3
DIECIOCHO HORAS DESPUÉS
STILLWOOD, FLORIDA
—Déjalo entrar.
Diana se deslizó del suave sofá de cuero marrón y se puso de pie.
Se pasó los dedos por el espeso cabello suelto.
Echó un vistazo a su reflejo en el espejo de cuerpo entero con marco de latón del largo pasillo pintado de bronce.
Luego apenas logró bajarse por delante el dobladillo del brillante top plateado sin hombros para cubrir el trocito de vientre moreno que asomaba.
Por supuesto, cuarenta millones de personas habían visto mucho más de su suave vientre moreno en pantallas grandes como edificios, pero por alguna razón Diana se resistía a mostrarle a Dogg ni el más mínimo centímetro de piel.
Por un momento consideró subir corriendo a cambiarse ese top sin hombros que dejaba ver los tirantes negros de la camiseta a ambos lados del cuello bronceado, pero ya era demasiado tarde.
Él estaba aquí.
—Douglas, hola —dijo en un tono extrañamente agudo que la transportó de inmediato décadas atrás, a cuando era la niña de once años con la voz más fuerte y chillona de la Escuela Stillwood—. Gracias... gracias por venir.
No hubo respuesta de la figura sombría que acababa de cruzar el vestíbulo al final del pasillo. Bajó la mirada hacia sus botas, llenas de arañazos y golpes, con barro seco en los costados. Luego alzó la vista, se encogió de hombros y avanzó por el parqué pulido.
El corazón de Diana latía desbocado, como un conejo que no sabe si huir o caer muerto del susto.
No había visto a Dogg en al menos quince años, y este hombre era más alto, más corpulento y más fornido que el adolescente delgado y fibroso de dieciséis años que recordaba de aquella época brutalmente trágica.
Pero era Dogg.
Lo reconoció por los ojos.
«Sus ojos son los mismos», pensó mientras recorría con la mirada aquel cuello grueso como un tronco, la barba negra y tupida, los labios de un rojo oscuro, los pómulos afilados, hasta llegar a esos ojos verdes ardientes que jamás olvidaría.
—Douglas —repitió cuando él se detuvo a menos de un metro, bajo un foco dorado empotrado en el techo negro.
La sombra de él cayó sobre ella como un muro. De cerca parecía aún más ancho, y Diana sentía el poder que irradiaba de aquel cuerpo musculoso. Llevaba un chándal gris con la cremallera bajada hasta la mitad del torso. Sin camiseta debajo.
Diana tragó saliva ante aquellos pectorales macizos como losas de granito oscuro. Las líneas del abdomen parecían una vista aérea de las Montañas Rocosas. Los brazos, más gruesos que los pilares de la mansión. La barba, salvaje como los impenetrables Everglades.
Y esos ojos seguían ardiendo como esmeraldas en el horno de su ira.
—Tienes casa nueva —dijo. Miró al techo negro, luego a sus botas, y por último al parqué del pasillo por donde había entrado.
Había trozos de barro seco por todas partes. Se frotó la nuca y se encogió de hombros, mirándola.
Diana soltó una risita y notó cómo se le encendían las mejillas.
—El mismo Douglas de siempre. No le gusta quitarse las botas.
Él volvió a encogerse de hombros.
—La misma Diana de siempre. Me llama Douglas porque sabe que lo odio.
Diana abrió la boca de par en par.
—Dios mío. Solo te llamaba así porque Tiffany me obligaba. Ella...
Diana cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio inferior. Cuando los abrió, él seguía mirándola con calma. Sin expresión que pudiera descifrar. Sin emoción detrás de esos ojos verdes.
Ni siquiera ira.
—Llámame Dogg —dijo con suavidad, la voz profunda y resonante, con un timbre que hizo que algo se agitara dentro de ella.
Por un momento Diana casi deseó no haberlo llamado. ¿Por qué demonios iba a hacer algo por ella?
Y entonces recordó que aquello no iba de ella.
Y supo que por eso había venido.
Dogg tenía que venir.
Igual que Diana tenía que ir allí.
Era su destino.
Su sino.
Su tragedia.
—¿Estás en peligro? —preguntó Dogg, con esa calma inquietante aún en la mirada.
«Si estás fingiendo que el pasado no existe para ti, se te da de maravilla», pensó Diana.
—Hay cuatro guardias armados en tu propiedad —continuó Dogg—. Contratistas privados. Todos exmilitares. Marines, por lo que veo.
Diana asintió.
—Exmarines. Todos con buenos expedientes de servicio. Mamá los investigó tan a fondo que seguro sabe hasta qué marca de calzoncillos usan.
—Los marines solo usan slips —dijo Dogg con cara de póker—. O bragas.
A Diana se le escapó una carcajada. Se tapó la boca para contener las risitas, pero salieron de todos modos.
Los hombros le temblaban mientras se reía, en parte aliviada de que la tensión se hubiera roto, en parte feliz al ver brillar una astilla de recuerdos felices a través de la oscuridad que ambos llevaban consigo.
—Es... es bueno verte —susurró con una sonrisa que le daban ganas de llorar—. Dogg.
—No has respondido a mi pregunta —dijo Dogg—. ¿Estás en peligro?
Pasó junto a ella hacia la sala. El televisor de proyección estaba encendido, con un canal de noticias que daba actualizaciones sobre la situación del Rey Muvumba.
Dogg se plantó justo delante, con los brazos cruzados sobre el pecho.
