23
Habían pasado un par de horas desde que habían hablado con la base cuando la radio volvió a emitir un chasquido.
Marcos levantó la cabeza.
—Base, aquí Marcos.
—Marcos, estamos a pocos minutos de vuestra posición. El equipo ha conseguido abrir una ruta segura hasta el refugio.
Olivia se incorporó de golpe.
—¿Ya están aquí?
Marcos sonrió.
—Casi.
—Perfecto.
La voz de la radio continuó.
—Las condiciones han mejorado, pero el terreno sigue cubierto de nieve profunda y hay algunas zonas que continúan siendo inestables. Hemos traído raquetas de nieve para los dos. No intentéis salir hasta que lleguemos a la puerta.
—Recibido.
Marcos dejó la radio y Olivia se levantó de un salto.
—¡Han llegado!
—Todavía no —contestó, intentando contener la alegría de Olivia.
—Pero están a pocos minutos.
—Eso sí —aceptó.
Olivia miró hacia la puerta, como si pudiera verlos a través de ella.
—¿Y las raquetas?
Marcos señaló el espacio junto a la entrada.
—Nos las traerán.
—¿Y tengo que caminar con eso?
—Sí —afirmó.
—Nunca he utilizado unas.
—Ya aprenderás —respondió, encogiéndose de hombros.
—¿Es complicado?
—No. —Olivia lo miró con desconfianza—. Solo tienes que levantar un poco más los pies de lo normal.
—¿Solo eso?
—Y aprender a girar.
—Ah —dijo, pensativa.
—Y a no tropezarte. Esa es la parte más importante.
Olivia le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Muy gracioso.
Poco después, escucharon voces al otro lado de la puerta.
—¡Marcos!
Él se acercó y abrió cuando recibió la señal.
Dos rescatistas aparecieron entre la nieve, cargando mochilas y material. El viento seguía soplando, pero ya no tenía la fuerza de los días anteriores.
—¿Todo bien? —preguntó uno de ellos.
—Sí —respondió Marcos—. Estamos los dos bien.
Uno de los rescatistas dejó parte del material en el suelo.
—Os hemos traído raquetas. La nieve está bastante profunda en algunos tramos.
Olivia miró aquel extraño artilugio sujeto a unas botas.
—¿Esto va en serio?
El rescatista sonrió.
—Te aseguro que vas a agradecerlas.
Marcos se agachó para ayudarla.
—Dame el pie.
—¿Así? —le tendió la bota.
—No, espera.
Le colocó cuidadosamente una de las raquetas sobre la bota y ajustó las correas.
—Tiene que quedar bien sujeta.
Olivia lo observó y después Marcos hizo lo mismo con la otra.
—Parece que tengo los pies de un pato. —Marcos soltó una carcajada—. No te rías.
—Lo intento, de verdad que sí.
—Pues lo estás haciendo fatal —lo riñó ella al ver que los otros rescatistas también esbozaban una sonrisa.
Marcos terminó de ajustar la segunda raqueta.
—Ahora camina.
Olivia dio un paso intentando mantener el equilibrio y después otro. Al menos no se cayó.
—Esto es rarísimo.
—Levanta más los pies —le indicó él. Ella obedeció—. Eso es.
Olivia dio otro paso y consiguió avanzar sin hundirse.
—¡Mira! Soy una profesional.
—No exageremos.
Ella lo miró, divertida.
Los rescatistas terminaron de preparar el material mientras Marcos hacía una última comprobación del refugio.
Revisó que no quedara nada importante dentro y después miró a Olivia.
—¿Lo tienes todo?
Ella levantó su mochila.
—Todo.
Marcos se acercó y comprobó las correas.
—Déjame.
—¿Qué?
—La mochila.
—Puedo llevarla —dijo, pensando que iba a quitársela.
—Ya lo sé. —Ajustó una de las asas y después la otra—. Pero hay que ponerla bien. Ahora sí.
Olivia sonrió.
—Gracias.
Marcos se puso su propia mochila y uno de los rescatistas se acercó a la puerta.
—Tenemos que salir. El recorrido está despejado, pero vamos a avanzar despacio.
Marcos asintió.
—De acuerdo.
Olivia miró una última vez el interior del refugio. La chimenea, la mesa, las literas…
El pequeño espacio en el que habían pasado tantos días y donde habían compartido tanto.
Se quedó quieta unos segundos y Marcos lo notó.
—¿Qué pasa?
—Nada —dijo ella con una sonrisa.
—¿Seguro?
Olivia lo miró.
—Es solo que… —Miró alrededor una vez más—. Aquí ha pasado de todo.
Marcos se acercó.
—Sí.
Uno de los rescatistas los llamó desde fuera.
—¡Cuando queráis!
Marcos extendió la mano hacia ella.
—¿Lista?
Olivia miró su mano y la tomó.
—Ahora sí.
Marcos entrelazó sus dedos con los de ella y salieron juntos del refugio, sin soltarse la mano.
El aire frío les golpeó el rostro nada más salir, pero esta vez todo era diferente. Ya no estaban atrapados en el refugio, la ruta estaba abierta y el equipo avanzaba unos metros por delante, marcando el camino. Marcos, sin embargo, permanecía junto a Olivia.
