Rescátame por Navidad 17
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Olivia cerró la puerta del pequeño aseo y se quedó unos segundos apoyada contra ella.

Por fin, Marcos había calentado agua suficiente para poder asearse con unas toallas, y aunque aquello estaba bastante lejos de parecerse a una ducha de verdad, en aquel momento le parecía un lujo.

Se quitó la ropa con cuidado, dejando las prendas secas a un lado, y comenzó a asearse con el agua caliente.

—No es una ducha… —murmuró para sí misma—, pero al menos está calentita. —Se pasó la toalla húmeda por los brazos y cerró los ojos—. Mmm… qué gustito…

—¿Qué has dicho?

Olivia abrió los ojos.

—¡Nada!

—Te he oído.

Ella sonrió.

—Déjame disfrutar de mi momento.

Marcos rio.

—Adelante.

Olivia volvió a sumergir la toalla en el agua caliente.

—Qué gustito… —repitió.

Se tomó su tiempo, disfrutando del agua caliente mucho más de lo que había imaginado.

La pasó por todo su cuerpo, notando incluso cómo sus músculos se relajaban.

Aquello era una gozada. Si dejaba de pensar que estaba en un refugio en medio de una intensa tormenta, podía hacerse a la idea de que estaba en unos baños turcos.

—Esto sí que es vida —murmuró.

—¿Has terminado?

—¡No! Todavía me queda.

—Tómate tu tiempo —dijo Marcos, divertido, desde fuera.

Olivia sonrió.

—Gracias.

Cuando terminó, varios minutos después, se secó y se puso ropa limpia. Al mirarse en el pequeño espejo, casi no se reconoció.

El pelo estaba algo más ordenado, tenía la cara limpia y, sobre todo, se sentía muchísimo mejor.

—Ya está. —Abrió la puerta—. ¿Ves? —Se señaló a sí misma—. Soy otra persona.

Marcos levantó la vista desde la mesa.

—Sienta bien, ¿eh?

Olivia sonrió.

—No te imaginas cuánto. Ahora me siento humana otra vez.

—Me alegro. —Marcos se levantó—. Me toca.

—Claro —dijo mientras dejaba la puerta del aseo abierta.

Él se acercó al aseo y, antes de entrar, se detuvo un instante.

—No tardo mucho.

—Tranquilo —dijo, acercándose a la chimenea para mantener el calor corporal del baño.

Marcos se quitó la camiseta térmica que llevaba puesta para poder asearse.

Olivia levantó la mirada justo en ese momento y se quedó completamente quieta.

Madre mía…

Marcos tenía los hombros anchos y un torso fuerte y definido, marcado por años de entrenamiento y por el trabajo físico que realizaba.

No era una musculatura exagerada, sino la de alguien acostumbrado a cargar equipo, caminar durante horas por la montaña y enfrentarse a situaciones que exigían fuerza y resistencia.

Olivia parpadeó.

“Vale” .

Apartó la mirada.

“Muy bien” .

Volvió a mirar un segundo.

“No, no lo hagas” .

Se obligó a concentrarse en doblar una toalla.

“No mires” .

Marcos, completamente ajeno a todo aquello, señaló el aseo.

—Mi turno. Para dentro.

—Sí —dijo ella sin levantar la mirada.

Él entró y cerró la puerta.

Olivia soltó el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo y se apoyó en la silla mientras resoplaba.

—Madre mía…

Se sentó junto a la mesa cerca de la chimenea y se entretuvo ordenando las cosas de la cámara para evitar mirar hacia la puerta cada dos segundos.

Pasaron unos minutos y la puerta se abrió.

Olivia levantó la cabeza y volvió a quedarse sin palabras.

Marcos salió del aseo sin camiseta, secándose distraídamente el pelo con una toalla mientras se dirigía hacia su mochila.

—¿Dónde está…? —murmuró mientras rebuscaba dentro—. Aquí —dijo con una sonrisa, sacando una camiseta térmica limpia.

Olivia se puso inmediatamente colorada y giró la cabeza hacia la ventana.

“Perfecto” .

Miró fijamente la nieve.

“Esto no puede estar pasando” .

