Rescátame por Navidad 26
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Marcos tomó a Olivia por la cintura y la apoyó contra la pared mientras unían sus labios en un beso frenético y acelerado. Golpeó la puerta con el pie y esta se cerró.

El piso de Marcos era un apartamento acogedor de dos habitaciones, situado en una zona tranquila de la ciudad.

Nada más entrar, un pequeño recibidor daba paso a un salón amplio y luminoso, con un sofá gris frente a una estantería y un gran ventanal por el que se colaban las luces de la ciudad.

Al fondo, la cocina abierta se integraba con naturalidad en el salón, y junto a ella había una pequeña mesa de madera.

Todo estaba ordenado, aunque sin esa pulcritud impersonal de los espacios apenas habitados.

Los libros, algunas fotografías y varios objetos relacionados con la montaña le daban un toque personal y revelaban algo de su dueño: alguien que pasaba buena parte del tiempo fuera, pero que disfrutaba de la tranquilidad de tener un lugar propio al que regresar.

Olivia apenas tuvo tiempo de fijarse en nada.

Marcos volvió a besarla con intensidad, manteniendo una mano firme en su cintura mientras la otra subía hasta su mejilla.

Ella rodeó su cuello con los brazos y respondió al beso, sintiendo cómo toda la tensión que había acumulado durante la cena se convertía en una necesidad irrefrenable de estar cerca de él.

Marcos se separó unos centímetros para quitarse la chaqueta.

—Espera…

No terminó la frase y volvió a buscar sus labios.

Olivia sonrió contra su boca mientras él conseguía quitarse la chaqueta y la dejaba a un lado. Después, deslizó las manos hasta los hombros de ella y la ayudó a quitarse el abrigo, todo sin alejarse más de lo necesario.

—Esto es bastante diferente al refugio —murmuró Marcos entre beso y beso.

Olivia sonrió.

—Mucho mejor, hay calefacción.

Él soltó una pequeña risa antes de volver a besarla.

Olivia llevó sus manos hasta la camiseta de él y la subió para palpar su estómago, pero él se alejó un segundo.

—Joder, estás helada —susurró, tomando las manos de Olivia entre las suyas y frotándolas mientras el beso volvía a consumirlos.

—Perdón —susurró ella cuando pudo recuperar el aliento.

Marcos se quitó la camiseta y le tomó las manos para calentárselas entre las suyas. Después, se las llevó al abdomen y sonrió al notar que Olivia volvía a acariciarlo.

Se apoyó contra ella, presionándola mientras ella acariciaba sus músculos que se contraían bajo las palmas de sus manos.

Marcos inspiró hondo y se alejó un segundo de ella para quitarle el jersey directamente. Se lo pasó por la cabeza y los brazos y lo tiró al suelo.

—Ohhh… eres tan… calentito —susurró ella con placer mientras se abrazaban.

Marcos sonrió, buscó sus labios de nuevo, se agachó y la elevó en el aire para que ella lo rodease con las piernas. Después, atravesó el comedor y fue por el pasillo hacia una de las habitaciones.

—Luego te enseño el piso…

—Luego —susurró ella.

Entraron en el dormitorio y se dejaron caer sobre la cama.

Marcos se apartó un poco y, esta vez con una delicadeza que contrastaba con la precipitación de antes, le desabrochó los pantalones y comenzó a quitárselos despacio.

Olivia colaboró levantando ligeramente las piernas, sin apartar los ojos de él.

Él hizo lo mismo con el resto de ropa que llevaba e iba a tumbarse junto a ella cuando Olivia situó una mano en su pecho y lo hizo caer sobre la cama.

Él rio y la miró con desconcierto, hasta que Olivia se acomodó sobre él y se inclinó para besarlo. Marcos le apartó suavemente el cabello del rostro y la besó mientras sus manos comenzaban a recorrerle el cuerpo.

Olivia se irguió despacio e inclinó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos cuando sintió las caricias de Marcos descender desde su cuello por la clavícula y el pecho hasta el abdomen. Sus manos continuaron hasta la cintura y las caderas, siguiendo un recorrido pausado que le arrancó un suspiro.

