Rescátame por Navidad 12
55%

12

Olivia se quitó la capucha. Tenía el pelo completamente despeinado, algunos mechones húmedos pegados a la frente y los hombros llenos de nieve. Se los sacudió y miró alrededor.

El interior era sencillo: una pequeña estancia de madera con una mesa, un banco, un par de sillas y una litera pegada a una de las paredes.

En una esquina había una chimenea de piedra y, junto a ella, una pila de leña perfectamente seca. Al otro lado había un armario de madera y varias estanterías.

Olivia abrió mucho los ojos.

—Bueno —Miró a Marcos—, creo que oficialmente me he perdido.

Marcos se quedó mirándola durante un segundo y después negó con la cabeza.

—¿Ahora te das cuenta?

Olivia sonrió.

—No estaba perdida.

—Ah, ¿no?

—Estaba… desorientada.

—Claro.

—Es diferente —bromeó ella.

Marcos resopló mientras se acercaba a la chimenea.

—Como quieras.

Olivia se quitó la mochila, la dejó junto al banco y después miró la litera.

—Tenemos cama.

Marcos se volvió.

—Tenemos dos camas.

Olivia levantó una ceja.

—Eso mejora bastante mi opinión de este sitio.

Él señaló la chimenea.

—Primero vamos a encender el fuego y después comprobaremos el resto.

Olivia asintió.

Marcos abrió el armario. Dentro había varias mantas dobladas, un pequeño botiquín, unas garrafas de agua y una caja de plástico que abrió de inmediato.

—Comida de emergencia.

Olivia se acercó.

—¿Qué hay?

Marcos sacó una barrita energética.

—Esto.

Olivia la miró.

—¿Eso es la cena?

—Es comida.

—¿No hay pizza? —bromeó ella.

Marcos sonrió y negó.

—No, ya veremos qué más hay.

Olivia se acercó a la chimenea.

—Creo que voy a necesitar algo mejor que una barrita después de haber sobrevivido a una montaña.

Marcos levantó la vista.

—Has sobrevivido a una tormenta —la corrigió.

—Eso he dicho.

—No exactamente.

—Déjame exagerar un poco. Me lo he ganado.

Mientras él comenzaba a preparar la chimenea, Olivia volvió a mirar alrededor. Fuera, la tormenta rugía con fuerza. Dentro, por primera vez desde que habían salido de la base, podían respirar tranquilos.

Habían encontrado refugio y, por el momento, eso era lo único que importaba.

Mientras Olivia seguía mirando la pequeña estancia, Marcos se puso manos a la obra.

Lo primero que hizo fue acercarse a la ventana y comprobar que las contraventanas estuvieran bien cerradas. Después revisó la puerta, asegurándose de que el cierre funcionase correctamente y de que no hubiese ninguna entrada de aire importante.

—Por aquí estamos bien —dijo.

Olivia se quitó los guantes y comenzó a frotarse las manos.

—¿Es normal que un refugio tenga todo esto?

—Este es un refugio de emergencia. Tiene que estar preparado para que alguien pueda quedarse aquí si el tiempo impide continuar.

Marcos abrió otro compartimento del armario. Había más mantas, un pequeño botiquín, varias garrafas de agua y una caja con alimentos de larga conservación.

—Tenemos suficiente.

Olivia se acercó.

—¿Para cuánto tiempo?

Marcos revisó rápidamente el contenido.

—De sobra para un par de días.

Olivia lo miró.

—¿Un par de días?

—Si hiciera falta.

—No me gusta cómo suena ese “si hiciera falta”.

Marcos sonrió ligeramente.

—No significa que vayamos a estar aquí un par de días.

—Menos mal.

Él continuó revisando. Encontró una linterna, algunas pilas, cerillas y una pequeña radio de emergencia.

—Esto es importante —dijo con la radio en la mano y se la mostró—. Una radio VHF.

Olivia se acercó.

—¿Funciona?

—Vamos a comprobarlo.

