Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 8
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DOCE HORAS DESPUÉS

AEROPUERTO INTERNACIONAL DE EL CAIRO

EGIPTO

—Agarrar al tigre por la cola —dijo John Benson con la energía de un hombre que llevaba varias horas bebiendo café egipcio espeso y fuerte—. ¿Qué, nunca habías oído esa expresión?

—No me van las metáforas, Benson —dijo Dogg soltando un resoplido.

Dogg alzó la vista cuando la puerta del lavabo se abrió con un chasquido cerca de la cabina vacía del Gulfstream de doce filas que había aterrizado dos horas antes en el Aeropuerto Internacional de El Cairo.

Benson le había dicho que esperara en el avión mientras él hacía su magia negra con las autoridades para conseguir que dos estadounidenses sin pasaporte pasaran las puertas fuertemente vigiladas del aeropuerto más grande de Egipto.

—No fue fácil colocarme este hiyab —dijo Diana mientras cerraba la puerta del lavabo tras ella. Miró a Benson y sonrió—. Pero gracias por acertar con el resto de las tallas. No me puedo creer que mis medidas estuvieran en las redes sociales.

Dogg parpadeó al ver a Diana completamente transformada en una mujer musulmana egipcia con un hiyab que le llegaba hasta los tobillos.

La tela era de un azul oscuro brillante con bordes dorados en las mangas y el escote.

Le quedaba condenadamente bien. Dogg tuvo que removerse en el asiento y mirar por la ventana hacia la extensión gris de la pista para quitarse de la cabeza cómo las curvas de Diana podían provocarle eso cuando cada centímetro de su piel estaba cubierto.

Dogg observó cómo Diana se deslizaba en la fila de delante. El pelo le olía a tierra mojada tras la lluvia. No sabía cómo lo conseguía. Él mismo olía a lobo después de un baño de barro. No era lo mismo.

—Hoy en día las bases de datos de las redes sociales tienen más información que las de la CIA —dijo Benson.

Benson estaba sentado de lado en la fila del otro lado del pasillo, frente a Diana. Llevaba unos pantalones caqui impecables y un polo azul abotonado. Dogg podía ver sus zapatos Oxford de cuero marrón asomando al pasillo. Por lo visto, ese era el atuendo tropical de Benson.

—Hablando de bases de datos —interrumpió Dogg, intentando quitarse de la cabeza la interesante cuestión de si Diana llevaba ropa interior bajo todo ese satén azul brillante.

Habían dormido casi todo el vuelo de nueve horas de Miami a El Cairo en el pequeño y veloz Gulfstream, pilotado por dos cubanoamericanos con gafas muy oscuras y sin el menor interés en entablar conversación.

Dogg y Diana tampoco habían hablado mucho. Incluso en el trayecto hasta Miami habían permanecido casi todo el tiempo en silencio.

Aunque no había sido un silencio incómodo, pensó Dogg mientras observaba a Benson ponerse al teléfono para pedir novedades a algún técnico del centro de datos de la CIA en Virginia. De hecho, era una quietud extrañamente reconfortante. Como si se comunicaran sin palabras.

Eso le hizo preguntarse si se habían comunicado sin palabras todos esos años.

Encontrándose en sus pesadillas.

Quizás en sus sueños.

Pero se guardó el pensamiento para sí. Diana ya hablaba de destino y sino, y eso incomodaba a Dogg.

Como cualquier guerrero que había visto combate mortal y sobrevivido, Dogg entendía que había algo más allá de lo puramente físico.

Una fuerza innombrable que parecía guiar tus acciones en momentos de gran prueba.

Pero si eso era espíritu o alma, ángeles o demonios, fantasmas o espectros... sí, eso no era asunto suyo.

Y tampoco tenía paciencia para ello.

—No me toques las narices, hijo —ladró Benson al teléfono—. Me debes una, y es hora de pagar. Me da igual si tienes que meterte por los malditos cables de fibra óptica con una lupa para encontrar esos archivos borrados. Hazlo y llámame.

Benson colgó y se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón. Se frotó los ojos grises y suspiró.

—Esto podría ir más allá de lo que pensaba —dijo Benson, frotándose la barba canosa que al parecer se había dejado crecer para pasar desapercibido entre la multitud de hombres barbudos de El Cairo.

Miró a Diana y luego por encima del respaldo hacia donde Dogg lo observaba como si su rostro fuera un libro de texto—. ¿Estás seguro de lo del arma?

Dogg asintió.

—Querían que pareciera un suicidio.

Miró el reloj.

—¿La policía pilló al tercer tipo?

Benson negó con la cabeza.

—Los cuerpos también desaparecieron. Debía de haber más tipos en un vehículo cerca. Equipo de limpieza profesional. Ni casquillos. Ni huellas claras. Ni huellas dactilares en la casa.

Dogg apretó el puño. Había optado por sacar a Diana de la casa y ponerla a salvo. Era la decisión correcta, pero aún le escocía haber dejado escapar a aquel tipo. Se prometió cazarlo si sus caminos no volvían a cruzarse antes de que todo aquello terminara.

—Es imposible que hayan limpiado toda la sangre y los restos de hueso de entre las tablas del suelo —dijo Dogg—.

Puedes raspar algo de sangre seca o masa encefálica de las grietas.

Hacer búsquedas de ADN de los dos imbéciles que maté.

Seguro que están fichados. Puedes revisar a sus conocidos.

