Capítulo 2
La rutina que me he creado para estos viajes resulta cómoda y reconfortante a la vez.
Me quedo tres días, aunque de vez en cuando, cuando mi horario me lo permite, añado uno más.
Siempre reservo el mismo hotel y normalmente me dan la misma habitación.
Cada vez que llego, me registro, me doy una ducha fría y luego voy directa al refugio.
Teniendo en cuenta mi trabajo, esta es una de las pocas partes de mi vida en las que puedo seguir una rutina fija.
Casa Verde es una pensión diminuta que descubrí en mi primer viaje a Costa Rica.
Está situada en una estrecha calle secundaria, no muy lejos del centro de Alajuela.
La entrada es de lo más discreta; quiero decir, nadie diría que es un hotel.
Puede que no sea el lugar más glamuroso ni prestigioso de la ciudad, pero tiene encanto.
Es pequeña, con apenas un puñado de habitaciones, y pasa tan desapercibida que, si no hubiera visto por casualidad el pequeño cartel que cuelga sobre la puerta, jamás habría sabido que existía.
La pintura verde que hace honor a su nombre está desconchada y descolorida, el agua caliente tarda una eternidad en salir y algunas luces parpadean como en una película de terror, pero cada vez que me reciben Julio y Elisabeth, los ancianos propietarios que llevan años al frente del negocio, siento que he vuelto a casa.
—¡Hola, Kristi! —me llama Julio desde detrás del mostrador de recepción—. Se me alegra el corazón al verte. Me alegra tenerte de vuelta.
—Julio, sabes que no puedo mantenerme alejada. —Sonrío y espero a que deslice por el mostrador la llave de mi habitación de siempre, pero no lo hace.
—Kristi, tengo un problema que debo compartir contigo.
Lo siento muchísimo. —Julio niega con la cabeza mientras mira fijamente la llave de la habitación cinco que sostiene en la mano.
Esto no está bien. Siempre me alojo en la habitación tres—.
Mateo, el hijo de mi vecino, ha estado ayudándonos y ha cometido un error muy grave.
Ha aceptado demasiadas reservas. Hay más huéspedes que habitaciones y mañana hay fútbol.
Saprissa juega contra nuestro equipo, la Liga.
Es un partido importante. —Levanta las manos y las separa, como si sostuviera una pelota de playa hinchable enorme, para recalcarlo—. Y está todo reservado.
Lo miro sin saber qué decir. ¿Me está diciendo que no tengo habitación? No puedo enfadarme con él porque es Julio y nadie puede enfadarse con un hombre tan encantador, pero ¿qué demonios voy a hacer?
—Puedo preguntar si queda alguna litera libre en el refugio —me oigo decir, intentando ocultar mi decepción.
Estoy segura de que Diego me encontraría sitio. Con el paso de los años, me he acostumbrado a pasar los días en las colinas y regresar a la ciudad por la noche. Me gusta el orden que tienen mis días cuando estoy aquí.
—Elisabeth dice que hay otra posibilidad, pero puede que no te guste.
—Julio levanta la vista un instante, con el ceño fruncido, y vuelve a apartarla.
Su inquietud resulta evidente. Si está tan nervioso por la propuesta de Elisabeth, es muy poco probable que a mí me haga gracia—.
Estáis tú y otra huésped, también una mujer, y la habitación cinco tiene dos camas.
—Titubea, pero ya veo adónde quiere llegar y no estoy segura de que me guste—.
Ha pensado que podríais compartirla. —Sus cejas parecen ser la única parte de él que conserva la esperanza cuando se alzan y le arrugan la frente—. ¿Quizá podría funcionar?
¿Compartir habitación con una desconocida?
Mi reacción inmediata es: ¡no! La última vez que compartí habitación con alguien fue en Perú, durante el viaje de mochilera más corto del mundo.
Después de tres noches soportando flatulencias moldavas, ronquidos alemanes y una vigorosa masturbación canadiense, volví a casa y le anuncié a mi abuela que encontraría otra manera de conocer el mundo. Y así fue.
Pero ¿qué otras opciones tengo? ¿Quedarme en un dormitorio compartido del santuario, sin aire acondicionado, con un retrete para cada cinco personas que solo descarga con la ayuda de un cubo grande de agua y una ducha que tiene una única temperatura: fría?