Marcos encendió el aparato y, durante unos segundos, solo se escuchó estática. Después, una voz débil apareció entre las interferencias.

Marcos ajustó el canal.

—Base, aquí Marcos. ¿Me recibís?

La respuesta llegó unos segundos después. Entrecortada, pero llegó.

—Te recibimos, Marcos. Adelante.

Olivia soltó el aire. No se había dado cuenta de que estaba conteniéndolo.

Marcos se acercó la radio.

—Estamos en el refugio de montaña.

—Recibido. ¿Olivia está contigo?

Marcos la miró.

—Sí, está bien.

Olivia levantó una mano.

—Hola.

Marcos la miró, divertido.

—No creo que puedan verte.

—Ya lo sé —pronunció antes de resoplar.

La voz de la radio volvió a escucharse.

—El resto del equipo está con Laura y Javier. Han conseguido llegar al vehículo.

Marcos asintió.

—Perfecto.

—La tormenta está empeorando. No intentéis salir del refugio.

Marcos miró hacia la puerta.

—No pensábamos hacerlo.

—Os mantendremos informados.

—Recibido, gracias.

La comunicación se cortó y Olivia miró a Marcos.

—Entonces saben dónde estamos.

—Sí.

—Y saben que estamos bien.

—Sí.

—Y… ¿no van a venir a buscarnos?

—No hasta que sea seguro —comentó él, mirando el interior del armario de nuevo por si se le había pasado algo.

Olivia asintió.

—Entonces… estamos oficialmente atrapados, ¿no?

Marcos guardó la radio.

—Estamos refugiados, que es distinto.

—Eso suena bastante más elegante.

Él sonrió y miró la chimenea.

—Ahora vamos a calentarnos.

Marcos se arrodilló delante de la chimenea y comenzó a preparar el fuego.

Olivia se acercó con las manos todavía entumecidas.

—¿Necesitas ayuda?

—¿Puedes traerme esos trozos de leña?

Ella cogió dos trozos y se los llevó hasta la chimenea.

Marcos los colocó cuidadosamente y añadió pequeñas ramas secas.

—¿Sabes encender fuego?

—Sí.

—Menos mal —dijo ella, aliviada.

—¿Qué pensabas? ¿Que un rescatista no sabría encender una chimenea? —ironizó.

—No, pensaba que quizá tendrías algún truco secreto.

Él hizo un gesto gracioso.

—Tengo varios.

—¿Y me vas a contar alguno?

—No.

Ella chasqueó la lengua.

—Qué considerado —murmuró.

Marcos encendió una cerilla. La pequeña llama prendió las ramas y, poco a poco, alcanzó la leña.

Olivia observó cómo las llamas comenzaban a crecer. Había algo hipnótico en ellas.

La estancia aún tardaría unos minutos en calentarse, pero el simple hecho de escuchar el crepitar del fuego ya resultaba reconfortante.

Marcos se levantó y la miró de arriba abajo. Después, ladeó la cabeza.

—Quítate la chaqueta.

Olivia lo miró, desconcertada.

—¿Qué?

—Está húmeda —la señaló.

Ella lo miró fijamente unos segundos y luego reaccionó.

—Ah.

Se la quitó y la dejó junto a la chimenea, procurando no acercarla demasiado al fuego.

Marcos hizo lo mismo con la suya.

—Los guantes también —dijo él.

Olivia obedeció y los dejó junto a la chimenea. Después, se sentó en una de las sillas.

—No siento los dedos.

Marcos se sentó enfrente.

—Volverán a calentarse y los volverás a sentir.

—Eso espero.

Él iba controlando el fuego y, de vez en cuando, a Olivia.

—¿Te duele algo?

—No.

—¿Te mareas?

—No.

—¿Tienes mucho frío?

Olivia miró el fuego.

—Cada vez menos, la verdad.

Marcos asintió. Parecía satisfecho con las respuestas.

Olivia lo observó unos segundos.

—¿Siempre haces tantas preguntas?

