Capítulo 5FENNA
FENNA
El bar está a rebosar de gente, mucha de la cual se ha desbordado hasta la calle que tengo delante.
El suelo vibra bajo mis pies al ritmo de la música latina mientras me abro paso hacia la entrada principal.
Hay unas cuantas mesas fuera. En una, una pareja habla mirándose fijamente a los ojos, absortos el uno en el otro; la otra está ocupada por varias jóvenes que cotillean y miran por encima del hombro cuando paso junto a ellas.
—Esto es una locura, Fenna —murmuro para mí misma mientras me pongo de lado para pasar entre dos jugadores de fútbol americano que agarran sus cervezas Imperial.
Levantan los brazos y meten barriga mientras me cuelo entre ellos.
—Hola, preciosa —dice con la lengua pastosa el que lleva una camiseta naranja de fútbol americano—. ¿Quieres bailar salsa?
Por la camiseta de los Longhorns y por cómo arrastra las palabras, diría que es tejano.
Mueve las caderas en lo que supongo que pretende ser un contoneo y me aparto rápidamente, antes de que consiga restregarse contra mí.
¿De qué van los tíos como él? No oculto mi asco, niego con la cabeza y sigo hacia el interior del bar.
—¿Qué pasa? ¿Eres una puta lesbiana o algo así? —grita a mi espalda.
Lo oigo, titubeo y después me reprendo por haberme planteado siquiera responderle.
Ya soporto suficientes comportamientos de imbeciles por parte de otros cirujanos que se creen dioses como para saber que no debo morder el anzuelo, así que no voy a permitir que este imbecil me saque de quicio.
Me vayan las mujeres o no, no tocaría nada de lo que él pudiera ofrecerme ni aunque me hubiera lavado, puesto la bata y calzado los guantes.
Vuelvo a concentrarme en encontrar a Evie.
¿Dónde demonios está? Giro la cabeza hacia un lado y después hacia el otro, preguntándome todo el tiempo por qué accedí a venir, sobre todo sabiendo que Evie ya estaba achispada.
¿Se acordará siquiera de que la he llamado?
La música está altísima y el local, desatado.
—¡Fenna! Has venido.
Evie me rodea con los brazos y me planta un enorme beso baboso en la mejilla antes de que llegue a registrar que es ella. La forma en que deja caer el peso de su cuerpo contra el mío me dice que ha bebido mucho más de lo que imaginaba.
—Eric y yo vamos a bailar —me cuenta antes de lanzarse hacia lo que supongo que es la pista de baile—. Martin se ha liado con un tío de aquí. Si lo ves, dile que me debe una cerveza —grita.
Después estira un brazo, engancha a Eric y tira de él, y un remolino de cuerpos que se retuercen se los traga ante mis ojos.
Necesito una copa.
Este no es el tipo de sitio al que suelo ir.
En casa, si tuviera que elegir un lugar para salir a tomar algo, probablemente escogería uno más tranquilo y con un ambiente más relajado.
Aunque tampoco es que salga a beber a menudo.
Pero esta noche agradezco bastante el ruido y el caos que me rodean.
Quería una distracción y la he encontrado.
Me abro paso entre los cuerpos hasta llegar a la barra, pegajosa al tacto, rodeada por un torbellino de nacionalidades.
Oigo la aspereza gutural del alemán, unas cuantas voces australianas de vocales alargadas y los tonos melodiosos de mis compatriotas estadounidenses.
Muchos de ellos. Todos parecen encontrarse en distintas fases de embriaguez y se ríen a carcajadas de los chistes de los demás.
Escucho fragmentos de sus conversaciones mientras me pongo de puntillas en un intento inútil por llamar la atención del camarero.
Soy bajita, apenas mido un metro sesenta y tres, y ni siquiera agitar las manos como una mujer que se ahoga consigue siempre que me hagan caso.
Hay un par de camareros y delante de la barra se acumulan dos filas de personas o, en algunos lugares, tres.
A veces, ser más baja y mujer tiene sus ventajas, como poder abrirse paso hasta el principio de la cola.
Es una técnica que aprendí en la universidad, y este lugar tiene algo nostálgico.
El caos, el ruido y la confusión me recuerdan a los bares que frecuentaba cuando era estudiante, de los que salía tambaleándome a las tres de la madrugada para regresar a mi residencia y dormir la mona antes de la primera clase.
Aquellos bares eran como este: estrechos y claustrofóbicos, con clientes sudorosos empujándose unos a otros y eliminando cualquier concepto de espacio personal.
Hay que reconocer que los camareros hacen un buen trabajo atendiendo a toda aquella multitud.
El veinteañero de pelo oscuro, camiseta negra ceñida y pantalones ajustados tiene a su alrededor un grupo de admiradoras que no paran de reírse y compiten por ser las siguientes.
Evidentemente, está disfrutando de la atención.
Guiña un ojo mientras hace girar las botellas y lanza los vasos de una mano a otra.
Supongo que es una buena forma de mantener entretenidos a los clientes mientras esperan sus bebidas.
