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Diana nadó como si los sabuesos del infierno le pisaran los talones.
No entendía qué se le había metido en la cabeza, pero estaba batiendo el océano hasta convertirlo en espuma con la furia de sus brazadas.
Había sospechado que Dogg iba a impedirle llegar a esa isla, pero no había planeado simplemente tirarse de cabeza y lanzarse a por ella.
Esperaba hablarlo, razonarlo, planearlo.
Pero, de un modo extraño, Diana sentía que aquello era el plan. Algo la había impulsado a zambullirse en el oscuro océano sin perder tiempo discutiendo.
Algo andaba mal.
Algo estaba pasando.
Algo urgente.
Diana jadeó y escupió agua cuando sus botas tocaron el fondo.
Se puso de pie y empezó a correr por los bajos que le llegaban a la cintura.
Se había entrenado para una escena exactamente así corriendo en una piscina.
Sentía los músculos que había desarrollado en los muslos y el trasero flexionarse y relajarse a la perfección gracias a toda la práctica.
Habían diseñado sus botas para drenar precisamente para esa escena acuática. Su traje sintético expulsaba el agua de mar como una serpiente mudando la piel a cámara rápida.
A su espalda podía oír las brazadas letales de Dogg mientras la perseguía como la mala fugitiva que era. Eso añadió velocidad a su loca carrera sobre el terreno rocoso hacia donde distinguía un débil parpadeo de llamas.
Al acercarse a la boca de la cueva, dos guardias salieron con los rifles en alto.
Diana se detuvo en seco. Levantó los brazos a los lados.
Luego saludó con la mano.
Sonrió como había practicado un millón de veces.
Adoptó su pose de Reina Diamante, la que adornaba las paredes de las estaciones de tren desde Mónaco hasta Mogadiscio.
Los guardias parpadearon incrédulos.
Luego se les dibujaron unas sonrisas enormes.
Se gritaron unos a otros en somalí y pasaron la noticia a más guardias, que fueron llegando en grupos para ver a la mismísima Reina Diamante.
Diana sintió que el miedo se le agarraba a la garganta. Sabía que aquello era una estupidez.
También sabía que era lo correcto.
Aguzó el oído buscando los pasos de Dogg y exhaló aliviada al darse cuenta de que se había detenido.
Nadie apuntaba ni disparaba, lo que significaba que Dogg había logrado mantener la calma suficiente para darse cuenta de que dejarse matar a tiros no ayudaría a nadie.
Dos guardias se adelantaron. Uno de ellos hablaba inglés. Hizo un gesto hacia la boca de la cueva.
Las llamas de las antorchas lamían las paredes de las fauces abiertas de la cueva. Ni los mejores escenógrafos de Hollywood habrían podido crear una representación mejor de las puertas del infierno.
Diana asintió y cruzó esas puertas con paso decidido.
No le preocupaba el infierno.
Tenía a su propio demonio en pañales rojos cubriéndole las espaldas.
¿Y si no estaba escrito que fuera así?
Bueno, pensó mientras bajaba la vista hacia el falso accesorio de cristal sujeto entre los pechos, todavía tenía su Diamante de Poder.
Todavía tenía el poder de escribir su propio final.