21 #2
Olivia intentó levantarse la camiseta, pero el pecho de Marcos sobre el suyo se lo ponía difícil. Al darse cuenta de lo que quería hacer, él se apartó ligeramente y la ayudó a subirla. Sin embargo, no se detuvo ahí: continuó hasta sacársela por completo, pasándola por su cabeza y sus brazos.
Marcos pegó su pecho al de ella, y ambos contuvieron la respiración al sentir el contacto de piel contra piel. Olivia no había imaginado que pudiera resultar tan íntimo, tan cálido. Aquel simple contacto bastó para que su corazón volviera a acelerarse.
Marcos volvió a besarla con pasión. Sus manos recorrieron la espalda de Olivia y la ayudaron a arquearse ligeramente mientras desabrochaba el sujetador. Después, se lo retiró con suavidad de los brazos.
“Qué mañoso” .
Ella se abrazó a él y recorrió con las manos sus brazos y su espalda, mientras Marcos descendía hasta su cuello.
Olivia entrelazó los dedos en su cabello corto.
Sus besos eran más juguetones de lo que había imaginado, y la delicadeza con la que acariciaba y besaba su piel hacía que tuviera que contener los gemidos que escapaban de sus labios.
Descendió más hasta llegar a su pecho.
Ella aguantó la respiración cuando Marcos paseó su lengua por su pecho, presionando levemente sobre su pezón. Un gemido escapó de lo más profundo de su ser y cerró los ojos con fuerza.
Aquella sensación superaba con creces todo lo que había imaginado.
Había tenido una pareja, pero hacía ya mucho tiempo, y jamás había sentido algo como aquello.
Marcos llevó la otra mano hasta su pecho y lo acarició suavemente antes de acercar los labios.
Sí, acababan de cruzar una línea de la que sería muy difícil regresar.
Marcos paseó su lengua por su otro pezón, acariciándolo, mientras ella gemía sin parar.
Aunque la tormenta hubiese arreciado o de lejos se hubiese escuchado otra avalancha, dudaba mucho que hubiesen parado.
La sensación de piel contra piel los tenía completamente absortos, ajenos a todo lo que los rodeaba.
Se situó sobre ella y buscó sus labios mientras ella volvía a enredar sus dedos en su cabello.
Bajó la mano hasta su cadera y la apretó suavemente. Olivia comprendió al instante. Aquello no iba a quedar ahí. Iban a terminar lo que ambos habían comenzado. Ya no había vuelta atrás.
Marcos se quitó las botas con ayuda de los pies y ella hizo lo mismo. Luego, sin esperarlo, Marcos tomó el pantalón de ella por la cintura y comenzó a bajarlo mientras ella ayudaba con las piernas.
La sensación los tenía completamente consumidos. Ninguno de los dos quería detenerse. Sus cuerpos pedían a gritos terminar lo que habían comenzado.
Con un ágil movimiento ella acabó de quitarse los pantalones y los arrojó a un lado mientras él hacía lo mismo.
Sus labios volvieron a encontrarse, devorándose en un beso tan apasionado que ambos gimieron casi al unísono.
Marcos llevó la mano hasta su ropa interior, pero no se la bajó. Simplemente deslizó la mano por debajo mientras ella se estremecía y arqueaba la espalda. Allí, entre el calor del fuego y el que desprendía Marcos, Olivia estaba a gusto. Muy, pero que muy a gusto.
Se aferró con más fuerza a él y elevó una de las piernas hasta apoyarla en su cadera cuando sintió las yemas de sus dedos acariciándola. La sensación fue tan intensa que escondió el rostro en su hombro, aferrándose a él con fuerza.
Marcos deslizó lentamente un dedo en su intimidad, comprobando que ella estaba preparada, y apoyó la frente contra la suya mientras sus respiraciones se aceleraban. La besó y atrapó su labio inferior entre los dientes durante un instante, mientras ella se aferraba con fuerza a su cuerpo.
Sí, eso era lo que deseaba: que ella se entregara por completo. Y eso era precisamente lo que estaba haciendo.
Su forma de entregarse, los besos, la forma en que se sujetaba a él, incluso sus gemidos en su oído… lo tenían totalmente hipnotizado.
Bajó la ropa interior de ella, deslizándola por sus piernas, y después hizo lo mismo con la suya, sin apartar los labios de los de Olivia. Acto seguido, se colocó entre sus piernas. Ella lo rodeó rápidamente con las suyas y ambos volvieron a besarse con pasión.
Marcos pasó un brazo por debajo de su cabeza mientras ella se apoyaba en él y, con la otra mano, sujetó la pierna que mantenía sobre su cadera.