—Cuando alguien acaba de atravesar una tormenta, sí. Siempre.

Ella sonrió y le mostró los dientes con una mueca divertida.

—Me siento muy cuidada.

Marcos la miró.

—Es mi trabajo.

Olivia asintió y miró de un lado a otro. Nunca había estado en un lugar como aquel.

Hubo unos segundos de silencio en los que solo se escuchaba el viento golpeando con fuerza las paredes del refugio.

Olivia miró hacia la ventana.

—¿Crees que tardará mucho en pasar?

Marcos se levantó y volvió a comprobar la radio.

—No lo sé. La previsión dice que puede durar bastante.

Olivia suspiró y luego apretó los labios.

—Bueno —acabó diciendo.

Miró la chimenea, después la litera y luego a Marcos.

—Por lo menos tenemos dos camas.

Marcos sonrió.

—Eso parece importante para ti.

—Muchísimo.

El fuego comenzó a crecer lentamente, extendiéndose por los troncos secos hasta convertirse en una llama estable que proyectaba sombras sobre las paredes de madera.

Olivia permaneció sentada unos minutos, con las manos extendidas hacia la chimenea.

—Esto es maravilloso.

Marcos se levantó y colocó otro tronco en la chimenea.

—¿El fuego?

—El fuego, el refugio, no estar siendo arrastrada por una tormenta… Cualquiera de las tres cosas me sirve.

Marcos sonrió.

—Me alegra que hayas recuperado el sentido del humor.

—No lo he perdido en ningún momento —le recordó.

—Hace diez minutos estabas gritando y aferrada a mi mano con desesperación —replicó él.

Olivia lo escudriñó.

—Con las condiciones que teníamos ahí fuera… es una reacción perfectamente razonable.

—Por supuesto.

—El viento casi me arrastra.

—Sí, ya… lo noté —comentó, moviendo los troncos de madera con una leve sonrisa en sus labios.

—Así que no veo qué tiene de gracioso.

Marcos levantó una ceja.

—Nada.

Olivia entornó los ojos.

—Te estás riendo.

—Un poco —admitió.

Ella puso su espalda recta.

—No tienes ninguna empatía.

—Tengo bastante.

—Pues no lo parece —le susurró.

Marcos soltó una pequeña carcajada y volvió a concentrarse en el fuego. Poco a poco, el calor comenzó a extenderse por la estancia.

Olivia se quitó el gorro y se pasó las manos por el pelo, intentando arreglarlo, aunque no consiguió gran cosa.

—Estoy horrible.

Marcos la miró.

—Solo estás empapada —respondió, encogiéndose de hombros.

Olivia se levantó y se acercó a la chimenea para dejar los guantes algo más cerca del calor, pero sentía cómo sus piernas aún temblaban, así que decidió volver a sentarse.

El silencio que siguió fue agradable.

La tormenta seguía rugiendo con una fuerza que hacía vibrar ligeramente las contraventanas, pero dentro del refugio el ambiente había cambiado por completo.

Había calor, luz y tranquilidad.

Por primera vez en horas, no tenía que pensar en caminar, grabar, proteger el equipo o no perder de vista al grupo. Podía, simplemente, sentarse.

Marcos volvió a comprobar la chimenea y se giró hacia ella.

—¿Mejor?

Olivia extendió las manos hacia el fuego.

—Mucho mejor, gracias.

Él asintió.

—De nada.

Olivia lo observó durante un instante.

—Has hecho esto muchas veces, ¿verdad?

—¿Refugiarme?

—Resolver situaciones complicadas.

Marcos se encogió de hombros.

—Alguna que otra —respondió, sin darle mayor importancia.

—Yo no —dijo, pensativa.

Él enarcó una ceja.

—¿No me digas? No me había dado cuenta.

Ella terminó riéndose y ambos parecieron olvidarse durante unos minutos de la tormenta que rugía al otro lado de las paredes.

Cuando el fuego estuvo suficientemente fuerte, Marcos se levantó para comprobar de nuevo la puerta. Todo seguía cerrado. Después, volvió a concentrarse en el GPS.

