Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capitulo 3KRISTI
8%

Capitulo 3KRISTI

KRISTI

Estoy recién duchada, pero, para cuando llego al refugio, esa sensación de limpieza ya es un recuerdo lejano. Casi en cuanto salgo del taxi, noto cómo se me empieza a acumular el sudor en la frente y tengo húmeda la nuca. Ahora estoy más pegajosa que cuando salí del aeropuerto.

El refugio tiene prácticamente el mismo aspecto que la última vez que estuve aquí, hace seis semanas.

De hecho, tiene prácticamente el mismo aspecto que cuando vine por primera vez hace tres años.

Está enclavado en las colinas de las afueras de la ciudad, lo bastante lejos para que los árboles oculten el ruido del tráfico, pero no tanto como para tener que alojarme aquí cuando trabajo como voluntaria.

Encontré este lugar por casualidad, gracias a un pasajero mayor que me deleitó con historias sobre la gran labor de la fundación.

Iba a dejarles toda su fortuna y, cuando los busqué por internet, descubrí que no era el único.

Han vuelto a pintar el cartel que se extiende por la parte superior de las grandes puertas de madera de la entrada.

El sol lo había desteñido tanto que las letras se confundían con la madera, pero ahora luce un precioso azul cielo y el nombre del refugio aparece escrito con una elegante caligrafía cursiva.

El Corazón de las Colinas. Es un nombre muy apropiado, teniendo en cuenta lo que hacen.

En cualquier momento puede haber unos cien perros aquí, todos necesitados de comida, aseo o paseos.

Algunos son callejeros que han estado vagando por las calles; a otros los traen familias que no disponen del tiempo ni del dinero necesarios para mantenerlos.

No importa cómo acaben aquí: en cuanto llegan, los colman de amor.

Quizá sea por eso por lo que sigo regresando.

Hay muchos refugios de animales en Estados Unidos, y muchos solo en Denver, mi ciudad, pero yo siempre vuelvo aquí.

La gente piensa que es una estupidez. Hasta quienes trabajan aquí creen que estoy loca por hacer tantos viajes.

Pero nadie entiende qué tiene este lugar para hacerme volver una y otra vez, y no es algo que pueda explicar con facilidad, salvo diciendo que aquí me siento como en casa.

Ellos son mi familia y, en cuanto atravieso las enormes puertas, vuelvo a poner los pies en la tierra.

Cierro bien las puertas detrás de mí y, con el soplo que provoca su movimiento, pierdo de vista mis viejas y maltrechas botas Oboz marrones bajo una tormenta de polvo rojo.

Dirijo la atención hacia el viejo cobertizo, que hace las veces de oficina y sede central del refugio, y veo una sombra moviéndose en el interior, pero, antes de que consiga subir por el sendero pedregoso, la puerta se abre de golpe.

Aparece una conocida cabeza de pelo oscuro y rizado, y oigo mi nombre.

—¡Kristi!

Es Diego, el hijo del propietario. Es uno de los pocos trabajadores que cobran un sueldo, junto con su padre y su hermana.

No me lo imagino trabajando en ningún otro sitio.

Esta es su pasión, y muchos de los perros que no encuentran un hogar en la ciudad acaban en su casa.

Es exactamente la clase de persona que necesita todo refugio de animales.

—Hola, Diego. —Entro por la puerta.

Luz, su hermana mayor, está detrás del mostrador de recepción, mirando la pantalla del ordenador con el ceño fruncido. Me saluda rápidamente con la mano y murmura un breve «hola», pero el teléfono suena antes de que me dé tiempo a responder.

Diego y yo cruzamos las puertas situadas a la izquierda del escritorio de Luz y entramos en el recinto principal, el territorio de los perros. Me recibe un coro de ladridos, jadeos y húmedos resoplidos.

—Han llegado cinco perros nuevos desde tu última visita.

La gente nos llama y nos pide que nos llevemos a sus perros.

Mi padre se enfadó cuando un hombre le envió una foto del suyo y una dirección.

Cuando llegamos, el perro estaba atado a un poste, esperando a que su dueño regresara.

Es triste. Algunos no pueden pagarles la comida y otros...

—Niega con la cabeza, exasperado—. Ya me has oído decir esto antes. No es nada nuevo.

