13
Cuando terminaron de comer, Marcos recogió los vasos y comprobó una vez más la radio.
—Base, aquí Marcos.
La respuesta llegó después de unos segundos.
—Te recibimos.
—Seguimos en el refugio. Todo bien.
—Recibido. El temporal continúa. El equipo está a salvo con Laura y Javier en la base.
Marcos miró a Olivia y ella levantó el pulgar.
—Perfecto.
—Os avisaremos si cambia la situación —le notificaron.
—Gracias.
Marcos apagó la radio y la dejó sobre la mesa.
Olivia se acercó a la litera. Había dos colchones estrechos, uno encima del otro, cubiertos con mantas gruesas.
—Bueno... —Miró a Marcos—, parece que finalmente vamos a pasar aquí la noche.
Él suspiró y asintió.
—Eso parece.
—¿Cuál eliges?
Marcos señaló la litera superior.
—La de arriba.
Olivia abrió mucho los ojos.
—¿En serio? Esperaba que los rescatistas prefirieran dormir abajo.
—¿Por qué? —La miró confundido.
Ella se encogió de hombros.
—Por si hay una emergencia.
Marcos sonrió.
—En ese caso, te aviso desde arriba.
Olivia dejó sus cosas junto al colchón y después miró hacia la chimenea.
El fuego iluminaba la estancia con una luz cálida.
—¿Crees que mañana podremos salir?
Marcos miró hacia las contraventanas.
—No lo sé. Sinceramente, lo veo complicado. —Olivia suspiró y Marcos se sentó un momento en el borde de la litera—. Lo importante es que estamos seguros.
Olivia asintió mientras se sentaba en el borde de la cama y se quitaba las botas.
—Sí.
Se tumbó en el colchón y se metió bajo la manta.
—Ayyy… qué a gustito —susurró, haciéndose un ovillo, lo que provocó que Marcos la mirase divertido. Luego, fue hacia la escalera y subió a la parte de arriba—. Buenas noches, Marcos.
—Buenas noches, Olivia.
Ella sonrió ligeramente al escuchar su nombre.
Marcos apagó la luz y solo quedó el resplandor de la chimenea.
Durante unos minutos, ninguno dijo nada. Solo se escuchaba la tormenta, que seguía golpeando las paredes del refugio. Allí dentro, sin embargo, estaban calientes, secos y juntos.
Olivia cerró los ojos sin pensar en el documental, solo en que, de alguna manera extraña, aquel refugio perdido en mitad de la montaña empezaba a sentirse como el lugar más seguro del mundo.
Sonrió para sí misma.
“Este hombre me ha rescatado de una montaña, ha impedido que el viento me arrastre, me ha sujetado de la mano, me ha agarrado por la cintura, ha comprobado unas veinte veces que estaba bien, ha encendido el fuego, ha conseguido comida y ahora está durmiendo tranquilamente encima de mi cabeza” .
Frunció ligeramente el ceño.
“Y yo estoy aquí abajo, intentando no pensar en que él está ahí arriba” .
Guardó silencio unos segundos.
“Muy profesional, Olivia. Muy profesional” .
Miró hacia la litera superior.
“Además, solo tiene esa mandíbula, esos ojos, esa sonrisa cuando se ríe...” .
Cerró los ojos.
“Basta” .
Se tapó un poco más con la manta.
“Es un rescatista, un compañero de trabajo, un hombre que probablemente mañana volverá a comportarse como si esto hubiera sido una misión más” .
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
“Y tú deberías hacer exactamente lo mismo” .
Se giró hacia la pared.
“Perfecto. Mañana seré una mujer completamente profesional” .
Hizo una pausa.
“Siempre que consiga dejar de pensar en que el rescatista más atractivo que he conocido está durmiendo justo encima de mí” .
Olivia cerró los ojos.
—Estoy fatal —murmuró.
—¿Qué? —preguntó Marcos desde la litera de arriba.
Ella abrió mucho los ojos.
—Nada, que… el tiempo está fatal… —pronunció ella.
—Sí, la tormenta parece cada vez más fuerte —respondió él como si nada—. Intenta dormir un poco y recuperar fuerzas.
—Vale… buenas… buenas noches —susurró.
Cerró los ojos con fuerza y suspiró.
“Perfecto. Magnífico. Ahora, además de pensar cosas absurdas sobre él, voy hablando sola. Enhorabuena, Olivia. Si sobrevives a la tormenta, seguramente sea para morir de vergüenza” .
Se tapó hasta la barbilla.
“Y él ahí arriba, tan tranquilo, diciéndome que duerma, como si no acabara de escucharme decir que estoy fatal. Menos mal que piensa que hablo de la tormenta” .
Abrió un ojo y miró hacia la litera superior.
“Aunque, siendo sinceros, la tormenta tampoco es precisamente el único problema que tengo esta noche” .
Volvió a cerrar los ojos inmediatamente.
“Cállate. Duérmete y, sobre todo, deja de pensar en el hombre que tienes literalmente encima” .
La tormenta había continuado golpeando el refugio durante buena parte de la noche, pero Olivia había conseguido dormir más de lo que esperaba.
