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—Asúmelo —dijo Oliver incorporándose sobre un codo en la larga roca plana donde llevaba recostado las últimas horas—. No va a venir.
Ingrid le daba la espalda. Trasteaba con una de las dos cámaras de alta resolución que aguardaban en silencio sobre sus trípodes, listas para el acto principal.
Oliver recorrió con la mirada su esbelta figura desde atrás. Luego suspiró y se tumbó boca arriba. Se quedó mirando el techo de la cueva. Después ladeó la cabeza y volvió a mirar a Ingrid.
—Tráeme a una de las chicas —dijo en voz baja—. Ahora, por favor.
Ingrid se volvió. Tenía algo de color en las mejillas. Quizá aún le quedaba algo de sangre en el cuerpo. Oliver la había probado antes. Sabía muy metálica por las pastillas que tomaba para vivir eternamente.
Ingrid cruzó los brazos bajo el pecho. Oliver la miró a los ojos plateados. Llevaba muchas horas sin darle una dosis. Sentía cómo le volvían las fuerzas. Por la mirada de Ingrid, ella también lo notaba.
Guardó silencio un largo momento. Los dedos, como garras, le tamborileaban sobre los codos huesudos.
Luego asintió una vez.
Se dio la vuelta.
Echó a andar con paso firme hacia el túnel que llevaba a donde tenían retenidas a las chicas.
Oliver enderezó la cabeza y miró directamente al techo.
Sonrió de oreja a oreja.
Empezó a desabotonarse la túnica púrpura.
—Mamá me quiere mucho —susurró a las sombras.