25
Olivia llevaba varios minutos esperando en el vestíbulo del hotel.
Había intentado convencerse de que no estaba nerviosa, pero no lo había conseguido.
Miró una vez más la hora en el teléfono y después levantó la vista hacia las puertas de cristal de la entrada.
Cuando por fin lo vio aparecer al otro lado, sintió que el corazón se le paralizaba durante un instante.
Venía caminando hacia el hotel con esa seguridad tranquila que lo caracterizaba, vestido de civil y sin nada que recordara al hombre que había pasado varios días junto a ella en la montaña.
Llevaba unos vaqueros oscuros, unas botas y un jersey gris que se ajustaba ligeramente a sus hombros y marcaba la anchura de su pecho.
Olivia tragó saliva.
“Esto no es justo” .
Había pasado días viéndolo con ropa de montaña, el pelo revuelto por el viento y empapado por la nieve, e incluso sin camiseta en el pequeño aseo del refugio. Y, aun así, verlo ahora, limpio, arreglado y completamente fuera de aquel entorno, conseguía impresionarla todavía más.
Ella había elegido algo sencillo: unos vaqueros, unas botas y un jersey de punto claro, ligeramente holgado, acompañado de un abrigo corto.
Nada demasiado elegante. Al fin y al cabo, iban a comer pizza.
Eso sí, había dedicado demasiado tiempo a decidir qué ponerse como para fingir que aquella cita no era importante.
Marcos la vio y se detuvo durante un segundo. Sonrió y empezó a acercarse.
—Hola.
—Hola —contestó ella.
Olivia intentó que su voz sonara completamente normal, pero no lo consiguió del todo.
Marcos la observó unos segundos.
—Estás preciosa.
Ella sonrió, un poco tímida.
—Gracias.
—Y yo que pensaba que ya te había visto en todas tus versiones: con frío, con nieve, enfadada, asustada, cubierta de mantas…
Olivia arqueó una ceja.
—¿Y esta cuál es?
Marcos sonrió.
—La versión que viene a una cita conmigo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Tú tampoco estás nada mal.
Él se situó a su lado.
—¿Nos vamos? —propuso.
—Cuando quieras.
El vehículo de Marcos estaba aparcado cerca de la entrada. Él abrió la puerta del copiloto para ella y esperó a que subiera.
—Qué caballeroso —pronunció, asombrada por el gesto.
—Naaah… solo estoy intentando causar buena impresión.
—¿Después de haberme visto dormir?
—Precisamente por eso.
Olivia soltó una carcajada mientras Marcos cerraba la puerta y rodeaba el vehículo para sentarse al volante.
Cuando arrancaron, Olivia se acomodó en el asiento y miró por la ventanilla.
Olivia pasó varios minutos mirando por la ventanilla, disfrutando del silencio entre los dos. No era nada incómodo.
—¿Cómo han ido estos días? —preguntó ella.
—Bien, bastante más tranquilos que los anteriores —bromeó.
El vehículo dobló una esquina y Olivia reconoció el lugar.
—Ah… ¡Es aquí!
Marcos miró hacia donde señalaba.
La plaza estaba iluminada con las luces de Navidad y, en el centro, el enorme árbol que habían visto unos días antes brillaba entre los edificios.
Marcos redujo un poco la velocidad y, durante unos segundos, contemplaron el árbol desde el coche.
—Parece otra vida —murmuró Olivia.
—Han pasado solo unos días.
—Ya, pero... —Ella lo miró—, parece muchísimo más.
Marcos sonrió.
—Quizá porque han pasado bastantes cosas.
Olivia volvió a mirar las luces.
—Y pensar que entonces todavía no sabíamos lo que iba a pasar.
—Yo tenía alguna sospecha —se sinceró él.
Ella giró la cabeza.
—Ah, ¿sí?
—Sí. Me pareciste interesante desde el principio —le sonrió.
—¿Interesante? —rio ella.
