Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 8 #2
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—No hay nada en Internet sobre mi implicación en aquello.

Camilla dice que los detectives locales consiguieron que el FBI dejara nuestros nombres fuera del informe final.

No querían que aquello me persiguiera de por vida.

Y mi equipo de relaciones públicas vigila de cerca todo lo que aparece sobre mí.

No saben nada de esto, así que si hubiera salido en internet, me lo habrían dicho seguro.

Dogg se frotó la nuca. Se apoyó contra la ventanilla. Estiró las largas piernas ocupando dos asientos. Sacó las botas al pasillo.

—Mi padre llegó a un acuerdo con el fiscal del distrito —dijo Dogg con voz temblorosa—.

No hubo juicio. No hubo una larga declaración con un secretario judicial que transcribiera cada detalle insoportable.

No hay registros públicos aparte del acuerdo de culpabilidad de mi padre por homicidio involuntario.

Dogg no estaba seguro de cuánto sabía Benson. Nadie que siguiera vivo sabía con certeza lo que Dogg había hecho. Acababa de contárselo a Diana. Era imposible que Benson lo supiera a ciencia cierta.

Dogg pensó en contárselo a Benson, pero se lo pensó mejor. Mejor no remover el pasado. No había prescripción para el asesinato. No había indulgencia para la venganza. Muy poco margen para lo que Dogg había hecho.

Para cómo lo había hecho.

Benson miró a Dogg. Había un destello de calidez en sus ojos. Le sostuvo la mirada el tiempo justo. Bajó la vista y luego miró a Diana.

Dogg se removió en el suave asiento de cuero. Intentó descifrar la expresión de Benson. El tipo claramente sabía mantener la cara de póquer. Le habría resultado más fácil leer los jeroglíficos de las Pirámides de Giza. O interrogar a la maldita Esfinge.

—¿Quién era? —dijo Benson, con la mirada perdida hacia la ventanilla del otro lado del pasillo. No miró a ninguno de los dos. Luego volvió la cabeza hacia Dogg—. ¿Te acuerdas, Dogg? ¿Quién era el tipo?

Dogg hizo crujir la mandíbula. Negó con la cabeza.

—Solo un tipo que vivía en los pantanos, en una choza. Cientos de tipos así por toda Florida. Ermitaños. Chiflados. Criminales fugados. Quizás hasta alguien en protección de testigos, vete tú a saber.

Dogg miró a Diana. Ella tenía la vista clavada al frente. Los ojos fijos.

—Nos mantuvo vendadas todo el tiempo —dijo ella con voz desapasionada, firme, fría—.

No hablaba con claridad. A veces lo oíamos murmurar en la otra habitación.

Pero con nosotras guardaba silencio. Era fuerte, pero teníamos trece años, así que quién demonios sabe.

Podría haber sido un gigante o un enano.

Podría haber sido blanco o negro o rosa o verde.

Da igual. Lo que importa es que está muerto. Ya no puede hacerle daño a nadie.

Diana miró a Dogg, parpadeó y apartó la mirada rápidamente.

Dogg sintió los ojos de Benson clavados en él.

—Dijiste que encontraste algo en los archivos de la CIA sobre Muvumba —dijo Benson, cambiando de tema bruscamente—. Lo han borrado desde que lo viste.

Dogg asintió.

—Solo un registro. Ciudadanía y fecha de nacimiento. Nada más.

Frunció el ceño.

—Pero si es ciudadano estadounidense, debería haber registros por todas partes. La Seguridad Social. El Departamento de Estado. La NSA. Hacienda.

Benson negó con la cabeza. —No aparece en la Seguridad Social. Nunca tuvo pasaporte con ese nombre. Nunca presentó la declaración de la renta. Nunca compró una casa en Estados Unidos, ni alquiló un apartamento, ni dio de alta un móvil.

—Su acento es auténtico —dijo Diana—. Sé cómo imitar prácticamente cualquier acento, y el suyo es genuino. Apenas tiene influencia estadounidense.

A Benson le brillaron los ojos. Centró toda su atención en Diana. Se inclinó hacia delante en el asiento.

—¿Qué más detectaste en el acento de Muvumba? ¿Británico? ¿Africano occidental? —preguntó entusiasmado—. ¿Europeo, quizás?

Diana arrugó la cara mientras se concentraba. —En realidad, la parte británica está ligeramente forzada. Pero no exactamente falsa. Es difícil de explicar, pero quizás como si alguien hubiera ido al colegio en Inglaterra y se hubiera esforzado por hablar como los demás críos.

—Excelente. Continúa —dijo Benson.

El pie de Benson, que colgaba en el aire, se agitaba como el de un crío emocionado con un juego. Dogg consideró estrangularlo un poco, solo para ver si ocultaba algo. Decidió no hacerlo. Diana estaba en racha. Quizás hubiera algo útil ahí.

—La parte africana occidental también es mínima —dijo con firmeza—. Yo diría que no pasó mucho tiempo en África.

Benson se recostó contra la pared. Gruñó. —¿Qué más?

Diana parpadeó. Frunció los labios. —De esto estoy segura. Tiene un fuerte rastro de algún acento europeo.

Se quedó callada un momento. Luego se encogió de hombros.

—Alemán, quizás.

Las mejillas de Benson, enrojecidas por el sol, palidecieron de golpe. Parpadeó dos veces, se frotó la boca y miró hacia un lado. Su pie volvía a moverse, pero no de la misma manera. No era el mismo tipo de nerviosismo.

