8 #3
—A Robert lo licenciaron con deshonor del Ejército —dijo Dogg—.
Estuvo implicado en varios secuestros y asesinatos en Alemania.
No había pruebas suficientes para que la policía alemana lo arrestara.
La Policía Militar tampoco tenía bastante para detenerlo.
Pero por lo visto el Alto Mando del Ejército sí tuvo suficiente para expulsarlo.
Benson asintió mientras Dogg le devolvía el teléfono por encima del respaldo del asiento.
—¿Leíste la parte sobre la madre de Oliver? —preguntó Benson en voz baja.
Dogg asintió.
—Ingrid Muller —inspiró hondo, contuvo el aire y lo soltó con fuerza—.
Trabajaba para la versión alemana del FBI —dijo en voz baja—.
La despidieron poco después del licenciamiento deshonroso de Robert —parpadeó mientras las conexiones se volvían escalofriantes—.
Sospechosa de manipular pruebas en varios casos de secuestro y asesinato en Alemania —susurró.
Los ojos de Diana se abrieron de par en par. Se inclinó hacia delante. Miró a Dogg, luego a Benson, de nuevo a Dogg y finalmente otra vez a Benson.
—No —dijo, con una sonrisa desquiciada mientras sacudía la cabeza—. Estás bromeando. Tienes que estar bromeando.
Benson negó con la cabeza. Esa sonrisa perezosa y cómplice asomó a sus labios. Su mirada se relajó. No dijo nada.
Y eso lo decía todo.
—Robert entró por última vez en Estados Unidos hace dieciocho años —dijo Dogg—.
Aeropuerto Internacional de Miami. No hay registro de él después de eso —respiró hondo y miró a Diana—.
Aunque sí hay muchos registros de chicas desaparecidas en la zona.
Incluidas tú y Tiffany —tragó saliva al sentir cómo lo invadía el recuerdo más oscuro de su maldita vida—.
Nunca identificaron al tipo que os secuestró a ti y a Tiff —hizo una pausa antes de decir lo que no estaba en los archivos de Benson—.
Los restos que recuperaron de los caimanes en el pantano no bastaron para una identificación positiva.
Diana y Benson miraron fijamente a Dogg.
Él clavó la vista en la niebla gris a través de la pequeña ventana cuadrada.
No tenía remordimientos. Había despedazado a un monstruo.
Se lo había echado a los caimanes. Los había visto arrastrarlo al pantano.
Había esperado a que devoraran hasta el último trozo de su maldita carne.
Descansa en el infierno, hijo de puta, había susurrado con labios temblorosos.
Luego había llevado a su hermana pequeña a casa.
Ya no sufría.
Nunca volvería a sufrir.
Diana parpadeó varias veces. Miró a Dogg con ternura. Parpadeó lentamente una vez más. Luego miró a Benson.
—Así que nunca identificaron a Robert como el tipo —dijo Diana—. Entonces, ¿cómo habría sabido Oliver que su padre fue quien... quien nos secuestró a mí y a Tiff?
Benson guardó silencio un buen rato.
—¿Estás segura de que solo había una persona allí? —preguntó con delicadeza.
Diana echó la cabeza hacia atrás como si acabara de recibir una bofetada. Miró boquiabierta a Benson. Luego parpadeó y bajó la vista hacia sus manos.
—Yo... no lo sé —susurró—. El tipo nunca hablaba.
Y cuando me hacía cosas, yo me iba a otro lugar en mi mente.
Así fue como aprendí que podía salir de mi cuerpo y fingir ser otra persona.
Meterme por completo en otra vida cuando no me gustaba lo que pasaba en la mía —se mordió el labio, sacudió la cabeza, parpadeó rápidamente de nuevo—.
Supongo que podría haber habido más de una persona. Es posible.
Dogg sintió que el palpitar detrás del ojo izquierdo se extendía por toda la cabeza. Apretó y soltó ambos puños con tanta fuerza que le crujieron todos los nudillos dos veces.
Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad y entrenamiento para apartar el pensamiento nauseabundo de que había habido más de un monstruo en aquella cabaña.
Que si lo hubiera sabido, quizás Dogg podría haberlo evitado años atrás.
Quién sabe a cuántos otros había matado Oliver mientras se convertía en lo que era, entrenado por Robert.
—¿Y la madre? —preguntó Diana—. Ingrid Muller. Encubrió los crímenes de Robert en Alemania.
Benson negó con la cabeza.
—Ella sigue siendo una incógnita.
Dogg entrecerró los ojos. La rabia lo cegaba. La sola idea de que Oliver hubiera estado involucrado en aquel entonces era demasiado nauseabunda para soportarla. No podría comer ni dormir ni quizás ni siquiera respirar hasta que Oliver estuviera muerto.
