11
Durante los primeros minutos, Olivia no se preocupó demasiado.
Había perdido de vista al grupo, sí, pero estaba convencida de que se encontraba unos metros por delante. La nieve caía con fuerza y el viento había reducido considerablemente la visibilidad, pero eso no significaba que se hubiera perdido de verdad. Solo tenía que avanzar.
Sergio y Paula tenían que estar allí delante.
—¡Sergio! —Esperó en silencio—. ¡Paula!
Solo respondió el viento.
Olivia frunció el ceño y siguió caminando.
La nieve se acumulaba sobre sus botas y cada paso requería un poco más de esfuerzo. Se ajustó la capucha y continuó en la misma dirección, intentando recordar dónde había visto al grupo por última vez.
Había sido justo después de aquella ráfaga.
Sergio estaba delante junto con Paula y Marcos…
Olivia se detuvo un instante.
No, no iba a ponerse nerviosa. Probablemente estaban a pocos metros.
Volvió a caminar.
—¡Sergio!
Miró hacia atrás. La montaña había desaparecido. No veía el camino por el que acababa de llegar ni los árboles que había dejado atrás. Solo una pared de nieve que parecía moverse delante de ella.
Sacó el teléfono, pero estaba sin cobertura.
—Perfecto.
Lo guardó de nuevo. No tenía sentido gastar batería intentando llamar.
Volvió a mirar hacia delante.
—Están ahí. —Se lo dijo en voz alta, como si necesitara convencerse—. Están ahí.
Dio unos pasos más cuando llegó una ráfaga distinta a las anteriores. El viento golpeó la montaña con una fuerza brutal y, antes de que Olivia pudiera reaccionar, una masa de nieve la golpeó de lado.
—¡Ah!
Perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Después, quedó completamente tendida sobre la nieve.
Intentó incorporarse, pero otra ráfaga la empujó hacia atrás.
La nieve se metió bajo su chaqueta y el viento tiró de ella como si quisiera arrastrarla por la pendiente.
Olivia clavó las manos en el suelo.
—¡No! —Intentó agarrarse a algo, pero no había nada a mano, solo nieve. El viento volvió a golpearla y, durante unos segundos, tuvo la sensación real de que iba a salir despedida montaña abajo—. ¡Voy a morir! —La frase salió de su boca antes de que pudiera evitarlo—. ¡Voy a morir aquí!
Se quedó unos segundos aferrada como pudo al suelo, respirando con dificultad.
El corazón le golpeaba con fuerza.
No, no iba a morir. No podía morir. Tenía veintiséis años, tenía un documental a medio terminar y trescientas cosas pendientes y, sobre todo, no podía imaginarse la cara de su madre cuando tuvieran que explicarle que había terminado perdida en una montaña por quedarse mirando una cámara.
Intentó incorporarse y esta vez consiguió ponerse de rodillas. Luego, a poco a poco, consiguió ponerse de pie.
Miró alrededor, pero no podía ver nada. La tormenta había borrado cualquier referencia. Entonces, recordó algo.
Las palabras de Marcos eran claras: “Si os perdéis, no sigáis caminando sin saber dónde estáis” .
Olivia cerró los ojos un instante.
Claro, claro que sí.
—Qué lista eres, Olivia —se reprendió a sí misma—. Te lo explicó perfectamente.
No debía seguir avanzando. Tenía que quedarse donde estaba. Pero ¿dónde estaba?
Miró a su alrededor. No tenía cobertura, no podía ver al grupo, no sabía exactamente dónde estaba y, sin embargo, si ellos también estaban buscándola, lo más lógico era que permaneciera quieta.
Retrocedió hasta apoyarse contra un árbol.
Se aseguró de que la mochila estuviera bien cerrada y se abrazó a sí misma.
El viento seguía golpeándola con fuerza.
—Vale —respiró profundamente—. No pasa nada. —Otra ráfaga hizo temblar las ramas sobre su cabeza—. Bueno… pasa bastante.
Cerró los ojos y entonces creyó escuchar algo.