Cuando abrió los ojos, durante unos segundos no recordó dónde estaba.
El techo de madera sobre su cabeza no se parecía al del hotel y el sonido constante del viento le resultó extraño, hasta que todo volvió de golpe a su memoria.
La montaña, el rescate, la tormenta… Marcos.
Giró ligeramente la cabeza. La litera superior estaba vacía.
Olivia parpadeó.
—¿Marcos?
Nadie respondió.
Se incorporó despacio y miró alrededor. Él no estaba en la habitación principal.
Se pasó una mano por el pelo y suspiró.
Había dormido con ropa térmica, envuelta en una de las mantas del refugio y, pese a todo, todavía tenía algo de frío.
Escuchó un ruido procedente del pequeño baño y se levantó.
—Perfecto.
Se acercó a la puerta y la abrió.
Marcos acababa de salir del aseo y estaba junto a la chimenea, agachado mientras comprobaba las brasas y colocaba un par de trozos de leña.
Se había levantado hacía bastante rato. Llevaba la camiseta térmica y los pantalones de montaña. Tenía el pelo ligeramente despeinado, algo que Olivia no le había visto todavía.
Él levantó la mirada al escucharla.
—Buenos días.
Olivia se quedó parada unos segundos.
—¿Cuánto llevas despierto? —preguntó, tapándose la boca para ocultar un bostezo.
—Una media hora.
—¿Y no me has despertado?
—Estabas durmiendo.
Dio unos pasos hacia delante.
—¿Qué has estado haciendo?
—Comprobar la chimenea, revisar la radio y mirar cómo está el tiempo.
Olivia miró hacia la ventana. La tormenta seguía rugiendo al otro lado.
—¿Ha mejorado?
Marcos negó con la cabeza.
—No.
—Genial.
Él sonrió ligeramente.
—¿Has dormido bien?
—Sí, bastante.
Él la miró y se cruzó de brazos.
—¿Te duele algo?
Olivia negó con la cabeza.
—No.
Marcos la observó unos segundos.
—Bien.
Ella lo miró.
—¿Qué pasa?
—Nada, estaba comprobando que sigues entera.
Olivia arqueó una ceja.
—Estoy perfectamente.
—No sabes cuánto me alegro.
Ella parpadeó varias veces y luego lo miró, confundida.
—¿Siempre haces una inspección matutina de salud?
—Después de rescatar a alguien en una tormenta, sí.
Olivia asintió y miró de un lado a otro. Se dio la vuelta para coger su bolsa.
—Voy a buscar el baño antes de que alguien tenga que rescatarme otra vez.
—Está ahí —señaló una puerta.
—Gracias.
Olivia entró en el pequeño baño y cerró la puerta. Se miró en el pequeño espejo y resopló.
—Madre mía… —Tenía el pelo completamente aplastado por un lado, varios mechones levantados y la cara ligeramente marcada por la manta—. Perfecto.
Se quedó mirándose durante unos segundos.
—Esto es lo que pasa cuando una decide hacer un documental de montaña. —Suspiró—. Al menos, sigo viva.
Y, desde el otro lado de la puerta, escuchó la voz de Marcos.
—¡Eso es lo importante!
Olivia abrió mucho los ojos y se puso tiesa como un palo. Miró de reojo la puerta.
—¿Me has oído?
—Sí.
Se removió un poco incómoda. Perfecto. Nada de intimidad.
—Estaba hablando conmigo misma.
—Ya me había dado cuenta.
Ella cerró los ojos.
—Estupendo —susurró.
El baño era todavía más pequeño de lo que había imaginado la noche anterior.
Había un pequeño lavabo metálico, un espejo estrecho y un sencillo inodoro seco de montaña. Todo estaba perfectamente limpio, aunque muy lejos de cualquier comodidad de hotel.
Olivia abrió el grifo del pequeño depósito de agua. El agua estaba helada.
—¡Dios!
Se apartó inmediatamente.
—¿Todo bien? —preguntó Marcos.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Qué ha pasado?
—Nada, el agua está helada.
Hubo un breve silencio.
Olivia volvió a acercarse al lavamanos y, esta vez, abrió el grifo lentamente.
Se echó un poco de agua en la cara.
—Vale. Ya estoy despierta.
Se secó con una pequeña toalla que había junto al lavabo y volvió a mirarse en el espejo mientras intentaba arreglarse el pelo con los dedos, aunque no consiguió gran cosa.
—Esto no tiene solución.
Se humedeció las manos y volvió a intentarlo.
—Bueno —Se miró de arriba abajo—, no parece que haya sobrevivido a una tormenta.
Abrió la puerta y observó a Marcos que estaba colocando dos tazas sobre la mesa.
—¿Mejor?
Olivia se llevó una mano al pelo.
—Mi pelo está horrible —pronunció de mala gana.
Marcos la observó durante un segundo.
—Está un poco… —Se quedó callado, buscando una palabra—, desordenado.
Olivia soltó un suspiro.
—Gracias por tu delicadeza.
—No pasa nada —sonrió él.
Olivia se sentó frente a él y Marcos empujó una taza hacia ella.
