Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 41
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Se acabó el juego.

La cosa se había puesto jodidamente seria.

Y sí, dos cilindros de oxígeno de respiración directa para su entrada submarina.

Dogg ya había localizado un punto probable para un túnel submarino. Lo había deducido del mapa topográfico, las cartas batimétricas e incluso las diferencias de color en algunas fotos diurnas del mar que rodeaba la isla.

Pero no tenía forma de saber cuánto tiempo tendría que pasar bajo el agua.

El primer túnel podría acabar en un callejón sin salida bajo el agua, obligándolo a dar marcha atrás.

Podría estrecharse hasta el punto de que su corpulento cuerpo no cupiera entre las grietas del granito submarino.

Joder, incluso si lograba atravesar el primer túnel, no había garantía de que no emergiera en una caverna rodeado de veinte hombres armados. No podía arriesgarse a salir boqueando ruidosamente después de aguantar la respiración más allá de su límite.

Dogg observó cómo Walid amarraba su pequeño bote a la roca puntiaguda del afloramiento oculto.

Había tenido que echar mano de todas sus dotes de persuasión para que Walid aceptara quedarse allí fuera con los botes.

Dogg había convencido al chaval de que alguien tendría que arrancar los motores del bote grande y acercarlo lo suficiente para que las chicas pudieran vadear hasta él y subir una vez que las rescatara.

Si las rescataba.

Lo cual parecía cada vez más improbable.

Dogg volvió a acariciarse la barba, sacó una hebra de alga, frunció el ceño al verla y se la llevó distraídamente a la boca. Un poco de yodo era bueno para el cerebro. Quizá le ayudaría a idear algún plan nuevo que no terminara con ninguna rehén muerta.

En todos sus cálculos, a Dogg ni siquiera se le pasó por la cabeza que él también podría morir.

Estaba en un maldito pañal de sumo, sin armas y sin oxígeno.

Pero tenía sus botas, pensó con una sonrisa. Diana había salvado las botas.

Dogg colocó las botas frente a él. Se las había atado un millón de veces en la Marina. Era como meditar. Hacer el lazo con los cordones. Asegurarse de que quedaran perfectamente iguales. Enrollar los extremos sueltos en los ojales metálicos.

Se calzó las botas. Empezó a atárselas. Sintió que su mente se relajaba. Algo aparecerá, se dijo como un maldito yogui vislumbrando el nirvana.

Algo.

Lo que fuera.

—Ah, traje esto conmigo —la voz de Walid atravesó la meditación de los cordones de Dogg—. Lo uso para destripar los peces que pesco en el mar. Puedes quedártelo si quieres.

Dogg miró lo que Walid le ofrecía.

Era un cuchillo de filetear. Hoja de acero curvada que Dogg vio al instante que estaba afilada como una cuchilla.

Se estrechaba hasta una punta letal, perfecta para clavarse en peces de piel gruesa.

El mango era robusto, envuelto en cuerda negra.

Lo bastante largo para que Dogg pudiera agarrarlo con toda la palma.

Usar toda su fuerza.

Toda su potencia de tajo.

Ya tenía un arma.

Era algo.

—También tenemos mi Diamante de Poder —susurró Diana.

Dogg asintió. No mencionaron el explosivo delante de Walid. Probablemente era mejor que no supiera lo bajas que eran las probabilidades de que su hermana y sus amigas llegaran todas al bote de escape.

Dogg sabía cuántas misiones de rescate de rehenes con más de veinte prisioneros habían logrado rescatar a todos y cada uno de los rehenes.

Ese número era cero.

Pero Dogg descartó ese número. El momento de calcular probabilidades había pasado hacía mucho. Joder, si se hubiera puesto a echar cuentas, todavía estarían en los muelles junto al chiringuito. Y Habib todavía tendría su puerta principal.

