Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1) Capítulo 1KRISTI #2
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Capítulo 1KRISTI #2

El tintineo agudo del cristal me avisa de que el carrito de las bebidas está a punto de subir por el pasillo, así que pillo una de esas latas diminutas de refresco y vuelvo a mi asiento, pasando por delante de la preciosa ocupante del 25C y siguiendo hacia la sección de percusión, es decir, Ali.

Dudo mucho que se despierte antes de que aterricemos.

Me asomo al pasillo para ver qué bebida le pide mi mujer misteriosa a Tamara, con la esperanza de que me refresque la memoria.

Tamara todavía no ha llegado hasta ella y la mujer del 25C sigue hojeando sus papeles.

Se lleva la punta del índice al labio inferior y se humedece la yema para separar las hojas.

La he visto antes. La he visto hacer ese gesto exacto, pasando las hojas con impaciencia, como si buscara algo que no acaba de encontrar.

Es una tontería, pero, curiosamente, lo que recuerdo de la gente son los pequeños detalles, sus manías, nunca las cosas importantes.

La forma en que se humedece la yema del dedo antes de pasar la hoja tiene algo sensual.

Me río de mí misma. Cómo no iba a ser justo eso lo que recuerdo.

Veo a miles de personas al mes y casi ninguna me sostiene la mirada.

Yo creo que tenemos un espacio limitado para acordarnos de la gente, así que, cuando se nos llena la memoria, borramos los archivos que no sirven para dejar sitio a la siguiente tanda.

Pero a la mujer del 25C, entre botellitas de bourbon y paquetitos de frutos secos, con esos labios carnosos y esos dedos ágiles, la recuerdo.

¿A qué se dedicará? No subió a bordo con traje de chaqueta, blandiendo un maletín como si estuviera a punto de utilizarlo como arma, así que no me parece una ejecutiva.

Pero parece concienzuda y meticulosa, y se toma su tiempo para repasar cada dato más de una vez.

Sea lo que sea lo que está haciendo, consigue que parezca importante.

Café. Eso es lo que le sirve Tamara. Igual no bebe alcohol, o quizá va directa a una reunión. A lo mejor vive en San José. Esos enormes ojos marrones y esas ondas oscuras apuntan a unos orígenes bastante más exóticos que mi ascendencia celta y mi pelo rojo.

Que conste que no es normal en mí pasar tanto rato pendiente de una sola pasajera, porque no lo es.

No mucho, al menos, aunque reconozco que tengo debilidad por las mujeres guapas.

Pero la mujer del 25C es fascinante. Tiene una intensidad que me hipnotiza.

Y, aunque queda un poco basto, no puedo evitar preguntarme qué clase de amante sería.

¿Apasionada? ¿Lanzada? ¿O un poco tímida?

Sigo recreándome en mi imaginación cuando la señal de abrocharse los cinturones se enciende con un pitido.

Por si la vibración no fuera aviso suficiente, el piloto nos informa de que estamos atravesando una zona de turbulencias.

Ali abre los ojos como platos y yo le ofrezco la mano, que acepta encantada y aprieta con fuerza.

El avión entero tiembla y los dedos se me quedan sin color a medida que ella aprieta más.

—Ay, Dios —murmura, cerrando los ojos con fuerza mientras el avión sigue traqueteando—. Ay, Dios...

—Tranquila —le digo con suavidad—. Son solo unas turbulencias.

—¿Solo? —Suelta una risa seca y sin pizca de gracia mientras niega con la cabeza—. No lo parece, y no puedo evitar pensar que...

—No nos vamos a estrellar. Te lo prometo.

¿Sabías que en Estados Unidos vuelan alrededor de un millón setecientas mil personas al día?

Eso son unos cincuenta y un millones de vuelos al mes, y las turbulencias solo hieren a unas cinco personas.

Casi siempre son tripulantes de cabina que intentan cerrar los compartimentos superiores, así que las probabilidades de que no te pase nada están de tu parte.

—Me estoy comportando como una tonta. Ya lo sé, pero es que...

El avión da una sacudida y, con la mano libre, agarro la lata de refresco antes de que salga disparada hacia mi regazo.

—Te tengo. Imagínate que soy tu guardaespaldas particular.

El interfono emite un pitido cuando el avión da una última sacudida y entonces habla el piloto:

—Disculpen las molestias. Acabamos de atravesar una zona de aire revuelto, pero parece que ya hemos pasado lo peor. A partir de aquí, el vuelo debería ser más tranquilo.