—Mucho. Es una manera bastante diplomática de decirlo —admitió Marcos, encogiéndose de hombros.
La miró durante un instante antes de volver la vista a la carretera.
—Me gustaste desde el principio.
Olivia sintió un pequeño vuelco en el estómago.
—Ah.
—¿Eso te parece mejor que interesante?
—Mucho.
Él sonrió.
—Perfecto.
—Por cierto —dijo Olivia—, ¿sigue en pie lo de la pizza?
—Por supuesto, a eso vamos —admitió él. Ella sonrió—. Después de lo pesada que estabas con la pizza… —bromeó.
—¿Pesada? —rio ella.
Él se encogió de hombros.
—Cualquiera te lleva a otro sitio.
Olivia rio mientras miraba por la ventanilla.
Las luces de Navidad quedaron atrás mientras continuaban hacia la pizzería y, por primera vez desde que lo había conocido, no había ninguna tormenta esperándolos al final del camino.
Solo una cena, una cita y la sensación, cada vez más evidente, de que aquello que había comenzado en una montaña estaba a punto de convertirse en algo mucho más importante.
La pizzería resultó ser exactamente como Marcos había prometido: acogedora, cálida y con ese ambiente tranquilo que hacía que pareciera imposible tener prisa por marcharse.
Olivia tomó asiento frente a él y dejó el abrigo a un lado.
—Bueno —dijo mientras cogía la carta—, ha llegado el momento de comprobar si todas esas promesas sobre la pizza eran ciertas.
Marcos sonrió.
—Te advierto que tengo una reputación que mantener.
—¿Una reputación?
—La de elegir buenos restaurantes.
—Pensaba que tu especialidad era rescatar mujeres perdidas —bromeó.
—Eso también —la señaló.
Pidieron la pizza y Olivia apoyó los brazos sobre la mesa.
—Ahora que lo pienso, realmente no sé casi nada de ti.
Marcos arqueó una ceja.
—¿Después de varios días encerrada conmigo?
—Sé algunas cosas.
—¿Como cuáles?
—Que roncas —bromeó ella.
—Ya hemos hablado de eso y creo que es precisamente al revés —le recordó.
Ella ignoró su comentario.
—Que eres un maniático del orden.
—Eso es discutible.
—Que haces unos nudos increíbles.
—Eso sí —sonrió él y luego se encogió de hombros—. Me encanta la montaña, el deporte… salir con amigos cuando coincido con ellos. Lo normal.
—Y pareces estar tranquilo incluso cuando todo alrededor se está cayendo.
Marcos soltó una pequeña risa.
—No siempre estoy tranquilo.
—No me lo creo. Te vi durante la avalancha. Estabas completamente tranquilo.
Marcos la miró unos segundos.
—Porque tenía que estarlo. —Olivia dejó de sonreír ligeramente al recordar ese momento—. ¿Y tú? —la despertó de sus pensamientos y le señaló el bolso—. Ahora entiendo por qué llevabas media casa dentro de aquella mochila. Ese bolso tiene pinta de pesar.
Olivia abrió mucho los ojos.
—¡No llevaba media casa!
—Una cuarta parte.
—Como mucho —respondió ella.
La pizza llegó poco después, con un olor increíble.
—La verdad es que tiene muy buena pinta —dijo, cogiendo el tenedor y el cuchillo para partir un trozo. —Él enarcó una ceja al verla coger los cubiertos—. ¿Qué?
—No me digas que eres una de esas chicas que se come la pizza con tenedor y cuchillo.
Ella apretó los labios y ladeó la cabeza.
—La parte del medio sí —respondió—, si consigo que no se me caiga. Además, esta tiene la masa fina, aunque los bordes no.
Marcos cogió uno de los trozos cortados en porciones con la mano y se lo llevó a la boca.
—Qué delicadita eres… disfruta, mujer —rio—. Aquí tienes tu maravillosa pizza. —Ella comenzó a reír por el tono que le daba—. Vuélvete loca con ella.