Luego iría a por la madre, decidió Dogg mientras sentía la sed de venganza trepar por la garganta como había hecho años atrás. Ella podría haber parado aquello en Alemania. Era su maldito deber como policía. Su deber como ser humano.
Quizás ella también era un monstruo, pensó Dogg. Quizás el destino junta a los monstruos y engendran más monstruos. Joder, quizás ella había alentado a Robert. Entrenado al joven Oliver. Observado riéndose desde las sombras. Quizás incluso se había unido al juego.
Y qué hay del Ejército, pensó mientras sus pensamientos se volvían frenéticos. Sabían lo de Robert y lo dejaron marcharse con un simple licenciamiento deshonroso. Le permitieron entrar en Estados Unidos. Como soltar un virus mortal entre la población.
Alguien tomó esa decisión.
Alguien pagaría el precio.
No importaba si Dogg moría en prisión al final de todo esto.
—Calma, marinero —susurró Benson desde el asiento de delante—. Paso a paso. Hay muchas piezas en movimiento aquí. Muchas preguntas sin respuesta. Jugadores de los que aún no sé nada. Un juego que podría ser más grande de lo que entendemos ahora mismo.
Dogg negó con la cabeza mientras la sangre le latía en los oídos. Sus ojos eran como rendijas ardientes.
—El juego es bastante simple desde mi punto de vista, Benson —susurró con frialdad mortal—.
Todo mi linaje ha sido aniquilado por lo que esa familia hizo.
Tiff murió sola en el pantano. Pa murió solo en prisión.
Ma murió de cáncer en mis brazos, pero estaba sola por dentro, vacía, un cascarón hueco esperando volver a ver a su hija.
Dogg tragó con fuerza, pero tenía la garganta seca y sintió que se ahogaba. Inspiró dos veces con dificultad. Bajó la vista hacia sus puños del tamaño de bloques de cemento. Se hizo crujir los nudillos una vez más y asintió, reafirmándose en su decisión.
Cuando levantó la vista, Diana lo estaba mirando. Sus ojos eran suaves. Húmedos. Con esa extraña mirada soñadora que Benson acababa de mostrar.
—También es bastante simple desde mi punto de vista, Dogg —susurró desde el otro lado del pasillo—.
Te dije que este era nuestro destino. Te dije que este era nuestro sino.
Tenemos que ir allí juntos, Dogg. Tenemos que terminar esto juntos.
Acabar con el patrón. Acabar con el dolor. Tú y yo. Pase lo que pase.
Dogg se quedó mirándola a los ojos, marrones y serenos. Por un momento sintió que solo estaban ellos dos en el avión.
Luego pensó que tal vez solo estaban ellos dos en el mundo.
Solo ellos dos en el maldito universo.
—Esto no va solo de vosotros dos —dijo Benson, chasqueando los dedos como si intentara romper un hechizo—.
Aún quedan muchas incógnitas. Podría ser alguien de alto rango en el Ejército tratando de tapar que dejaron escapar a Robert.
Podrían ser las autoridades alemanas intentando minimizar el daño por haber soltado a Ingrid Muller.
Podría ser una conspiración más profunda dentro del gobierno estadounidense.
Aún hay preguntas sobre la isla y su jurisdicción.
Recordad, EE. UU. ha estado metido en asuntos somalíes.
Hemos tenido tropas por todas partes. Es posible que haya múltiples encubrimientos en marcha.
Múltiples conspiraciones paralelas. Los destinos de distintas personas se cruzan una y otra vez en el espacio y el tiempo.
Eventos de esta magnitud lo revuelven todo, como cables eléctricos cayendo en un huracán.
Esto no es tan sencillo como que Ax y Amy acabaran juntos, ni siquiera como la historia de Cody y Cate.
El destino no siempre significa un final feliz, chicos.
Joder, vuestro destino podría ser acabar ardiendo.
Hundiros en la desesperación. Repetir los patrones trágicos del pasado en lugar de romperlos.
Escuchad, tenemos que pensar esto con calma.
Diana está a salvo aquí en Egipto. Es mala idea planear una misión con la cabeza llena de rabia y sed de venganza. Así que deberíamos simplemente...
Dogg le plantó la palma en la boca a Benson.
Lo miró fijamente a los ojos.
Sin parpadear.
Sin inmutarse.
Sin aflojar la presión.
Los ojos grises del veterano de la CIA se abrieron como platos.
Luego levantó ambas manos en señal de rendición.
Asintió resignado.
Dogg apartó la mano de la boca de Benson. Se limpió la palma en los pantalones de chándal grises. Suspiró y miró el reloj.
—Hotel. Ducha. Comida —dijo—. Luego armas y un billete de ida a la corte del rey Muvumba.