21
Había pasado un rato desde las avalanchas.
El refugio se había quedado extrañamente silencioso. De vez en cuando, algún retumbo lejano recorría la montaña, pero ya no se escuchaban los estruendos de antes.
Dentro, sin embargo, hacía más frío. La nieve que había cubierto parcialmente las ventanas impedía que entrara la poca luz del exterior y el viento se filtraba por alguna de las rendijas de la construcción.
Olivia estaba sentada frente a la chimenea, con las manos extendidas hacia el fuego.
Marcos se encontraba agachado junto a ella, avivando las llamas y colocando otro trozo de madera.
—Así estará mejor —murmuró mientras las llamas crecían lentamente.
Marcos se incorporó y se volvió hacia Olivia. Ella seguía temblando.
—Olivia…
Ella levantó la mirada.
—¿Qué?
Marcos no respondió. Se acercó a una de las literas, cogió una manta y volvió junto a ella para colocársela sobre los hombros con cuidado.
—¿Tienes frío?
—Un poco —admitió ella, tapándose más con la manta.
Marcos se sentó a su lado y, durante unos segundos, permaneció en silencio. Después, pasó un brazo por sus hombros y la atrajo suavemente hacia él para darle calor.
—Sigues temblando.
Olivia tragó saliva, pero no se apartó. Al contrario, apoyó despacio la cabeza sobre su hombro.
—Todavía estoy un poco nerviosa.
—¿Por las avalanchas?
Ella asintió.
—Sí.
Marcos miró hacia el fuego.
—Parece que la situación se ha estabilizado —intentó calmarla—. La actividad ha disminuido bastante. —Olivia respiró profundamente—. Además, tenemos una ventaja.
—¿Cuál? —preguntó ella mientras levantaba la mirada hacia él.
—El equipo de rescate sabe exactamente dónde estamos y saben que estamos bien. —Olivia asintió—. Solo tenemos que esperar.
Marcos todavía podía sentir el ligero temblor de su cuerpo.
La miró de reojo y acarició su hombro. Quería hacer algo para distraerla.
—Aunque hay algo que me preocupa.
Olivia levantó la cabeza.
—¿Qué?
Marcos adoptó una expresión seria.
—La cantidad de comida que queda.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Eso es lo que te preocupa? —rio ella.
—Muchísimo.
—¿Después de una avalancha?
—He sobrevivido a la avalancha. Ahora tengo que pensar en las cosas importantes.
Olivia rio y volvió a apoyar la cabeza en su hombro.
Marcos giró la cabeza hacia ella y se quedó mirándola. Aquella sonrisa, la forma en que se le iluminaba el rostro cuando conseguía olvidarse por un momento del miedo…
Sin darse cuenta, sonrió cuando sus ojos se encontraron.
Durante unos instantes, permanecieron en silencio.
Marcos levantó lentamente una mano y acarició con suavidad su mejilla.
Olivia se quedó completamente quieta.
—Tienes la sonrisa más tierna que he visto nunca —murmuró él.
Ella sintió cómo se le calentaban las mejillas.
—No me digas esas cosas —susurró y apartó la mirada, tímida.
Marcos sonrió y, con suavidad, llevó los dedos hasta su barbilla y consiguió que volviera a mirarlo.
—¿Por qué? —preguntó, mirándola a los ojos.
Olivia no encontró una respuesta y sintió cómo su corazón bombeaba con fuerza cuando Marcos bajó ligeramente la mirada hacia sus labios.
Ella lo notó y sintió cómo su vello se erizaba.
Marcos se inclinó despacio y sus labios se encontraron en un beso breve y suave.
Olivia cerró los ojos unos segundos, disfrutando de aquella caricia, y los abrió cuando él se separó.
Cuando se separaron, permanecieron mirándose. Y ninguno dijo nada.
Marcos la observó en silencio, todavía con los brazos alrededor de ella.
Era preciosa, pero ahora sabía que aquello era solo una mínima parte de lo que le atraía.
Su sonrisa tenía algo capaz de hacerle sonreír a él sin darse cuenta.
Le había llamado la atención desde el primer día que la conoció.
Sin embargo, aquellos días encerrados juntos le habían permitido descubrirla de verdad: su sentido del humor, su espontaneidad, su manera de enfrentarse incluso a sus propios miedos y esa capacidad de convertir cualquier situación en algo más ligero.
Cuanto más tiempo pasaba a su lado, más claro lo tenía.
Olivia ya no era simplemente la mujer que había despertado su interés desde el primer momento.
Sin darse cuenta, se estaba convirtiendo en la persona más especial que había conocido.
Volvió a mirar sus labios y esta vez no dudó.
La rodeó con el brazo y la atrajo hacia él mientras volvía a besarla.
El segundo beso fue más largo y más seguro.
Olivia cerró los ojos y se abrazó a él, aferrándose suavemente a su camiseta.
Marcos mantuvo un brazo alrededor de su cuerpo y dejó que la otra mano descansara en su cintura, acariciándola con ternura.
Durante unos instantes, ninguno pareció acordarse de la tormenta, la nieve ni de la montaña que los mantenía atrapados. Solo estaban ellos dos y el fuego de la chimenea.
