Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 2
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—¡Ahora!

Los cuatro hombres salieron disparados del bosque como si los hubieran lanzado de un rifle de cuatro cañones.

Ax en cabeza.

Bruiser y Cody flanqueándolo.

Dogg cerrando la retaguardia en formación de diamante.

Bajaron atronando por la pendiente cubierta de hierba hacia su objetivo, dejando que la gravedad hiciera su trabajo con sus cuerpos macizos, inclinados hacia delante mientras aceleraban cuesta abajo.

Pero por rápidos que fueran los ex SEALs, no eran rivales para sus objetivos. Los ciervos de cola blanca ya se habían esfumado mucho antes de que los hombres llegaran al fondo del suave valle excavado por un río que ahora apenas era un arroyo.

—Descansen, hombres —ordenó Ax mientras frenaba y saltaba el arroyo.

Se giró con una sonrisota en su rostro barbudo.

—Nos estamos volviendo lentos, chicos. A estas alturas deberíamos ir montados en esos ciervos como los elfos de Papá Noel.

—¿Seguro que quieres soltar ese chiste, Ax? —dijo Dogg—. Es ofensivo tanto para los elfos como para los ciervos.

Dogg pasó trotando junto a Bruiser, que jadeaba, y Cody, que gemía. Cruzó el arroyo chapoteando con sus botas militares negras, luego se giró y chapoteó un poco más, salpicando de barro los pantalones cargo de Bruiser de paso.

—Te voy a meter una patada en el culo por eso, Dogg —gruñó Bruiser mientras examinaba las manchas de barro en sus pantalones cargo negros.

—Primero tendrás que pillarme, grandullón —espetó Dogg.

Botó ligeramente sobre las puntas de los pies, adoptó postura de boxeador, amago a la izquierda, finta a la derecha.

—Lo cual no puedes, claro. Lo que nos devuelve al chiste políticamente incorrecto de Ax sobre los elfos.

Dogg le dedicó una sonrisa a Ax, pero se le borró cuando vio a su antiguo líder del Equipo SEAL con el ceño fruncido mirando el escáner que sostenía en la mano derecha.

Dogg alzó la vista al cielo sorprendentemente azul de Montana. Sin nubes. Una pequeña mota negra que era un águila suspendida en las corrientes de aire, al acecho de algo pequeño y peludo que saliera de su escondite y le sirviera de almuerzo.

No había destellos diminutos de metal en el lienzo azul despejado.

Lo que significaba que no había satélites cerca de la órbita terrestre sobre ellos.

Dogg no era el mejor francotirador del equipo, pero sí tenía la mejor visión a larga distancia.

Curioso que su especialidad fueran los explosivos.

Pero había algo en volar cosas por los aires que le aceleraba el pulso a Dogg.

—Despliega la antena amplificadora —dijo Cody mientras Ax apuntaba el escáner al cielo y giraba lentamente sobre sí mismo—.

Por mucho que lo levantes no vas a superar esas montañas cargadas de hierro que bloquean la señal.

No hay torres de telefonía por aquí, así que no puedes engancharte a las redes civiles.

Tienes que intentar conectar directamente con un satélite militar.

—Ahórrate el esfuerzo —dijo Dogg—. Solo hay un pájaro en el cielo sobre nosotros. Y no salió de ninguna fábrica de Lockheed Martin.

Dogg observó al águila dar vueltas muy por encima de ellos. Sabía que la temperatura estaría muy por debajo de cero a esa altura. Cerca del suelo hacía unos agradables trece grados. Perfecto para correr cuesta abajo y espantar ciervos de cola blanca.

Ax miró a Dogg y bajó el escáner. Lo guardó en su mochila verde oscuro y sacó su móvil Darkwater.

—Sí, no hay señal en ninguna red —dijo al cabo de un minuto—. No me imaginaba que eso fuera posible dentro de Estados Unidos. ¿Cómo voy a volver a creerme esos anuncios de telefonía?

Bruiser soltó una risita. Cody sonrió.

Por lo visto, a todos los casados les parecía un chiste buenísimo.

Dogg miró con el ceño fruncido a sus hermanos SEALs. Los gemelos de Ax y Amy acababan de cumplir un año. Las niñas de Bruiser y Brenna no andaban muy lejos. Y Cate estaba quizás a un mes de convertir a Cody en padre oficial.

A Dogg se le hizo un nudo en la garganta al pensar en cuánto habían cambiado las cosas para el antiguo SEAL Team Thirteen desde que dejaron la Marina y se unieron al Equipo Darkwater de John Benson.

—Veis demasiada televisión si os parece gracioso ese chiste —dijo Dogg, parpadeando para ahuyentar la molesta sensación de que de repente era el que sobraba.

Nunca había sido así entre los cuatro. No era que Dogg estuviera celoso de las esposas e hijos de los otros, de los perros y los pañales, las granjas y los ranchos.

Quería a Amy, Brenna y Cate como si fueran sus propias hermanas, su propia familia.

Sentía la alegría en el corazón de Ax y Bruiser cuando cogían a sus bebés boca abajo por los tobillos y los hacían chillar de placer.

Veía cómo Cody siempre mantenía a su mujer embarazada a la vista, protegiéndola.

