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Dogg la sintió correrse sobre su verga, el flujo bajando hasta sus testículos. La embestía como una bestia frenética, alzándola y dejándola caer con fuerza mientras movía las caderas en un ritmo perfecto.
Era como una danza salvaje. Los dos, desnudos entre los escombros, ocultos por muros destrozados pero expuestos al sol y al cielo, actores en un escenario que solo podía verse desde arriba.
Diana se retorció en sus brazos mientras se corría. Dogg le devoró los labios y se tensó dentro de ella. Pero no dejó de bailar. Ya había llegado demasiado lejos. Actuaba por puro instinto.
Y sentía pura alegría.
Una alegría cuya existencia desconocía.
Un placer que jamás creyó posible.
Un amor que no sabía que merecieran.
Y entonces Dogg rugió al sentir que las palabras de Diana calaban hondo de un modo que no había comprendido cuando ella las pronunció. La había escuchado hablar, había sentido el impacto de sus palabras como si esquivaran su cerebro y fueran directas al corazón.
Vio el patrón desplegarse en su mente mientras los gritos de Diana le llenaban los oídos, su aroma le inundaba las fosas nasales, su presencia le colmaba el vacío.
Sintió que el pasado se esfumaba como si nunca hubiera importado de verdad, porque solo importaba si aún le importaba una mierda.
Y a él ya no le importaba una mierda.
Se negaba a que le importara un carajo.
En cambio, se entregó.
Se entregó a ella.
Y con ese último pensamiento, Dogg se corrió.
Una última embestida y estalló. Una explosión que comenzó silenciosa y lenta. Como una estrella que explota en el vacío del espacio. A cámara lenta desde lejos. Pero a la velocidad de la luz conforme uno se acercaba. Curvando el espacio y el tiempo al romper la barrera.
Reescribiendo el pasado.
Creando el futuro.
—Te amo, Diana —susurró entre la violencia de su sueño.
—Te amo, Dogg —susurró ella entre el huracán de su grito.