Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 49
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TRES MESES DESPUÉS

STILLWOOD, FLORIDA

Camilla suspiró y se dejó caer en el sofá de cuero beige. Tiró unos folios impresos sobre la alfombra. Subió los pies y apoyó la cabeza en las manos.

—Este guion es una auténtica basura —dijo con brusquedad—. Totalmente exagerado. Absolutamente ridículo. Como mucho, material de película de serie B.

—Eh, eso es el programa de nuestra boda, mamá —dijo Diana desde el bar—. Es una boda totalmente normal en casa, solo con amigos íntimos y familia.

—Exactamente —dijo Camilla—. Cariño, eras la estrella de cine más grande del mundo incluso antes de que se emitiera ese vídeo tuyo con el traje de Reina Diamante.

Ahora eres una superheroína de verdad que salva a niñas de monstruos haciéndolos explotar por donde no da el sol.

No puedes hacer una boda cutre en la que simplemente os caséis y no pase nada emocionante.

—Oh, algo emocionante va a pasar, señora —dijo Dogg arrastrando las palabras desde el sofá de dos plazas, donde estaba despatarrado—. Pero no creo que el mundo esté listo para ese tipo de material sin censura todavía. Solo para suscriptores de Dirty Dogg.

Camilla lanzó un cojín forrado de seda que encontró en el suelo.

Dogg lo apartó de un manotazo con su gran zarpa izquierda.

Aterrizó en el regazo de Benson, sobre sus pantalones caqui perfectamente planchados.

Él miró el cojín como si no supiera si debía participar en aquella guerra doméstica de almohadas.

Diana suspiró y negó con la cabeza. Se volvió hacia el bar, se agachó y abrió la mininevera. Sacó dos latas finas de zumo de piña frío. Sirvió cuatro vasos altos y los colocó en una pequeña bandeja de metal.

Diana sirvió primero a Benson, luego a su madre, finalmente a Dogg.

Volvió al bar, dejó la bandeja, cogió su vaso y se lo bebió de un trago.

Luego se ajustó el escote del top plateado sin hombros, se aseguró de que las mallas estuvieran bien subidas y no se le viera nada del trasero, y se acercó con paso tranquilo a donde Dogg miraba el móvil.

—Se tarda siete horas en morir por la mordedura de una mamba —dijo, arqueando las cejas y sonriendo—.

Empiezas a convulsionar, luego te entumeces mientras el veneno neurotóxico se va extendiendo por el torrente sanguíneo.

Después estás prácticamente paralizado durante unas siete horas, mirando al vacío mientras los órganos te van fallando uno por uno.

—Qué bonito, cariño —dijo Diana mirando a Dogg con cierta preocupación—. Pero creo que ya lo sabemos todos. Nos lo llevas recordando una vez por semana desde que encontraron el cuerpo de Ingrid en el mar.

—La han congelado, ¿sabéis? —intervino Benson—. Acabo de recibir noticias de Alemania.

—Perdona, ¿qué? —dijo Diana.

Benson se encogió de hombros.

—Al parecer estaba en su testamento. Había pagado por adelantado un sitio en unas instalaciones criogénicas en los Alpes alemanes. Las autoridades alemanas han decidido respetar el testamento.

Dogg se acarició la barba, que ahora llevaba razonablemente bien recortada. Se quitó una pelusa de la chaqueta de chándal gris, que llevaba medio desabrochada. Pensó un momento y luego miró a Benson.

—Así que volverá dentro de unos cien años, con ganas de venganza. Como en cualquier buena película de superhéroes —dijo Dogg—. Tú seguirás por aquí, ¿verdad, Benson?

Benson esbozó una sonrisa sospechosamente irónica. Se encogió de hombros bajo su camisa Polo azul abotonada. Evadió la pregunta como el astuto viejo mago que Diana sospechaba que podría ser si le quitabas la capa exterior.

—Por desgracia, no podré estar en vuestra boda —dijo Benson con un suspiro de disculpa—. El deber llama.

Dogg respiró hondo. Miró a Diana. Luego volvió a mirar a Benson y asintió.

—¿Sigues buscando a Tom Edgerton? —preguntó Dogg.

Benson se encogió de hombros.

—Adelante con los faroles.

Diana frunció el ceño divertida.

—¿A qué vienen tantos tópicos, Benson? El deber llama. Adelante con los faroles.

—Si te aprieta, puedes usar los arbustos —le informó Dogg con naturalidad.

