20
El sonido volvió a escucharse.
Esta vez no era un golpe contra las paredes ni una ráfaga de viento. Era algo mucho más profundo.
Un retumbo grave y continuo que parecía recorrer la montaña desde el interior, creciendo poco a poco hasta convertirse en una vibración que se podía sentir bajo los pies.
Olivia se quedó inmóvil.
—¿Qué ha sido eso?
Marcos tardó unos segundos en responder.
Su expresión había cambiado. Ya no tenía aquella tranquilidad que había mantenido durante toda la tormenta. Se había quedado completamente concentrado, escuchando.
El sonido aumentó: un rugido sordo y lejano al principio, que se transformó poco a poco en un estruendo cada vez más intenso.
Olivia tragó saliva.
Él se volvió hacia ella.
—Aléjate de la ventana.
—¿Qué está pasando?
—Una avalancha.
La palabra hizo que Olivia palideciera.
—¿Una… avalancha?
—Sí.
Marcos se movió rápidamente, cogiéndole de la mano.
—Ven conmigo.
La llevó hacia la zona interior del refugio, lejos de los cristales.
—¿Va a llegar hasta aquí?
—No lo sé.
Aquella respuesta fue suficiente para que Olivia sintiera que el corazón se le disparaba.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No sabemos exactamente por dónde está bajando.
Marcos cogió la radio y la dejó a mano. Después, comprobó rápidamente la puerta y los cierres.
—Quédate aquí.
—No.
Él la miró.
—Olivia…
—No quiero quedarme sola.
El rugido aumentó.
La montaña parecía estar temblando.
Primero fue una vibración leve. Después, un golpe seco hizo que las paredes del refugio crujieran.
Olivia se agarró al brazo de Marcos.
—¡Dios mío!
—Tranquila.
—¡Está temblando todo!
—Ya me doy cuenta —dijo, mirando de un lado a otro.
Marcos le cogió una mano y apoyó la otra sobre su hombro mientras observaba el refugio.
—Agáchate un poco.
Olivia obedeció.
—¿Qué hacemos?
—Nos alejamos de las ventanas y nos mantenemos en la parte más protegida.
El estruendo se hizo ensordecedor.
La nieve descendía por la ladera con una fuerza brutal, arrastrando consigo toneladas de nieve acumulada. El sonido era tan grave que parecía no proceder de un punto concreto, sino de toda la montaña.
El refugio volvió a estremecerse.
Una de las ventanas vibró violentamente y Olivia se refugió contra él.
—Estoy aquí —dijo, abrazándola finalmente mientras intentaba mirar por la ventana para averiguar por dónde bajaba la avalancha.
—Tengo muchísimo miedo.
Él la sujetó por los hombros y la hizo agacharse todavía más.
—Mírame. —Olivia levantó los ojos—. Respira.
Ella intentó hacerlo, pero entonces llegó el impacto.
Un estruendo brutal sacudió el refugio y la estructura entera pareció desplazarse unos centímetros.
Olivia gritó y Marcos la volvió a abrazar instintivamente para protegerla mientras el refugio temblaba bajo el impacto de la nieve.
Durante unos segundos, fue imposible escuchar nada más que el rugido.
Las paredes crujieron.
Algo golpeó con fuerza el exterior y, después, llegó otro impacto.
Olivia se aferró a Marcos.
—¿Va a ceder?
—No.
—¿Seguro?
—El refugio está resistiendo.
Pero incluso Marcos tuvo que elevar la voz para hacerse oír.
El ruido comenzó a disminuir poco a poco. Primero dejó de sentirse el temblor; después, el rugido se alejó y, finalmente, quedó únicamente el sonido del viento.
Olivia permaneció inmóvil, todavía aferrada a Marcos.
—¿Ha terminado?
Marcos esperó unos segundos antes de responder.
—La avalancha principal, sí. —Se levantó con cuidado—. Quédate aquí.
Se acercó a una de las ventanas.
El cristal seguía intacto, pero al otro lado ya no podía verse prácticamente nada. Una enorme acumulación de nieve había cubierto parte del exterior.
Marcos comprobó la siguiente ventana, que también estaba casi completamente bloqueada por la nieve.
Olivia miró alrededor.
—¿Por qué está tan oscuro?
Él se acercó a una de las contraventanas y la cerró por completo. Después hizo lo mismo con otra.
La luz que entraba desde fuera desapareció casi por completo y el refugio quedó sumido en una penumbra mucho más profunda.
Solo el fuego de la chimenea iluminaba ahora el interior.
Olivia tragó saliva.
—¿Nos ha tapado la nieve?
Marcos volvió hacia ella.