Al principio pensó que era el viento, pero volvió a escucharlo.
Una voz, muy lejana.
—¡Olivia!
Abrió los ojos.
—¿Marcos?
Esperó.
—¡Olivia!
Esta vez lo escuchó con claridad. Era él.
Olivia se apartó del árbol.
—¡Marcos! —El viento se llevó su voz—. ¡Marcos!
No sabía desde dónde había llegado su voz, así que giró sobre sí misma.
—¡Estoy aquí!
Esperó, pero nada.
—¡Olivia!
Parecía más cerca.
—¡Marcos!
—¡No te muevas! —Olivia se quedó inmóvil—. ¡Solo dime dónde estás!
Ella miró alrededor.
—¡No lo sé!
—¡No importa! ¡Quédate quieta!
Otra ráfaga golpeó la montaña y Olivia se abrazó a sí misma.
—¡Estoy junto a un árbol!
—¡¿Puedes ver algo más?!
—¡No!
—¡No te muevas!
Ella cerró los ojos.
—¡De acuerdo!
El viento volvió a rugir y, durante unos segundos, no escuchó nada.
—¡Marcos!
—¡Aquí! —Su voz estaba más cerca y Olivia sintió que el alivio le aflojaba las piernas—. ¡Sigue hablando!
—¡Estoy aquí! ¡Aquí!
Ella permaneció quieta.
Cada pocos segundos escuchaba su voz, cada vez más próxima.
—¡Olivia!
—¡Aquí!
—¡No te muevas!
—¡No me muevo!
—¡Solo di mi nombre!
Olivia casi soltó una carcajada nerviosa.
—¡Marcos!
—¡Otra vez!
—¡Marcos!
Una silueta apareció entre la nieve.
Al principio apenas era una sombra. Después, se hizo más definida.
Olivia sintió que todo el cuerpo se le relajaba de golpe.
Él avanzó hacia ella con dificultad, inclinándose contra el viento, hasta llegar finalmente a su lado.
—¿Estás bien?
Olivia asintió rápidamente.
—Sí.
Marcos la miró de arriba abajo.
—¿Te has hecho daño?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Él respiró profundamente, aparentemente aliviado, y después la miró con una mezcla de preocupación y reproche.
—Te dije que no te separaras.
Olivia bajó la mirada.
—Lo sé. —Ella levantó ligeramente las manos—. La cámara… se me enganchó la correa.
Él cerró los ojos un segundo.
—Algún día voy a confiscarte esa cámara.
Olivia, a pesar del frío, no pudo evitar sonreír.
—¿Eso significa que vas a volver a llamarme documentalista?
Marcos la miró y, por primera vez desde que la había encontrado, sonrió ligeramente.
—Eso significa que vas a dejar de darme trabajo, Olivia.
Ella lo miró sorprendida al escuchar su nombre.
Olivia. No documentalista. Olivia. Pero, antes de que pudiera pensar demasiado en ello, otra ráfaga golpeó la montaña.
Marcos se volvió inmediatamente hacia el viento.
—Tenemos que volver con el grupo. —Olivia asintió—. Quédate conmigo.
—No pienso separarme.
—Bien.
Marcos se colocó delante de ella para protegerla parcialmente del viento y comenzó a abrirse paso entre la nieve.
Olivia lo siguió de cerca. Esta vez no pensaba perderlo de vista por nada del mundo.
Marcos avanzó unos metros más antes de detenerse.
La nieve golpeaba con tanta fuerza que apenas podía distinguir los árboles que tenía delante.
El viento se había convertido en una sucesión de ráfagas violentas que obligaban a inclinar el cuerpo para poder mantenerse en pie y, aunque sabía exactamente hacia dónde debían dirigirse para recuperar el camino del todoterreno, la situación estaba dejando de ser segura.
Sacó el GPS y protegió la pantalla con una mano. El punto donde habían dejado el vehículo seguía marcado. Casi cuatro kilómetros. Demasiado.
Volvió a consultar el mapa donde había otra señal: un pequeño refugio de montaña.
