26
—Me encanta ir descalza —dijo Diana mientras recorría con la mirada el cuerpo desnudo de Dogg hasta llegar a su propio pie derecho, polvoriento y lleno de arañazos.
Tenía la pierna cruzada sobre el abdomen de Dogg. La movió y le acarició aquella pitón con el arco del pie.
Empezó a endurecerse de nuevo. Ella dejó de acariciarlo a regañadientes. El semen de él todavía le escurría. Quería secarse un poco antes de volver a vestirse. El inconveniente de aquel hiyab tan ceñido era que le quedarían manchas húmedas en los peores sitios.
Aunque, por supuesto, esa no era la verdadera razón por la que dudaba en repetir ahora mismo.
—¿Por qué paraste? —gruñó él mientras le acariciaba el pelo y luego tiraba de él con suavidad.
—Solo una corazonada —dijo Diana tras una larga pausa.
Entonces se incorporó de golpe. Se levantó de un salto. Corrió entre los escombros a recoger su ropa interior.
—Vístete —susurró con urgencia mientras Dogg se apoyaba perezosamente sobre un codo y se recolocaba su enorme paquete.
Le lanzó los pantalones de chándal a la cara. No se molestó en buscarle los calzoncillos. Que se los buscara él solito. Ya bastante molesta estaba porque sus bragas seguían húmedas después de que él hubiera intentado comérselas.
Dogg frunció el ceño y negó con la cabeza. Pero Diana le lanzó una mirada que venía a decir que más le valía fiarse de sus instintos.
Y justo cuando Diana se bajó el vestido por el pecho y se lo ajustó contoneándose sobre sus anchas caderas y su generoso trasero, oyó ruidos detrás de su pequeño refugio entre los escombros.
Era una cabra que balaba.
—Les he traído el desayuno —se oyó la voz de Benson desde el otro lado del muro trasero.
Dogg se levantó de un salto y se enfundó los pantalones de chándal. Sin ropa interior, el bulto se le marcaba de forma evidente. Diana deseó no tener un empeine tan sensual.
Benson apartó los escombros a patadas de la pequeña entrada que había quedado tapada cuando los dejó. Era evidente que estaba armando todo aquel jaleo para avisarles con tiempo.
¿Habría adivinado lo que podía pasar?
¿Habría querido que pasara?
¿Era por eso por lo que había insistido en que necesitaban refugiarse un par de días?
Diana recordó lo que Benson les había dicho sobre tener la cabeza clara, el corazón en su sitio y las intenciones correctas antes de ir a aquella isla.
En su momento le había parecido algo fantasioso. Ya no tanto.
Ahora le parecía sabiduría ancestral.
Le parecía cosa del destino.
Le parecía inevitable.
—Esto me huele a trampa —dijo otra voz que casi hizo gritar a Diana—. ¿Y por qué has traído esa cabra?
Ahora Diana entendió por qué le había estado pitando su sentido arácnido.
—Hola... mamá —dijo Diana.
Se pasó los dedos por el pelo.
Se pasó la mano por la boca.
Rezó para que no tuviera restos resecos de semen por toda la barbilla.
Por suerte, Camilla estaba demasiado ocupada intentando no torcerse el tobillo entre los escombros mientras Benson les abría paso hacia el recinto bombardeado. La cabra se quedó fuera. Quizá no tenía claro qué papel le tocaba en aquello del desayuno.
—Lo del desayuno era mentira —dijo Benson alegremente a Dogg—. Puedes intentar ordeñar a Sheeba, pero seguramente te arranque los dedos de un mordisco. Sospecho que eso es lo que le pasó de verdad a la mano de Ramaan.