Rescatando Corazones (Sanando Corazones 1)
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Capítulo 1KRISTI
KRISTI
Lo bueno de los perros es que siempre se alegran de verte y que, con un meneo de rabo y un lametón baboso, te devuelven al mundo hasta después del peor día.
Hace tiempo tuve una novia con virtudes muy parecidas, aunque ella era bastante menos fiel.
Resultó que dejaba que cualquiera le rascara detrás de las orejas.
Creo que me gustaría reencarnarme en un perro.
No en uno callejero, ni en uno de esos chuchos mimados que van de paseo dentro de un bolso, sino en un perro normal y corriente de familia.
Jugaría con los niños, los protegería de los intrusos y esas cosas.
Sería la Lassie de los tiempos modernos, salvando a todos para que vivieran felices y comieran perdices.
Iríamos juntos de excursión o a nadar al lago.
—¡Creo que voy a vomitar!
Doy un respingo y me giro hacia la mujer morena que tengo al lado, preguntándome qué tiene de malo querer ser perro en la próxima vida.
Cuando caigo en que no es telépata, sino que está a punto de vaciar el estómago, saco la bolsa de papel del bolsillo del asiento de delante y la abro de un golpe de muñeca.
Ser campeona desenfundando bolsas para el mareo te salva la vida en mi trabajo.
Una arcada de las gordas y a la pasajera de al lado le sale disparado por la boca lo que parecen trozos de zanahoria y, para mi desgracia, también por la nariz. ¿Por qué las zanahorias no se digieren nunca? Aunque lleves una semana sin probarlas, ahí están siempre.
—¿Estás bien? —le pregunto con cierto recelo.
Asiente y se pasa el dorso de la mano por la boca, estirando un hilo espeso de mocos y saliva.
Intento no poner cara de asco, sin conseguirlo, aunque dudo que se dé cuenta, porque la siguiente erupción parece arrancarle desde los pies y coger carrerilla según sube.
En serio, con todos los asientos que hay, ¿me tenían que poner aquí?
Suspiro por dentro mientras le froto la espalda y le aparto el pelo del borde de la bolsa.
Ahora me hace falta un pañuelo. Nos hace falta a las dos. Un paquete entero, más bien.
—Puede que ya haya pasado lo peor —le digo mientras la veo sacarse un trozo de zanahoria del agujero izquierdo de la nariz. Menos mal que se le queda pegado al dedo—. Espera, creo que tengo...
Con la mano limpia, saco la mochila de debajo del asiento de delante y me la sujeto entre las rodillas. Rebusco en el bolsillo exterior y encuentro el paquete de pañuelos.
—Igual te viene bien.
Le tiendo uno y lo coge con una sonrisa tímida. ¿Es raro que alguien te parezca mona incluso con la cara llena de babas y vómito? Me quito la pregunta de la cabeza usando otro pañuelo para limpiarme los dedos. No es lo ideal, pero me apañaré con eso hasta que pueda ir al baño.
Un pitido me hace levantar la vista. Han apagado la señal del cinturón y, como por arte de magia, aparece mi compañera Tamara, contoneándose por el pasillo con un vestido oscuro muy ceñido, atraída sin duda por las arcadas nada discretas que llevan entreteniendo al pasaje los últimos diez minutos.
—¿Está bien? —articula Tamara sin voz, mirándome.
Echo un vistazo a la mujer de al lado, que sigue limpiándose los mocos de la cara, y asiento, aunque me temo que la cara que pongo no resulta demasiado tranquilizadora.
—¿Te apetece un poco de agua? —pregunta Tamara, inclinándose por encima de mí y tocándole el hombro.
La mujer pega un salto, y Tamara también, pero luego asiente.
—Ahora te traigo un vaso. Has tenido suerte de que te tocara al lado de Kristi. ¿Te ha dicho que es tripulante de cabina? Normalmente está ahí delante ayudándome a cuidar del pasaje, pero se ha cogido unos días de vacaciones... y aun así no sabe mantenerse alejada del trabajo.
La mujer de al lado sonríe, primero a Tamara y luego a mí. Sí, hasta cubierta de mocos y zanahoria reciclada, está mona.
—Kristi te cuidará bien. Voy a por el agua.
Tamara me guiña un ojo y se da la vuelta para bajar por el pasillo, y me pillo mirándole el balanceo de las caderas.
Si tengo suerte, la mujer acabará agotándose hasta caer en una especie de coma.
A mí dormir en los aviones nunca me ha costado.
Ya sé que para algunos la idea de embutirse en un asiento minúsculo, con el espacio justo para las piernas, buscando dónde apoyar la cabeza sin que se te quede el cuello del revés, no resulta fácil.
Pero cuando eres tripulante de cabina, te arreglas con lo que hay.
Llevar bien los espacios pequeños es un requisito del puesto.
Aunque, últimamente, dormir tres noches seguidas en la misma cama es bastante más complicado.
Cuando Tamara vuelve con el agua, la mujer coge el vaso y le da las gracias .
—Debes de pensar que soy tonta. —Se coloca la melena oscura detrás de la oreja y vuelvo a ver esa sonrisa—. Soy Ali. La peor viajera del mundo —bromea.