Se encontraba a unos seiscientos metros de donde estaban.
Marcos amplió la pantalla para comprobarlo. El refugio seguía apareciendo en el dispositivo. Eso era lo que necesitaban.
Guardó el GPS y miró a Olivia.
—No vamos a llegar al coche.
Olivia, que se había quedado junto a él para protegerse parcialmente del viento, abrió los ojos.
—¿No?
Marcos negó.
—La visibilidad está empeorando demasiado y todavía nos quedan casi cuatro kilómetros.
Olivia miró hacia delante. No se veía absolutamente nada.
—Vale… ¿y qué hacemos? —gritó para hacerse oír por encima del viento.
Marcos volvió a sacar el GPS.
—Hay un refugio de montaña a unos seiscientos metros.
—¿Seiscientos? —Olivia miró alrededor—. ¡No se ve nada!
—Yo tampoco veo nada, y la tormenta va a empeorar más…
Olivia lo miró.
—Eso no me tranquiliza.
Marcos esbozó una sonrisa breve.
—Hay que ponerse a salvo. —Marcos guardó de nuevo el dispositivo—. Vamos a ir allí.
Olivia asintió.
—De acuerdo.
Él la miró durante un instante.
—Y esta vez no te separes.
Olivia levantó una ceja.
—No pensaba hacerlo.
Marcos señaló la tormenta.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
—Bien.
Marcos se giró hacia la dirección que indicaba el GPS.
—Vamos.
Olivia lo siguió. Los primeros metros fueron relativamente fáciles. Después, dejaron de serlo.
El viento golpeaba de frente y la nieve se acumulaba rápidamente sobre sus botas.
Marcos avanzaba delante, comprobando cada pocos pasos el GPS para asegurarse de mantener la dirección correcta.
Olivia caminaba detrás de él, intentando seguir exactamente sus pisadas.
No podía ver más allá de unos pocos metros.
Todo era blanco: el suelo, los árboles, el cielo… La montaña había desaparecido por completo.
—¿Cuánto falta? —preguntó Olivia.
Marcos miró el GPS y se giró.
—Quinientos metros.
Continuaron caminando cuando una ráfaga hizo que Olivia perdiera el equilibrio durante un instante, cayendo sobre la nieve.
Marcos se volvió inmediatamente.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió mientras intentaba ponerse en pie, pero era difícil con tanta nieve y el viento soplando con tanta fuerza.
—Agárrate —dijo Marcos mientras le tendía la mano.
Olivia la miró durante un segundo antes de cogerla.
Los dedos de Marcos estaban cubiertos por los guantes, pero aun así Olivia sintió la firmeza con la que la sujetaba.
—Así es más fácil —dijo él.
—Sí.
Continuaron caminando sin que Marcos soltase su mano.
En aquellas condiciones, perder el equilibrio podía significar caer sobre la nieve y ser arrastrado unos metros por el viento.
Olivia intentaba concentrarse en caminar, pero el viento no se lo ponía nada fácil. Cada vez era más difícil dar un simple paso.
Otra ráfaga golpeó de lado.
Él se giró justo a tiempo y la agarró por la cintura antes de que cayera.
Olivia chocó contra él y, durante un instante, quedó completamente pegada a su cuerpo.
Marcos mantuvo un brazo alrededor de su cintura.
—¿Estás bien? —gritó frente a su rostro.
Olivia levantó la cabeza y asintió. Lo tenía justo delante y, sin embargo, el viento era tan fuerte que apenas podía escucharlo.
—Sí.
Él esperó hasta comprobar que recuperaba el equilibrio del todo. Después, la soltó lentamente de la cintura.
—No te sueltes —dijo, tomándole la mano de nuevo.
Ella asintió antes de comenzar a caminar.
El GPS indicaba cuatrocientos metros hasta el refugio, pero aquellos cuatrocientos metros parecían interminables.
Una nueva ráfaga hizo que Marcos se inclinara hacia delante para protegerse. Olivia hizo lo mismo.
