Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 6FENNA
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Capítulo 6FENNA

FENNA

Después del ambiente caluroso y pegajoso del bar, hasta la humedad de las calles resulta refrescante.

O al menos lo habría sido de no ser por las miradas lascivas del neandertal de la camiseta naranja, que se ha ofrecido a asegurarse de que Evie llegue a casa sana y salva .

Con el hombro encajado bajo la axila de Evie, levanto un poco más a nuestra paciente.

—Siento mucho todo esto —murmuro mientras miro a Kristi, que lleva el otro brazo de Evie alrededor de los hombros—. No está lejos, solo a unas calles de aquí.

Doy las gracias a cualquier deidad que pueda estar despierta a estas horas de la madrugada por saber dónde se aloja. De lo contrario, tendría que llevármela conmigo.

—¿Esto ocurre a menudo? —Kristi aprieta el brazo que tiene alrededor de la cintura de Evie, algo que agradezco porque descarga un poco más de peso de mis hombros.

Soy la más baja de las tres y Kristi es la más alta, así que probablemente ofrezcamos una imagen extraña a cualquiera que se cruce con nosotras .

—Me gustaría decir que no, pero no lo sé. No suelo salir con ellos. —Miro tímidamente hacia Kristi—. Con ellos me refiero a mis compañeros del hospital.

Arquea una ceja, interrogante.

—Evie, Eric y yo colaboramos con una organización médica benéfica en nuestro tiempo libre.

Atiende a niños y adolescentes. Bueno, a cualquiera que no haya cumplido los dieciséis años.

—Suelto un quejido mientras intento cambiar de postura y colocarme mejor el brazo de Evie alrededor del cuello—. Somos cirujanos, aunque no lo parezca.

Hago una mueca, consciente de que no estamos dejando en muy buen lugar a nuestra profesión.

—Vamos a sentarla en aquellos escalones para recuperar el aliento. —Kristi señala un portal grande y ancho al que se accede por varios peldaños y nos dirigimos hacia allí, agradecidas de poder dejar a Evie sobre la piedra que todavía conserva el calor del día.

—A riesgo de sonar a tópico de ligue, ¿vienes mucho por aquí? —pregunta Kristi con una sonrisa burlona. No hay ningún matiz seductor bajo sus palabras. Más bien parece que se está riendo de mí. Maldigo a Evie en silencio.

—Es mi cuarta visita a Costa Rica. Pero los últimos viajes no han sido aquí. La mayor parte del trabajo que he hecho este año ha sido en El Salvador.

—Ah. —Hace una pausa y señala un lugar calle abajo—. Allí es adonde pensaba llevarte si nuestra compañera de aventuras no hubiera... Bueno, ya sabes.

—¿A un bar? Pensaba que...

Me detengo justo a tiempo.

Una enorme sonrisa se extiende por el rostro de Kristi y juraría que, incluso bajo la tenue luz de la calle, veo brillar sus ojos azules.

Cierro los ojos e intento esconderme bajo el peso de la vergüenza que me aplasta.

Entonces la oigo moverse. Noto un roce cálido en la mejilla y después en los labios.

No me atrevo a mirar por miedo a que desaparezca, pero la suave presión de su beso se desvanece y, sintiéndome de pronto desamparada, abro los ojos involuntariamente y me quedo mirándola con la boca abierta.

—No hay nada que me apeteciera más que llevarte a mi habitación y besarte durante toda la noche, pero... —Kristi hace una pausa—. Tenemos aquí a tu compañera y a mí me ha tocado compartir habitación por sorpresa, así que...

Su boca vuelve a encontrarse con la mía y esta vez no pienso darle la oportunidad de apartarse.

Sus labios suaves y carnosos me atraen y no me importa que se note mi desesperación.

Profundizo el beso con avidez, jugueteando, mordisqueándola y enredando una mano entre sus ondas pelirrojas para acercarla aún más, hasta que oigo el grave murmullo de un gemido.

No pienso dejarla marchar sin dejar huella, aunque solo sean unos labios hinchados.

—Busquense una habita-a-ación —farfulla Evie en voz alta mientras se tapa los ojos con una mano con un gesto teatral y borracho.