Olivia lo observó desde la silla.

—¿Qué haces?

—Comprobar nuestra posición.

—¿A cuánto estaba de donde dejaste el grupo? —preguntó con interés.

—A unos trescientos metros.

Ella pestañeó varias veces.

—Entonces… no estaba tan lejos.

Marcos levantó la mirada.

—¿De qué?

—De donde estaba el grupo.

Él la miró durante unos segundos.

—Olivia…

Ella sonrió.

—¿Qué?

—Estabas perdida.

Ella enarcó una ceja, bromeando.

—No estaba perdida.

—Sí lo estabas.

—No.

Marcos dejó el GPS sobre la mesa.

—Estabas a unos trescientos metros del grupo —recordó.

Olivia abrió los ojos.

—Solo trescientos…

—Sí, solo trescientos —ironizó él esta vez. Marcos la miró fijamente—. ¿Cómo llamas tú a estar a trescientos metros de un grupo de rescate en mitad de una tormenta sin saber dónde estás?

Olivia se quedó pensativa.

—Una pequeña desviación profesional.

Marcos carraspeó y acabó negando con la cabeza.

—Me alegra que sigas conservando el buen humor.

Ella asintió mientras Marcos volvía a mirar hacia la ventana.

—Primero tendremos que sobrevivir a la cena.

Olivia se llevó una mano al pecho.

—¿Tan mala es la comida?

—No lo sé, podemos comprobarlo.

Olivia se levantó.

—De acuerdo.

Marcos se acercó a la caja de provisiones y la abrió. Después, fue sacando los alimentos uno a uno y colocándolos sobre la mesa.

Olivia se inclinó para mirar.

—¿Barritas?

—Sí, y frutos secos, galletas, chocolate… —fue enumerando.

Marcos levantó una tableta de chocolate y los ojos de Olivia se iluminaron.

—Esto ya cambia las cosas.

—¿El chocolate?

—El chocolate siempre cambia las cosas.

Marcos dejó la tableta de chocolate sobre la mesa.

—Hay también sobres de sopa.

Olivia levantó uno.

—Esto me gusta más. Algo caliente… mmm…

Marcos asintió.

—Podemos calentar agua. —Fue hacia el armario y encontró un pequeño hornillo de emergencia y comprobó que funcionara correctamente—. Tenemos esto.

—Perfecto. —Olivia se sentó en una de las sillas mientras él preparaba el agua—. ¿Sabes? Cuando imaginé hacer un documental sobre rescates de montaña, nunca pensé que terminaría cenando sopa de sobre en un refugio perdido en mitad de una tormenta.

—Técnicamente no estás perdida —le recordó él con ironía.

Olivia lo miró.

—Claro, oficialmente estoy refugiada —continuó ella con la broma.

—Eso sí —la señaló él.

El agua comenzó a calentarse y Olivia apoyó los codos sobre la mesa.

—¿Y qué cena un rescatista normalmente después de un día como este?

—Lo que haya. Ahora mismo estoy que me como las paredes —admitió Marcos—. Lo que haya está bien.

—Claro.

Él sirvió el agua en los vasos y el aroma de la sopa llenó poco a poco la estancia.

Olivia tomó el suyo entre las manos y disfrutó del calor que emanaba el vaso.

—Esto está muchísimo mejor —dijo con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación.

—Todavía no la has probado.

—Huele bien —contestó, abriendo los ojos.

—Eso no garantiza nada.

Olivia probó un poco y se quedó pensativa.

—No está mal. —Él enarcó una ceja—. ¿Qué? Yo también tengo hambre.

Marcos se sentó frente a ella y durante unos minutos comieron en silencio.

Olivia partió un trozo de chocolate y sonrió.

—¿Ves? El chocolate arregla cualquier situación.

Él cogió la tableta y también partió un trozo.

—No exageremos —bromeó antes de meterse el trozo de chocolate en la boca.