Rescátame por Navidad 16
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Habían pasado un buen rato conversando, saltando de un tema a otro con una facilidad que a Olivia empezaba a resultarle demasiado cómoda. En algún momento, ambos se dieron cuenta de que llevaban bastante tiempo sentados y de que el hambre comenzaba a hacerse notar.

—Creo que deberíamos preparar algo de comer —comentó Marcos mientras se levantaba.

Olivia dejó la taza sobre la mesa.

—Estoy de acuerdo. Empiezo a pensar que podría comerme incluso una de esas barritas energéticas.

Marcos la miró.

—Eso sí que es hambre. Hace un rato dijiste que parecían hechas de cemento.

—He cambiado de opinión.

—Ya veo. —Marcos se acercó al armario y empezó a sacar algunas provisiones—. Tenemos sopa, galletas, frutos secos…

—Chocolate.

—Sí, chocolate también —rio él.

Olivia sonrió.

—Entonces tenemos un menú completo.

—No exactamente.

—Para mí sí.

Marcos puso sobre la mesa un pequeño recipiente y comenzó a preparar la comida.

—¿Qué puedo hacer?

—Puedes preparar la mesa.

Durante unos minutos estuvieron ocupados en silencio, hasta que una ráfaga de viento golpeó de repente las contraventanas.

El estruendo hizo vibrar ligeramente los cristales.

Olivia levantó la cabeza y Marcos continuó con lo que estaba haciendo, aparentemente ajeno a su mirada.

—¿Eso es normal? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Que tiemble todo? —Se giró hacia él.

—Un poco.

Olivia miró hacia la ventana.

—No me gusta.

Marcos levantó la mirada y sonrió ligeramente.

—A mí tampoco me entusiasma.

Ella volvió a concentrarse en buscar por los cajones lo que necesitaban.

—Pensaba que ya había pasado lo peor.

—Todavía queda tormenta para rato —contestó él.

—Ya veo.

Otra ráfaga golpeó el refugio, esta vez mucho más fuerte.

El viento rugió alrededor de las paredes y las contraventanas temblaron con violencia.

Olivia dejó el vaso sobre la mesa.

—Dios mío…

Marcos se giró hacia ella y la miró de la cabeza a los pies.

—¿Estás bien?

Olivia asintió, aunque tenía los ojos clavados en la ventana.

—Sí. —Una nueva ráfaga hizo crujir la estructura y Olivia respiró profundamente—. Bueno… no. —Marcos dejó lo que tenía entre las manos—. Da miedo.

Marcos no dijo nada durante un instante.

—Es normal.

Olivia negó ligeramente con la cabeza.

—No estoy acostumbrada a esto.

—Ya, ya lo sé.

—Ayer, cuando estábamos fuera, todo pasó muy rápido. Estaba preocupada por el rescate, por la cámara, por seguir al grupo… Pero ahora estamos aquí dentro y puedo escucharla. —Miró hacia la ventana—. Y parece que la montaña entera está intentando entrar.

Marcos se acercó a la puerta y comprobó el cierre. Después revisó las contraventanas una por una.

—Está todo bien.

Olivia lo observó.

—¿Seguro?

—Sí, seguro. —Se acercó a una de las ventanas y comprobó que estaba perfectamente cerrada—. Este refugio está construido para este tipo de situaciones. Está preparado para soportar condiciones meteorológicas bastante peores que las que tenemos ahora.

Olivia asintió.

—¿De verdad?

—De verdad.

Marcos regresó junto a ella.

—Mientras permanezcamos aquí dentro, estamos seguros.

Otra ráfaga golpeó el refugio y Olivia dio un respingo.

—¡Joder!  —gritó ella. Marcos la miró de reojo, pero se quedó a su lado—. Perdón, perdón… —susurró.

—No tienes que acostumbrarte de golpe. —Ella lo miró—. Es normal que te impresione.

—Nunca había estado en una tormenta así.

Olivia respiró despacio.

—No tienes de qué preocuparte, de verdad.

Marcos sonrió ligeramente y aquella sonrisa la calmó.

—Vale… —susurró—, gracias.

—Es mi trabajo.

—Ya —Olivia bajó la mirada—. Ayuda verte tranquilo, la verdad.

Él no respondió de inmediato. Se limitó a permanecer a su lado.

Otra ráfaga golpeó las paredes.

Olivia, casi sin darse cuenta, se acercó un poco más a él. Marcos la miró directamente.

—Estamos bien. —Ella asintió—. Y no estás sola.

Olivia levantó los ojos hacia él y, durante unos segundos, no dijo nada. Después sonrió y miró a su alrededor, como si estuviera comprobando que el refugio no fuera a desmoronarse.

