.
—Deja que te invite a una cerveza, por favor —me pide, levantando aquellas cejas oscuras y pobladas con esperanza.
Asiento y le dedico una sonrisa torcida. Entonces me doy cuenta de que las dos mujeres más jóvenes con pijama de quirófano nos están observando.
—Vámonos. —Señalo la puerta con la cabeza mientras vuelvo a mirarlas.
Estoy casi segura de que la expresión de la más alta de las dos es de pura envidia.