—Toma.
Olivia la agarró con ambas manos y el calor le reconfortó inmediatamente los dedos.
—¿Qué es?
—Café.
Ella dio un sorbo.
—Esto sí es una buena forma de empezar el día.
Marcos se sentó enfrente.
—¿Mejor?
Olivia asintió.
—Mucho.
Fuera, el viento volvió a golpear las paredes y Olivia miró hacia la ventana. Después, volvió a mirar su taza.
—Bendito café —susurró antes de dar otro sorbo a su taza. Olivia sostuvo la taza entre las manos, dejando que el calor le calentara los dedos—. Al menos hemos podido descansar —comentó—. Después de cómo terminó ayer, pensaba que iba a pasarme toda la noche escuchando la tormenta.
—Se escuchaba bastante —reconoció Marcos.
—Sí, pero aquí dentro se estaba bien.
Marcos asintió.
—El refugio aguanta bastante y la chimenea ha ayudado.
Olivia dio otro sorbo a su café.
—Muchísimo, creo que hacía años que no dormía tan profundamente.
—Eso es bueno. Es por el cansancio de la tormenta.
—Aunque tú te has levantado bastante antes.
—Sí.
—¿Y no has hecho ruido?
Marcos negó con la cabeza.
—Creo que no.
Olivia lo miró con una sonrisa.
—No me he enterado de nada —admitió ella.
—Estabas dormida.
—Ya, pero normalmente me despierta cualquier cosa.
Marcos se apoyó ligeramente contra el respaldo de la silla.
—Yo tampoco te he oído demasiado.
Olivia arqueó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Que has dormido bastante tranquila.
Ella lo miró durante unos segundos.
—¿Eso significa que he roncado? —Marcos se quedó callado demasiado tiempo y Olivia entornó los ojos—. Marcos.
Él intentó contener una sonrisa.
—No he dicho nada.
—Precisamente por eso. ¿He roncado?
Él chasqueó la lengua.
—Un poco.
Olivia puso los ojos como platos.
—¡No ronco!
—Anoche sí.
—¡Eso es imposible!
—Lo he escuchado.
—Sería el viento —se defendió y señaló hacia la ventana.
Marcos soltó una carcajada.
—Conozco muy bien el viento, y el viento no hace ese ruido.
—¿Qué ruido? —preguntó, indignada.
Él se dispuso a imitarla.
—Algo parecido a…
Olivia le lanzó una mirada de advertencia.
—Ni se te ocurra.
Marcos sonrió.
—Solo digo que se escuchaba… un poco —bromeó.
Ella se quedó mirándolo durante varios segundos.
—Qué agradable escuchar eso de buena mañana —dijo antes de dar un sorbo al café. Siguió mirando y resopló—. De acuerdo, supongamos que ronqué.
—Supongamos —contestó él.
—¿Fue muy grave? —preguntó esta vez, más intimidada.
—No. —Negó también con la cabeza.
—¿Seguro?
—Solo lo suficiente para saber que estabas ahí.
Ella lo miró con fingida indignación.
—Esto quedará aquí. No se lo puedes decir a nadie. —Lo señaló con el dedo.
Él rio.
—Claro, tranquila, lo que pasa en el refugio se queda en el refugio.
Le guiñó un ojo con un gesto divertido, provocando que el corazón de Olivia se acelerara.
Ella lo miró durante un segundo, todavía con el dedo levantado.
“Lo que pasa en el refugio se queda en el refugio. Perfecto, porque si seguimos aquí dos días más, con esa sonrisa y ese guiño, no respondo de mí… y mejor no empezar a imaginar qué otras cosas podrían pasar dentro de este refugio” .
Apartó rápidamente la mirada y bebió café.
“Cállate, Olivia. Es un rescatista, un rescatista muy atractivo, sí, pero rescatista, al fin y al cabo. ¡Compórtate!” .
Olivia suspiró y miró hacia el armario.
—¿No hay nada con qué acompañar el café?
—Prefiero restringir un poco la comida. No sabemos cuánto durará la tormenta. Tiene pinta de que aún va a durar bastante.
—Perfecto. Esto se va a convertir en los juegos del hambre.
Él la miró, confundido.
—¿Qué?
—Nada, es solo… que, bueno, estoy acostumbrada a desayunar más —acabó diciendo.
Él la miró divertido.
—La próxima vez que te pierdas, meteré un restaurante entero en mi mochila.
Olivia soltó una carcajada.
—Eso estaría bien… —le dio la razón.
—Aunque la mochila pesaría bastante más.
—Sobre todo si incluyese camareros —bromeó ella.
Él la miró y sonrió antes de darle un sorbo al café.
—Claro, sería un servicio completo de rescate, aunque necesitaría una mochila tan grande que seguramente tendríamos que acabar rescatando a la mochila.
Olivia rio al escuchar aquella ocurrencia y lo señaló.
—Bien pensado… veo que dominas del tema, lo tienes todo controlado.
Él rio también y se quedó mirándola mientras acababa de tomarse el café.
—Claro, por eso soy rescatista.
— Touché —respondió ella.