Rescátame por Navidad 27
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Dos años después.

Dos años después de aquella Navidad en la montaña, Olivia se encontraba subida a una pequeña escalera, intentando colocar una guirnalda sobre una de las estanterías del salón.

—Un poco más a la derecha… —murmuró para sí misma. Se estiró todo lo que pudo y consiguió enganchar uno de los extremos—. Perfecto.

Bajó de la escalera y dio unos pasos hacia atrás para contemplar el resultado.

El piso estaba completamente decorado para Navidad. Había pequeñas luces alrededor de las ventanas, adornos sobre las estanterías, velas, unas cuantas ramas de abeto y detalles rojos y dorados repartidos por el salón, pero lo que más destacaba era el árbol.

Olivia se quedó mirándolo con una sonrisa.

Había decidido montarlo ella sola aquella tarde. No porque no necesitara ayuda, simplemente porque quería hacerlo.

Era un árbol bastante grande, adornado con luces cálidas y decoraciones que habían ido eligiendo y comprando juntos durante los últimos meses.

Bajo sus ramas se acumulaban varios regalos envueltos en papel de colores.

Entre ellos destacaba uno especialmente grande que Marcos había insistido en colocar allí, sin dar la menor explicación sobre su contenido.

Olivia cruzó los brazos y contempló orgullosa su obra.

—No ha quedado tan mal.

Bueno, quizá algunas ramas estaban ligeramente inclinadas, pero aquello era un detalle menor. Además, el árbol tenía personalidad.

Sonrió al pensar en Marcos.

Hacía exactamente dos años que la palabra Navidad había adquirido para Olivia un significado completamente distinto.

Antes de aquella aventura, la Navidad era simplemente una época del año que le gustaba. Ahora tenía recuerdos que asociaba a ella: la nieve, la montaña, el refugio, una tormenta, un alud, un recuerdo subido de tono frente a la chimenea y, sobre todo, Marcos.

Su vida había cambiado muchísimo desde entonces.

El reportaje Guardianes de la montaña había tenido una acogida mucho mayor de la que Olivia esperaba. Había recibido excelentes críticas y había conseguido una audiencia que hizo que la productora confiara todavía más en su trabajo.

Después de aquel proyecto llegaron nuevas oportunidades. Más documentales, más viajes y más historias y, también, más libertad para decidir qué historias quería contar.

Había seguido trabajando con Sergio y Paula, que se habían convertido en mucho más que sus compañeros de trabajo. Eran un equipo.

Los tres habían continuado juntos durante aquellos dos años y habían trabajado en distintos proyectos relacionados con emergencias, personas y lugares que normalmente quedaban fuera de las cámaras.

El documental en el que estaban trabajando ahora era muy diferente.

Se titulaba provisionalmente Los que trabajan mientras todos celebran y seguía, durante las noches navideñas, a distintos profesionales que permanecían de servicio mientras el resto de la ciudad se reunía para celebrar con sus familias.

Sanitarios que pasaban la Nochebuena en un hospital, bomberos preparados para intervenir en cualquier momento, policías patrullando las calles, equipos de emergencias y trabajadores de otros servicios esenciales.

Olivia quería mostrar precisamente eso: que, mientras millones de personas celebraban la Navidad, muchos profesionales seguían al pie del cañón, atendiendo emergencias y protegiendo a los demás, aun a costa de renunciar a esos momentos que también les habría gustado compartir con sus familias.

Era un proyecto que le estaba gustando especialmente, quizá porque, después de lo que había vivido en la montaña, había aprendido a mirar de otra manera a las personas que estaban detrás de aquellas profesiones.

Sonrió al recordar que todo había comenzado con un documental y que, sin proponérselo, aquel proyecto la había llevado hasta Marcos.

En ese instante, oyó girar una llave en la cerradura.

Olivia se giró y la puerta se abrió. Marcos apareció al otro lado.

Todavía llevaba parte de la ropa de trabajo y el pelo ligeramente revuelto por el viento.

Cuando la vio, sonrió.

—Hola.

Olivia no pudo evitar sonreír también.

—Hola.

Marcos dejó las llaves sobre la mesa y se acercó directamente hacia ella.

La rodeó por la cintura y la besó.

Olivia le devolvió el beso y después se separó apenas unos centímetros.

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó sin dejar de abrazarlo.

—Bien.

—¿Solo bien? — repitió, soltándolo por fin y retrocediendo unos pasos con una expresión de fingida incredulidad.

—Bueno… —Marcos se quitó la chaqueta—. Ha tenido su momento interesante.

Olivia arqueó una ceja.

—¿Qué ha pasado?

—Un excursionista decidió que era buena idea subir por una zona bastante complicada con unas zapatillas que probablemente sirven mejor para ir al supermercado.

Olivia soltó una carcajada.

—No puede ser —exclamó, con los ojos muy abierto.

—Puede ser, puede —confirmó Marcos.

—¿Y qué pasó?

—Que terminó sentado en la nieve preguntándose por qué sus pies estaban congelados.

—Ay, pobre… —rio ella.

—Le expliqué que la montaña no suele aceptar reclamaciones.

Olivia volvió a reírse.

—¿Y lo rescataste?

—Claro.

—¿Y aprendió la lección?

Marcos se encogió de hombros.

—Eso ya no puedo garantizarlo.

Olivia negó con la cabeza.

—Tu trabajo es increíble.

—El tuyo tampoco está mal. —Marcos miró alrededor—. Aunque veo que alguien ha estado trabajando duro aquí.