Marcos la besó con más necesidad mientras ella se sujetaba con más fuerza a su cuello.
Olivia apenas podía creer que aquello estuviera ocurriendo de verdad.
Marcos era, sin ninguna duda, el hombre más atractivo que había conocido, pero hacía tiempo que había dejado de ser solo eso para ella.
Estaba su manera de protegerla, la forma en que le hablaba, cómo conseguía tranquilizarla incluso cuando ella estaba aterrada, la atención con la que la trataba y, sobre todo, aquella forma de mirarla que conseguía desarmarla por completo.
Se había enamorado profundamente de él, quizá mucho más de lo que se había atrevido a reconocer hasta ese momento.
Y pensar que Marcos, precisamente él, estuviera allí, besándola, le parecía casi increíble.
Además, había algo en la forma en que la besaba que le hacía perder el sentido: era tierno y delicado, pero al mismo tiempo firme y seguro, con una intensidad que le hacía sentir que Marcos la quería cerca de él.
Olivia cerró los ojos y se dejó llevar, abrazándolo con más fuerza, convencida de que no quería que aquel momento terminara y, por lo que parecía, él tampoco quería.
Marcos se incorporó ligeramente, la rodeó con un brazo y la acompañó hasta recostarla sobre el suelo de madera, quedando sobre ella.
Aquel gesto arrancó un gemido de sus labios, y él respondió intensificando el beso.
Fuera, la tormenta seguía azotando la montaña, pero dentro se estaba desatando otra, mucho más intensa, capaz de hacerles olvidar por completo la que rugía al otro lado de las paredes del refugio.
Marcos se separó de sus labios y comenzó a besar su cuello mientras ella paseaba sus dedos por su cabello, acariciándolo, y luego bajaba su mano por su nuca e introducía su mano en su espalda, por debajo de la camiseta, sintiendo cómo sus músculos se contraían.
Marcos ascendió de nuevo por su cuello, acariciándolo con la lengua, y llegó a sus labios, devorándolos esta vez mientras ella se abrazaba con fuerza.
Aquello era una locura. Los dos lo sabían. También sabían que, si no se detenían en ese momento, después ya no habría forma de hacerlo. Pero ¿para qué engañarse? Ninguno de los dos quería parar.
Marcos deslizó la mano por el pecho de ella, acariciándola, hasta llegar a sus caderas, donde la sujetó y la atrajo más contra él. Ella volvió a gemir y apartó los labios de los de él durante unos segundos para tomar aire.
Las manos de Marcos se sentían grandes y fuertes, pero la acariciaban con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que sabía que escondían, recordándole que aquel hombre, capaz de enfrentarse a la montaña sin dudarlo, podía tocarla con una ternura que la hacía estremecerse.
Marcos deslizó un poco más la mano y la introdujo bajo la camiseta de ella, acariciándole la cintura, mientras Olivia recorría su espalda con las manos y hacía lo mismo.
Marcos se incorporó de repente, haciendo que ella abriera los ojos. Entonces se quitó la camiseta, y Olivia se quedó mirándolo durante unos segundos. La imagen era realmente impresionante.
Su pecho era amplio y firme, con una ligera línea de vello que apenas cubría la piel, y los músculos de sus hombros, brazos y abdomen quedaban marcados bajo la cálida luz del fuego. Olivia se quedó mirándolo un segundo más de lo que probablemente debería.
“Definitivamente, este hombre debería venir con algún tipo de advertencia” .
Marcos pareció darse cuenta de su mirada y sonrió, divertido. Sin decir nada, tomó la mano de Olivia y la llevó suavemente hasta su pecho para que lo acariciase.
Ella tragó saliva y lo acarició suavemente, mientras los labios de Marcos se curvaban en una sonrisa divertida al notar el temblor nervioso de sus dedos.
Él le sujetó la mano con más firmeza y la guio hasta su abdomen, donde ella pudo sentir cómo sus músculos se contraían bajo las yemas de sus dedos.
“Ah, estupendo. Ahora resulta que, además, sabe perfectamente lo que está haciendo” .
Marcos se inclinó sobre ella y volvió a besarla. Olivia cerró los ojos, olvidándose por completo de la tormenta, mientras él la rodeaba con sus brazos y la atraía hacia sí. El calor del fuego parecía haberse trasladado también al pequeño espacio que compartían.
“Sí… esto está subiendo de temperatura demasiado rápido” .
Una sonrisa apareció en sus labios entre beso y beso.
“Pero no seré yo quien diga basta” .
Los besos de Marcos eran una auténtica injusticia. Tiernos cuando menos se lo esperaba, firmes cuando conseguían hacerle perder el hilo de sus pensamientos y siempre acompañados de aquellas caricias que parecían decirle, sin necesidad de palabras, que no tenía ninguna intención de alejarse de ella.
“Definitivamente, este hombre es demasiado bueno besando” .
Y, por alguna razón, Olivia empezaba a sospechar que aquello podía convertirse en un problema bastante serio.
Los movimientos de Marcos estaban despertando en ella una necesidad cada vez más intensa… muchísimo más. Necesitaba sentir su piel contra la suya.