Nos separamos y se me escapa una risita infantil que, en cualquier otra circunstancia, me habría hecho sentir vergüenza, pero ahora no.

Hay algo en ese beso, algo en Kristi, que se siente tan...

bien. Incluso sabiendo que Evie nos está observando, no me importa nada mi habitual torpeza cohibida.

Es como si Kristi hubiera alargado la mano y hubiera bajado el volumen de todo lo que sucede en mi cabeza, de modo que lo único que existe es este momento, aquí fuera, con ella.

—Quiero mi cama.

Con un único lloriqueo, Evie revienta nuestra burbuja y vuelvo a maldecirla a ella y a su borrachera.

—Será mejor que la llevemos a su habitación. ¿Dónde se aloja? —Kristi vuelve a colocarse el brazo de Evie sobre los hombros y me guiña un ojo, haciendo que se me derrita todo por dentro—. ¿Piensas colaborar, Evie, o tendremos que arrastrar tu lamentable culo durante todo el camino?

—Puedo caminar.

Con una repentina explosión de energía, Evie aparta a Kristi de un empujón, se pone en pie y se aleja tambaleándose en la dirección equivocada.

Kristi y yo intercambiamos miradas de sorpresa.

Ella contiene una carcajada y levanta las cejas, claramente divertida, pero el momento vuelve a perderse cuando nuestra paciente se detiene en seco.

—¡Joder! —Evie está doblada sobre sí misma, agarrándose la cabeza—. ¿A quién se le ocurre poner una farola en mitad de la acera?

Kristi y yo la agarramos sin demasiada delicadeza, le damos la vuelta para orientarla en la dirección correcta y, esta vez con la colaboración de Evie, la guiamos hacia donde quiere estar: su cama.

—¿En qué hotel se aloja? —vuelve a preguntar Kristi cuando doblamos la esquina y entramos en una calle poco iluminada.

—En Casa Verde. Está justo al final de esta calle, a la derecha.

—Mierda. —Parece un poco incrédula, aunque no sé por qué.

—¿Qué pasa?

—¿Crees en las casualidades? —Hace una pausa y añade otra pregunta a la primera—. Espera, ¿tú también te alojas aquí?

Incluso en la relativa oscuridad de la calle a medio iluminar, sus ojos brillan y hacen que se me dé la vuelta el estómago. Sonrío, imitando lo que parece ser su divertida expectación ante mi respuesta, aunque sigo sin tener ni idea de qué ocurre .

—No, estoy a un par de calles de aquí. ¿Por qué?

En otro mundo, o incluso en cualquier otra noche, su interés por saber dónde me alojo me habría disparado las esperanzas.

Pero el peso muerto de Evie está encajado entre nosotras y, aunque se encuentra más espabilada que hace media hora, no me quedaría tranquila dejándola sola por miedo a que se atragantara con su propio vómito.

Kristi parece decepcionada. Quizá solo esperaba quitarse de encima a las dos aquí y escapar. Pero entonces, ¿cuál es la casualidad?

—Parece que Evie y yo nos alojamos en el mismo hotel. —Kristi señala con la cabeza la pequeña entrada pintada de verde cuando doblamos la esquina.

—Bueno, al menos no te he hecho desviarte —respondo sin mucha convicción.

Ojalá pudiera meter la mano en el bolsillo de Evie e intercambiar las llaves de nuestras habitaciones, pero no tengo tiempo para lamentarme por el cruel sentido del humor del universo, porque la pequeña puerta se abre y un hombre mayor de pelo blanco y ralo nos recibe con una sonrisa.

—Kristi, llegas justo a tiempo. Estaba a punto de cerrar la puerta y... —Se detiene un instante al mirar a Evie—. Ya conoces a la doctora Ríos, tu compañera de habitación, ¿verdad?

Kristi mira al hombre, después a Evie y finalmente a mí con una expresión de absoluto horror. Es tan poco disimulada que se me escapa una risita nerviosa e inoportuna, que intento contener cuando me doy cuenta de que ella todavía no está preparada para verle el lado divertido.