Un viejo chucho con el pelaje del color del chocolate olvidado y cubierto de motas me olisquea la mano cuando paso a su lado.

Rogelio, la mascota que Diego tenía de niño, el primer perro que rescató su padre y probablemente el animal responsable de su entusiasmo por los rescates.

Ahora tiene el hocico casi completamente blanco y los ojos inyectados en sangre, y, aunque la artritis le dificulta el movimiento, su lealtad hace que nunca se aleje demasiado de Diego.

—Hola, viejo —susurro mientras le doy un beso en la parte superior de la cabeza—. ¿Me has echado de menos?

Rogelio me lame la mano y me olisquea con curiosidad. Me pregunto si puede oler Estados Unidos o si percibe un poquito de Julio y Elisabeth .

—Yo también te he echado de menos —le aseguro.

Vuelvo a besarle la parte superior de la cabeza antes de seguir a Diego hacia el interior del enorme patio.

Reconozco todas las caras conocidas y sonrío al ver al perrito flacucho (quizá medio chihuahua) que estaba en la zona de tratamiento la última vez que vine.

Ahora corre de un lado para otro con los perros grandes detrás, ladrando como si fuera el dueño del lugar.

Bribón, un cruce de spaniel y setter, corre hacia mí a toda velocidad, con la boca abierta y la lengua colgando, dejando muy claro lo mucho que se alegra de verme.

—Bribón, amigo mío. ¡Yo también me alegro de verte!

Me agacho para pasarle las manos por el pelaje desgreñado, que, según bromea Diego, es casi del mismo color que el mío.

Bribón salta, desesperado por lamerme la cara y cubrirme de besos.

Es mi chico favorito de aquí, el que me llevaría a casa sin pensarlo si no trabajara en unos turnos tan disparatados.

Pero mis turnos son una locura, así que no puedo.

Satisfecho después de limpiarme toda la cara, se tumba boca arriba y me ofrece la barriga, sabiendo que no podré resistirme.

—Es tu perro, Kristi. Eres la única persona a la que se alegra tanto de ver. Pero ¿quizá puedas jugar con él después? —Diego consulta el reloj—. Ahora necesito tu ayuda, ¿sí?

Le doy a Bribón una última y enérgica sesión de caricias en la barriga y después sigo a Diego por el terreno polvoriento hasta el edificio largo y bajo que alberga la zona de tratamiento.

Trago saliva, nerviosa por lo que estoy a punto de ver.

Todos los recién llegados pasan por aquí nada más llegar: los enfermos, los que están demasiado delgados, los heridos.

Se detiene delante de un perro de color arena que está acurrucado en su jaula.

Lleva un vendaje apretado alrededor del muñón donde debería estar una de sus patas delanteras y un enorme collar de plástico que parece la pantalla de una lámpara.

Me agacho junto a Diego y miro dentro de la jaula para observar al perro.

—Entonces, ¿a quién tenemos aquí?

—Este es Paco —me explica Diego—. Lo trajeron unos niños del pueblo. El pobre estaba desnutrido y tenía pulgas y ácaros. Y el pelo así. —Diego junta los dedos imitando el gesto de unas pinzas.

—¿Apelmazado? —pruebo.

—Apelmazado. Se lo afeitamos y había un olor, ya sabes, de una herida. Estaba muy infectada y mi papi tuvo que...

Diego hace el gesto de unas tijeras con los dedos y yo hago una mueca.

—Ahora mismo está un poco alicaído —añade.

—No me digas.

Paco levanta la vista hacia mí, con los ojos color miel llenos de tristeza. Pobrecillo. Ya es bastante difícil conseguir que adopten a un perro adulto, mucho más a uno que solo tiene tres patas y pico.

—¿Cómo está?

—Mejor. —Diego mete la mano entre los barrotes de la jaula de Paco y le rasca la parte superior de la cabeza—. Come, bebe e intenta caminar, pero no entiende adónde ha ido su pata.

Conozco esa mirada en los ojos de Diego.

Llevamos suficiente tiempo trabajando juntos como para que yo sepa cuándo está deseando recoger a un perro callejero en brazos y llevárselo a la casa principal, donde vive con su padre y su hermana.