Ella dio sus primeros pasos sobre la nieve con las raquetas.
—Despacio —le indicó él.
Mientras avanzaban entre la nieve, dejando atrás el pequeño refugio que había sido testigo de todo, sintió que una parte muy importante de su vida quedaba allí.
Miró a Marcos, sonrió y siguió el ritmo.
El todoterreno avanzó lentamente por el camino cubierto de nieve hasta que, por fin, apareció la base entre los árboles.
Después de los días que habían pasado en el refugio, ver de nuevo el edificio y las luces de las ventanas produjo en Olivia una extraña sensación de alivio.
El vehículo redujo la velocidad y terminó aparcando frente a la entrada.
El trayecto de vuelta había sido mucho más complicado de lo que ella había imaginado.
El equipo había tenido que avanzar con cuidado por zonas donde la nieve llegaba casi hasta las rodillas y bordear algunos tramos afectados por los desprendimientos.
En varias ocasiones tuvieron que detenerse para comprobar el terreno antes de seguir avanzando, pero, poco a poco, consiguieron descender hasta alcanzar una zona por la que ya podía circular el todoterreno.
Cuando el vehículo se detuvo por completo, Olivia miró por la ventanilla.
Allí estaba la base y, delante de ella, varias personas esperándola.
—Hemos llegado —dijo Marcos desde el asiento delantero.
Olivia sonrió.
—Ya lo veo.
Olivia abrió la puerta y bajó del vehículo.
—¡Olivia! —gritó Paula mientras corría hacia la puerta del vehículo.
Sus compañeros se abalanzaron sobre ella.
—¡Dios mío! —exclamó Olivia dando unos pasos atrás por el impulso.
—¡Estás bien! —continuó Paula.
—¡Pensábamos que no íbamos a volver a verte! —dijo Sergio, abrazándola también.
Olivia soltó una carcajada mientras recibía abrazos por todas partes.
—Estoy bien, estoy bien —los calmó.
Paula la abrazó con tanta fuerza que casi le hizo perder el equilibrio.
—¡Nos has dado un susto de muerte!
—Lo siento.
—¿Que lo sientes? ¡Llevamos tres días sin saber exactamente qué estaba pasando!
—Pero estábamos en el refugio —dijo ella, encogiéndose de hombros.
—¡Ya lo sabemos! ¡Pero hubo una avalancha! —respondió Sergio.
Olivia asintió.
—Sí. —Su expresión cambió ligeramente al recordarlo—. Fue bastante impresionante.
—¿Impresionante? —repitió Sergio—. ¡Qué horror!
Los dos comenzaron a preguntarle a la vez.
—¿Te hiciste daño?
—¿Comiste?
—¿Dormiste?
—¿Cómo estaba el refugio?
—¿De verdad cayó una avalancha encima?
Olivia levantó las manos, riéndose.
—¡Una pregunta cada vez!
—Entonces empieza por la más importante —dijo Paula—. ¿Estás bien?
Olivia sonrió.
—Sí, estoy perfectamente.
Alguien detrás de ellos cerró la puerta del todoterreno.
Olivia levantó la mirada. Marcos había bajado del vehículo y, por un instante, sus ojos se encontraron.
Él le sonrió, una sonrisa pequeña, casi imperceptible para cualquiera que no estuviera pendiente de ellos, pero Olivia la reconoció inmediatamente y sonrió también.
Sergio enarcó una ceja y la miró con suspicacia.
—¿Y esa sonrisa?
Olivia volvió rápidamente la atención hacia ellos.
—Hemos pasado por mucho… —se encogió de hombros.
—Tenemos que darle las gracias —dijo Paula—. Nos han contado que fue él quien estuvo contigo todo el tiempo.
Olivia miró de nuevo hacia Marcos.
—Sí. —Hizo una pequeña pausa—. Me ha cuidado muchísimo.
Marcos se acercó al grupo.
—No ha sido para tanto —respondió, ladeando su cuello.
—¿Que no ha sido para tanto? —protestó Sergio—. Has tenido que aguantarla tres días enteros.
Olivia abrió la boca, indignada.
—¡Oye!
Marcos sonrió y la miró, divertido.
—Ha sido bastante fácil.
Olivia lo miró con una sonrisa.
—Ah, ¿sí?
—Bueno… casi siempre —admitió él.
—¡Marcos!
Él levantó las manos.
—Estoy bromeando.
Paula y Sergio los miraron a los dos, primero a Olivia y después a Marcos. Aquellas sonrisas, aquellas miradas, la forma en que hablaban… Allí pasaba algo. Había demasiada complicidad entre ellos.
—Bien, ¿vamos dentro? —preguntó Marcos—. No sé a ti —dijo mientras se dirigía hacia la puerta y miraba a Olivia—, pero después de esta larga caminata necesito algo caliente, un…
—Chocolateee —dijeron los dos a la vez.
Paula y Sergio enarcaron las cejas al oírlos hablar y observar cómo Marcos mantenía abierta la puerta de la base para que Olivia entrara con una sonrisa de oreja a oreja.
Sí, estaba claro que en aquel refugio había ocurrido algo.
Paula y Sergio se miraron de nuevo, se encogieron de hombros y decidieron seguirlos al interior de la base.