Marcos la miró de reojo y entonces comprendió.

Una sonrisa divertida apareció en su rostro.

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Porque llevas un rato mirando por la ventana.

—Estoy comprobando el tiempo.

Marcos soltó una carcajada.

—Claro.

—¿Qué? —preguntó ella, como si estuviese molesta.

—Nada.

Olivia siguió mirando hacia la ventana.

“Qué calor hace aquí dentro, ¿no?” .

Se abanicó discretamente con la mano y Marcos la vio mientras desdoblaba la camiseta.

—¿Tienes calor?

—No.

—Parece que sí.

—Es la chimenea —señaló hacia ella.

—Claro —le dio la razón como a los locos.

—Y el agua caliente —insistió ella.

—Por supuesto. —Marcos se quedó unos segundos frente a ella, todavía con la camiseta en la mano—. Tampoco hace tanto calor.

Olivia lo miró finalmente.

—Pues a mí sí… sí me lo parece.

Él sonrió.

—Tendré que avisar a la base.

—¿Para qué?

—Para que sepan que el refugio tiene problemas de temperatura —pronunció, encogiéndose de hombros.

Ella apretó la mandíbula. Estaba claro que se había dado cuenta de que le incomodaba verlo sin camiseta, aunque a él no parecía importarle lo más mínimo.

—Eres idiota —susurró.

—Solo intento ayudar.

—Pues ponte la camiseta —acabó alzando un poco el tono de voz.

—¿Te molesta?

—No.

—Entonces…

—Marcos —rugió.

Él volvió a reír.

—Vale, vale.

Se puso finalmente la camiseta térmica y Olivia soltó un suspiro de alivio.

—Mucho mejor —susurró ella.

Marcos arqueó una ceja.

—¿Para quién?

Ella lo miró durante un segundo.

—Para el refugio.

—Claro.

Olivia negó con la cabeza, intentando contener la sonrisa.

—No voy a volver a hablar contigo —dijo mirándolo de reojo mientras cogía de nuevo su cámara.

—Eso dices ahora.

—Lo digo en serio —respondió más alto.

—Veremos cuánto tardas —ironizó.

Olivia volvió a mirar hacia la ventana y resopló.

—Definitivamente hace demasiado calor aquí dentro.

Marcos se echó a reír y fue hacia la ventana para observar. La tormenta hacía que los copos de nieve cayesen con tanta fuerza que formaban una pared ante él que no le permitía ver más allá de un metro de distancia.

—Mejor no apagar el fuego o el refugio se enfriará muy rápido. —Se giró hacia ella—. ¿Sigues teniendo tanto calor? —bromeó mientras se ponía correctamente el cuello de la camiseta térmica.

Ella lo miró, divertida.

—Ya no tanto —bromeó—. Gracias por tu preocupación.

—Para eso estoy —dijo, girándose de nuevo hacia la ventana.

Habían terminado de comer y, después de recoger los platos, decidieron sentarse un rato junto al fuego. La tormenta seguía golpeando el refugio, pero dentro hacía suficiente calor como para olvidarse de ella durante unos minutos.

Marcos se acomodó en uno de los bancos y señaló el suelo.

—¿Me pasas ese cojín?

Olivia lo cogió y, en lugar de acercárselo, se lo lanzó.

—Toma.

Marcos lo atrapó al vuelo delante de su cara, apartó el cojín y la miró durante un segundo. Después sonrió de una manera que hizo que Olivia supiera al instante que acababa de cometer un error.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Nada. —La miró con expresión traviesa—. Te había pedido que me lo pasaras, no que me lo lanzases.

Marcos agarró el cojín y se lo lanzó con fuerza.

—¡Eh! —Olivia intentó atraparlo, pero el impacto hizo que perdiera el equilibrio y cayó hacia atrás sobre el suelo con un sonoro golpe—. ¡Ay! ¡Menudo culetazo!

—Uy… —Marcos se levantó inmediatamente y fue hacia ella—. ¿Estás bien? —preguntó mientras le tendía la mano—. Perdona.

—¡Sí! Estoy bien… —rio mientras cogía el cojín, aún tirada en el suelo.

