1 #2
El teléfono de Camilla volvió a sonar. Frunció el ceño, como si no reconociera el número.
—Deberías contestar —dijo el productor, con los ojos más abiertos que el boquete de su boca—. Seguramente sea el Departamento de Estado. Acaban de llamar al estudio y les hemos dado tu número.
—¿Por qué está mi foto en la pantalla? —dijo Diana por tercera vez, con un temblor en la voz, mientras Camilla contestaba la llamada y se levantaba del sofá—. ¿Y por qué el Departamento de Estado está llamando a mi madre?
—Conectamos en directo con una de las madres de las niñas —dijo la animada presentadora.
La imagen cambió a una mujer de ojos ansiosos, de pie en un apartamento pequeño pero muy ordenado y bien iluminado. Llevaba una falda larga verde estampada de flores rojas. Se tocó el pelo y luego la frente. Bajo los brazos de su blusa púrpura asomaban pequeños cercos de sudor.
Junto a ella había un chico alto y delgado, con pantalones cortos azules y camisa roja de manga corta, los ojos entrecerrados de furia. Detrás de ambos, un hombre calvo de aspecto preocupado, presumiblemente el marido.
—Nuestro corresponsal en Mombasa, keniano, nos amplía la información —dijo la presentadora estadounidense.
La pantalla mostró a un corresponsal local vestido con camisa de lino blanco. Hablaba inglés con acento británico.
Diana miraba como en un sueño, escuchaba como en trance, se preguntaba si estaba en el infierno. Si quizás no había escapado realmente del infierno todos aquellos años atrás.
Observó cómo se movía la boca del corresponsal. Le estaba haciendo una pregunta a la mujer. Diana había aprendido a leer los labios en Harvard. Era una optativa del Departamento de Teatro. Diseñada para mejorar la dicción. Para enseñar cómo se ve una palabra. Muy útil en fiestas.
El corresponsal terminó su pregunta. La cámara enfocó a la mujer. Esta empezó a hablar, y Diana se obligó a prestar atención por encima del rugido de la sangre en las sienes.
—Por favor —decía la madre keniana en un inglés excelente, con fuerte acento—.
Mi Natu tiene trece años. Es una niña. Déjala marchar, por favor.
¿Por qué haces esto? Eres un monstruo. Arderás en el infierno si no liberas a mi hija y a todas las demás.
No puedes hacer esto, rey Muvumba. Por favor, no lo hagas, por el amor de Dios...
—No —interrumpió la presentadora estadounidense con un gesto de la mano—. Pregúntele si tiene algo que decirle a Diana Jackson.
El corresponsal local se lo preguntó a la mujer.
La mujer parpadeó y apartó la mirada de la cámara. Había vacilación en su postura, como si estuviera debatiéndose entre dos opciones.
Diana sintió aquel temor trepar por su pecho y ahogarla con dedos fríos desde dentro. Oía a Camilla decir algo a su espalda, con tono muy profesional.
Camilla estaba aceptando sin rechistar.
Eso no pasaba nunca.
La mujer de Mombasa resolvió por fin su dilema. Miró a la cámara. Sus ojos brillaban con una extraña mezcla de súplica y disculpa. Empezó a decir algo, pero sacudió la cabeza y rompió a llorar, como si hubiera vuelto a cambiar de opinión.
—No —sollozó, con la voz temblorosa de lo que Diana reconoció como ira—.
No tengo nada que decirle a Diana Jackson.
Es actriz. ¿Qué va a hacer? No es responsabilidad suya.
Los gobiernos tienen que hacer algo. Somalia.
Kenia. Las Naciones Unidas. La policía. El ejército.
¿Por qué no hace nada ningún gobierno? ¿Cómo puede permitirse algo así sin que ningún gobierno cumpla con su deber y proteja—
La transmisión en directo se cortó a mitad de frase. La presentadora estadounidense volvió a aparecer en pantalla. La fotografía de Diana reapareció en la esquina. Un titular parpadeó bajo la imagen de la presentadora.
Decía: EL RESCATE DE UN REY: ¿PAGARÁ LA REINA DIAMANTE?
—Por supuesto que pagaré —dijo Diana mientras intentaba encajar febrilmente los fragmentos de información.
¿Un rey autoproclamado había secuestrado a un grupo de colegialas y exigía un pago para liberarlas? Pues claro que lo haría. Diana ya pagaba para que niños fueran a la universidad. Por supuesto que pagaría para que unas niñas volvieran a casa sanas y salvas, lejos de las garras de un loco.
Pero seguía sin entenderlo. El dinero le daba igual. Lo que no lograba comprender era por qué demonios alguien le pediría a ella que pagara.
Entonces escuchó a la presentadora repasar los puntos clave de la noticia de última hora.
Y Diana comprendió por qué le pedían que pagara el rescate.
Porque no era dinero contante y sonante lo que quería el Rey Oliver.
Era carne cálida y suave.
La suya.
—Quiero a la mismísima Reina Diamante —decía el Rey Oliver Muvumba en un clip que, al parecer, se había enviado a todos los principales medios de comunicación apenas quince minutos antes.
La calidad de producción del vídeo era alta.
Iluminación y trabajo de cámara profesionales.