¿O compartir una cómoda habitación con baño privado con otra mujer que, con un poco de suerte, no será una asesina armada con un hacha?
—Esa otra mujer, ¿la conoces? ¿Ha aceptado compartir la habitación?
Julio sonríe de oreja a oreja.
—Sí. Sí, se aloja aquí muchas veces, como tú. Es doctora… con niños. Muy tranquila. Muy, muy tranquila.
—¿Tiene hijos? —pregunto, incapaz de ocultar mi asombro ante la posibilidad de compartir habitación no solo con esa mujer, sino también con toda su familia.
Julio me mira sin expresión. Evidentemente, no le parece raro que comparta una habitación familiar con una mujer desconocida y todos sus hijos. Me imagino a varios niños durmiendo en camas plegables repartidas por toda la estancia y a mí abriéndome paso entre ellos para llegar al baño .
—Has dicho que es doctora y que tiene hijos. ¿Cuántos?
—No lo sé. El hospital puede estar muy ocupado, pero ¿cuántos niños? —Julio suelta un largo suspiro y levanta las manos en el aire.
—Espera, ¿son hijos suyos? Quiero decir, ¿ella es su madre? —pregunto rápidamente al darme cuenta de que quizá algo se esté perdiendo en la traducción—. ¿Me estás pidiendo que comparta habitación con una madre y sus hijos?
—No, no. Eso no es lo que propone Elisabeth. Solo estará la doctora. Los niños a los que cuida están en el hospital. —Niega con la cabeza y la risa le marca aún más las arrugas de los ojos—. Kristi, eres muy graciosa, pero ¿es que no te gustan los niños? Puedo llenarte la habitación de ellos.
—Entre un cachorro y un bebé, me quedo con el cachorro sin pensarlo —respondo, y lo digo en serio.
Sé cómo hablarle a un cachorro, pero ¿a un bebé? Eso ya es algo completamente distinto.
—¿Seguro que no queda ninguna otra habitación disponible en la ciudad?
—No. No hay nada en ninguna parte. He llamado a todos los sitios que conocía y nada. —Julio se encoge de hombros, hace una pausa y luego pregunta esperanzado—: ¿Te quedarás?
Asiento.
—Te quedarás. Elisabeth se pondrá contenta, muy feliz. —Julio me entrega la llave de la habitación cinco como si hubiera ganado las llaves de un coche nuevo en Atínale el precio.
No las he ganado, y es una pena, porque podría haber dormido en el coche.
—Sube. La señora Ríos no aparece hasta bien entrada la noche. Primero va al hospital y después viene aquí a dormir.
Vuelvo a asentir mientras imagino a una señora mayor, con el pelo gris y gafas, que pasa la mayor parte del tiempo atendiendo a sus pacientes y regresa tan cansada que lo único que puede hacer es dormir. ¿Tan malo puede ser? En serio. A menos que ronque. Eso sí que sería una faena.
—Gracias, Julio. —Le cojo la llave justo cuando un joven mochilero baja por las escaleras.
—Mañana se va a la selva —dice Julio con solemnidad, señalando con la cabeza al hombre de pelo desaliñado.
—¿Crees que volverá con vida?
Julio hace una mueca.
—Con vida, quizá. ¿Ileso? Quizá no.
Compartimos una sonrisa cómplice mientras lo vemos desaparecer calle abajo en dirección a la cantina.
Durante los años que llevo viniendo aquí, muchos de los huéspedes con los que me he cruzado en el hotel han sido mochileros atraídos por lo barato que es.
La mayoría llega con las mejores intenciones de explorar el país, pero suelen tener problemas para pasar del bar de la esquina.
—¿Americano? —pregunto.
—Tejano.
—Técnicamente, sigue siendo americano. —Sonrío—. Voy a ducharme y luego saldré.
—Bien. —Julio vuelve a sentarse detrás del mostrador alto y se sube las gafas de montura gruesa por el puente de la nariz—. Dale recuerdos a Diego de mi parte.
—¡Lo haré! —respondo por encima del hombro, sonriendo para mis adentros mientras subo por la estrecha escalera hacia mi habitación.
Costa Rica siempre es una aventura.