Ella se quedó mirándolo con una sonrisa y negó con la cabeza mientras partía un trozo con los cubiertos. Luego miró cómo Marcos arrancaba un trozo con los dientes, la miraba y le guiñaba el ojo.
Ella apretó los labios y lo escudriñó con la mirada.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
Ella dudó un instante.
—¿Crees que... lo que pasó entre nosotros habría ocurrido si no nos hubiéramos quedado atrapados allí?
Marcos dejó de comer y la miró directamente.
—Sí. —Olivia parpadeó—. Quizá no tan rápido.
Ella sonrió.
—Eso seguro.
—Pero sí. —Marcos se recostó ligeramente en la silla—.
Ya me habías llamado la atención antes. —Olivia se quedó completamente quieta—.
¿No recuerdas cuando te invité a un chocolate en la plaza?
¿Crees que voy invitando por ahí a todas las chicas a chocolate?
—Ella rio y bajó la mirada, intentando ocultar la sonrisa que empezaba a dibujarse en sus labios—.
Me gustó tu manera de mirar las cosas. Estabas pendiente de todo e, incluso cuando estabas asustada, seguías intentando entender lo que ocurría y grabarlo y, además, me pareciste muy divertida.
Ella alzó sus cejas.
—¿Divertida?
—Mucho —asintió él.
—No sé si eso es un cumplido.
—Lo es.
Olivia lo miró durante unos segundos.
—Tú también me llamaste la atención —confesó.
—Ah, ¿sí?
—Sí.
—¿Desde el primer día?
Ella sonrió.
—Desde el primer día —confirmó ella.
—¿Y qué fue lo que te llamó la atención?
Olivia fingió pensarlo.
—Tu humildad, evidentemente.
Marcos soltó una carcajada.
—Claro.
—Y tu modestia —continuó bromeando.
—Por supuesto —la señaló con la mano.
—Y ese ego tan pequeñito que tienes —rio Olivia.
—Ahora entiendo por qué te enamoraste de mí.
Olivia se quedó mirándolo.
—¿Quién ha dicho que me he enamorado?
Marcos sonrió.
—Nadie, pero tampoco lo has negado.
Ella intentó mantener la seriedad durante un segundo y después acabó riéndose.
—Me pareciste muy buena persona —dijo finalmente—, y… hubo una frase que… bueno… que me caló hondo —rio. Él la miraba, expectante—. Dijiste que disfrutabas de tu trabajo porque podías ayudar a la gente. Eso me gustó mucho.
Marcos asintió y luego sonrió de una forma traviesa. Oh, sí, ya comenzaba a conocer aquella sonrisa. Estaba segura de que iba a soltar alguna gorda.
—Bueno, a ti te ayudé… —Olivia asintió—, de varias formas.
Marcos alzó sus cejas repetidas veces.
Ella estuvo a punto de dejar caer su mandíbula y se acercó un poco a él por encima de la mesa.
—Qué marrano eres… —le susurró.
Marcos rio y la observó. Quizá una de las razones por las que le había gustado desde el principio era precisamente aquella: estar con Olivia resultaba fácil, natural.
Y, después de todo lo que habían vivido juntos, empezaba a sentir que aquello que había nacido en una montaña nevada podía convertirse en algo mucho más grande.
—Casi provocamos nosotros otra avalancha…
Ella puso los ojos como platos y miró hacia los lados, asegurándose de que nadie los había escuchado.
—¡Marcos! —le reprendió ella.
Él le sonrió y se quedó mirándola fijamente. Aquella mirada tan intensa provocó que todo el vello del cuerpo de Olivia se erizase. Aquello no era justo. ¿Por qué tenía una mirada tan intensa? Era capaz de acelerar su corazón y su respiración en cuestión de segundos.
Ella apretó los labios y apartó la mirada de él sin saber cómo reaccionar a aquella muestra de pasión.
Si seguía mirándola así, aquello iba a acabar muy mal.