Unos instantes después, se apaga la señal de abrocharse los cinturones y la cabina se llena del chasquido de las hebillas.

Ali, como era de esperar, no hace lo mismo.

Dudo que se desabroche el cinturón hasta que nos hayamos detenido por completo.

Lo más amable es mantenerla distraída, así que le pregunto por qué viaja a Costa Rica y, a medida que fluye la conversación, se relaja visiblemente.

Resulta que es especialista en comportamiento animal y trabaja con mascotas pequeñas, sobre todo gatos.

La gente la hace volar por toda América para solucionar sus catástrofes felinas.

Como yo soy más de perros, no puedo evitar pensar que quizá el origen de tanta calamidad sea que a esos dueños les sobra dinero y les falta sentido común.

Hoy va de camino a visitar a un bombay negro.

Doy por hecho que esa es la raza porque después me dice que se llama Dwayne.

No creo que tenga que escarbar mucho para dar con la raíz de los problemas del gato.

Ni está casada ni lo ha estado nunca, no tiene hijos y su última pareja seria fue una luchadora mexicana.

Interesante. Resulta que Ali es mucho más que su miedo a volar y su afición a las zanahorias ecológicas, y acepto la tarjeta que me ofrece junto con la propuesta de vernos la próxima vez que esté en Denver.

Hay que reconocerle el mérito a una mujer que sigue tirándote los tejos después de que la hayas visto esnifando zanahorias.

Cuando el comandante anuncia el descenso, nos informa de que en San José hace un calor húmedo de veintiocho grados y que aterrizaremos a las 16:18, hora local, veinte minutos antes de lo previsto.

—Ay, Dios —murmura Ali, y desliza la mano dentro de la mía.

Creo que acabo de hacer una amiga .

Más de una hora después, sigo sin notarme los dedos cuando cojo la mochila de la cinta de equipajes. Sesenta minutos sin riego sanguíneo te dejan así. Todavía me queda otra maleta por recoger, pero, como siempre, aunque las facturaran juntas, nunca las descargan juntas.

Mientras espero, echo un vistazo a la gente.

Se puede aprender mucho de los pasajeros cuando bajan de un avión: la rapidez con la que salen, el primer sitio al que se dirigen, la urgencia de sus movimientos.

Ali ha ido directa a los baños, lo que confirma que le da pánico volar o que tiene la vejiga floja, aunque mis dedos lo tienen claro.

Luego está el que vuela una vez cada muerte de obispo y se emociona tanto que prácticamente sale esprintando del avión hacia la cinta de equipajes para hacerse con el sitio privilegiado, a treinta centímetros del agujerito donde nacen las maletas.

Y, por último, están los que se pasan la vida volando: eficientes, pero tranquilos.

No corren para bajar del avión y se quedan un poco apartados cuando empiezan a aparecer las maletas, porque saben reconocer la suya a la legua.

Cien mil millas aéreas, o más, te dan ese nivel de zen.

La mujer del 25C se pasa la vida volando.

Iba unos pasos por delante de mí cuando pasamos por la aduana y luego se perdió entre el resto del pasaje.

Solo consigo vislumbrarla un instante cuando se marcha, arrastrando una maletita plateada.

La mía, también pequeña y plateada, aparece justo detrás, y me cuelo entre dos jugadores de fútbol americano enormes que están de brazos cruzados como si fueran porteros de discoteca.

Agarro el asa con una mano y giro la maleta de lado para hacerla pasar por el pequeño hueco que dejan entre sus cuerpos.

Parece que no se dan cuenta de que estoy ahí hasta el último momento.

Les dedico una sonrisa rápida antes de seguir mi camino.

Voy buscando a la mujer del 25C mientras me dirijo hacia la parada de taxis y la zona de recogida de pasajeros, pero no la veo por ninguna parte.

Igual tenía a alguien esperándola. Con la mochila a la espalda y la maleta rodando detrás de mí, uso la mano libre para deslizar el dedo por la pantalla y pedir un Uber.

Ojalá viniera alguien a recogerme a mí, pienso mientras salgo del aire acondicionado de la terminal de llegadas al calor de la tarde.

El piloto no mentía con lo de la humedad.

La pared de bochorno me pega la camiseta a la espalda al instante, aunque dentro de unas horas me dará igual, porque tendré cien distracciones para mantenerme entretenida.