El volumen estaba apagado. Los subtítulos se desplazaban por la parte inferior de la pantalla.
Diana observó cómo los ojos de Dogg recorrían los subtítulos con precisión militar. Había algo muy concentrado y controlado en él. Muy distinto a lo que ella recordaba.
Fuera de control.
En más de un sentido.
Con mucho más que una sola.
Había una razón por la que todos lo llamaban Dogg.
Wild Dogg.
Mad Dogg.
Dirty Dogg.
—No estoy en peligro. Es mi seguridad habitual —dijo Diana. Entró en la sala, pero se quedó detrás de él—. Normalmente solo tengo dos de guardia, pero mamá llamó a otros dos por si acaso.
—¿Por si acaso qué?
Diana se encogió de hombros a sus espaldas. No le había dicho a Dogg lo que quería hacer. Solo le había preguntado si podía venir a Stillwood en uno o dos días. Supuso que él adivinaría el motivo.
Y sabía que vería los paralelismos con el pasado.
No podría negarse.
Dogg se apartó de la pantalla para mirarla. Esa ira volvía a relampaguear en sus ojos. Cuando Diana vio el rostro de Rey Muvumba en la pantalla, se relajó un poco. No iba dirigida a ella.
—¿Tengo que hacerte cada pregunta dos veces? —dijo Dogg—. ¿Por qué tu madre duplicó el equipo de seguridad si no estás en peligro?
Diana respiró hondo. Se apartó el pelo de la nuca. Ojalá se lo hubiera recogido. Empezaba a hacer calor allí dentro.
—Ya sabes por qué —dijo en voz baja.
Diana lo miró a los ojos para ver si lo entendía.
Al instante supo que sí.
Y al instante supo que había cometido un error.
—Ni de coña —dijo Dogg, soltando una carcajada y sacudiendo la cabeza—. ¿Qué te pasa, estás loca? ¿Te has pasado viendo tus propias películas de superhéroes?
—La Reina Diamante técnicamente no es una superheroína —corrigió Diana—. Su Diamante de Poder no es mágico. Es solo un símbolo para recordarle quién es, de dónde viene, para qué nació.
Dogg se pasó el dorso de la mano por los ojos. Gruñó, sacudió la cabeza y después esbozó una sonrisa.
—Mira, tú naciste para vivir tus fantasías infantiles en el mundo de ficción, no en el real, niña. La respuesta es no. Rotundamente no.
Diana parpadeó tres veces. Abrió la boca para hablar, pero solo le salió un jadeo de pura indignación.
Le llevó un momento recomponerse. Después pronunció sus líneas con el esplendor y la gravedad que había perfeccionado tras años de meterse a fondo en sus personajes.
—Primero, no puedes llamarme niña —dijo con fiereza—. Solo soy tres años menor que tú. Además, soy una adulta. Llamarme niña es más que insultante. Es infantilizar a las mujeres.
—Espera, ¿es qué?
—Infantilizar. Se refiere a la obsesión de los hombres por faltarle al respeto a las mujeres adultas tratándolas como niñas.
—Si actúas como una niña, te van a tratar como una niña —dijo Dogg—. Y ahora, ¿dónde está Camilla? Quiero asegurarme de que te encierre en tu cuarto hasta que todo esto se resuelva.
—Mamá sigue en Los Ángeles —dijo Diana. Sacudió la cabeza para centrarse—. No he terminado.
—Oh, créeme, has terminado. Si me has hecho venir hasta aquí por la ridícula idea de que puedes o debes hacer algo con ese loco, entonces sí, has terminado. Y yo también —dijo Dogg. Miró el reloj y luego la pantalla grande—. Todavía llego al vuelo de noche. Menos mal que no me quité las botas.
Diana sintió que la frustración le subía de golpe.
Luego se relajó.
Vio algo en la mirada fija de Dogg.
Un titubeo.
Una señal.
Un instante de vacilación.
Diana llevaba toda su carrera estudiando movimientos faciales en primeros planos de alta definición. Conocía trece formas distintas de llorar. Once formas distintas de arquear una sola ceja. Era una maestra en este juego.
—No te vas de la ciudad esta noche —dijo triunfal.
Dogg se rio.
—Adiós, Diana. Lamento que te hayas visto envuelta en esta locura, pero no es tu culpa y desde luego no es tu responsabilidad. Déjaselo a los profesionales.
—Yo soy una profesional —dijo Diana con frialdad.
—Recitando diálogos —señaló Dogg.
—Leyendo entre líneas —replicó Diana con una sonrisa tensa—. Y sé perfectamente que no te vas de la ciudad esta noche. Sigues siendo el dueño de la vieja casa. No te irás sin pasar por allí.
Se acercó un paso más, tanto que podía olerlo. Olía como siempre. A humo y misterio, como los Everglades en la mañana tras una tormenta.
Dogg se encogió de hombros.
—Puede que me pase por allí antes de ir al aeropuerto. Echar a los ratones. Dejar las serpientes tranquilas. ¿Y qué?
—En cuanto cruces esa puerta, entres en el pasado, te enfrentes a aquello de lo que llevas huyendo todos estos años... de lo que los dos llevamos huyendo todos estos años...
Diana no pudo terminar la frase. Había pronunciado diálogos que abrían su alma ante millones de espectadores, pero ahora era demasiado doloroso abrir esas viejas heridas.
Abrirlas ante un único espectador.