—Parte de las ventanas, sí.
—¿Estamos enterrados?
Él miró a su alrededor y comprobó que la estructura seguía estable.
—Parcialmente.
Olivia contuvo el aliento. Marcos se acercó y se agachó frente a ella antes de continuar.
—Escúchame. El refugio sigue estable, tenemos ventilación y la entrada no está completamente bloqueada.
—¿Y si viene otra?
Marcos sostuvo su mirada.
—Entonces esperaremos aquí dentro.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Olivia miró hacia las ventanas cubiertas de nieve.
La tormenta seguía descargando su furia fuera, pero ahora el refugio parecía mucho más pequeño, más oscuro y aislado.
Por primera vez desde que habían llegado allí, Olivia comprendió que ya no estaban simplemente atrapados por una tormenta. La montaña acababa de encerrarlos.
El silencio que siguió a la avalancha duró apenas unos segundos.
Olivia seguía junto a Marcos, sin apartarse de él, intentando recuperar el ritmo normal de su respiración y del corazón. Entonces llegó otro sonido, mucho más lejano: un estruendo grave que comenzó a crecer al otro lado de la montaña.
Marcos levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Otra? —preguntó Olivia, con la voz todavía temblorosa.
—Parece que sí.
El sonido aumentó.
Esta vez no parecía dirigirse hacia ellos. Era un estruendo profundo que se desplazaba por alguna ladera lejana, acompañado por una vibración que apenas se sentía bajo los pies.
Olivia se quedó inmóvil.
—Está temblando otra vez.
Marcos asintió.
—Sí.
El refugio volvió a vibrar ligeramente.
Los utensilios de la mesa tintinearon y Olivia se agarró al brazo de Marcos.
—¿Va a pasar otra vez? —preguntó con voz temblorosa.
—No lo parece. —Marcos escuchó atentamente durante unos segundos—. Por el sonido parece que esta va por otra zona.
Olivia intentó confiar en él.
El estruendo continuó durante unos segundos más y después comenzó a alejarse. Apenas había desaparecido cuando otro respondió desde una zona diferente de la montaña.
Durante varios minutos, el refugio parecía rodeado por el sonido de la nieve deslizándose por las laderas, pero ninguna de aquellas avalanchas volvió a alcanzar la construcción.
Poco a poco, las vibraciones cesaron y Olivia soltó el aire que había estado conteniendo.
—Dios…
Marcos le apretó suavemente el brazo en un gesto tranquilizador.
—Ya ha pasado.
Ella miró hacia las ventanas cubiertas de nieve.
—¿Cuántas han sido?
—No lo sé.
—¿Y eso es normal?
Marcos negó ligeramente con la cabeza.
—Con estas condiciones, puede ocurrir. La nieve se ha acumulado mucho y el viento la está cargando en las laderas.
Olivia tragó saliva.
—Me parece que hoy definitivamente no salimos.
—No. —Marcos se acercó a la radio—. Voy a hablar con la base. —Cogió el aparato, ajustó la frecuencia y pulsó el botón—. Base, aquí Marcos. ¿Me recibís? —Durante unos segundos solo se escuchó estática. Marcos volvió a intentarlo—. Base, aquí Marcos. ¿Me recibís?
Finalmente, una voz llegó entre interferencias.
—Te recibimos. Adelante.
Marcos respiró hondo.
—Acabamos de recibir el impacto de una avalancha sobre la zona del refugio. —Olivia lo miró atentamente—. La estructura ha resistido. Tenemos varias ventanas parcialmente cubiertas y la entrada está afectada, pero seguimos teniendo acceso y ventilación.
—Recibido. ¿Estáis los dos bien?
Marcos miró a Olivia y ella asintió.
—Sí. Estamos bien, sin lesiones.
—¿Habéis detectado más actividad?
Marcos miró hacia las paredes mientras un retumbo lejano volvía a escucharse.
—Sí. Se están produciendo más aludes en las laderas cercanas, aunque ninguno más parece haber alcanzado el refugio.
Hubo unos segundos de silencio al otro lado.
—Entendido. No salgáis bajo ningún concepto.
—No teníamos la intención.
—Las condiciones son muy inestables. Manteneos en el refugio y permaneced atentos a la radio. Intentaremos evaluar la situación cuando amaine el frente.
—De acuerdo.
Marcos soltó el botón y Olivia se acercó mientras Marcos dejaba la radio sobre la mesa.
—Nos quedamos aquí.
Ella miró las ventanas cubiertas de nieve.
—Eso ya lo tenía bastante claro.
Marcos sonrió ligeramente.
—Me alegra.
Olivia lo miró.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no quiero tener que salir a buscarte otra vez.