Estoy tan absorta en las acrobacias del camarero y en la muralla de gente que intenta llamar su atención que al principio no reparo en el rostro conocido.
No es hasta que el camarero toma nota de mi pedido y corre hasta el extremo opuesto de la barra para coger una botella fría de sauvignon blanc cuando la veo.
Es alta y está bronceada, con una abundante melena pelirroja y ondulada que le cae un poco más abajo de los hombros. Y la he visto antes.
En el vuelo de hoy. Allí es donde la vi, estoy segura.
Estaba sentada unas filas detrás de mí, pero no me fijé en ella hasta que se levantó para estirar las piernas.
Incluso entonces tuve la sensación de haberla visto con anterioridad.
Antes de aquel vuelo, aunque no conseguía recordar dónde.
Estaba intentando acordarme cuando me descubrió mirándola, pero no tenía la seguridad ni la confianza necesarias para sostenerle la mirada, mucho menos para hablarle.
Quizá haya coincidido conmigo en otro vuelo antes de hoy.
O quizá se parezca a alguien que he conocido.
Pero no consigo librarme de esa sensación.
El camarero me pone la copa en la mano, pero apenas me doy cuenta.
Sigo mirando a la pelirroja. Cuando el camarero se desdibuja en el rabillo del ojo después de cogerme el billete de la mano, ella levanta la vista y nuestras miradas se encuentran.
Me mira directamente a los ojos y sonríe.
No es la sonrisa cálida y amistosa de alguien que me conoce bien.
Es una media sonrisa fugaz que apenas ocupa una pequeña parte de su rostro y después desaparece, pero sé que ella también me reconoce.
Alguien se abre paso delante de ella para pedir unas cervezas a gritos y la pelirroja vuelve a fundirse con la multitud. Me pongo de puntillas para intentar verla otra vez, pero ha desaparecido. Ya no es más que otro rostro entre la gente.
—¿Me buscabas?
La voz procede de justo a mi lado. Está tan cerca que su aliento prácticamente me hace cosquillas en la oreja.
Intento girarme para mirarla, pero estamos todos tan apretados que rozo uno de sus pechos y casi derramo el vino sobre su camiseta blanca de tirantes.
Sin duda, la he visto antes. Jamás olvidaría esa sonrisa, tan amplia que puedo verla con claridad incluso en la penumbra del local.
Me hace un gesto para que la siga lejos de la barra, más allá de la pista de baile, hasta una zona más tranquila del fondo.
La sigo sin pensar, aunque no sé por qué.
Quizá sea la curiosidad o puede que se deba a que no consigo apartar los ojos de ella.
Al fin y al cabo, es preciosa, y atravieso la multitud desesperada por no perderla.
Por algún milagro, ha encontrado una mesa.
Es pequeña y está encajada en el rincón más oscuro, pero ella se deja caer en una silla y vuelve a dedicarme aquella enorme sonrisa.
Soy incapaz de hacer otra cosa que devolverle una sonrisa bobalicona.
Aquí hay un poco menos de ruido, no mucho, pero al menos no tenemos a una docena de turistas borrachos apretándose contra nosotras.
Dice algo, pero no consigo oírla por encima del estruendo.
—¿Qué?
Vuelve a sonreír y se desliza alrededor de la mesa hasta quedar sentada a mi lado, tan cerca que noto el calor de su cuerpo. Un escalofrío inesperado, pero bienvenido, me recorre.
—Eras la del 25C en el avión, ¿verdad? Me alegra verte en tierra firme.
Me tiende la mano y yo se la estrecho. Tiene la piel cálida y el apretón firme, pero no hay forma de confundir la lenta caricia de su pulgar cuando nuestras manos se separan .
—¿Sabes qué asiento ocupaba?
—Gajes del oficio. —Suelta una risita—. Me llamo Kristi.
—Fenna —respondo, consciente de que estoy mirando su boca pero sin hacer ningún esfuerzo por apartar la vista.
Es para oírla mejor , me digo. No tiene absolutamente nada que ver con esos labios carnosos y rosados. No, por supuesto que no.
—Entonces, Fenna... —Se apoya en la mesa, sostiene la barbilla con una mano y me sonríe—. ¿Qué te trae a Costa Rica? ¿Trabajo o placer?
—Trabajo —respondo con un asentimiento extrañamente firme.
Al darme cuenta de lo seria que debo de haber parecido, hago una mueca. Dios, ¿por qué soy siempre tan empollona? Consigo parecer tremendamente aburrida, pero es porque... lo soy. Aunque no hace falta que resulte tan evidente.
—¿Y tú? —pregunto, concentrándome en sus hoyuelos para intentar silenciar mi monólogo interior.
—Trabajo —repite, imitando mi asentimiento decidido.
Ahora que se lo veo hacer a ella, parece ridículo. Tan ridículo que noto cómo el rubor me sube por el cuello y se me instala en las mejillas.
—Trabajo como voluntaria en el refugio de perros de las afueras. Está a unos veinte minutos de aquí, escondido entre las colinas. Intento venir cada mes o así, dependiendo de mis turnos.