Ya ha ocurrido unas cuantas veces, pero su padre se ha plantado: ni uno más.

—Lo quieres, ¿verdad? —Le doy un suave empujón con el hombro, pero, si percibe el tono burlón de mi voz, no dice nada .

Está demasiado pendiente del pobre Paco.

—Sí —murmura con cariño mientras le rasca por debajo de la barbilla—. Pero no puedo.

Su reloj emite un tono agudo, una especie de alarma que hace que vuelva a centrar la atención en mí.

—Pero para esto necesito tu ayuda.

Caminamos hacia una caja grande de cartón marrón y, antes de verlos, oigo sus gemidos.

Un revoltijo de pelaje marrón y blanco, con hocicos rosados que resoplan, se retuerce, se restriega y trepa sin parar, haciendo casi imposible distinguir dónde termina un pequeño cuerpo caliente y empieza el siguiente.

Todos menos uno, que es de un solo color, marrón rojizo, y permanece hecho un ovillo aparte.

Se me escapa un chillido de emoción, pero enseguida frunzo el ceño y le pregunto a Diego:

—¿Y su madre?

—No sobrevivió. Encontramos a estos cinco acurrucados contra su cuerpo, pero... —Respira hondo y niega con la cabeza—. No tenía fuerzas suficientes. Tuvieron suerte de que los encontráramos.

Me siento en el borde de la caja y meto la mano para acariciar el suave pelaje que cubre su piel todavía arrugada. Una salva de gemidos emocionados sale de sus diminutos cuerpos mientras trepan unos sobre otros para acercarse a mi mano. Sus pequeñas bocas húmedas me rozan la piel.

—Puedes ayudarme. —Diego me ofrece el pequeño biberón y yo le devuelvo una sonrisa—. Tienen unas dos semanas. Comen bien, pero este... —señala con la cabeza el diminuto bulto de pelaje marrón rojizo que está solo— no gana peso como los demás.

Sabe que los cachorros son mi kriptonita, sobre todo los huérfanos como estos.

Levanto al cachorro rojizo que lo tiene preocupado, le apoyo la barriga en la palma de la mano y cojo el biberón que me ofrece Diego, acercándole la tetina a la boca.

El diminuto cuerpo se retuerce, el hocico rosado olisquea y después el cachorro empieza a succionar con cautela.

—Tienes que comer para hacerte grande y fuerte, pequeña —le digo con ternura antes de guiñarle un ojo a Diego, que se limita a negar con la cabeza.

—Esta vez no aceptaré tu apuesta. No puedo permitirme seguir perdiendo —declara.

Tengo un don rarísimo para adivinar el sexo de un cachorro mucho antes de que pueda confirmarse a simple vista y, por ahora, llevo cincuenta de cincuenta.

Cincuenta cachorros, cincuenta aciertos, aunque ninguno de mis pequeños triunfos sigue en el refugio.

Todos han encontrado una familia para siempre porque la gente quiere cachorros.

Encontrarles una familia es fantástico, pero a veces desearía que los posibles adoptantes miraran a los ojos de los perros mayores y vieran cuánto amor están deseando compartir.

—Entonces, ¿cuánto tiempo te quedas esta vez? —pregunta Diego, levantando la vista de su tarea justo lo necesario para mirarme.

—Tres noches, y al cuarto vuelvo a volar.

—¿Tres noches enteras? —Sonríe—. ¿Quieres salir? Han abierto un bar nuevo cerca de tu hotel. La música es buena.

—Claro, ¿por qué no? ¿Cómo se llama?

—Caliente. —Diego retira el biberón vacío de la boca del cachorro y usa el pulgar para limpiar el exceso de leche artificial que se le ha acumulado alrededor de los bigotes—. Es un club de salsa. Sabes bailar salsa, ¿verdad?

Se me encoge el estómago. Yo no bailo. Sí, normalmente acabamos en alguna discoteca y puedo moverme sin ton ni son con la ayuda de unos cuantos guaros, pero bailar de verdad, siguiendo unos pasos organizados, no es lo mío en absoluto.

Pero es un bar, así que habrá alcohol (lo voy a necesitar) y Diego parece emocionado, así que ¿por qué no? ¿Qué es lo peor que podría pasar?