Rescátame por Navidad 19
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Olivia despertó poco a poco, todavía adormilada, y durante unos segundos no recordó dónde estaba.

Parpadeó varias veces.

El techo de madera del refugio apareció sobre ella.

Entonces recordó la tormenta, el rescate, el refugio… Marcos.

Se giró ligeramente entre las mantas y levantó la mirada hacia la litera superior.

Olivia soltó un grito.

—¡Ahhh!

Marcos estaba asomado desde arriba, mirándola con una ligera sonrisa en los labios.

Olivia, que no se lo esperaba, se incorporó de golpe y se llevó una mano al pecho. Marcos soltó una carcajada.

—Al fin te has despertado.

—¡Por Dios! —exclamó ella—. ¿Quieres matarme de un susto?

Él siguió riéndose.

—No, solo estaba comprobando si seguías dormida.

Olivia lo miró con incredulidad.

—¿Y para eso tenías que quedarte mirándome?

—Quería asegurarme de que seguías viva.

Ella lo miró con extrañeza.

—¿Viva?

—No se te escuchaba —explicó.

—¿Y qué esperabas escuchar? —protestó, todavía con la mano en el pecho.

—Que respiraras, por ejemplo.

Olivia se quedó mirándolo.

—¿Estabas comprobando si respiraba?

—Sí.

—Estás fatal… demasiado aburrido.

Marcos sonrió.

—Además, no roncabas.

Olivia parpadeó.

—Qué bien —ironizó ella.

Marcos soltó una pequeña carcajada. Olivia se pasó las manos por la cara y bostezó antes de continuar.

—¿Qué hora es?

—Las ocho. —Ella lo miró con los ojos entornados—. Buenos días.

—Buenos días para ti también.

Marcos se incorporó en la litera superior y, con un movimiento ágil, bajó de ella.

—Voy al baño.

—Vale.

Él desapareció por la pequeña puerta del aseo.

Olivia se quedó sentada unos segundos, todavía intentando despertarse del todo. Se pasó ambas manos por el pelo y después salió de la cama.

Caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina.

La nieve seguía cayendo con fuerza.

El viento volvía a empujarla contra el cristal, formando remolinos blancos que apenas dejaban distinguir el paisaje.

Olivia suspiró.

—No puede ser.

Un golpe seco sonó sobre el tejado y Olivia levantó la cabeza.

Se quedó mirando hacia arriba.

—¿No va a acabar nunca?

La tormenta seguía allí y, por el sonido que llegaba del exterior, no parecía tener ninguna intención de marcharse.

Se quedó unos segundos frente a la ventana, todavía intentando despejarse.

De vez en cuando, una ráfaga golpeaba el refugio y hacía vibrar ligeramente los cristales.

—Seguimos igual —murmuró.

Un golpe seco sonó sobre el tejado.

Se apartó un poco de la ventana y Marcos salió del pequeño aseo justo en ese momento.

—¿Qué pasa?

—El techo.

Él miró hacia arriba.

—¿Qué ocurre?

—Lleva un rato sonando. —Un nuevo crujido recorrió la parte superior del refugio—. Justo eso.

Marcos permaneció atento unos segundos.

—Probablemente sea nieve acumulada que se está desprendiendo del tejado.

—¿Probablemente?

Él la miró.

—Sí, probablemente.

Olivia frunció el ceño.

—No me gusta esa palabra.

Marcos sonrió.

—No pasa nada —le quitó importancia. Se acercó a la puerta y después comprobó desde dentro las ventanas y los cierres—. Todo está bien. —Se acercó a ella y miró por la ventana—. La nieve está acumulándose bastante.

—¿Eso es malo?

—No necesariamente, pero habrá que vigilarla.

Olivia volvió a mirar hacia fuera.

—¿Crees que podremos salir hoy?

Marcos no respondió de inmediato.

—Voy a preguntar a la base.

Se acercó a la radio, ajustó la frecuencia y pulsó el botón.

—Base, aquí Marcos. ¿Me recibís?

Tras unos segundos de interferencias, llegó la respuesta.

—Te… recibimos.

—Necesito una actualización de la previsión. La tormenta sigue fuerte y estamos teniendo bastante acumulación de nieve en el refugio.

—Recibido. La situación meteorológica… continúa siendo complicada.

Marcos miró a Olivia.

—¿Hay alguna previsión de mejoría durante la mañana?

Hubo unos segundos de silencio antes de que la respuesta llegara de nuevo entre interferencias.

—Existe posibilidad… de una disminución temporal del viento durante las próximas horas, pero todavía… no podemos hablar de una ventana segura de salida.

Marcos asintió.

—Entendido.

—La visibilidad sigue… siendo muy reducida y las condiciones del terreno no son buenas. Volveremos… a valorar la situación más adelante.

—De acuerdo.

Marcos soltó el botón y Olivia se acercó inmediatamente.

—¿Qué han dicho?

—Que todavía no podemos saber si saldremos hoy.

