30
La casa del fabricante de bombas estaba en aquella sucia calle lateral cerca de los muelles. Benson los guio hasta allí por los callejones de Mogadiscio con calma y eficiencia. Diana se había vuelto a cubrir la cabeza y se había echado el pañuelo del hiyab sobre la boca y la nariz.
Ramaan sonrió de oreja a oreja al ver al grupo en su puerta. Les hizo señas con entusiasmo para que entraran.
Una mujer de aspecto lozano, con hiyab negro y sandalias de un verde chillón, le soltó algo a Ramaan en somalí. Le dedicó una sonrisa a Camilla y luego frunció el ceño con recelo hacia Diana, tan tapada.
Por lo visto, Ramaan no le había hablado a su esposa de Diana.
Eso la sorprendió. Era evidente que el fabricante de bombas era de fiar.
A veces se encuentra algo bueno en los lugares más oscuros, pensó mientras le miraba la mano mutilada y reparaba en las cicatrices que le cubrían los brazos y los hombros.
Ramaan le espetó algo a su esposa en somalí. Ella le replicó con un torrente de palabras, hizo un gesto de desdén con la mano y salió de la habitación.
—Dice que sin la cabra no hay leche, y sin leche no puede haber té —explicó mientras retiraba a toda prisa unos periódicos viejos de un banco de madera desvencijado, arrimado a la pared pintada de azul—. Le da vergüenza no poder ofrecerles té.
Se oyó un balido en la puerta principal.
Benson se apresuró a intervenir.
—¿Todavía conservas los suministros que te dio la CIA hace tantos años? —preguntó Benson.
Se sentó en el banco de madera. Camilla tomó asiento a su lado.
Había una mesa de metal arrimada a la pared opuesta. Tres sillas plegables de metal apoyadas a un lado. Dogg se acercó a zancadas y desplegó las tres sillas de golpe. Se dejó caer en una de ellas. Dejó el bolso de Diana entre las piernas, rebuscó dentro y sacó el Diamante de Poder.
Diana frunció el ceño mientras Ramaan desaparecía en otra habitación, tras una cortina de un verde chillón. Salió con una caja de plástico y la dejó sobre la mesa de metal.
Dogg se levantó y se acercó a la mesa con el Diamante de Poder. Diana lo observó mientras explicaba en voz baja lo que quería.
Ramaan parpadeó. Frunció el ceño. Miró a Diana. Volvió la vista hacia Dogg y asintió.
Entonces el fabricante de bombas se puso manos a la obra.
Usó un disolvente para despegar el diamante de vidrio del soporte metálico.
Limpió ambas superficies con alcohol.
Luego metió la mano en la caja y sacó algo envuelto con cuidado que parecía una pastilla de jabón transparente.
—Explosivo plástico RDX —explicó Benson desde el banco—. Formulación transparente.
Ramaan asintió, pero ya no sonreía. Estaba concentrado en su trabajo.
Un silencio tenso se apoderó de la habitación mientras Ramaan moldeaba con cuidado parte del explosivo plástico transparente y recubría con él el soporte metálico.
Colocó un diminuto detonador electrónico en el plástico. Luego volvió a poner el diamante de vidrio con cuidado. Lo presionó con firmeza contra el explosivo plástico, moldeable y pegajoso. Comprobó que quedara bien sujeto. Después se echó hacia atrás y se secó la frente. Miró a Dogg y asintió.
Dogg miró a Diana.
Ella asintió con decisión. Lo entendía.
Entendía que siempre hay que tener un plan B.
Que si las cosas se torcían, ella tenía el poder de acabar con el juego.
Llevarse todo el escenario por delante.
Mandar a los cabrones al infierno aunque tuviera que arder con ellos.
Acabar el juego a su puta manera.