—Te aseguro que no voy a moverme de aquí.
Marcos la miró y asintió.
—Mejor.
Se acercó a la ventana e intentó mirar por la parte que no había quedado cubierta. Era imposible. La nieve y el viento seguían formando una densa pared blanca al otro lado del cristal.
—Parece que ya ha parado.
—¿Puede volver a pasar?
—Sí, pero esperemos que no.
Ella suspiró y se abrazó a sí misma, cruzando los brazos sobre el pecho, como si así pudiera contener el temblor que todavía recorría su cuerpo.
Marcos, en cambio, volvió a ponerse en movimiento.
Se acercó primero a una de las ventanas y comprobó el exterior a través del pequeño espacio que todavía quedaba libre de nieve. Después, pasó a la siguiente. Revisó los cierres, observó las laderas que podía distinguir y volvió a comprobar la puerta.
Cada cierto tiempo se detenía y aguzaba el oído.
Nada, solo se escuchaba el viento y algún que otro retumbo lejano que parecía perderse poco a poco en la montaña.
Cuando estuvo convencido de que, al menos por el momento, no había una nueva avalancha aproximándose, se giró.
Entonces vio a Olivia. Estaba junto a la mesa, abrazada a sí misma, temblando. Tenía los ojos llorosos y la mirada perdida en algún punto del suelo.
Marcos se quedó quieto, observándola.
Hasta ese momento había estado concentrado en comprobar el refugio, revisar la radio y asegurarse de que las ventanas y todo lo demás seguían en orden, pero de repente recordó que Olivia no estaba acostumbrada a aquello.
No había pasado años en la montaña. No sabía distinguir los diferentes sonidos de la nieve ni interpretar el comportamiento del viento. Para ella, acababa de sentir cómo una avalancha golpeaba el refugio. Y había sido aterrador.
Marcos se acercó despacio.
—Eh, Olivia.
Ella levantó la mirada, pero Marcos no dijo nada más. Simplemente abrió los brazos y la abrazó.
Esta vez no fue un gesto rápido para protegerla del peligro. Fue un abrazo cálido, firme y tranquilo.
Olivia se quedó inmóvil durante un segundo, sorprendida, y después suspiró y se dejó caer contra él para abrazarlo con fuerza.
Marcos cerró los brazos alrededor de ella.
—Estamos aquí juntos —murmuró—. Todo va a ir bien.
Olivia apretó un poco más los brazos alrededor de su cuerpo.
—Ha sido horrible. Pensaba que el refugio iba a caer y nos iba a enterrar vivos.
—Pero no ha caído. —Marcos apoyó una mano sobre su espalda—.
Lo peor ya ha pasado. —Olivia respiró profundamente contra su pecho y él se apartó apenas lo suficiente para poder mirarla—.
La estructura ha resistido, la avalancha principal ya ha pasado y la base sabe exactamente dónde estamos.
—Olivia asintió—. Confían en que la tormenta no tarde demasiado en parar —continuó él—.
En cuanto las condiciones sean seguras, vendrán a buscarnos.
Ella volvió a asentir.
—Vale —susurró.
—Mientras tanto, nosotros nos quedamos aquí, juntos.
—Juntos —repitió ella, como si aquella palabra bastara para calmarla.
Durante unos segundos permanecieron abrazados y, finalmente, se separaron un poco, aunque ninguno de los dos se alejó del todo.
Marcos la miró a los ojos. Olivia aún los tenía húmedos. Levantó una mano y apartó con delicadeza un mechón de cabello castaño que se había quedado pegado a su mejilla, situándolo detrás de su oreja.
Después le sonrió con una ternura que hizo que Olivia olvidara por un instante el ruido de la tormenta.
Marcos ladeó ligeramente la cabeza.
—Después de pasar tantos días conmigo… cuando salgamos de aquí, ¿te apetecería ir a cenar?
Olivia parpadeó, sorprendida. La pregunta la había pillado completamente desprevenida.
—¿A cenar?
Marcos sonrió.
—Sí.
—¿Ahora? —preguntó.
—No exactamente ahora —rio él.
—Ah.
—Hay una pizzería muy buena aquí cerca —dijo finalmente.
Olivia lo miró unos segundos y esbozó una leve sonrisa.
—Sí, claro —contestó antes de apoyar de nuevo la cabeza en su pecho y abrazarlo.
Marcos soltó una risa suave y correspondió al abrazo.
—Entonces tenemos una cita pendiente.
Olivia cerró los ojos durante un instante y asintió. Mientras seguían abrazados en aquel pequeño refugio, rodeados de nieve, la tormenta pareció quedar muy lejos.