Ella suspiró.

—¿Pero podría mejorar?

Marcos asintió y miró hacia la ventana.

—Podría.

Olivia miró hacia la ventana y apareció una pequeña sonrisa en su rostro.

—Quizá tengamos suerte.

Marcos la observó.

—Quizá.

Olivia se quedó unos segundos mirando por la ventana, aferrada todavía a la pequeña esperanza de que el tiempo pudiera darles una tregua.

—Eso ya es algo.

Marcos se acercó a la mesa y empezó a preparar el desayuno.

—No te hagas demasiadas ilusiones todavía.

—Déjame tener un poco de esperanza.

—Puedes tenerla, pero con moderación.

Olivia sonrió.

Marcos puso agua a calentar y Olivia se acercó para ayudar.

—¿Qué puedo hacer?

—Prepara el café.

Olivia aún estaba medio adormilada y caminaba por el refugio con una taza entre las manos mientras Marcos organizaba las provisiones.

—Tienes cara de sueño —comentó él.

—Porque tengo sueño. Además, alguien me ha despertado mirándome desde arriba como un psicópata.

Marcos soltó una carcajada.

—Solo estaba haciendo mi trabajo.

—Sí, sí… comprobando que estaba viva. —Se detuvo y lo miró—. ¿Has pensado que podrías haberme provocado una parada cardíaca? —Marcos rio—. Hubiera servido con un buenos días.

—Buenos días —repitió él.

Olivia lo miró.

—Ahora ya no sirve.

—Lo siento. Si seguimos aquí mañana, lo intentaré.

Terminaron de desayunar y Olivia se acercó a su mochila.

—Voy a revisar el equipo.

—¿Necesitas ayuda?

—No, puedo hacerlo sola, pero gracias.

Sacó la cámara y comprobó la batería. Después revisó las tarjetas de memoria, los micrófonos y el resto del material.

—Todo parece estar bien.

—¿Y la batería? —preguntó Marcos.

—Podría estar mejor.

Marcos la miró.

—¿Cuánto tienes?

—Un diez por ciento —pronunció, indignada.

Olivia volvió a guardar cuidadosamente cada cosa y, después, abrió el compartimento principal de la mochila.

—Esta vez voy a llevar menos peso.

Marcos sonrió.

—Ah, ¿sí?

—Sí.

—¿Qué vas a dejar?

Olivia empezó a sacar cosas.

—Esto no lo necesito. —Lo dejó sobre la mesa—. Esto tampoco. —Otro objeto—. Y esto… —Marcos la observaba, divertido—. ¿Qué?

—Quizá todavía quede alguna esperanza para esa mochila.

Olivia le lanzó una mirada.

—Ya está —dijo mirando las libretas, bolígrafos y documentos que llevaba.

—Mucho mejor —la felicitó.

—¿Lo ves? Estoy aprendiendo.

—Eso parece.

Durante unos minutos, el viento amainó y todo pareció más tranquilo.

Olivia se acercó de nuevo a la ventana.

—Marcos, ven.

Él se acercó.

La nieve seguía cayendo, pero las ráfagas ya no golpeaban con la misma violencia. Por primera vez podían distinguir algo más allá de unos pocos metros.

—Parece que está mejorando —dijo Olivia con una sonrisa.

Marcos observó el exterior con atención.

—Un poco.

—¿Entonces?

—No significa que podamos salir todavía.

—Ya lo sé.

—Hay que esperar… pero sí, parece que mejora.

Ella se quedó mirando el paisaje.

—Quizá hoy podamos volver.

Marcos la observó de reojo.

—Quizá.

Pero él no apartó la mirada de la montaña. Sabía que una tormenta podía dar una tregua durante unos minutos y volver a empeorar después. Y, antes de tomar cualquier decisión, tendría que asegurarse de que el terreno era tan estable como parecía.

Por mucho que Olivia quisiera salir, él no iba a ponerla en peligro por unas horas de viento más tranquilo.

—Cuando tengamos información de la base, decidiremos —dijo finalmente.

Olivia asintió.

—De acuerdo.

Durante unos minutos, ambos permanecieron junto a la ventana, contemplando aquella pequeña tregua como si la montaña les hubiera concedido permiso para empezar a esperar.

El viento parecía haber perdido parte de su fuerza y, aunque la nieve seguía cayendo, ya no golpeaba los cristales con la misma intensidad.

Olivia sonrió.

—¿Ves? —Señaló hacia fuera—. Te dije que iba a mejorar.

Marcos no respondió enseguida. Seguía observando la montaña.

—Sí, parece que está mejorando un poco —dijo sonriente.

Olivia volvió a mirar hacia fuera.

—Entonces, ¿podríamos salir?

—Todavía no. Que el viento haya amainado durante unos minutos no significa que el terreno sea seguro.

—Pero si sigue así…

—Si sigue así, podremos valorarlo.

Olivia asintió.

—Vale.

