37
Las sombras se deslizaban por la pared del túnel mientras Ingrid avanzaba con paso rápido hacia la caverna interior.
Solo había una pequeña entrada a la cueva donde estaban las chicas. Quedaba muy baja, casi a ras de suelo. Un adulto tendría que agacharse para entrar. Un hombre corpulento quizás tendría que arrastrarse. Era un sistema muy seguro.
Cuatro guardias montaban guardia fuera. Estaban sentados en el suelo rocoso, con los rifles apoyados contra las paredes. Se levantaron de un salto cuando ella se acercó.
Ingrid los apartó con un gesto. Tenía poca paciencia con aquellos hombres.
Lo único bueno que tenían era que salían baratos.
Antes de que ella les ofreciera contratos de un mes, cazaban animales de monte en la maleza somalí.
Les pagaba más de lo que les había pagado el mejor señor de la guerra para el que hubieran luchado.
Por supuesto, Ingrid no esperaba que opusieran resistencia seria cuando los gobiernos del mundo decidieran intervenir. Se amontonarían en los tres botes anclados en la costa rocosa en cuanto oyeran el primer bombardero, helicóptero, o incluso el zumbido de un dron de vigilancia.
No importaba. Se habían ganado el sueldo capturando a las colegialas.
Ingrid no los necesitaba para cubrir su huida.
Tenía una manta negra y un pasamontañas guardados en el bote inflable para ocultarse en la noche cuando escapara sola.
Podría flotar en el mar oscuro durante días sin que nadie viera el pequeño bote.
Suspiró al pensar en su pequeño.
Cuánto se habían divertido juntos todos esos años.
La despedida sería un dulce tormento.
Su mayor deseo era despedirlo con estilo, con la teatralidad que formaba parte esencial del maravilloso ser que Oliver llevaba dentro.
La ira se apoderó de Ingrid al considerar la posibilidad de que Diana Jackson no viniera en absoluto.
No había aparecido nada en las noticias sobre Diana.
No había hecho ninguna aparición pública.
Todas sus cuentas en redes sociales estaban bloqueadas.
Habían surgido informes de que el Departamento de Estado también le había bloqueado el pasaporte.
La Guardia Costera somalí patrullaba las aguas entre Mogadiscio y la isla.
Diana Jackson tendría que estar muy decidida para burlar los bloqueos y llegar a esta isla.
Ingrid exhaló mientras el ardor de la humillación le recorría las mejillas huesudas.
Quizás estaba equivocada. Al fin y al cabo, se había equivocado con Robert, creyendo que la fuerza de su amor les garantizaba un final feliz.
Quizás Diana Jackson y ese maldito SEAL no eran quienes Ingrid creía.
Quizás Diana había pasado página. Lo había dejado atrás.
Había exorcizado sus demonios en todos esos papeles absurdamente melodramáticos que le habían valido aplausos y premios.
Y ahora Diana Jackson disfrutaba de la vida contoneándose con un traje de superheroína, ganando veinte millones por película mientras meneaba su enorme trasero por la pantalla.
Y el SEAL que debería estar en prisión probablemente estaba recibiendo medallas por matar pastores de cabras en el Hindu Kush.
Quizás no había amor alguno entre ellos dos.
No había combustible emocional que avivara las llamas que Ingrid había intentado encender con tanto cuidado mediante este elaborado plan.
No quedaba suficiente oscuridad en el recuerdo de su vínculo.
No había suficiente pasión en sus corazones para sentirse atraídos por estos acontecimientos.
Simplemente dejarían morir a las chicas.
Dejarían morir el pasado.
Se había acabado.
Ingrid escupió con saña en el suelo rocoso mientras agachaba la cabeza rapada y rubia para entrar en la cueva.
Por un momento oscuro consideró sacar el pequeño cuchillo afilado y apuñalar a un par de chicas solo para liberar algo de frustración.
Siempre había disfrutado viendo a Robert y Oliver salpicar las paredes de sangre, desparramar tripas por los suelos.
Le daba una sensación de calma ver llegar la muerte tras un intenso sufrimiento.
Le recordaba que la vida y la muerte no eran más que dos caras de una moneda en el aire.
Como el bien y el mal.
El amor y el odio.
El sexo y la violencia.
Ingrid sintió algo agitarse en su interior mientras atravesaba el túnel y entraba en la cueva interior. Notó un cosquilleo entre las piernas. Estaba excitada por ver a Oliver, se dio cuenta. Había pasado tanto tiempo. Llevaba tanto tiempo conteniendo el flujo natural de su energía.
Lo que significaba que la liberación sería magnífica.
Tan buena, quizás, que bastaría para una gran salida.
Podría retransmitir a Oliver recitando Hamlet o Rey Lear antes de que violara a su corderito en el altar real.
Quizás el bombardeo comenzaría inmediatamente después.