Olivia sonrió, orgullosa.

—¿Te gusta?

—Mucho —dijo, mirando el comedor. Contempló el salón decorado y después dirigió la mirada hacia el árbol—. Aunque…

Olivia entornó los ojos.

—¿Aunque qué?

Marcos se acercó al árbol y lo examinó con exagerada seriedad.

—Hay un problema.

—¿Qué problema?

Señaló una de las ramas.

—Esta está torcida.

Olivia abrió la boca para responder, pero ya podía imaginarse lo que Marcos iba a decirle. Conocía demasiado bien aquella expresión suya.

—¡Marcos!

Él se echó a reír.

—Y esa también.

—Disculpe, señor de la montaña —respondió, colocando las manos en su cintura—. He hecho lo que he podido.

Marcos volvió a mirarla y sonrió. En lugar de responder, regresó hasta ella y la besó otra vez.

Olivia sonrió contra sus labios.

—Así no vas a conseguir que arregle las ramas —bromeó ella.

—No era el objetivo.

Ella lo miró con fingida indignación.

—He montado el árbol yo sola —dijo, orgullosa.

—Eso ya lo has dejado bastante claro —ironizó él.

Marcos se acercó de nuevo y la rodeó por la cintura.

—Está precioso.

—¿El árbol?

—Mmm… el piso.

Él volvió a besarla y, cuando se separaron, Olivia miró el reloj.

—Recuerda lo de mañana… La comida con mi familia.

Marcos asintió.

—Me acuerdo, ¿cómo iba a olvidarme?

—No sé. Con tus montañas, tus rescates, tus excursiones… —Gesticuló excesivamente con sus manos.

—Y tú.

Olivia sonrió.

Habían pasado seis meses desde que Marcos había empezado a vivir con ella en aquel piso.

Después de lo ocurrido en la montaña, habían mantenido una relación a distancia durante aproximadamente un año y medio.

No había sido fácil estar separados por tantos kilómetros, pero nunca les habían faltado las ganas de verse.

De hecho, aprovechaban cualquier oportunidad para estar juntos.

Marcos viajaba a Madrid siempre que tenía unos días libres y Olivia hacía lo mismo cuando su trabajo se lo permitía. Aprovechaban fines de semana, festivos y vacaciones para estar juntos.

Hasta que ambos comprendieron que ya no tenía sentido seguir contando los días para volver a verse.

Marcos solicitó el traslado y, finalmente, se lo concedieron.

Había conseguido incorporarse al GREIM de Navacerrada, donde seguía dedicándose a lo que siempre había querido hacer: rescates en la montaña, búsquedas de personas desaparecidas e intervenciones en zonas de difícil acceso, incluso en plena nevada o bajo condiciones meteorológicas adversas.

Seguía siendo el mismo Marcos que Olivia había conocido en aquella montaña, solo que, ahora, al terminar su jornada, no tenía que despedirse de ella.

Podía volver a casa. A su casa.

Después de seis meses viviendo juntos, aquella palabra todavía conseguía hacer sonreír a Olivia. Dos años antes habían estado atrapados en un refugio de montaña, sin saber qué les depararía el día siguiente. Ahora tenían un hogar, una vida compartida y, sobre todo… una Navidad juntos.

Ella le dio un pequeño beso.

—Mi padre está encantado de que vengas.

Marcos soltó una risa.

—No sé si está tan encantado…

—¿Cómo que no?

—La última vez que fui con él a la montaña, lo tuve cuatro horas caminando.

Olivia se echó a reír.

—¡Porque él quiso acompañarte!

—Sí, pero yo no sabía que su idea de dar un paseo tranquilo consistía en subir media montaña.

—No exageres.

—Tu padre estuvo una semana sin poder moverse.

—¡No estuvo una semana!

—Casi.

—Estuvo perfectamente —dijo, ladeando la cabeza.

—El segundo día me dijo que no sentía las piernas.

—No le hagas caso… es un exagerado.

—Y el tercero me preguntó si conocía algún fisioterapeuta.

Olivia se tapó la boca para contener la risa.

—Pobre de mi padre.

—Yo intenté ir despacio.

—¿Despacio?

—Sí.

Ella lo miró con incredulidad.

—Marcos, tú subes una pendiente como si estuvieras paseando por el parque… compites con las cabras montesas.

—No es culpa mía que tu padre tenga otro concepto de paseo.

—La próxima vez iremos a caminar por un sitio llano.

Él asintió.

—Me parece una excelente idea.

—Mi padre te adora —dijo, dándole unos golpecitos en el hombro.

—Después de aquello, todavía no estoy seguro.

—Te adora —sentenció ella.

—Entonces mañana intentaré no mencionar la montaña.

—Buena decisión —lo señaló.

Marcos la miró, divertido.

—Aunque si me pregunta, le contaré que estás preparada para otra excursión.

—Ni se te ocurra. Mañana será una comida tranquila y después volveremos a casa.

—A nuestra casa —dijo él, abrazándola de nuevo.

Olivia se separó de Marcos y miró hacia el árbol.

—Espera —dijo, apartándose de su abrazo.

—¿Qué? —protestó él.

—Tengo algo para ti.

Marcos arqueó una ceja.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Y dónde está?

—Ahí debajo.

Se agachó junto al árbol y sacó uno de los paquetes que había colocado cuidadosamente entre los demás.

—Este —dijo, tendiéndoselo.