Era bueno y natural ver a sus hermanos centrar su atención en algo más que degollar enemigos y apuntar con rifles.

Ax, Bruiser y Cody tenían nuevas prioridades. Siempre serían soldados de corazón, pero ahora también eran maridos y padres.

Esas responsabilidades calaban hondo.

Esos impulsos eran antiguos y primales.

Esa mierda era real.

Más real que nada.

Más importante que nada.

Era estupendo, pensó Dogg mientras recorría con la mirada los rostros llenos de cicatrices y tan familiares de sus hermanos de vida y muerte. Era bueno, correcto y natural. Sin duda.

Así que no eran celos infantiles porque sus hermanos de sangre se hubieran casado.

Era otra cosa.

Sí, había algo en ser el último en pie del grupo tan unido de cuatro.

Algo que le provocaba a Dogg un tirón incómodo en el pecho, como si algo se acercara, justo más allá del horizonte, justo fuera de su alcance.

—El objetivo está justo detrás de esos árboles, fuera de la vista —dijo Cody, consultando el mapa de papel que había impreso en Billings, donde habían alquilado el Jeep Cherokee blanco para traerlos hasta aquí en lo que parecía la misión más cutre de la historia del Equipo Darkwater.

Tan cutre que los cuatro habían decidido que debía quedar en secreto para siempre.

Dogg suspiró y asintió. Se ajustó las correas de la mochila.

Llevaba el explosivo. C-4, el clásico explosivo plástico.

Cuatro bloques. Ocho detonadores. Dogg siempre llevaba el doble de detonadores.

Le daba opciones. Flexibilidad. El C-4 era como plastilina sin un detonador que funcionara.

Sí, aún podías hacerlo estallar con una onda expansiva potente.

Pero no había nada peor que ser el tío de los explosivos y quedarte sin detonadores porque uno fallaba o se mojaba o se rompía o te lo robaban o lo perdías.

—Menos mal que tenemos al vaquero para que no nos perdamos —dijo Bruiser, dándole un codazo a Cody.

Bruiser estiró los brazos y echó a andar hacia el grupo de árboles. Eran abedules altos y gruesos. Uno de ellos había sido alcanzado por un rayo y estaba blanco y seco, muerto. Curioso que ninguno de los otros árboles hubiera sido tocado, pensó Dogg.

Ese tipo debió de sacrificarse por el equipo, decidió. Canalizó mil millones de megavatios de la ira de Zeus directamente hacia el suelo.

Dogg escuchó el sonido de cuatro pares de botas triturando guijarros y pateando piedrecillas hacia lo que quedaba del hilo de agua de lo que debió de ser un río caudaloso hacía miles de años.

A Dogg siempre le había fascinado cómo algunos ríos cambiaban de curso y otros se secaban.

Este, sin embargo, era un cambio provocado por el hombre.

Probablemente una presa río arriba para desviar el caudal hacia el ganado y los caballos.

—Benson debería habernos conseguido caballos —gruñó Cody mientras rodeaban un charco fangoso cubierto de algas parduscas—. Esto es tierra de caballos.

—Benson debería habernos conseguido una misión de verdad —replicó Bruiser con un gruñido mientras se acercaban al grupo de abedules—. No hacen falta cuatro guerreros de élite para localizar y volar una instalación militar abandonada en mitad del culo del mundo, Montana.

Dogg miró con el ceño fruncido a una rana verde reluciente a la que parecía importarle un bledo que cuatro guerreros de élite estuvieran invadiendo su territorio.

Consideró señalar que quizá Benson había ideado esta misión para apaciguar a Ax y Bruiser, ahora que estaban domesticados.

Había habido cierto descontento por parte de ambos después de la misión de Cody y Cate.

Los dos estaban encantados de la vida con sus mujeres y bebés, pero aún quedaba una parte de ellos que quería salir a chapotear en el barro con sus Sig Sauer enfundadas en los cinturones tácticos y los cuchillos de combate colgando del costado.

Esto era básicamente la versión de Benson de una noche de chicos.

—Sí, debería habernos dado caballos —dijo finalmente Dogg, mordiéndose la lengua para no meterse con ellos por los pañales sucios y los bombos.

Esas bromas ya no le hacían tanta gracia. No con aquella extraña sensación detrás de su esternón acorazado.

—Por cierto, ¿dónde anda Benson? —dijo Bruiser, echando un vistazo a su móvil antes de gruñir y guardárselo en el bolsillo del pantalón—.

Se conectó a nuestra última reunión de Darkwater desde el rancho de Georgia.

Mucho ruido de fondo. Voces hablando en al menos tres idiomas distintos.

Como si estuviera en un zoco en medio de Marruecos.

—Está reclutando para Darkwater —dijo Ax cuando llegaron a los árboles.

Levantó el brazo derecho, puño cerrado, codo doblado en un ángulo perfecto de noventa grados.

Los cuatro hombres se detuvieron. Escudriñaron el terreno de izquierda a derecha y vuelta.

Cada uno tenía la mano sobre su Sig Sauer enfundada.

No iba a haber hostiles en esta misión, pero había que mantener los hábitos.

Seguir el protocolo, pasara lo que pasara.

Dogg escuchó el silencio. Sabía que el silencio no existía si uno prestaba atención.