O tal vez aquella exhibición impactante haría que todos los gobiernos estuvieran aún más desesperados por distanciarse.
Quizás los pocos que pedían que Diana se entregara se convertirían en millones exigiendo que la Reina Diamante cumpliera con su papel heroico de noble sacrificio.
Entonces Ingrid sintió que una sonrisa le asomaba a los labios finos y secos.
Quizás no había terminado todavía.
La moneda seguía en el aire.
Los acontecimientos seguían desarrollándose.
Las decisiones seguían tomándose.
—¿A quién debería elegir? —susurró Ingrid mientras recorría con la mirada a las veintitrés cautivas.
La recibieron ojos desorbitados y gemidos. La cueva olía a lágrimas y orina. El hedor del miedo y la desesperanza.
Ingrid inspiró hondo. Retuvo el aire envenenado en los pulmones hasta que le ardieron. Exhaló despacio y miró a su alrededor.
Todas las chicas vestían igual. Caras diferentes. Peinados variados. Unas altas. Otras bajas. Unas regordetas. Otras delgadas. Unas aterrorizadas. Otras resignadas.
Pero una desafiante.
Ingrid ladeó la cabeza como un pájaro al que acaban de disparar.
—Tú —le dijo a la chica de ojos marrones—. Me resultas familiar. ¿Eran tu madre y tu familia las que salían en la televisión?
—¿Y yo qué sé? ¿Ves alguna televisión aquí, zorra? —espetó la chica.
Ingrid parpadeó. Consideró echar mano del cuchillo y rajarle el cuello a la pequeña zorra.
Pero lo pensó mejor. Estaba sola en la cueva. Eran adolescentes.
Se mantuvo cerca de la salida por si necesitaba retirarse deprisa. No estaba demasiado preocupada. Los guardias informaban de que ninguna chica había intentado asomar la cabeza con sus coletas por el túnel. Quizás creían que si se portaban bien, todo iría bien.
Ah, la dulce inocencia de las niñas a las que enseñan a ser buenas.
Ingrid también fue una niña buena, una vez.
Luego sus hermanos le enseñaron lo divertido que era ser mala.
—¿Dónde aprendiste esas palabrotas? —le dijo Ingrid a la chica de ojos marrones con el pelo suelto.
—De mi hermano —respondió ella—. Me enseñó muchas más. Gilipollas. Puta. Zorra. Eres todas esas cosas.
Los ojos de Ingrid se oscurecieron. Se le cerró la garganta. Se preguntó cómo sería tener una hija.
—Qué jovencita tan encantadora —dijo Ingrid. Se levantó el vestido blanco por encima de las rodillas. Sacó la daga de acero con mango de goma de su delgada funda. Señaló con la hoja—. Vamos. Quedas libre.
La chica abrió los ojos de par en par. Luego negó con la cabeza.
—No, gracias —dijo la chica—. No dejaré a mis amigas.
Ingrid la miró fijamente. No tenía sentido.
Ingrid sabía que era una mentirosa excelente.
Algo en la configuración de su sistema nervioso.
Se había sometido a pruebas con tecnología alemana de detección de mentiras de última generación.
Utilizaba software de reconocimiento facial para detectar cientos de pequeñas «señales» en la forma en que los labios de una persona se contraían, las pupilas se dilataban o las cejas se movían.
Era indescifrable. Un ejemplar perfecto.
—Todas serán liberadas una por una —dijo Ingrid con una dulzura falsa que le daba ganas de vomitar. O de apuñalar algo—. Venga. ¿No quieres volver a ver a tu familia? Están muy preocupados.
—No, gracias —dijo la chica de nuevo—. Puede liberar a otra persona. Yo seré la última en irme. No dejaré atrás ni a una sola de mis amigas.
Ingrid suspiró. Era una mujer menuda pero fibrosa y fuerte.
La Oficina Alemana la había entrenado para someter a hombres violentos que le doblaban el tamaño.
Sabía cómo aprovechar los puntos de presión y podía poner de rodillas a un hombre corpulento sin apenas esfuerzo.
Había tenido que hacerlo varias veces con Robert y Oliver en los primeros tiempos.
Se acercó a zancadas a la chica de ojos marrones. Le cruzó la cara de una bofetada. Luego la agarró del pelo y la tiró al suelo.
Antes de que la chica pudiera levantarse, Ingrid ya le había clavado dos dedos a cada lado de la garganta. Los ojos de la muchacha se abrieron de par en par. Pero estaba paralizada.
Ingrid vio que Ojos Marrones sentía la presión mortal en esos puntos. La pequeña bribona comprendió de inmediato que la habían sometido. No era más que una niña con vocabulario de adulta y una valentía temeraria.
—No te preocupes —le susurró a Ojos Marrones mientras la empujaba hacia el túnel que daba al exterior, con la punta del cuchillo clavada en el riñón izquierdo—. Tendrás otra oportunidad de demostrar lo valiente que puedes ser.