—Menos mal que estás aquí —susurró, casi sin darse cuenta.

Olivia se dio cuenta de lo que había dicho y apretó los labios mientras miraba de reojo a Marcos. Él la observaba con curiosidad, pero, después de unos segundos, sonrió y volvió a la mesa.

—La comida se va a enfriar.

Olivia lo siguió.

—Eso sí que sería una tragedia.

—¿Más que la tormenta? —ironizó él.

—Depende de lo que haya para comer.

—Sopa.

—Entonces sí. Hay que salvarla —dijo rápidamente—. Me apetece un montón.

Marcos se echó a reír mientras se sentaban a la mesa.

—Cuando salgamos de aquí —dijo ella —, quiero una pizza.

—¿Otra vez? ¿Qué te pasa con la pizza?

—Me encanta —admitió ella mientras tomaba la cuchara.

Él asintió.

—Ya sabes lo que yo comeré…

—Tortilla de patatas, sin cebolla —recordó ella.

—Por supuesto —la señaló antes de tomar un poco de sopa.

Apenas habían empezado a comer cuando un crujido seco y muchísimo más fuerte que los anteriores atravesó el refugio.

La mesa vibró y el suelo también.

Olivia se levantó de golpe y Marcos hizo lo mismo casi al mismo tiempo.

—¡Marcos!

—Tranquila, tranquila… Vale —dijo, extendiendo una mano hacia ella.

Él ya se estaba moviendo hacia la puerta. Comprobó el cierre, empujó con fuerza para asegurarse de que permanecía bien encajada y después fue hasta la ventana más cercana, revisando las contraventanas y los cierres.

Olivia permaneció de pie junto a la mesa, con el corazón acelerado.

—¿Qué ha sido eso?

—Una racha muy fuerte.

—¿Solo eso?

Marcos volvió a comprobar la ventana.

—Son rachas muy fuertes, pero en principio no hay de qué preocuparse.

Olivia lo miró fijamente.

—¿En principio?

Marcos chasqueó la lengua y se volvió hacia ella.

—No hay por qué preocuparse —dijo, más serio—. El refugio está bien. Siéntate y come.

Olivia negó con la cabeza.

—No.

—¿No?

—Me sentaré cuando te sientes tú.

Marcos suspiró.

—Olivia…

—No pienso comer mientras tú estás comprobando las ventanas cada treinta segundos.

Él la observó unos segundos y, finalmente, señaló la radio.

—Voy a hablar con la base.

—Vale.

Marcos se acercó al aparato, ajustó la frecuencia y pulsó el botón mientras ella se acercaba a él.

—Base, aquí Marcos. ¿Me recibís?

La respuesta llegó entre interferencias.

—Te… recibimos.

—La tormenta está golpeando bastante fuerte el refugio. Tenemos rachas muy intensas y quería confirmar la previsión para las próximas horas.

Hubo unos segundos de estática antes de que llegara la respuesta.

—Se mantienen las rachas fuertes. Según la previsión, continuarán durante… buena parte de la noche y… podrían mantenerse hasta mañana. No hay indicios de una mejoría significativa a corto plazo.

Marcos asintió.

—De acuerdo. Recibido.

—¿Todo bien por allí?

—Sí. El refugio está estable y estamos bien.

—Perfecto. Mantened comunicación.

—Lo haremos.

Marcos soltó el botón y dejó la radio en su sitio.

Olivia lo miraba atentamente, con la respiración acelerada.

—Entonces… ¿pasamos también esta noche aquí?

Marcos asintió.

—Sí, eso parece.

Olivia intentó mantener una expresión completamente normal.

“Perfecto” .

Miró la litera.

“Una noche más” .

Volvió a mirar a Marcos.

“Él arriba” .

Bajó rápidamente los ojos.

“Yo abajo” .

Se mordió el interior de la mejilla.

“Y, evidentemente, mi cerebro ha decidido que lo más apropiado en este momento es imaginar qué pasaría si una de esas literas tuviera ruedas y termináramos durmiendo los dos en la misma” .

Se reprendió inmediatamente.

“Olivia, por favor, hay una tormenta intentando arrancar el refugio de la montaña y tú estás pensando en el hombre que duerme encima de ti” .

Marcos se acercó.

—Venga.

—¿Qué? —dijo, alzando la mirada hacia él.

—A comer.

Olivia lo miró.

—¿Pero es seguro?

—Sí. Son rachas de viento fuertes, pero no vamos a salir volando.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—He estado en tormentas peores.

Olivia lo miró fijamente.

—¿En serio?

Marcos tardó un segundo más de la cuenta en responder.

—Sí, claro.

Ella entornó los ojos.

—Estás mintiendo.