—Kristi. Me alegro de verte respirar otra vez.
Mis palabras hacen que se le suba un rubor adorable a las mejillas. Calculo que andará por los treinta y tantos, quizá algo más. Como poco, cinco años más joven que yo. Y un encanto.
—Seguro que preferirías que te hubiera tocado otro asiento. —Ali niega con la cabeza, con cara de querer que se la trague la tierra.
—Todo el mundo se acojona alguna vez. Todos tenemos nuestras cosas, ya sabes, lo que a cada uno le pone los pelos de punta. —Es mi respuesta de siempre cuando alguien acaba de clavarme las uñas en la mano hasta hacerme sangre o de vomitarme sobre zapatos.
—¿Y lo tuyo cuál es? —Su pregunta me pilla desprevenida—. ¿Qué te da miedo a ti? Volar, desde luego, no.
Dudo. La respuesta me la sé, pero no es algo que vaya a soltar así como así. No voy contando mis emociones por ahí, y menos a una desconocida. Además, decir «miedo al abandono» le corta el rollo a cualquiera. Así que tiro por lo fácil y lo cutre.
—Me dan miedo las arañas.
Ali asiente y me observa como si estuviera calculando cuánta verdad hay detrás de mi supuesta aracnofobia.
Algo de verdad hay: no me hacen ninguna gracia esas enormes y peludas que parecen calzar Doc Martens y corren como Usain Bolt puesto hasta las cejas de Red Bull.
Las pequeñas, en cambio, no me importan.
Las diminutas hasta me gustan. Mi abuela las llamaba arañas de la suerte.
Levantaba el brazo y las dejaba colgar, girando y trepando, antes de dejar que le corrieran por la palma.
—Este bichito trae buena suerte, Kristi —me decía—. Déjalo que se te pasee por la mano. Él te traerá buena fortuna.
Cómo sabía que era macho, eso ya no lo sé.
¿Importa mucho el género en el mundo de las arañas?
Igual habría que preguntárselo a una viuda negra.
Pero esa era una de las muchas supersticiones que heredó de su madre, una irlandesa temible, tan ancha como alta y con el pelo del color del fuego.
A mi bisabuela Molly no llegué a conocerla, pero por lo que cuentan era todo un personaje. De los que dan un poco de miedo.
Ali bosteza a mi lado.
—Descansa un poco.
Le doy una palmadita en la mano y la veo parpadear, luchando por mantener los ojos abiertos, pero es una batalla perdida ahora que se le está pasando el subidón de adrenalina. En un par de minutos ya se ha quedado frita.
Echo un vistazo al avión y me pongo con mi pasatiempo favorito cuando vuelo y no estoy empujando un carrito por el pasillo: mirar a la gente. Siempre resulta interesante observar al pasaje e intentar adivinar quiénes son, adónde van y por qué. Cuántos viajan por trabajo y cuántos por placer.
Unas filas más adelante hay una pareja joven, tan abrazados que igual no consiguen despegarse cuando aterricemos. Pueden ser recién casados camino de la luna de miel, o igual lo que necesitan es pillar una habitación.
Al otro lado del pasillo hay un hombre más o menos de mi edad, cuarenta y pocos, con pinta de estar reventado.
Espero no parecer yo tan cansada. A su lado, una cría le da toquecitos a la pantalla de una tablet, balanceando las piernas regordetas mientras se ríe.
Como era de esperar, la mujer del asiento de delante lleva los cascos puestos.
El resto del pasaje lee, intenta descansar o habla en voz baja.
No estoy acostumbrada a quedarme quieta mucho rato, así que, con las señales del cinturón apagadas y con Ali, que le tiene pánico a volar, dormida como un tronco y roncando como una banda de música en un funeral de Nueva Orleans, aprovecho para ir a la cocina a buscar a Tamara.
La encuentro cargando el carrito de las bebidas otra vez, por tercera vez probablemente, mientras Gael, su compañero, llena un termo de café y otro de agua caliente.
Las cortinas me tapan la vista de primera clase, así que me apoyo en la pared de la cocina y hablo con ellos mientras paseo distraídamente la mirada por los pasajeros de las filas 18 a 29.
Unos van con la cabeza gacha, leyendo; otros están reclinados, dormidos.
Mis ojos se detienen en la mujer del 25C.
Tiene algo que... no sé. Me resulta extrañamente familiar.
Cuando pasé por su lado al bajar, estaba enfrascada en unos papeles y un portátil, igual que ahora.
Pero esta vez, como si notara que la estoy mirando, levanta un poco la cabeza y un par de ojos tan oscuros que casi parecen negros se encuentran con los míos.
Solo durante un instante. Después vuelve a bajar la vista hacia lo que estuviera leyendo.
Apenas me da tiempo a verla bien, pero hay algo en ella.
No puedo quitarme de encima la sensación de que no es la primera vez que nuestros caminos se cruzan.
Igual la he visto antes en algún vuelo, en uno como este.
La mayoría de mis rutas me llevan al sur del ecuador, así que, si viaja con frecuencia a San José, São Paulo o incluso Quito, es muy posible que le haya servido una copa alguna vez.
Aunque ahora mismo, a diferencia de casi todo el pasaje, lo único que tiene delante es agua.