Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 4 #3
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Dogg se relajó un poco, se concentró en los detalles que podía distinguir y llegó a algunas conclusiones rápidas.

No estaban atadas, lo que significaba que solo había una salida de la cueva y debía ser lo bastante estrecha como para que las niñas solo pudieran salir de pocas en pocas.

Bastaría con un puñado de guardias armados en la entrada para frustrar cualquier plan de fuga, incluso el de la más audaz de las niñas de trece años.

—No, no soy un monstruo —repitió Muvumba con ese estilo que Dogg ya reconocía como una retórica probada que se remontaba a los emperadores romanos.

Algunos de los cuales sí eran monstruos, si Dogg recordaba bien sus clases de historia: orgías con cabras y vírgenes ahogadas en leche como sacrificio a Anubis, el Perro del Diablo.

—Solo un monstruo haría lo que he amenazado con hacer —dijo Muvumba—.

Y por eso le pido a la Reina Diamante que no me convierta en un monstruo.

Por favor, por el bien de la dulce humanidad.

Yo garantizo su liberación. ¿No garantizará usted la de estos querubines inocentes?

¿La de estas dulces princesas? ¿No les dará la oportunidad de encontrar sus propios Diamantes de Poder e iluminar con su luz este mundo oscuro y cruel?

¿Un mundo desesperado por héroes como la Reina Diamante?

Diana emitió un sonido. Dogg la miró. Se estaba riendo.

—Vale, este tipo es bueno —se rio de un modo que preocupó a Dogg.

Como si quizá aquella liberación catártica de tantas emociones reprimidas la hubiera dejado algo eufórica.

Como si quizá no se estuviera tomando en serio el peligro que corría—.

Lo está haciendo tan teatral que los espectadores se dejan engañar y creen que es un juego, un reality, entretenimiento deliciosamente oscuro.

Apuesto a que hay debates encendidos en todas las redes sobre si debo ir o no. Sobre si tengo que ir.

—No es un juego —dijo Dogg con calma—. Y no vas a ir.

Diana lo miró. Volvió la vista a la pantalla grande, a Muvumba. Luego otra vez a Dogg.

—Mira —dijo Diana—. De esto no se puede huir. Al menos yo no puedo. Puede que tú no creas en el destino, pero yo sí. Hay patrones en la vida y en la muerte, Dogg. Este es nuestro patrón en esta vida. Nuestro juego. Tenemos que jugarlo.

Le sostuvo la mirada con ojos soñadores.

—O él nos jugará a nosotros.

Dogg la miró como si estuviera loca.

—Suenas igual que Benson —murmuró—. ¿Montó él todo esto?

—¿Quién es Benson?

Dogg soltó una risa sombría.

—Da igual.

Se detuvo un momento. Pensó en Benson. Se preguntó si tendría sentido meterlo en esto.

Sí, decidió. Lo tenía.

Al fin y al cabo, parte de esto entraba de lleno en el terreno de Benson.

Conspiraciones y encubrimientos.

Secretos y mentiras.

Destino y sino.

Dogg reprimió una sonrisa mientras consultaba el reloj.

El llamativo Tag Chrono redondo le confirmó que había perdido el último vuelo de enlace.

Se quedaba allí a pasar la noche, y la idea de volver a aquella vieja casa polvorienta, con recuerdos que debían seguir enterrados bajo el polvo, no le resultaba nada atractiva.

Observó a Diana cruzar la sala descalza. Rebuscó en el minifrigorífico y sacó otra lata fina y plateada de zumo de piña. La observó servir. No añadió vodka. Esta no era esa clase de cita.

Demonios, no es ninguna clase de cita, se recordó enfadado al sentir aquel fogonazo de deseo al verla caminar hacia él con dos vasos altos.

Sostenía los vasos exactamente a la misma altura. Sus pechos, redondos y generosos bajo el top plateado, se movían en perfecto ritmo con cada paso que daba sobre la oscura madera pulida.

Se preguntó cuántas habitaciones tendría aquella mansión. Cuántas camas.

Luego se preguntó si estaba cayendo en viejos hábitos. Cuánto tardarían en volver a llamarlo Dirty Dogg en aquella ciudad.

—¿Sigue estando ese Comfort Suites a las afueras? —preguntó mientras le cogía el zumo de piña sin rozarle los dedos.

—¿En serio? —dijo ella con voz lánguida, buscándole la mirada mientras daba un largo sorbo—. ¿Vamos a jugar a este juego ahora?

—Ya no juego a esos juegos —respondió él en el mismo tono.

—¿No tienes esposa?

Dogg no respondió. Terminó el zumo. Se relamió. Dejó el vaso de golpe sobre la barra. Se giró hacia el vestíbulo y miró la puerta principal.

—¿No vas a preguntarme si tengo marido? —bromeó Diana a su espalda.

—El mundo entero sabe que no tienes marido.

Dogg se puso rígido. Arrugó la cara. Se alegró de que ella no pudiera verle la expresión.

Esperó la réplica triunfal, el remate.

No llegó.

Dogg se giró.

Ella lo miraba con la expresión más extraña en su bonita cara redonda.

A Dogg le llevó un segundo darse cuenta de que estaba realmente sorprendida de que él supiera algo de su vida.

De que le importara un carajo si tenía marido o no.

Dogg dio un paso hacia ella.

Ella batió aquellas largas pestañas negras.

No era teatro.

Dogg dio otro paso.

Ella entornó aquellos suaves párpados marrones.

No era teatro.

Entonces oyó algo.

Pop.

Un golpe sordo.

Se quedó rígido mientras años de entrenamiento barrían cualquier otro pensamiento.

Entonces se movió.

Se abalanzó sobre Diana y la agarró por la cintura.

La atrajo hacia sí y en un movimiento fluido le quitó el vaso de la mano.

Lo siguiente fue taparle la boca con su manaza.

Un instante después, ella estaba en el suelo de nogal.

Tenía los ojos muy abiertos.

Sus labios se movían contra la palma de él.

—¿Tienes sótano? —susurró con calma mientras sonaba otro pop lejano, luego dos más en rápida sucesión seguidos de golpes sordos y ominosos.

Los cuatro guardias habían caído, se dijo Dogg. Por el intervalo entre disparos, había tres tiradores.

Venían a por Diana.

No importaba quiénes fueran.

Solo una cosa importaba ahora.

Mantenerla a salvo.

Mantenerla con vida.

Mantenerla con él.

Nadie iba a llevársela de nuevo.

No mientras su corazón siguiera latiendo.

No mientras su cuerpo siguiera moviéndose.

Ahora no.

Nunca más.