Comenzó a entrar en ella sin apartar sus labios de los de Olivia.
Ella arqueó de nuevo la espalda, aferrándose con fuerza a él. El gemido no se hizo esperar.
Marcos observó su rostro. Olivia tenía los ojos cerrados, disfrutando de cada caricia y del contacto con su cuerpo. Cuando entró del todo, ella abrió los ojos y sus miradas se encontraron.
Durante unos segundos no dijeron nada; simplemente se observaron hasta que ella tragó saliva. Él se inclinó de nuevo para besarla, y Olivia se aferró con fuerza a sus hombros mientras él comenzaba a moverse con un ritmo cada vez más intenso y placentero.
¿Estaban haciendo el amor?
Aquel pensamiento hizo que la cordura de Olivia regresara durante unos instantes.
Sí, estaban juntos teniendo sexo en aquel refugio, después de llevar tres días atrapados por una tormenta y, ahora, también por una avalancha de nieve.
Pero todo eso había quedado en segundo plano.
En aquel momento, lo único que importaba era Marcos, sus caricias y sus besos.
Cerró los ojos y se abandonó al placer que Marcos le proporcionaba.
Marcos aceleró el ritmo y se apoyó en ambos brazos mientras continuaba moviéndose con mayor intensidad.
Los gemidos de ella comenzaron a inundar toda la estancia mientras se sujetaba con fuerza a sus hombros.
Marcos la observó sin dejar de moverse. Se fijó en cómo respondía a cada gesto y a cada movimiento de su cuerpo: su respiración se aceleraba, apretaba los párpados y se mordía el labio al intentar contener uno de sus gemidos.
Se tumbó sobre ella y besó su cuello mientras ella volvía a acariciar su espalda.
Olivia rodeó sus caderas con sus piernas mientras incrementaba más sus movimientos. A este paso, si seguían así, quienes iban a provocar otra avalancha eran ellos.
Marcos inspiró hondo y juntó su frente a la de ella y luego la besó. Olivia respondía a cada uno de sus movimientos con pasión, lo cual lo hacía enloquecer. A ese ritmo, no aguantaría mucho más.
Se tumbó de nuevo sobre ella y escondió sus labios en su cuello, besándolo mientras ella acariciaba su hombro.
Jamás había tenido una experiencia sexual como aquella. Marcos se entregaba en cuerpo y alma a ella, y sus movimientos la hacían enloquecer.
Siguió así unos minutos más hasta que, finalmente, Marcos inspiró hondo y se derrumbó sobre ella, aunque intentó no cargarla con su peso.
Ella se abrazó a él mientras intentaba calmar su respiración y los latidos de su corazón. Aquello había sido una locura, aunque ninguno de los dos era consciente de ello aún.
Marcos inspiró hondo e inclinó su cuello para mirar el perfil de ella.
Olivia abrió los ojos en ese momento, recuperando el aliento, y miró al techo mientras tragaba saliva.
Él pasó su mano por su mejilla, acariciándola, y ella también giró su cuello hacia él, mirándolo. Él se acercó un segundo y rozó su nariz con la de ella con una suave caricia.
Acarició su mejilla y se acercó para besar sus labios. Luego, le sonrió.
—Es una buena técnica para entrar en calor —pronunció él.
Ella sonrió y asintió.
—Sí, y para relajarse —bromeó ella.
Marcos tragó saliva mientras seguía acariciando su mejilla.
—Ahora sí que me debes una cita de verdad.
—¿Te debo? —rio ella.
Él asintió antes de besarla de nuevo.
—Sí, ya sabes, iremos a comer pizza.
—Mmm… qué rica.
Marcos alargó su brazo hasta la manta y cubrió sus cuerpos con ella.
Olivia se acercó a él, situándose en su pecho, y se relajaron mientras el fuego continuaba crepitando frente a ellos. Durante unos instantes, permanecieron en silencio, simplemente disfrutando de aquella cercanía que ninguno de los dos había imaginado cuando se conocieron.
Lo que había ocurrido entre ellos era algo desbordante.
Estaban atrapados en un refugio de montaña, en mitad de una tormenta, después de una avalancha y sin saber cuándo podrían regresar a casa.
Y, sin embargo, mientras Olivia escuchaba el latido tranquilo del corazón de Marcos bajo su mejilla, no podía pensar en ningún lugar en el que quisiera estar más en ese momento.
Quizá aquello no tuviera ningún sentido, quizá fuera una locura, pero, definitivamente, era la mejor locura que podían haber imaginado.