—Eh, eh... —Marcos levantó las manos—. He estado en peores. Cálmate.

—Has tardado demasiado en responder.

—Porque estaba pensando. —Marcos soltó una pequeña risa—. Olivia, aquí estamos bien.

Ella lo observó.

—¿Seguro?

—Seguro.

Marcos señaló la mesa.

—Haremos una cosa.

—¿Qué cosa?

—Vamos a comer y después nos ponemos delante de la chimenea.

—¿Y qué hacemos delante de la chimenea?

Él sonrió.

—Hablar de pizzas y tortillas de patatas.

Olivia no pudo evitar sonreír.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Y puedo intentar convencerte de que la tortilla de patatas necesita cebolla?

—Puedes intentarlo —dijo, encogiéndose de hombros—, pero no lo vas a conseguir.

—Entonces sí.

Marcos asintió.

—Pues venga. A comer.

Olivia volvió a sentarse.

Marcos ocupó su lugar frente a ella.

La comida seguía caliente y el refugio continuaba en pie, pero Olivia todavía tenía el miedo en el cuerpo. Cada nuevo golpe del viento hacía que mirara instintivamente hacia las ventanas.

Marcos, en cambio, comenzó a comer con una tranquilidad que, aunque no consiguió eliminar por completo su miedo, sí logró que poco a poco respirara más despacio. Sin embargo, había una cosa que no conseguía quitarse de la cabeza.

“Una noche más aquí con él” .

Y, por alguna razón que prefería no analizar demasiado, aquella idea le provocaba muchos más nervios de los que debería.

Habían terminado de comer hacía unos quince minutos y Olivia permanecía en la puerta del aseo, mirando el interior. Marcos la observaba enarcando una ceja, pero no decía nada.

—¿No hay ducha?

Él sonrió al escuchar su tono de incredulidad.

—No.

—¿Ni bañera?

—No.

Olivia se giró hacia él y lo miró como si acabara de darle una noticia terrible.

—¿Ni un sitio donde poder asearme un poco?

Marcos señaló el refugio con ambas manos.

—Esto no es un hotel —rio.

—Ya me había dado cuenta.

—Es un refugio de montaña —explicó.

—Eso tampoco se me ha escapado.

—Tiene agua, un lavabo y un baño. Para lo demás…

Dejó la frase en el aire.

Olivia se llevó una mano al pelo.

—Llevo dos días con la misma ropa.

—La ropa térmica se puede cambiar.

—Ya, pero no puedo cambiarme la cara.

Marcos soltó una risa.

—Tu cara está bien —contestó con paciencia.

Olivia lo miró.

—¿Después de dos días aquí?

—Sí.

Ella arqueó una ceja.

—Me he visto en el espejo y no.

—Pues entonces tenemos opiniones diferentes —contestó él, encogiéndose de hombros. Marcos negó con la cabeza, divertido—. Puedes asearte un poco.

—¿Cómo?

—Calentamos agua.

Olivia lo miró.

—¿Agua caliente?

—Sí.

—¿Y luego?

—Cogemos unas toallas y te aseas como puedas.

Ella lo miró durante unos segundos y suspiró.

—Perfecto. He venido a hacer un documental sobre rescates de montaña y voy a salir de aquí convertida en una mujer de las cavernas.

Marcos soltó una carcajada.

—Te aseguro que he visto supervivencias bastante peores.

Olivia volvió a mirar hacia el baño.

—¿Y dónde calientas el agua?

—En la olla.

—¿Y puedo tener suficiente para…? —Se detuvo, buscando una palabra—. Para sentir que sigo siendo una persona civilizada.

Él ladeó su cabeza.

—Creo que sí. Después me daré un baño yo también. No me irá mal.

Olivia suspiró.

—Bueno. Algo es algo.

Marcos se levantó.

—Voy a poner agua a calentar.

—Gracias.

Él pasó junto a ella y, antes de alejarse, la miró de nuevo.

—Y deja de preocuparte tanto por cómo estás.

Olivia frunció el ceño.

—Es fácil decirlo, a ti no se te pone el pelo bufado ni pareces el rey león.

Marcos rio mientras cogía una olla.

—No sabía que necesitábamos estar presentables para sobrevivir a una tormenta —ironizó él. Luego volvió a la pequeña zona donde estaba la chimenea—. Ve preparando tus cosas. En un rato tendrás agua caliente.

Olivia asintió.

—Gracias.

Olivia se quedó observándolo mientras empezaba a preparar la olla. Después, miró de reojo el pequeño espejo del aseo y sonrió para sí misma.

Al menos se sentiría más limpia que ahora, y eso ya era mucho, teniendo en cuenta las condiciones en las que se encontraban.