Marcos volvió hacia la mesa y cogió la radio.

—Voy a preguntar otra vez. —Pulsó el botón—. Base, aquí Marcos. ¿Me recibís?

La respuesta llegó después de unos segundos.

—Te recibimos.

—Aquí el viento ha amainado y hay algo más de visibilidad. ¿Cómo está la situación en la zona?

Hubo un silencio antes de que la voz respondiera.

—Estamos revisando los datos. Todavía no recomendamos desplazamientos. La nieve acumulada es importante y… las condiciones en las laderas siguen siendo inestables.

Marcos frunció ligeramente el ceño.

—¿Alguna previsión de mejoría definitiva?

—Todavía no.

—Entendido. —Marcos soltó el botón y Olivia lo miró—. Todavía no podemos salir.

Ella suspiró.

—Toca esperar, ¿no?

—De momento, sí.

Olivia se dejó caer en la silla.

—La montaña tiene algo personal contra nosotros.

Marcos sonrió.

—Empiezo a sospecharlo.

—Primero nos manda una tormenta, después nos deja atrapados y ahora nos da cinco minutos de esperanza para quitárnosla. Parece una estrategia bastante cruel. —Olivia lo miró—. Y tú ahí, tan tranquilo.

Marcos tardó un instante en responder.

—Sí, totalmente tranquilo —pronunció sin apartar la mirada de la montaña.

Ella se quedó mirándolo y se dio cuenta de que observaba la montaña con interés, incluso con cierta preocupación.

—No pareces tan tranquilo como antes.

Él la observó.

—Hay otra cosa que tenemos que vigilar.

—¿El qué?

Marcos miró hacia la ventana.

—La nieve. —Olivia siguió su mirada—. Lleva acumulándose durante horas y el viento está desplazándola hacia determinadas zonas de la montaña.

—¿Eso es malo? —preguntó, nerviosa.

—Puede serlo.

Antes de que pudiera explicar más, una ráfaga volvió a levantarse y la nieve comenzó a golpear los cristales otra vez.

Olivia se acercó un poco más a la ventana.

—Oh, no.

El viento aumentó en cuestión de segundos y lo que había parecido una pequeña tregua desapareció casi de golpe.

Las ráfagas volvieron a rugir alrededor del refugio y la visibilidad volvió a reducirse hasta convertir el paisaje en una masa blanca.

Olivia se apartó de la ventana.

—Esto no me gusta.

Marcos ya estaba mirando hacia la radio.

—A mí tampoco. —La tomó y volvió a contactar con la base—. Base, aquí Marcos.

La respuesta llegó entre fuertes interferencias.

—Te recibimos.

—La situación ha empeorado de nuevo. El viento está aumentando y hemos perdido prácticamente toda la visibilidad.

—Recibido. —La voz al otro lado sonaba más seria esta vez—. Marcos, las últimas mediciones indican una redistribución importante de la nieve en las laderas superiores.

Él permaneció atento.

—¿Qué nivel de riesgo?

—El riesgo de aludes ha aumentado considerablemente. No os mováis del refugio bajo ningún concepto.

Marcos miró a Olivia. Ella lo miraba asustada; esta vez había escuchado perfectamente.

—Entendido —respondió él—. Permaneceremos dentro.

—Manteneos atentos a la radio. Os avisaremos si cambia la situación.

—De acuerdo.

Marcos dejó el aparato sobre la mesa.

Olivia se acercó a él.

—¿Riesgo de aludes?

Él asintió.

—Sí.

—¿Es peligroso este refugio?

—El refugio está en una zona protegida.

—Pero…

Marcos se acercó a la ventana y echó un vistazo al exterior.

—Pero la montaña está cargándose de nieve. Por eso no vamos a salir.

Olivia asintió despacio.

—Vale.

Marcos volvió a comprobar el cierre de la puerta y las ventanas una por una.

Olivia lo observó en silencio.

—¿Estás preocupado?

Marcos se detuvo.

—Estoy atento —respondió sin mirarla, asegurándose de que todo estuviese bien cerrado—. No es lo mismo. —Él la miró—. No quiero que te preocupes antes de tiempo.

—No me gusta esa respuesta.

Marcos sonrió ligeramente.

—Es la que tengo.

Volvió junto a la mesa y comprobó la radio.

Durante unos minutos ninguno dijo nada.

El fuego crepitaba, el viento rugía y, poco a poco, ambos fueron conscientes de que el sonido que llegaba desde fuera había cambiado.

Ya no era solamente el viento. Había algo más: un ruido profundo y lejano, un retumbo que parecía surgir del interior de la montaña.

Marcos se quedó completamente quieto y Olivia lo miró.

—¿Qué ha sido eso?

Él levantó lentamente la cabeza hacia la ventana, con todo el cuerpo en tensión. Durante un segundo, no respondió. Después, dio un paso hacia Olivia y la agarró del brazo.

—Aléjate de la ventana —ordenó con urgencia.