Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 48
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Aún estaba oscuro, pero Ingrid distinguía el contorno sombrío de ese maldito SEAL en la orilla rocosa de la isla. Ella ya se había alejado de la costa, y la corriente la arrastraba hacia mar abierto.

Tal y como lo había planeado.

Observó tensa el contorno desnudo del hombre. No habría podido llevar uno de los rifles de los guardias a través de ese estrecho túnel submarino. Y aunque lo hubiera hecho, el arma estaría inservible.

En cuanto a una pistola, Ingrid sabía que ya estaba fuera de su alcance efectivo.

El SEAL tenía un cuchillo, pero era de hoja curva y demasiado ligero para lanzarlo a esa distancia.

Estaba a salvo.

Ingrid se dejó caer contra el costado de su bote neumático.

Tenía el cuerpo rígido por la adrenalina.

La imagen de su hijo convertido en una nube de vapor rosado seguía grabada en su mente.

Aún podía oler la mezcla acre de residuos de explosivo y carne quemada.

Sabía que las cámaras habían estado grabando.

El mundo había visto cómo humillaban a su hijo por detrás.

Violado como si fuera un chiste.

Un payaso en lugar de un rey.

La mente de Ingrid giraba en cien direcciones a la vez. Siempre había planeado escapar navegando y comenzar un nuevo acto en la gran obra de lo que esperaba fuera una vida eterna en este cuerpo de carne que tanto amaba. Pero ahora se preguntaba si la venganza la consumiría hasta el mismísimo final.

Miró hacia atrás en dirección al SEAL, con el odio brillándole en los ojos plateados.

Entonces frunció el ceño.

El hombre acababa de lanzar algo hacia ella.

Un lanzamiento alto, arqueado.

No podía ser un cuchillo. No había destello de metal.

No podía ser una granada. Los mercenarios de Ingrid no tenían, y el SEAL había estado desnudo.

Algo aterrizó con un golpe sordo en su pequeño bote neumático.

Un golpe sordo y un siseo.

Ingrid se quedó mirando con incredulidad.

La mamba negra atacó furiosa por haber sido zarandeada como un simple accesorio en lugar de tratada con la dignidad que su letalidad merecía.

La serpiente atacó tres veces en rápida sucesión.

Luego se retiró a un rincón oscuro y suspiró.