Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 5FENNA #2
13%

Capítulo 5FENNA #2

La observo dar un sorbo a su bebida. La lengua le rodea la pajita antes de que frunza los labios para sujetarla y succione.

El movimiento es tremendamente sexy. El corazón casi me da un vuelco y, por mucho que lo intento, no consigo apartar los ojos.

Una chispa de excitación me recorre desde el estómago hasta una parte muy desatendida de mi cuerpo.

Cuando por fin levanto la mirada, me encuentro con una sonrisa burlona y unos ojos azules que me observan.

Demonios, no soy mejor que aquellos niñatos de la fraternidad.

Me consuela saber que al menos no tenía la lengua colgando e intento reprimir mis deseos, con la esperanza de seguir pareciendo más o menos normal.

Sin embargo, la diversión que refleja su rostro indica que esa esperanza se ha ido definitivamente a pique. Aun así, sigo adelante.

—¿Has venido desde Denver hasta aquí solo para trabajar como voluntaria? ¿Es que no había una perrera más cerca de casa?

Me dedica una sonrisa irónica por encima del borde de la copa y niega con la cabeza.

—No. Ninguna como esta. Es un pequeño refugio independiente, dirigido por un padre y sus dos hijos.

El padre, Víctor, es veterinario. Probablemente su hijo siga sus pasos y la hija, Luz, se encarga de las adopciones y esas cosas.

Es un sitio pequeñísimo, nada que ver con los refugios que tengo cerca.

Quiero decir, apenas consiguen dinero para pagar la luz.

Dependen de las campañas de recaudación y de los voluntarios para todo.

—Así que viajas cinco horas en cada dirección una vez al mes porque... ¿qué? ¿Te dan pena?

Se ríe.

—No, no es por eso. Simplemente... me gusta estar allí. En cuanto entras, te das cuenta de que lo hacen porque sienten verdadera pasión por ello. Un negocio así no da beneficios, ¿sabes? No es ningún chanchullo para forrarse. No lo hacen por otra razón que no sea el deseo de ayudar a los perros.

Da otro sorbo a su bebida y tardo unos instantes en darme cuenta de que ha empezado a hablar de nuevo.

—¿Has visto la cantidad de perros callejeros que hay aquí? Hay más perros que hogares, pero en el refugio los acogen, los esterilizan, los vacunan y los adiestran para que tengan las mayores posibilidades de encontrar una familia .

—Pero, aun así, ¿vuelas cinco o seis horas para venir hasta aquí?

Asiente y toma otro sorbo.

—Además del tiempo de facturación, cuando no estoy trabajando.

—Eso es dedicación.

Se encoge de hombros.

—Viajo mucho por trabajo. Estoy acostumbrada.

—Yo habría pensado que eso haría que tuvieras menos ganas de viajar cuando no es necesario. ¿A qué te dedicas?

—Soy tripulante de cabina.

Me sonríe y todo encaja. Ahora entiendo por qué me resulta tan familiar y por qué me reconoció por el número de mi asiento. Gajes del oficio.

—¿Es de eso de lo que te conozco? Cuando te vi hoy en el avión, pensé que te reconocía de algún sitio. No estaba segura, pero... ¿has trabajado en algún vuelo en el que yo viajara?

—Probablemente. Si vuelas con frecuencia por trabajo, es muy posible que nuestros caminos se hayan cruzado.

Se aparta un poco de la mesa y echa un vistazo al local. Su mirada se detiene en una mesa situada un poco más allá, medio oculta entre las sombras. Distingo a varias personas sentadas alrededor, charlando entre ellas, y una levanta la mano al vernos.

—¿Ves al tío que nos saluda? —Lo señala—. Ese es Diego, el del refugio del que te estaba hablando. Si pudiera pasar el resto de su vida rodeado de animales en lugar de personas, lo haría.

Entrecierro los ojos para verlo, pero, con aquella iluminación tan tenue, apenas distingo un brazo que saluda y una cabeza de pelo rizado.

—¿Es él la razón por la que sigues volviendo?

Kristi casi se atraganta con la bebida ante mi pregunta. Una pequeña cantidad le resbala por la barbilla cuando estalla en carcajadas.

—Dios santo, no.

—¿No?

—Diego es... —Deja la frase en el aire y vuelve a reírse—. Digamos que Diego no podría estar más lejos de ser mi tipo. Por muchas razones.

—Ah, ¿sí? Entonces, ¿cuál es tu tipo?

Las palabras salen antes de que me dé tiempo a pensar en lo que estoy diciendo.

¿En serio? , me reprendo mentalmente. ¿De dónde demonios ha salido eso?

Miro a Kristi de reojo, presa del pánico, pero no reacciona, así que quizá no haya pensado que estaba coqueteando con ella.

No pasa nada , me digo mientras intento respirar más despacio para reducir el ardor de las mejillas. Cree que solo es simple curiosidad. No seas exagerada.

Pero ¿estaba flirteando con ella?

Ni siquiera estoy segura de seguir sabiendo cómo se flirtea...

suponiendo que alguna vez lo supiera. Todo requiere demasiado esfuerzo.

Entre averiguar si a la otra mujer le gustan las mujeres, juzgar si está interesada y pensar en algo que decir, resulta agotador.

Ni siquiera recuerdo la última vez que coqueteé con alguien, aunque solo fuera de forma casual en un bar como este.

Ella no reacciona durante varios segundos. Al principio pienso que quizá no me ha oído, pero entonces se vuelve hacia mí y sonríe.

—Alguien más parecida a ti.

¿Está coqueteando conmigo? Si llevaba mucho tiempo sin coquetear con nadie, hacía una eternidad que nadie coqueteaba conmigo.

¿Cómo debo reaccionar? Debería decirle algo.

Sé que se supone que debo responderle con algo gracioso y encantador, o quizá con alguna insinuación.

Pero mi mente se ha quedado en blanco y lo único que puedo hacer es sonreírle como una idiota.

—¿Estás aquí sola? —pregunta tras unos instantes de silencio.