—Esto no parece una tormenta normal —gritó Olivia.
—No, no lo es.
—¿Y tú estás tranquilo?
—No.
Olivia lo miró, sorprendida.
—¿No? Pues qué bien —ironizó.
Marcos negó con la cabeza.
—Estoy concentrado.
Olivia asintió.
—Vale, eso es diferente.
Otra ráfaga y Marcos volvió a sujetarla por el brazo.
—¡Vamos a caminar despacio! —le gritó—. Cógeme fuerte de la mano.
—Lo estoy intentando.
Siguieron avanzando mientras el GPS marcaba cada vez menos distancia.
No sabía cuánto tiempo llevaban avanzando, pero a Olivia se le estaba haciendo eterno. Hasta que Marcos se detuvo y miró de un lado a otro.
Olivia levantó la mirada. No veía nada.
—¿Seguro que está ahí el refugio?
Marcos comprobó la pantalla.
—Sí
—Ahora mismo me conformo con una caja de cartón.
Él sonrió.
—No creo que haya cajas de cartón.
Los últimos doscientos metros fueron los más difíciles.
El GPS seguía marcando que estaban cerca, pero el refugio no aparecía por ninguna parte.
Marcos caminaba unos pasos por delante, con una mano protegiendo la pantalla del GPS y la otra libre para poder sujetar a Olivia cuando alguna ráfaga hacía que el terreno se volviera inestable.
—Ciento cincuenta metros —dijo.
Olivia respiró profundamente y asintió.
La nieve les llegaba ya casi hasta media pantorrilla y cada paso exigía un esfuerzo considerable. El viento no dejaba de rugir y, en algunos momentos, Olivia tenía que cerrar los ojos porque los copos le golpeaban directamente la cara.
Marcos levantó una mano.
—Espera.
Se detuvo y Olivia se colocó detrás de él.
—¿Qué pasa?
Marcos miró alrededor y después consultó el GPS.
—Estamos prácticamente encima.
—¿Y dónde está?
—Debería estar…
Se quedó callado y levantó la cabeza. Entre la nieve apareció una sombra.
Al principio era apenas una mancha oscura. Marcos entornó los ojos y señaló hacia delante.
—Ahí está.
Olivia siguió la dirección de su mirada.
La sombra comenzó a definirse a medida que avanzaban.
Primero distinguieron un tejado cubierto de nieve. Después, una pared de madera y, finalmente, una pequeña construcción que parecía surgir de la propia montaña.
Olivia soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Dios mío.
Marcos sonrió.
—Ya lo tenemos.
—Pensaba que el GPS nos estaba tomando el pelo.
—El GPS no suele hacer bromas.
Se acercaron, inclinándose hacia delante para cubrirse de las potentes rachas de viento y nieve.
El refugio era pequeño, construido en piedra en la parte inferior y de madera oscura en la superior. Tenía un tejado inclinado, completamente cubierto de nieve, y una pequeña ventana protegida por contraventanas de madera que apenas podía distinguirse bajo la acumulación de nieve.
Marcos llegó primero a la puerta, retiró con el guante parte de la nieve acumulada sobre ella y probó el pomo.
No se movió. Lo intentó de nuevo y, esta vez, cedió.
—Está abierto.
Olivia sonrió.
—Nunca me había alegrado tanto de ver una puerta.
Marcos abrió y una ráfaga levantó nieve a su alrededor.
—Entra.
Olivia no necesitó que se lo repitiera.
Pasó rápidamente al interior. Marcos entró detrás de ella y cerró la puerta con fuerza. Durante unos segundos, ambos permanecieron quietos.
El ruido de la tormenta seguía escuchándose al otro lado. Dentro, el cambio era inmediato. Ya no estaban expuestos al viento ni a la nieve que les golpeaba la cara.
Estaban a salvo. Al menos, de momento.
Olivia respiró profundamente.
—No puedo creer que lo hayamos encontrado.
Marcos comprobó el cierre de la puerta.
—Está en buen estado. —Después, miró alrededor—. Vamos a comprobarlo todo.