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—Me llamo Walid —dijo el chico flaco, de cara fresca y juvenil—. He venido a rescatar a mi hermana. Se llama Natu.
Walid estaba empapado de sudor y lluvia, con una sonrisa radiante que no le había abandonado el rostro desde que vio a la Reina Diamante flotando sobre una puerta.
Diana también lo había reconocido.
Era el chico de aquella entrevista.
El chico flaco junto a su madre angustiada.
Feroz y furioso.
Decidido y audaz.
Diana le apretó el hombro huesudo a Walid. Le dedicó una sonrisa a Dogg y se encogió de hombros.
—Walid ha venido a rescatar a su hermana —repitió Diana alegremente mientras Dogg los observaba desde lo alto de una roca puntiaguda—.
Se escabulló de los guardias kenianos en la entrada de su edificio.
Navegó con su barca desde Mombasa. Logró pasar junto a la Guardia Costera somalí.
Luego llegó la lluvia, cambió la marea y tuvo que arriar la vela y ponerse a remar.
Por suerte, remó justo hasta nuestra puerta.
Dogg asintió como atontado. Seguía mirando a Walid como si no le cuadrara.
Tenía demasiado sentido como para tener algún maldito sentido.
Si es que eso tenía algún sentido.
Y para Diana sí lo tenía.
Todo tenía sentido.
La barca que Dogg había estado arrastrando cuando se llevaron a Diana ahora se mecía a su lado. La lluvia había amainado hasta convertirse en llovizna. Los relámpagos habían desaparecido. Los truenos eran solo un redoble lejano que se desvanecía entre las nubes en fuga.
Dogg se quedó mirando a Walid un buen rato.
Diana se quedó callada mientras Walid la miraba a ella y luego volvía la vista hacia aquel hombre desnudo con músculos de boxeador profesional y unos cojones del tamaño de aquellos truenos.
—Walid... vino... a... rescatar... a... su... hermana —dijo Dogg arrastrando las palabras, como en trance.
Parpadeó, ladeó la cabeza hacia la izquierda y miró a Diana como preguntándole si aquello era real o si habían resbalado hacia alguna realidad alternativa donde contemplaban una versión de sí mismos, pero no del todo.
—Lo sé —le dijo Diana a Dogg—. Mejor no darle muchas vueltas. Te puede volver loco.
—Ah, ¿es eso? —susurró Walid—. ¿Está loco? A veces pasa. He visto locos quitarse toda la ropa. Una vez vi a uno tirándole su mierda a la gente en la calle.
—Oh, no es ese tipo de loco —le aseguró Diana a Walid mientras aguantaba la risa—. Él solo lanza cuchillos y granadas a la gente.
Lo pensó un momento.
—Aunque a veces también lanza personas. Por las ventanas. Asesinos, sobre todo. Está de nuestro lado, Walid.
Aquello pareció convencer a Walid de que Dogg estaba bien. Cuchillos, granadas y asesinos eran cosas razonables de lanzar, según parecía opinar Walid.
—Perdí tu ropa en la tormenta —dijo Diana—. Y tus armas. Pero salvé las botas.
Dogg se miró las partes. Flexionó los enormes tríceps. Se encogió de hombros como diciendo que podía arreglárselas sin ropa ni armas mientras tuviera las botas.
—Tengo algo que puedes usar —dijo Walid. Gateó hasta la proa de la barca y abrió de golpe un pequeño contenedor de plástico. Sacó un trozo de tela roja doblada. Lo desplegó. Era como un pañuelo de algodón extralargo, con un ribete floral blanco en los bordes—. Así, ¿ves?
Walid gesticuló con las manos. Quería que Dogg usara el pañuelo como taparrabos. No era raro que los hombres llevaran taparrabos en lugar de ropa interior en muchas partes del mundo.
Diana se encogió de hombros y asintió. Walid le tiró el pañuelo a Dogg.
Dogg lo atrapó con una mano. Se lo enrolló al cuello. Hizo una seña con la cabeza.
Walid metió un remo en el agua. Maniobró la barca con suavidad hacia el saliente de rocas. Dogg se sujetaba a la roca puntiaguda con un pie descalzo colgando. Cuando la barca estuvo lo bastante cerca, Dogg subió a bordo y se desplazó hacia el centro para que no volcara con su peso.