Él se agachó para ayudarla a levantarse, pero Olivia agarró el cojín y se lo estampó en la cabeza.

—¡Oye!

Marcos se quedó quieto y Olivia soltó una carcajada.

—Por lanzármelo tan fuerte —rio ella.

—Ah, ¿sí? —preguntó, enarcando una ceja.

Antes de que pudiera reaccionar, Marcos le quitó el cojín de las manos con una facilidad desesperante y le dio un golpe suave en la cabeza.

—¡Marcos!

—¿Qué? Ha sido defensa propia. —Olivia se rio mientras conseguía incorporarse—. No tienes ninguna posibilidad contra mí.

Ella se puso de pie.

—Ahora verás.

Cogió otro cojín y Marcos levantó las manos para parar el golpe.

—Olivia…

—¿Sí? —preguntó con inocencia.

—No me provoques.

Ella sonrió.

—¿O qué?

Esta vez le dio con el cojín en la cabeza.

Marcos cerró los ojos un instante, como si se armase de paciencia, pero acabó sonriendo.

—Te lo estoy advirtiendo —la señaló con el dedo.

—¿Y qué vas a hacer? —lo retó.

Le dio otro golpe con el cojín en la cabeza.

—Olivia.

Ella volvió a golpearlo, riéndose.

—¿Qué?

—De verdad.

—¿De verdad qué?

—Que estás jugando con fuego —acabó mirándola fijamente.

—Qué miedo —ironizó ella.

Marcos soltó una carcajada.

—Muy graciosa.

Olivia volvió a levantar el cojín, pero esta vez Marcos fue más rápido. La agarró por la muñeca, bloqueó el golpe y, aprovechando el impulso, consiguió hacerla perder el equilibrio.

—¡Marcos!

Los dos cayeron al suelo.

Olivia quedó debajo y él terminó apoyado sobre ella, sujetándose con un brazo para no dejar caer todo su peso.

Durante un segundo, ninguno dijo nada y la risa desapareció.

Olivia levantó la mirada. Marcos estaba muy cerca y la miraba fijamente.

Sus ojos recorrieron su rostro, se detuvieron un instante en sus labios y ella dejó de sonreír.

¿De verdad le había mirado los labios o había sido producto de su imaginación?

El corazón se le aceleró de golpe cuando sus miradas volvieron a encontrarse.

¿Cómo podía tener Marcos una mirada como aquella?

El ruido de la tormenta parecía haberse alejado de repente. Ninguno de los dos dijo nada hasta que Olivia reaccionó.

—¡Ni se te ocurra!

Le estampó el cojín en la cabeza. Marcos reaccionó de golpe y soltó una carcajada mientras se apartaba.

Olivia intentó levantarse, pero él consiguió quitarle el cojín.

—¡Dámelo! —exclamó ella.

—No.

—¡Marcos!

—Se acabó —sentenció, aunque su sonrisa decía otra cosa.

—¡Devuélvemelo!

—No.

Marcos le dio un golpe suave con el cojín.

—¡Eh!

Volvió a golpearla.

—¡Para!

Olivia intentó incorporarse, pero Marcos volvió a bloquearla con el brazo, impidiéndole levantarse, y le dio otro golpe con el cojín.

—¡No puedes hacer eso! —dijo mientras caía hacia atrás otra vez.

—¿Por qué?

—¡Porque quiero el cojín!

Olivia consiguió arrebatárselo momentáneamente, pero Marcos se lo quitó con pasmosa facilidad.

—Ahhh… ¿Lo quieres? ¿Lo quieres? —bromeó él—. ¡Ahora es mío!

Olivia tiró de él, pero Marcos no lo soltó.

—No, es mío —dijo él.

—¡Suéltalo!

—No.

—¡Marcos!

—Olivia.

—¡Lo necesito!

—¿Para qué?

—¡Para vengarme! —gruñó ella.

Él soltó una carcajada.

—No vas a poder.

—Y tanto que sí. —Tiraron del cojín durante unos segundos hasta que Olivia perdió el equilibrio otra vez y cayó—. ¡No!

Marcos consiguió recuperarlo.

—Gano yo —dijo, alzándolo hacia arriba como si fuese un trofeo.