Olivia apoyó las manos en el pecho de Marcos y, con un movimiento rápido, él se incorporó hasta quedar sentado, rodeándola con los brazos y volviendo a besarla.

Ella se aferró a su cuello y se elevó ligeramente antes de descender despacio, sintiendo cómo Marcos entraba en ella poco a poco.

Ambos contuvieron el aliento ante la intensidad de aquel primer contacto.

Entonces, él le apartó suavemente el cabello del hombro y comenzó a besarla con una ternura que contrastaba con la urgencia de sus movimientos anteriores.

Olivia inclinó su espalda para darle un mejor acceso mientras se sujetaba y comenzaba a moverse.

Las manos de Marcos se posaron en sus caderas, acompañándola con suavidad.

Olivia comenzó a moverse despacio, tanteando el ritmo, hasta que poco a poco fue ganando seguridad y sus movimientos se hicieron más decididos.

Él la guio con delicadeza, siguiendo su ritmo y ayudándola a encontrar una cadencia que ambos pudieran compartir.

Se fundieron en un beso apasionado, estrechándose el uno contra el otro.

La sensación era tan placentera que los gemidos de ella se hicieron cada vez más presentes. Marcos llevó su mano hasta su nuca para acercarla y besarla de nuevo mientras con la otra mano la ayudaba en sus movimientos.

Ambos tenían la respiración cada vez más acelerada, hasta que ella se apartó de sus labios y situó su cabeza en su hombro, besándolo.

Él cerró los ojos al sentir aquel contacto tan dulce y, con todo el esfuerzo que pudo, se detuvo, se giró y la tumbó en la cama.

Luego se apartó y estiró su brazo hasta la mesita de noche.

—¿Qué haces?

—Coger un preservativo, en el refugio no usamos. Me gustan los niños, pero considero que es muy pronto… —bromeó él.

Ella sonrió mientras veía cómo lo sacaba y se lo ponía.

Luego se tumbó sobre ella y se introdujo de nuevo mientras ella se abrazaba a su cuello.

Esta vez sus movimientos se volvieron más acelerados.

Juntó su frente con la de ella y cerró los ojos mientras buscaba sus labios, sintiendo cómo ella lo rodeaba con las piernas y los brazos, acompañándolo en cada uno de sus movimientos.

Olivia permanecía tumbada junto a Marcos, todavía arropada entre las sábanas.

El dormitorio era sencillo y acogedor, muy distinto del reducido espacio del refugio.

La cama ocupaba buena parte de la habitación, flanqueada por dos mesitas de noche, mientras que, frente a ella, un armario de madera y una cómoda con algunos objetos personales completaban el mobiliario.

A través de las cortinas se filtraba la tenue luz de la calle, envolviendo la estancia en una penumbra tranquila.

Olivia respiró profundamente y se quedó mirando el techo.

Todo le parecía extraño. Hacía apenas unos días estaba atrapada en una montaña con aquel hombre y ahora se encontraba en su habitación, junto a él, intentando comprender cómo habían llegado hasta allí.

Giró ligeramente la cabeza y lo miró.

Marcos estaba tumbado boca arriba, con un brazo detrás de la cabeza.

¿Qué harían cuando ella tuviese que marcharse? ¿Acabaría todo allí? Si algo sabía de Marcos, era que siempre hablaba claro y que nunca daba pie a malentendidos.

Olivia tragó saliva y lo miró. Marcos mantenía aquella serenidad tan característica, como si nada pudiera inquietarlo. Y, por si eso fuera poco, era un hombre tremendamente atractivo.

—Me voy en unos días —le susurró.

Marcos giró la cabeza hacia ella y la miró a los ojos.

—Lo sé. —Olivia lo observó y él permaneció unos segundos en silencio—. He estado pensando en ello. —Ella esperó y Marcos soltó aire lentamente—. Tengo varios días de descanso…

Olivia sonrió.

—Marcos…

—¿Qué?

—Madrid está casi a seis horas en coche.

Él se volvió completamente hacia ella.

—No me importa.

Olivia se quedó mirándolo.

—¿No?

—No —confirmó él.

La seriedad de su respuesta hizo desaparecer la sonrisa de sus labios.

—Si tú estás dispuesta, quiero intentarlo.