De pronto, Benson se echó hacia delante como si algo le hubiera mordido el culo.

Metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el móvil. Vibraba sin parar.

Dogg observó cómo Benson se encorvaba sobre el móvil y pasaba los mensajes, que parecían interminables. La espera se hacía insoportable. Dogg consideró estrangular un poco al astuto viejo estafador de la CIA y zarandearlo con ganas.

Por fin Benson levantó la vista. Tenía los ojos muy abiertos, alerta. Se recostó contra la ventana y se frotó febrilmente la mandíbula sin afeitar. Luego miró a Diana.

—Bingo con lo del alemán —dijo en voz baja—. Nació en Alemania. Padre estadounidense, madre alemana.

Dogg gruñó. —O sea, que técnicamente es ciudadano alemán y estadounidense de nacimiento.

Benson asintió. —Pero nunca entró en Estados Unidos. No oficialmente, al menos. Nunca solicitó número de la Seguridad Social. Nunca sacó pasaporte.

Se quedó pensativo un momento.

—La madre es alemana. Podría haber tenido al bebé y dejado en blanco el nombre del padre en el certificado de nacimiento.

Las autoridades alemanas no habrían tenido motivo para informar del nacimiento al consulado estadounidense.

Eso explicaría que ninguna agencia estadounidense tenga constancia de la ciudadanía de Muvumba.

Diana se ajustó el brillante pañuelo azul de la cabeza y tiró de las costuras bajo los brazos. —Excepto la CIA. Dogg dijo que encontró un registro.

Benson le sonrió a Dogg. —Usaste las credenciales de Darkwater que nos dio Kaiser, ¿verdad?

Dogg asintió. El director de la CIA, Martin Kaiser, y Benson eran viejos eneamigos. Cooperaban la mitad del tiempo y se traicionaban el resto del puñetero tiempo. Eran como familia. Mentirosos y embaucadores tan poco de fiar que solo podían fiarse el uno del otro.

—Esas credenciales recopilan registros de todas las agencias federales y estatales —dijo Benson con ese tonillo insinuante tan irritante que hacía que Dogg pensara en lo que Ax y los chicos le habían contado: que Benson quizás tenía un tornillo suelto, siempre hablando de que todo era un juego y de que esa era toda la puñetera gracia.

Pasarlo bien.

Disfrutar del drama y el peligro.

Saborear la locura y el caos.

Encajar los golpes.

Dejarse llevar.

Dogg estiró los brazos por encima de la cabeza. Consideró dejar caer el puño sobre la cabeza de Benson como en esos viejos juegos de feria del mazo.

Benson se apartó del brazo extendido de Dogg como si tuviera un instinto astuto para evitar que lo molieran a palos por ser un hijo de puta tan ladino.

—Ve al grano, Benson —gruñó Dogg, mirando el reloj y luego por la ventana.

Veía una nube gris de contaminación sobre los edificios del centro de El Cairo, mucho más allá de los muros del aeropuerto.

Le vendría bien una ducha en un hotel y algo de comer.

Nancy Sullivan había conseguido el avión con poco tiempo.

Por desgracia, solo había una docena de bolsas de cacahuetes en el office.

La cortesía había obligado a Dogg a ofrecerle algunas a Diana.

Ella había cogido dos bolsas y dijo que con eso bastaba.

Así que diez bolsas de cacahuetes para Dogg.

Apenas suficiente para mantenerlo con vida.

—Ese registro no estaba en la base de datos de la CIA —dijo por fin Benson—. Era un registro antiguo del Ejército.

Los retortijones de hambre de Dogg desaparecieron. Clavó la mirada en Benson.

—¿Oliver Muvumba estuvo en el Ejército de Estados Unidos? —preguntó Dogg.

—No —dijo Benson—. Pero su padre sí. Robert Muvumba.

Dogg frunció el ceño y se frotó las patillas con el dorso de la mano.

Asintió. —La base militar estadounidense más grande en el extranjero está en Alemania —dijo—.

O sea, que el padre de Muvumba estaba destinado en Alemania.

Dejó preñada a su novia alemana. Ella tuvo al crío sola.

Puede que ni se lo dijera al tío. En cualquier caso, está claro que los padres no vivieron felices y comieron perdices.

—Desde luego que no —dijo Benson, pasando mensajes en el móvil otra vez.

Se quedó callado mientras leía los mensajes. Amplió algunas imágenes. Tocó la pantalla varias veces. Suspiró sonoramente. Se frotó la suave barba gris del cuello. Estaba muy rojo por el sol egipcio. Parecía acalorado bajo el cuello azul de la camisa.

—No me obligues a cumplir la amenaza del muñeco de ventrílocuo —murmuró Dogg—. Lo necesito todo, Benson. Cada puñetero dato. Todo de golpe. Nada de darnos la información a cuentagotas mientras juegas a tus jueguecitos mentales como hiciste con los otros tíos.

Benson levantó la vista. —Ten cuidado con lo que deseas, chaval —susurró—. Puede que se cumpla.

Le pasó el móvil a Dogg. Dogg lo cogió y empezó a leer.

La vena detrás del ojo izquierdo le palpitó.

Las sienes le retumbaron.

El corazón le martilleó.

Finalmente alzó la vista. Miró a Diana. Luego a Benson.