Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 40
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—No pueden ganar —dijo Ramaan, el fabricante de bombas, mientras dejaba tres vasos de té dulce sobre la desvencijada mesa de madera—. Deberías haberlos detenido, John.

—Ya han ganado —dijo Benson.

Deslizó uno de los vasos hacia Camilla. Se llevó el suyo a los labios. Dio un sorbo. El té era dulce y espeso.

—Da igual si vuelven o no.

—Y una mierda que no importa —dijo Camilla—. Debo de estar loca por dejarla ir. Joder, ¿qué he hecho?

—Tu deber —dijo Benson—. Bébete el té, Camilla.

Camilla miró a Benson como si no supiera si estaba despierta o soñando. Alargó la mano hacia el pequeño vaso estriado con el té caliente y lechoso, como en trance. Dio un sorbo. Abrió los ojos de par en par. Se bebió el resto sin decir palabra.

Ramaan recogió los vasos vacíos y fue a la trastienda a preparar más.

—Tu deber como madre —añadió Benson al ver que el té caliente y azucarado había surtido efecto.

—¿Desde cuándo eres un experto en maternidad?

Benson sonrió.

—Soy un experto en todo, chica.

Camilla enarcó una ceja. Lo miró de arriba abajo. Quizá intentaba adivinar su edad.

Buena suerte, pensó Benson, sonriendo para sus adentros.

—Está bien —dijo Camilla.

Se recostó en la silla, cruzó los brazos sobre la chaqueta del traje y soltó un suspiro.

—Vale, pico. ¿Cuál es mi deber como madre?

Benson se encogió de hombros.

—Alimentar a la niña hasta que sepa caminar y hablar. Después, dejarla seguir su propia estrella, sus propios deseos, su propio corazón. Fin del deber.

Camilla entrecerró un ojo y lo miró con extrañeza.

—Eso es demasiado simplista.

—Simplista no significa fácil —dijo Benson con sequedad—. Es lo más difícil del mundo. Lo hiciste bien, Camilla. La dejaste seguir su estrella.

—Las estrellas fugaces siempre acaban estrellándose, Benson —dijo Camilla en voz baja.

Benson volvió a encogerse de hombros.

—Todos estamos hechos de polvo de estrellas. Y todos acabaremos estrellándonos tarde o temprano. No importa cuándo. Lo único que importa es por qué.

Camilla guardó silencio un buen rato.

—Crees que Diana y Dogg van a morir allí —dijo, con la voz temblorosa al acabar la frase.

Benson no confirmó ni desmintió sus palabras.

—Creo que Diana y Dogg entienden que, si no hubieran ido, una parte de ellos habría muerto de todos modos —dijo con suavidad—.

Lo sintieron en el corazón, Camilla. Dogg sabía que nunca podría mirarse al espejo si los que mataron a su hermana e hirieron a su mujer no se pudrían en el infierno.

Y Diana sabía que no podía darles la espalda a esas chicas.

Interpreta el papel de superheroína en las películas, pero hay una parte de ese papel que es real en ella, Camilla.

En secreto. Lo sabes. Siempre lo has sabido.

Por eso la dejaste ir, aunque te esté destrozando por dentro.

Entendiste que necesitan seguir su propio corazón, adonde sea que los lleve.

—No es responsabilidad suya salvar a esas niñas ni matar a esos psicópatas —dijo Camilla con terquedad, aunque Benson notaba que lo entendía.

—El destino no es una responsabilidad —dijo—. Es una elección. Muchas elecciones. Joder, es cada elección.

—Si su destino era estar juntos, deberían haber elegido alejarse —dijo Camilla, como si negociara, racionalizara, esperara.

Benson suspiró. Negó con la cabeza.

—Eso es lo que pensé al principio. Pero me equivoqué.

Pensé que el destino los empujaría a alejarse, a darle la espalda al pasado.

Y creo que probablemente había un fuerte hilo de su destino tirando de ellos hacia la aceptación.

Diciéndoles que habían recorrido un camino oscuro para llegar a su final feliz y que, por tanto, debían aprovechar la oportunidad y perderse en el horizonte.

Instándolos a aceptar que no pueden arreglarlo todo y que no es cosa suya hacerlo.

Se encogió de hombros.

—Pero debieron de resistirse. Rechazaron la oferta eligiendo seguir adelante. Ignoraron todas las advertencias, superaron todos los obstáculos y, de algún modo, llegaron a esa isla.

Benson respiró hondo. Aquel viejo fuego familiar empezó a revivir. Atravesó el temor que llevaba en el corazón desde que los vio alejarse flotando hacia las aguas oscuras.

—Y quizá eso cambió su destino —dijo en voz baja—.

Al fin y al cabo, Diana y Dogg se vieron obligados a recorrer un camino oscuro que la mayoría no sobrevive sin acabar rotos y retorcidos para siempre.

Quizá juzgué mal el tipo de amor que ambos son capaces de dejar entrar en su corazón.

Quizá su amor personal está tan entrelazado con ese amor más amplio, más grande, más audaz, que pueden empujar con la fuerza suficiente contra el destino para cambiar su sino, abrirse paso a la fuerza hacia el final que quieren escribir para sí mismos.

Benson hizo una pausa. No quería darle falsas esperanzas a Camilla. Sabía que era una red compleja en la que intervenían emociones intensas y muchos actores diferentes. Había todo tipo de amor en juego, lo que le dificultaba predecir el resultado.

Benson los había visto alejarse en una maldita balsa. Había visto la tormenta. Oído los truenos. Visto los relámpagos.

Después, la tormenta había amainado. Tan rápido como había llegado.

Pero después, Benson había notado que el transmisor de radio que Dogg había metido en aquella bolsa se había apagado.

¿Habría perdido Dogg la bolsa en el mar? ¿Estaría bajo el agua buscando un túnel? ¿Estaría bajo tierra, en una caverna?

¿Estaría ya muerto?

Ramaan volvió con más té y una bandeja de metal con bollos de fruta recién salidos del horno de barro. Camilla le dio las gracias y miró a Benson antes de apartar la vista.

Benson captó un destello de esperanza en los ojos de Camilla y se preguntó si debería echarse atrás un poco. Al fin y al cabo, se había equivocado antes.

Pero no con estos SEALs de Darkwater, se recordó.

No con hombres que entendían la disciplina y el honor, pero también la violencia y la oscuridad.

Y no con mujeres capaces de estar a la altura de esos hombres duros.

Capaces de pisar esa pista de baile cósmica donde el sexo y la violencia danzaban juntos como serpientes entrelazadas, moviéndose al amparo de la oscuridad, brillando juntas en un destello de luz estelar.

Así que Benson bebió su té y cerró la boca.

Dejó que la esperanza floreciera.

Dejó que la danza continuara.

Dejó que el juego siguiera su curso.