Dogg agarró el cuchillo de filetear de Walid y trazó un tajo suave en el aire para probar el agarre. Se sentía de puta madre en su mano, pensó mientras esos instintos de combate empezaban a apoderarse de él.

De repente Dogg sintió que su ánimo cambiaba. Podía ver las piezas encajando como un rompecabezas que resolvía alguna fuerza invisible. Perder la ropa y las armas y encontrar a Walid quizá había cambiado las cosas a mejor.

Al fin y al cabo, el cuchillo curvo era mejor que las otras dos hojas que había conseguido de Ramaan. Mucho más fácil para abrir arterias en canal y montar un buen estropicio.

Muy sangriento.

Muy teatral.

Se miró con el ceño fruncido: el taparrabos rojo y las botas militares. Parecía un maldito bicho raro. Musculoso y medio desnudo con un pañal de sumo rojo.

Se imaginó lo que verían esos guardias. Músculo oscuro reluciendo a la luz parpadeante del fuego.

Barba espesa y ojos verdes ardientes. Un guerrero de las sombras rajando yugulares y salpicando sangre por todas partes.

Parecería un demonio enloquecido surgido del océano oscuro.

Esos mercenarios conocían de sobra todo tipo de historias míticas.

Puede que no creyeran de verdad que era un demonio, claro.

Pero los haría entrar en pánico, eso seguro.

Podría despejar esas cuevas en un puto santiamén.

Los guardias se pisotearían unos a otros para llegar a sus botes.

Puede que ni siquiera notaran que faltaba uno.

Dogg asintió febrilmente mientras el escenario se desarrollaba en su mente. Joder, esto podría funcionar mejor que el plan original. Y lo mejor era que, con el chaval Walid aquí, sería más fácil conseguir que Diana se quedara fuera de la cueva, fuera de escena, fuera de peligro.

Porque, por supuesto, Dogg nunca había planeado dejar que Diana se dejara ver.

De ninguna manera iba a permitir que fuera el señuelo, la maniobra de distracción, el cebo.

Sabía que nunca podría evitar que viniera a la isla.

Pero a partir de ahí, el espectáculo era de Dogg.

Solo suyo.

Porque el Diamante de Poder en sí era el verdadero señuelo. Había hecho que Diana pensara que Dogg de verdad iba a dejarla entrar en esa cueva. Que estaba tan loco como para atarle una bomba activa a las tetas. Darle la opción de pulsar un botón y acabar con todo si Dogg fracasaba.

Miró a Diana, parpadeó y bajó la vista. Respiró hondo para prepararse para la confesión.

—Te quedas aquí con Walid —dijo con calma, como si hablando con naturalidad ella no fuera a darse cuenta de que su papel había terminado por ahora—.

Te necesitarán aquí, Diana. Las chicas se calmarán en cuanto vean a la Reina Diamante con todo el equipo de superheroína.

Tú cargas el bote, cuentas a las chicas y luego le dices a Walid que acelere a fondo esos motores gemelos en cuanto la última chica esté a bordo.

Una vez que estéis fuera, cogeré el bote de remos de Walid y os seguiré.

¿Estamos? Genial. Te quiero. Nos vemos pronto.

Dogg se volvió para tirarse por la borda y nadar la corta distancia hasta la isla. Subiría sigilosamente por la ladera de esas colinas rocosas. Podía tomarse su tiempo para encontrar una entrada a la cueva. Reconocimiento SEAL básico. Pan comido.

Y sin preocuparse de que dos malnacidos ataran y atormentaran a Diana delante de una cámara.

Joder, ¿de verdad creía que él era tan temerario como para dejarla ir a...?

De pronto, un chapuzón en el agua oscura junto a él.

El destello de tela sintética acharolada.

El impulso de muslos poderosos y pantorrillas musculosas.

Unas nalgas redondas y perfectas asomando entre la estela mientras la Reina Diamante nadaba hacia la isla como si aquello siguiera siendo un juego.