29
Dogg repasó la historia en su mente.
El resto del grupo permaneció en silencio.
Benson había salido y vuelto con algo de comida.
Bolsas de plátano frito y botellas de agua.
Dogg habría preferido carne, pero habría sido de mala educación comerse la cabra de Ramaan.
El plátano frito serviría. Tenía azúcares y proteína del plátano.
Grasa del aceite. Sal del océano. Una comida agradable y equilibrada, decidió Dogg mientras devoraba varias bolsas.
Estaban sentados en taburetes hechos de ladrillos apilados. Benson a su izquierda. Camilla a su derecha. Diana frente a él.
El sol caía en el cielo. Su patio bombardeado estaba ya medio en sombras. Se formaban nubes de lluvia en el oeste. Dogg las había observado con atención mientras apilaba ladrillos para Camilla. La lluvia podría no ser lo peor. Siempre que no fuera una tormenta.
Diana asintió. Miró a Benson y luego a Dogg.
—¿Cómo están transmitiendo desde una cueva? —preguntó—. Los móviles no funcionan ahí dentro.
—Una antena repetidora, probablemente —dijo Dogg—. O quizás un receptor de satélite portátil.
Lo pensó un momento.
—Si consigo interrumpir su transmisión, podría retrasar el espectáculo. Ganarme algo de tiempo.
Tragó saliva. Apartó las imágenes de Diana sola y al alcance de ese cabrón y su madre. Se preguntó si quizás Camilla tenía razón y tanto él como Diana estaban locos. Perdiendo la cordura.
Quizás, pensó Dogg al mirar a Diana a los ojos y verlos enfocados y claros.
O quizás solo estaban empezando a entender qué era real.
Que alejarse no era una opción. No habría final feliz para ellos dos si le daban la espalda a esto.
Vivirían el resto de sus días como sombras de lo que realmente eran.
Personajes secundarios que se desvanecían en el fondo.
Eligiendo seguridad en lugar de aventura.
Eso no iba con ellos. A su manera, se habían sentido atraídos por la oscura aventura de aquellos sucesos de hacía tantos años.
Y habían vuelto para la secuela.
—Vuelvo en un minuto —dijo Camilla de repente.
Se dirigió con paso decidido hacia la pequeña abertura entre los escombros. Metió el brazo y sacó un bolso de hombro marrón con un logo dorado y brillante.
—¿Mi bolso de viaje de Los Ángeles? —dijo Diana, con el rostro iluminado.
—No tuve tiempo de prepararte el equipaje —dijo Camilla—. Pero sé que lo tienes siempre listo para rodajes en exteriores. Así que lo cogí de camino. Supuse que tendría al menos algo de ropa limpia.
La mirada de Camilla bajó por la túnica azul de Diana. Dogg recordó aquella mancha húmeda a mitad del vestido. Se removió en su taburete de ladrillos. Vio cómo el rostro de Diana se sonrojaba. A mamá no se le escapaba nada.
—Tiene más que eso —dijo Diana mientras abría la cremallera del bolso y volcaba su contenido sobre el suelo de hormigón.
Cayeron todo tipo de prendas y zapatos. Luego algo negro y con correas. Finalmente algo brillante. Cayó con un golpe seco sobre la pila de ropa.
Diana lo levantó con una amplia sonrisa.
—Mi Diamante de Poder —dijo con orgullo.
Dogg arqueó las cejas mientras Diana alzaba el gran diamante falso de cristal montado sobre una base de metal brillante. Tenía un juego de correas de plástico transparente que Dogg supuso se enganchaban en las presillas de su traje de la Reina Diamante.
Que Diana mostró a continuación.
Mono de cuero sintético negro y brillante.
Cinturones y hebillas.
Anillas y correas.
Botas de combate para patear culos.
—Eh, no —dijo Camilla, quizás sin saber muy bien qué estaba sugiriendo Diana, pero cortándolo de raíz de todos modos.
—Eh, sí —dijo Diana—. Quieren a la Reina Diamante, ¿no?
Camilla se frotó la frente y murmuró algo entre dientes.
—Esto no es un maldito juego —dijo Camilla.
Miró a Benson y luego a Dogg.
—¿Puede alguien intervenir aquí? Por favor. Quien sea.
Benson se frotó la barba canosa y frunció el ceño.
—En realidad, no es mala idea —dijo—. Si el plan es ganar tiempo mientras Dogg encuentra un túnel submarino y entra en las cuevas, quizás esto ayude.
Diana asintió con gesto serio. Le brillaban los ojos. Dogg había visto esa mirada antes.
Estaba metiéndose en su papel.
Lo cual quizás no fuera malo.
Y ese gran Diamante de Poder de cristal con la base de metal…
De repente, una idea le cruzó la mente a Dogg.
Parpadeó con rapidez mientras le daba vueltas.
Luego asintió.
Se puso en pie de un salto.
Miró a Benson.
—Tenemos que ver a Ramaan —dijo—. Ahora.