Se quitó el pañuelo rojo del cuello. Lo abrió y lo inspeccionó con cuidado, como si estuviera midiendo el largo y el ancho, calculando la técnica de envoltura.
Dogg estiró el pañuelo para alisar los pliegues.
Luego se aseguró el paquete metódicamente, enrollando el pañuelo alrededor de la cintura como un cinturón, alrededor de los muslos y luego entre las piernas por delante.
Metió el extremo suelto por la parte del cinturón por detrás, justo encima de su trasero magníficamente musculoso.
El resultado era como el de los luchadores de sumo en Japón. Muy pulcro.
Y bastante sexy, la verdad.
—¿Eso te lo enseñaron en los SEAL? —dijo Diana mientras admiraba el paquete tamaño sumo, bien envuelto, de su hombre.
Dogg sonrió.
—Más o menos el cuarenta por ciento del tiempo en el ejército te lo pasas doblando ropa y lustrando zapatos. Todos somos expertos en el arte del origami textil. Bruiser ya sabía doblar las camisetas en forma de flamenco para cuando acabamos el BUD/S.
Walid resopló de risa y se dio una palmada en el muslo.
Diana se rio al pensar en hombres enormes entrenados para matar pasando el cuarenta por ciento del tiempo doblando camisetas. Recordó cómo Dogg había doblado la ropa y atado los cordones de las botas.
La risa se le fue apagando hasta convertirse en una sonrisa soñadora. Se preguntó si tendrían que discutir sobre quién hacía la colada porque los dos querían hacerla.
Separar los colores.
Seleccionar el ciclo perfecto.
Y el doblado.
Ay, el doblado.
Dogg se cruzó de brazos después de taparse las partes. Miraba a Walid.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Dogg.
—Dieciséis —dijo Walid.
—¿Y tu hermana?
—Se llama Natu —dijo Walid, como si fuera importante que tuviera nombre.
—¿Cuántos años tiene Natu? —preguntó Dogg con una calidez que a Diana le provocó un revoloteo en el estómago.
Se dio cuenta de que estaba imaginándose a Dogg doblando la ropa y hablando con cariño a sus hijos.
Se preguntó cuántos hijos tendrían.
—Trece —dijo Walid.
Diana parpadeó y regresó al presente. Pero no era que hubiera abandonado el aquí y ahora. Era más bien como si estuviera viendo las cosas desde un ángulo más amplio. Como si su perspectiva se expandiera.
Quizá estaba viendo esas probabilidades de las que Benson había hablado.
Quizá las decisiones que todos tomaban estaban curvando el espacio y el tiempo con su poder emocional.
Cambiando la marea.
Capeando el temporal.
Luchando contra el destino.
Persiguiendo el final imposible.
El final que querían escribir, aunque el destino había intentado que se alejaran, que flotaran a la deriva, que se dejaran llevar.
—Quédate flotando aquí, detrás de estas rocas, Walid —dijo Dogg con esa suave firmeza—. Yo entraré. Traeré a Natu de vuelta. Tienes mi palabra.
Walid negó con la cabeza.
—Es mi hermana. Mi responsabilidad. Mi deber.
—Tu deber es quedarte aquí, chico. No tiene sentido que te hagas matar.
—No me llames chico —dijo Walid con obstinación—. Y no me digas cuál es o no es mi deber. Sé cuál es mi deber.
Se dio palmadas en el pecho huesudo por la abertura delantera de la camisa de lino azul, empapada por la lluvia y de tanto remar.
—Siento mi deber aquí, ¿entiendes? No importa si muero en el intento. La verdadera muerte es no intentarlo siquiera. ¿Entiendes?
Dogg se acarició la barba, hecha un desastre enmarañado. Había una hebra de alga verde oscuro enredada entre el pelo, como una trenza.
Lanzó una mirada a Diana, los ojos llenos de algo que hizo que el corazón de ella se desbordara.
Walid acababa de expresar lo que ambos sabían en lo más profundo.
Que estaban allí porque lo sentían como un deber.
El tipo de deber que te llena el corazón hasta desbordarlo.
El tipo de deber del que no puedes apartarte.
Del que no puedes huir.
Que no puedes negar.
Del que no puedes escapar.
El tipo de deber que te libera.
Porque sabes que, aunque mueras en el intento, habrás ganado.