—¿De verdad?

—Sí.

Marcos se incorporó ligeramente, apoyándose sobre un brazo.

—Puedo ir los fines de semana que no trabaje.

Los festivos, cuando tenga vacaciones… Tú también puedes venir cuando puedas.

No será lo mismo que tenerte aquí, pero podemos buscar la manera.

—Olivia lo escuchaba en silencio—. Y después…

—continuó él—, ya veremos qué pasa. No quiero hacer planes a cinco años vista cuando prácticamente acabamos de conocernos, pero sí quiero descubrir qué puede pasar entre nosotros.

Ella sonrió lentamente.

—Me gusta eso.

—¿El qué?

—Que no estés intentando prometerme que todo va a ser perfecto.

Marcos sonrió.

—Porque seguramente no lo será.

Olivia hizo una mueca divertida.

—Gracias por tu optimismo.

—Soy un hombre realista —respondió él con una sonrisa.

Olivia se quedó pensativa. ¿Una relación a distancia? Sí, sabía que aquello podía ser duro, pero realmente estaba enamorada de él.

Habían pasado por una situación límite y, pese a todo, seguían allí, juntos. Si habían sido capaces de superar aquello, ¿por qué no iban a poder enfrentarse también a lo que viniera después?

Él la miró durante unos segundos, como si necesitara asegurarse de que hablaba en serio.

—¿Estás segura?

—Muy segura.

Marcos sonrió.

—Bien —confirmó él y luego le sonrió—. Porque seis horas conduciendo son muchas.

Olivia abrió los ojos.

—¡Acabas de decir que no te importaba!

—No me importa.

—Entonces…

—Pero espero que me recibas con comida cuando llegue.

Ella soltó una carcajada.

—¿Esa es tu condición?

—Una de ellas.

—¿Y cuál es la otra?

Marcos se acercó un poco más.

—Que no vuelvas a perderte en una montaña.

Olivia sonrió.

—Eso no puedo prometerlo —bromeó ella—. Le estoy pillando el gustillo a esto del senderismo.

—Entonces tendré que seguir rescatándote.

—Parece que te gusta.

Marcos la miró con una sonrisa.

—Más de lo que debería.

Olivia se acercó a él y apoyó la cabeza sobre su pecho.

—Pues tendremos que averiguarlo.

Marcos la rodeó con un brazo.

—Sí.

Y, por primera vez, ninguno de los dos necesitó saber exactamente qué ocurriría después. Solo sabían que querían intentarlo y que estaban dispuestos a hacerlo.

Quizá aquella fuera la verdadera magia de la Navidad: no que todo saliera como uno había imaginado, sino que, de vez en cuando, la vida te sorprendiera poniendo en tu camino a alguien a quien ni siquiera estabas buscando.

Olivia había viajado a la montaña pensando únicamente en terminar un documental y Marcos había salido a trabajar sin imaginar que una tormenta iba a cambiar por completo sus planes.

Ninguno de los dos esperaba quedarse atrapado en un refugio, compartir mantas, discusiones, risas, una guerra de cojines y demasiadas horas juntos y, sin embargo, en medio de la tormenta, habían encontrado algo que ninguno de los dos sabía que estaba buscando.

Aquel año, la Navidad les había traído un regalo bastante peculiar: una avalancha, varios días atrapados en la montaña y dos personas que, en otras circunstancias, quizá habrían tardado mucho más en encontrarse de verdad.

Aunque, pensándolo bien, Olivia estaba bastante segura de que su verdadero regalo había sido Marcos. Él, por su parte, si alguna vez le preguntaban, probablemente respondería que había sido una mujer capaz de perderse con una mochila que pesaba más que ella misma.

Pero, bromas aparte, ambos sabían que aquel había sido el mejor regalo que podían haber recibido. Porque algunas historias comienzan con un plan y otras, con una tormenta, una avalancha, una mochila descomunal y la persona que nunca imaginaste que estabas a punto de encontrar.

Aquella tormenta, al final, no los había separado, sino que los había conducido el uno hasta el otro. Y quizá eso era todo lo que necesitaban para saber que aquella Navidad no sería la última que pasarían juntos.