—Vale, nada de chistes de caca de nivel preescolar, por favor —dijo Diana con afectuosa brusquedad.

—Demasiado tarde —dijo Dogg mientras unos pasos pesados retumbaban por el pasillo desde la puerta principal abierta—. Bruiser está aquí. Con los chicos. Y las esposas. Y una horda de críos.

La zona del bar se llenó cuando Ax y Amy, Bruiser y Brenna, Cody y Cate entraron por la izquierda. Había seis niños con ellos. Cada pareja tenía gemelos. Dogg se lo había contado a Diana y ella había decidido no darle vueltas, porque si le daba vueltas podría volverse loca.

Benson se levantó. Saludó al equipo, sonrió a las esposas, asintió a los niños como si fueran adultos. Luego sacó una hoja de papel doblada del bolsillo. Se la entregó a Dogg.

—La despedida de soltero corre de mi cuenta —le dijo en voz baja a Dogg antes de mirar a Ax, Bruiser y Cody uno por uno—. Nombres y paradero de todos los cabrones en la sombra que encargaron esos asesinatos contra Diana.

Diana observó cómo la cara de Dogg se iluminaba como la de un niño que acabara de recibir un videojuego nuevo.

Probablemente uno con muchos disparos y explosiones.

Sintió una ligera oleada de ansiedad. Pero cuando vio a los cuatro SEALs de Darkwater reunirse cerca del bar y chocar los puños, bajó la guardia y se mordió la lengua.

Esto formaba parte de quién era Dogg, se recordó. Y siempre formaría parte de él. O lo tomas o lo dejas.

—Lo acepto —susurró mientras los cuatro exSEALs enormes fruncían el ceño ante la mininevera, que parecía tener demasiado zumo de piña—. Sí, por favor. Lo acepto.

—¿Te vas a tomar un descanso del rodaje de Reina Diamante 3 para iros de luna de miel? —preguntó Amy mientras las otras tres esposas de Darkwater se acercaban con niños colgados de ellas como monos.

—Eh, por favor, no te tomes un descanso —dijo Brenna con seriedad—. No quiero tener que esperar a que salga esa película.

Cate se rio.

—Seguro que será difícil superar tu vida real.

Diana se encogió de hombros y sonrió, bromeando con ellas. Luego las cuatro mujeres miraron a sus corpulentos hombres, que estaban leyendo la letra pequeña de las latas de zumo de piña y murmurando entre ellos como si fuera la misión más peligrosa del año.

La velada avanzó y empezó a apagarse. Fueron llevándose a los niños a la cama. Todas las familias se alojaban en la mansión de Diana. No habría aceptado que fuera de otro modo. Iba a ser una semana divertida.

Un año divertido.

Una vida divertida.

Benson fue el último en marcharse. Le dio a Diana un beso en la mejilla, inesperadamente cálido, y le susurró una felicitación.

Luego se marchó, y volvieron a quedarse solos.

Recogieron en silencio las latas vacías de zumo. Las echaron en una bolsa transparente de reciclaje. Llevaron los vasos usados a la cocina. Cargaron el lavavajillas y lo pusieron en marcha.

Zumbaba con una constancia reconfortante, y ese murmullo se sumaba al cosquilleo que ya recorría el cuerpo de Diana.

Observó a su SEAL, grande y temible, quitarse una mota de pelusa de la chaqueta de chándal gris.

Recorrió con la mirada los músculos marcados de aquel torso descomunal.

Parpadeó ante el bulto bajo la cinturilla.

Luego se acercó al hombre que había luchado por ella, había matado por ella, que moriría por ella.

El hombre que sabía qué botones pulsar.

Qué ruedas girar.

Qué cremalleras bajar.

Diana dejó escapar un suspiro largo y profundo.

Lo miró con picardía a los ojos, aquellos ojos verdes y salvajes.

Y entonces le susurró las palabras sucias que llevaba toda la noche deseando decirle a solas.

—Colada —ronroneó—. Oh, por favor, Dirty Dogg. Colada.

Dirty Dogg soltó un gruñido.

Se acarició la barba.

La hizo suplicar un poco más.

Y luego le dio lo que quería.

Lavar y secar.

Planchar y doblar.

Hogar y familia.

Siempre y para siempre.

Y así el telón fue cayendo, lento y suave.

Pero las luces del teatro siguieron bajas y tenues.

Porque el espectáculo en realidad nunca termina.

El juego vuelve a empezar con nuevos jugadores.

Y el baile continúa para siempre.

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