—Eso está por demostrar —comentó ella mientras se incorporaba.

—Creo que está bastante demostrado.

—No, ni hablar.

Olivia intentó ponerse de pie, pero Marcos le dio otro golpe suave con el cojín y volvió a hacerla caer hacia atrás.

—¡Déjame levantarme! Que no puedo…

—Ese es precisamente el objetivo.

—¡Arggg! —dijo mientras intentaba incorporarse de nuevo.

—Hace un minuto dijiste que yo no tenía ninguna posibilidad contra ti.

—Vale, vale… me equivoqué —admitió, riendo.

—Me alegra que lo reconozcas.

—He dicho que me equivoqué, no que hayas ganado —dijo dándose un impulso hacia arriba, aunque él no dejaba de golpearla con el cojín—. ¡Marcos!

Marcos se echó a reír.

—Esto lo has comenzado tú… no provoques.

Un fuerte golpe en la ventana, provocado por el viento, hizo que Marcos mirase en aquella dirección. Olivia aprovechó la distracción para intentar levantarse, pero él volvió a bloquearla y, sin apenas mirarla, la hizo caer de nuevo al suelo con un suave golpe de cojín.

—¡No!

—¡Sí!

—¡Marcos!

—Te lo advertí.

—¡No puedes tenerme aquí toda la tarde! —dijo extendiendo los brazos en el suelo.

—Claro que puedo.

—¡Tengo que trabajar! —dijo ella.

—¿Qué vas a trabajar ahora?

—¡Tengo un documental!

—No tienes casi batería —le recordó—. Así que no mientas —rio dándole con el cojín en la cara.

Olivia apartó el cojín con un golpe y lo miró con los ojos muy abiertos.

—Eso ha sido cruel —rio.

Intentó quitarle el cojín otra vez, pero él la sujetó del brazo y volvió a hacerla caer al suelo. Ella tampoco iba a dejarse ganar tan fácilmente, así que se agarró al cuello de su camiseta térmica para evitar caer del todo.

—Ahhh… ¡Olivia! —dijo, cayendo de nuevo sobre ella.

Marcos aguantó su peso y le estrelló el cojín en la cabeza.

—¡Toma! —dijo riendo.

Ella rio, pero luego consiguió apartarlo, empujándolo hacia un lado y ayudándose incluso de las piernas. Él cayó junto a ella y ambos se quedaron mirando al techo, aunque Marcos todavía sostenía el cojín en la mano.

Olivia tenía la respiración acelerada.

—Ya he hecho suficiente deporte por hoy.

Marcos giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿En serio te has cansado?

—Sí.

—Esto solo es el calentamiento.

Antes de que ella pudiera reaccionar, volvió a darle con el cojín.

Olivia soltó una carcajada.

—¡No! —Otro golpe suave—. ¡Marcos, para! ¡Me rindo!

—Vale, vale —rio él.

Marcos dejó el cojín a un lado y acabó de tumbase correctamente sobre el suelo, mirando el techo.

Olivia todavía estaba riéndose mientras intentaba recuperar el aliento.

—Estás fatal —pronunció ella.

—Tú has empezado… y has perdido.

Ella sonrió.

—Nunca admitiré eso.

Marcos soltó una risa y después ambos se quedaron en silencio.

La tormenta seguía golpeando las paredes del refugio y el fuego crepitaba tranquilamente detrás de ellos.

Olivia permaneció tumbada sobre la manta, mirando el techo de madera. Marcos hizo lo mismo durante unos segundos.

Hasta que, finalmente, giró ligeramente la cabeza y la miró.

Olivia tenía todavía una sonrisa en los labios, las mejillas algo sonrojadas por el esfuerzo y varios mechones de pelo desordenados alrededor del rostro.

Marcos se quedó observándola.

No era solo que fuera preciosa. Había algo en ella que le resultaba difícil de ignorar: aquella manera de reírse de todo, de hablar sin parar, de convertir cualquier situación en algo diferente de lo que él esperaba.

Era un encanto y, por primera vez desde que la había conocido, se permitió reconocerlo sin buscar ninguna otra explicación.