Con la ayuda del hombre mayor, que ahora sé que se llama Julio, conseguimos subir por la estrecha escalera y dejamos caer a Evie sobre la cama sin demasiadas ceremonias.

Él va a buscar una palangana y unas toallas mientras nos asegura que volverá enseguida.

Por la rapidez con la que regresa con todo lo necesario, no creo que sea la primera vez que tiene un huésped borracho.

Debe de ser mejor que tener que limpiarlo todo al día siguiente.

Con Evie lista para que la metamos en la cama , Julio se retira, nos desea buenas noches y nos quedamos las tres solas, acompañadas por el rugido y el chirrido de ciento veinte decibelios de ronquidos.

—¿Por qué no te quedas en mi habitación y yo me quedo aquí con Evie? No estoy lejos. Ella regresa mañana, así que supongo que después volverás a tener la habitación para ti sola. —Me encojo de hombros y hago una mueca por lo embarazoso de la situación mientras intento quitarle los vaqueros a Evie.

Estoy a punto de caerme de culo cuando de repente ceden y se deslizan por sus tobillos. Kristi me agarra y evita que me dé un golpe desagradable contra el viejo suelo de madera.

—No, pero gracias. ¿No has dicho antes que mañana tienes operaciones? No quiero ser responsable de que mañana no des el cien por cien. Además, estoy acostumbrada a cuidar de la gente mientras vomita. Últimamente empieza a ser algo habitual.

—De acuerdo.

No sé muy bien a qué se refiere, pero no pienso insistir. Extiendo el edredón sobre el cuerpo medio vestido de Evie.

—Será mejor que vuelva.

Me pongo en pie con torpeza, sin saber cuál es el protocolo adecuado después de enrollarte con alguien en la habitación de una desconocida con una compañera de trabajo a pocos metros de distancia.

—¡Ah, no! ¡De eso nada!

—¿Qué?

—No vas a irte tú sola a rondar esas calles oscuras mientras me dejas aquí con Jeremy.

—¿Jeremy ?

—El tío de El paquete que se emborracha y se corta el... —Sacude la cabeza para expulsar la imagen—. En fin, te quedas.

—No voy a... ya sabes, con Evie tumbada ahí.

Abro mucho los ojos porque la sola idea me da repelús, pero Kristi estalla en carcajadas.

—Joder, tía, no te estoy proponiendo que me comas el coño delante de una espectadora.

—Niega con la cabeza como si fuera la cosa más absurda que hubiera oído en su vida y, a pesar de mi incomodidad, yo también me río—.

Esto no ha salido como imaginaba, pero sé que no vas a regresar sola adondequiera que te alojes y no creo que la señora Bisturí esté en condiciones de quedarse sin vigilancia.

Eso significa que no puedo acompañarte, así que quédate. Por favor.

Miro a Evie y después a la única cama vacía que queda en la habitación. Kristi parece percibir mis dudas.

—Es lo bastante grande para compartirla y te prometo que no meteré mano. —Se ríe, levanta las manos y las agita en un gesto ridículo que me hace sonreír.

Ser sexy y divertida es una combinación poco habitual, y no puedo resistirme.

—¿Eso es una promesa o una amenaza? —Me quito las botas de una patada y me acerco un poco más, rodeándole la cintura con los brazos.

Solo entonces me doy cuenta de que lleva zapatos planos y aun así me saca al menos diez centímetros. No sé de dónde sale todo este descaro porque ser tan directa y provocadora no es propio de mí. O, al menos, no lo es cuando no estoy cerca de Kristi.

—¿Qué ha sido de aquella chica tímida del bar?

—Me coloca una mano con suavidad bajo la barbilla, me inclina la cabeza hacia arriba y me da un ligero beso en los labios—.

Esta noche es una promesa, pero solo si ninguna de las dos me roba los riñones mientras duermo.

Aunque, si mañana estás libre, quizá podamos volver a plantearnos esa pregunta .

—Yo no robo riñones... solo corazones —respondo, sintiéndome muy valiente.

Después me quito la camiseta por la cabeza y sonrío satisfecha al oír su pequeño jadeo cuando descubre que no llevo sujetador. Al fin y al cabo, una vez que te lanzas, ya no hay vuelta atrás.