Rescátame por Navidad 27 #2
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27 #2

Marcos lo cogió y lo miró con curiosidad.

—¿Puedo abrirlo?

—No. Tienes que esperar hasta mañana.

—Olivia…

—Es broma —canturreó ella.

Él soltó una risa y empezó a quitar el papel.

Cuando abrió la caja, se quedó en silencio durante unos segundos. Dentro había un reloj GPS de montaña, resistente, diseñado para navegación y actividades en exteriores, justo el tipo de herramienta que podía utilizar en sus rutas y operaciones.

Marcos lo sacó despacio.

—Olivia…

—Sé que llevabas tiempo queriendo uno.

Él levantó la mirada hacia ella.

—¿Cómo lo sabías?

—Te escuché hablar de él una vez.

—No me acordaba —dijo, sorprendido. Marcos observó de nuevo el reloj y le sonrió—. Me encanta.

—¿De verdad?

—Muchísimo.

Se acercó a ella y la rodeó con los brazos.

—Gracias.

La besó con ternura y después se quedó observándola en silencio. Por un instante, pareció ensimismarse, hasta que finalmente asintió, como si acabara de convencerse a sí mismo.

—Ahora me toca a mí.

Olivia frunció el ceño.

—¿A ti?

—Sí.

—Pero yo pensaba que los regalos eran mañana.

—He decidido adelantar uno.

—¿Por qué? —preguntó con curiosidad.

Marcos sonrió.

—Porque quiero, igual que tú con el reloj.

Se acercó al árbol y cogió un pequeño paquete que había escondido entre las ramas.

Era una caja pequeña, envuelta con cuidado.

Olivia la miró.

—¿Qué es?

—Ábrela.

Ella cogió la caja y había algo en la expresión de Marcos que hizo que dejara de sonreír.

—¿Por qué me miras así?

—Ábrela —repitió.

Olivia se sentó en el sofá y colocó la caja sobre el regazo. La abrió despacio y descubrió en su interior otra caja, más pequeña y mucho más elegante.

Olivia se quedó completamente quieta y levantó la mirada hacia Marcos.

Él permaneció frente a ella, con una sonrisa tranquila.

—¿Qué…? —preguntó ella mientras sentía que su corazón se aceleraba. Ni siquiera pudo terminar la frase.

Marcos se sentó a su lado.

—Vamos, ábrela.

Olivia tragó saliva y levantó la tapa. Dentro había un anillo.

Durante unos segundos, Olivia fue incapaz de reaccionar. Se quedó mirando el anillo, después levantó la vista hacia Marcos y, finalmente, volvió a bajar los ojos hacia la joya, como si todavía necesitara convencerse de que era real.

—Mmm… ahhh…

Marcos la observó, divertido.

—¿En serio? ¿Te has quedado sin palabras?

Ella soltó aire lentamente.

—Un poco.

Él tomó su mano.

—Entonces te lo pondré fácil. —Olivia lo miró y Marcos sostuvo su mirada—. ¿Lo aceptas?

Ella parpadeó.

—¿Así?

—Así —confirmó él.

Olivia miró el anillo otra vez y después a él.

—Marcos…

Él arqueó una ceja.

—¿Sí?

Ella resopló, todavía sin saber si reírse o seguir sorprendida.

—Si me estás pidiendo matrimonio, creo que podrías hacerlo un poco más formal.

Marcos soltó una carcajada.

—¿Más formal?

—Sí.

—De acuerdo. Hace dos años una tormenta nos aisló en una montaña y cambió nuestras vidas.

Desde entonces hemos vivido muchísimas cosas juntos y, después de todo este tiempo, sigo teniendo claro que quiero que seas tú la que esté a mi lado—.

Le apretó suavemente la mano—. Quiero seguir despertándome a tu lado, discutir contigo por cómo colocamos el árbol cada Navidad y compartir contigo todas las que nos quedan por delante.

Y si alguna vez vuelves a perderte, quiero seguir siendo yo quien vaya a buscarte… ¿Quieres…?

Ella soltó una pequeña risa entre las lágrimas.

—Sí, sí, sí… —respondió ella, interrumpiéndolo.

Marcos rio.

—¿Sí? ¡Qué entusiasmo!

—Sí, claro que sí. Mil veces sí.

Él se levantó y Olivia se lanzó a sus brazos.

—Te quiero —murmuró ella.

Marcos la abrazó con fuerza.

—Yo también te quiero.

Después tomó el anillo y se lo colocó cuidadosamente en el dedo.

Olivia lo contempló durante unos segundos.

—Es precioso. —Luego miró a Marcos, divertida—. Aunque esto ha sido muy cursi.

—Era una pedida de matrimonio. Tenía permiso.

Olivia soltó una carcajada.

—Supongo que sí.

Marcos la besó y, esta vez, bajo las luces del árbol de Navidad, ya no había ninguna montaña que los separara ni ninguna tormenta que pudiera cambiar su rumbo. Eran solo ellos dos y todo lo que todavía les quedaba por vivir.

Olivia permaneció unos segundos abrazada a Marcos, con la cara escondida contra su pecho y una sonrisa de felicidad que no podía contener.

Los regalos seguían debajo del árbol, las luces continuaban parpadeando y, entre todos aquellos adornos, había algo que ahora parecía ocupar un lugar mucho más importante que cualquier otra cosa: el anillo.

Dos años antes había llegado a la montaña con una cámara, un cuaderno y la única intención de terminar un documental.

No imaginaba que una tormenta cambiaría sus planes, que acabaría atrapada durante días en un refugio ni que aquel hombre serio, fuerte y aparentemente inaccesible se convertiría en el amor de su vida.

Jamás habría imaginado que aquella aventura terminaría llevándola hasta aquel salón de Madrid, junto al hombre que ahora la abrazaba.

A veces, perderse era la única manera de llegar al lugar correcto.

Olivia había subido a aquella montaña buscando una historia que contar y había encontrado mucho más.

Había encontrado al hombre con el que quería compartir sus días, sus viajes, sus Navidades y todos los pequeños momentos que todavía estaban por llegar.

Marcos, por su parte, había salido aquella mañana a cumplir con su trabajo, sin imaginar que una tormenta pondría en su camino a la mujer que acabaría convirtiéndose en su hogar.

Y quizá ese había sido el mejor regalo de todos: no el anillo, ni siquiera aquella Navidad, sino la suerte de haberse encontrado.

Olivia levantó la cabeza y lo besó una última vez mientras las luces del árbol iluminaban el salón. Esta vez no había ninguna tormenta en el horizonte. Solo una Navidad, un hogar, dos personas enamoradas y toda una vida por delante.

Fin