La voz de Muvumba era profunda y resonante, su dicción segura y nítida.
Su acento era una mezcla extraña. Europeo y de África Occidental, pero con matices británicos.
Como si hubiera estudiado a Shakespeare en Inglaterra y hubiera destacado en ello.
Muvumba era alto y corpulento, con hombros poderosos y un pecho descomunal. Fornido, pero no fofo. Buena postura. Erguido, con la espalda recta. El peso repartido por igual en ambos pies.
Irradiaba poder de un modo que asustaba a Diana. Aquellos ojos dorados y brillantes chispeaban de energía. Una vez más, Diana no lograba distinguir si aquel destello era el fuego de la inteligencia o la chispa de la locura.
Sospechaba que eran ambas cosas, y eso la asustaba aún más.
Había conocido genios descomunales en Harvard con una mirada similar.
Como si siempre caminaran por el filo de sus mentes afiladas como navajas.
Como si pudieran decantarse hacia cualquier lado.
Científico espacial o Unabomber. Madre Teresa u Osama Bin Laden.
Diana observó cómo Muvumba hablaba con la serena confianza de quien hace una petición perfectamente razonable, aunque lo que estaba haciendo rayaba en la locura de un villano de cómic.
—Soy un Rey razonable —dijo Muvumba con una amplia sonrisa que dejaba ver una hilera reluciente de dientes perfectamente alineados, pulidos y de un blanco deslumbrante—.
Y mi invitación a Diana Jackson es razonable.
No le pido que se convierta en mi reina ni en la madre de mis herederos.
Solo le pido que me visite durante veintitrés días y noches.
Cada mañana que la Srta. Jackson me honre con su belleza, liberaré a una niña.
La mañana del vigésimo tercer día, cuando libere a la última niña, la Srta. Jackson también quedará en libertad.
Dio un paso hacia la cámara y su corpulencia ocupó casi todo el encuadre. Detrás de él, Diana distinguía elaboradas tallas de piedra con hombres y mujeres en lo que parecían movimientos de danza erótica. La piedra parecía antigua, las tallas milenarias.
No había muebles. Ni árboles. Ni cielo. Diana se preguntó si Muvumba estaría en una cueva. La presentadora había dicho que Muvumba se había apoderado de una isla rocosa y árida frente a la costa de Somalia. Quizá hubiera cuevas en la roca. Todas las cuevas estaban en roca, ¿no?
—El mundo entero se ha conmocionado por este suceso que parece sacado directamente de una película de Reina Diamante —exclamó la presentadora—.
Ya estamos viendo a fans de la megaestrella estadounidense que publican sus opiniones en las redes sociales.
La mayoría condena a Muvumba y dice que Diana Jackson ni siquiera debería dignificar a ese hombre con una respuesta.
Pero algunos opinan que debería aceptar la invitación.
Que no tiene otra opción. ¿Cómo vivirá consigo misma si se niega y las colegialas mueren? Argumentan que—
—Apaga esa mierda —ordenó Camilla desde detrás de Diana—. Y ahora dejadnos solas, todos.
El monitor se apagó. Diana se quedó mirando la pantalla negra en la pared rosa. Oyó a los productores marcharse en silencio. Percibió su alivio por irse. Pero también percibió que una parte de ellos quería quedarse. Curiosidad morbosa. Al fin y al cabo, eran cineastas.
Diana no los culpaba.
Ella también sentía curiosidad.
Curiosidad por ese sentimiento que se gestaba en su pecho.
Esa sensación nauseabunda que la hacía creer que las coincidencias no existen.
Que el destino da vueltas y vuelve a por ti.
Que el destino nunca olvida cuando quedan asuntos pendientes.
Que, de un modo extraño, toda su vida la había estado preparando para este momento.
Para esta elección.
—El Departamento de Estado está preparando una declaración pública —dijo Camilla con su voz más profesional, sin asomo de madre—.
Van a decir que se te ha ordenado no responder de ninguna forma.
Que se trata de un loco y un terrorista que retiene rehenes, y que Estados Unidos y sus ciudadanos no negocian con locos ni terroristas.
—Tragó saliva y parpadeó—. El Departamento de Estado y la NSA van a congelar todas tus cuentas en redes sociales para que todo el mundo sepa que no puedes responder públicamente.
Quieren que sepas que esto no es asunto tuyo.
No es tu responsabilidad hacer ni decir nada.
Tu único trabajo es guardar silencio y mantenerte al margen de los medios.
Ninguna declaración a la prensa. Ninguna entrevista.
Nada de nada hasta que esto se resuelva.
Diana permaneció inmóvil, de espaldas a Camilla, con la expresión vacía y la mente aún más vacía.
Sintió que aquel vacío regresaba a ella como si nunca se hubiera ido.
—¿Cómo se resolverá? —susurró.
No había pretendido susurrar.
Simplemente le salió así.
Como si le hubieran robado todo el aire de los pulmones.
Camilla guardó silencio un momento. —Ese es problema suyo, no nuestro.
Diana se volvió. —Así que no van a hacer nada.
Camilla parpadeó. —No sé qué harán ellos, pero sé que nosotras no vamos a hacer nada.