Rastrearlos hasta dar con quien borró esos archivos.

Benson volvió a negar con la cabeza.

—Vertieron algún tipo de disolvente por toda la zona después de recoger los trozos grandes de cráneo y cerebro. Todas las muestras están contaminadas.

Diana se estremeció en su asiento, al otro lado del pasillo.

—No lo entiendo —dijo en voz baja—. ¿Por qué iba alguien a...? Es que no...

Benson la miró. Sus ojos grises estaban tan afilados como siempre. Dogg veía que la analizaba como si fuera una pieza de información.

—Tu suicidio consigue dos cosas —dijo Benson con frialdad—.

Primero, cambia el relato. De repente toda la prensa y las redes sociales giran en torno a Diana Jackson.

Todo tipo de especulaciones. Puede que tus fans difundan la idea de que eres una heroína, que elegiste sacrificarte antes que ceder a las exigencias de un loco.

En cualquier caso, desvía la atención de Muvumba.

Una oleada enorme de amor y compasión hacia ti.

Dogg asintió y se acarició la barba.

—¿Y la segunda?

—Bueno —dijo Benson—. Destruye el plan de Muvumba. Lo echa todo por tierra.

Diana frunció el ceño.

—En realidad, no. Tiene veintitrés rehenes. Podría encogerse de hombros y elegir a otra mujer famosa que me sustituya. Volver a montar todo el tinglado.

Benson se tocó la barbilla. Negó lentamente con la cabeza.

—No lo creo —dijo en voz baja—. Creo que esto va de ti, Diana.

De ti en concreto. Si mueres, creo que Muvumba mata a todos los rehenes de inmediato.

Lo que facilita entrar y arrasar la isla entera después.

Enterrarlo todo y pasar página. Que parece ser exactamente lo que quiere quien esté detrás de esto.

Pensaron que podían montar lo del suicidio.

Puede que lo intenten de nuevo. O puede que decidan eliminarte sin molestarse en disimular.

En cualquier caso, quieren asegurarse de que nunca llegues a esa isla, Diana.

Diana parpadeó, con el rostro encendido. Lo estaba entendiendo. Asintió.

—Porque entonces la historia crece aún más. Y una vez que esté en la isla, Estados Unidos tendrá que intervenir, ya que obviamente soy estadounidense.

Dogg frunció el ceño sopesando las palabras de Benson.

—¿Por qué crees que va específicamente por ella? —preguntó en voz baja—. ¿Algún tipo de obsesión de acosador de famosos?

Benson negó con la cabeza. Le lanzó una mirada a Dogg.

—Bueno, no solo de ella. Quizás también de ti. Si tengo razón, claro. Que suelo tenerla.

Suspiró y miró hacia el techo.

—Aunque espero no tener razón esta vez. Pero probablemente la tenga.

Dogg sintió un pavor nauseabundo trepar por su estómago. Entrecerró los ojos mirando a Benson.

—Habla, Benson —gruñó Dogg—. No es momento para tus juegos. Los chicos me han dicho que retienes información como si fueras un titiritero, pero eso aquí no va a colar.

Benson sonrió ampliamente.

—¿En serio? ¿Los chicos me llaman Titiritero? ¿Eso significa que todos vosotros os consideráis marionetas?

—Benson, te juro que te abriré en canal y te dejaré hecho un muñeco de ventrílocuo —gruñó Dogg—. ¿Qué demonios quieres decir con que se trata de Diana y quizás de mí también?

Benson respiró hondo. Se miró las manos y luego alzó la vista hacia el techo.

—Veintitrés —dijo—. ¿Ese número no os dice nada?

Dogg frunció el ceño. Miró a Diana. Ella parpadeó. Vaciló un momento. Luego miró a Benson.

Sus párpados aletearon rápidamente, como si algo acabara de surgir de su subconsciente.

Los ojos grises de Benson brillaron.

—La policía keniana informó de que había veinticinco colegialas en aquella excursión escolar a la playa de Mombasa.

Respiró hondo y lo soltó lentamente.

—Pero los hombres de Muvumba solo se llevaron a veintitrés. Dejaron marchar a dos. Solo querían veintitrés rehenes.

Hizo una pausa, miró a Dogg y luego a Diana.

—Por veintitrés noches contigo, Diana. Veintitrés días y veintitrés noches. ¿Lo veis ahora?

—No... no puede ser —murmuró Diana. Sus párpados aleteaban como mariposas en una carrera desesperada—. Dime que es una coincidencia. Tiene que ser una coincidencia.

Benson soltó una risa sombría. Se encogió de hombros. Guardó silencio.

Los ojos de Dogg iban de Benson a Diana. Su mente repasó el número. Rebuscó entre sus recuerdos.

Entonces lo entendió.

Lo vio.

No había caído al principio porque aquel tiempo había sido como un único día interminable.

Pero ahora que repasaba las fechas, cuadraban.

—Veintitrés días y noches —le dijo a Diana en voz baja—. El tiempo que tú y Tiffany estuvisteis desaparecidas.

Miró de nuevo a Benson y negó con la cabeza.

—Pero mantuvieron los nombres de Diana y Tiffany fuera del informe oficial. Apenas hubo cobertura mediática. Internet no era lo que es ahora. Las redes sociales apenas existían por entonces.

Diana asintió como si estuviera en trance. Tenía la mirada perdida. Luego parpadeó y volvió en sí.