10 #2
Olivia abrió su mochila.
—Podemos aprovechar para protegerlas mejor.
Mientras hablaban, uno de los rescatistas comprobó de nuevo el estado de Laura.
—¿Cómo estás?
—Bien.
—¿Sigues teniendo sensibilidad en las manos?
Laura movió los dedos.
—Sí.
—¿Y los pies?
—También.
Marcos observó la escena y asintió.
—Perfecto.
Después miró a todo el grupo.
—¿Alguien necesita algo? —Nadie respondió—. Bien, dos minutos más y seguimos.
Olivia levantó la cámara y grabó unos segundos.
El plano mostraba a los rescatistas alrededor de Laura y Javier, comprobando que estuvieran bien antes de continuar.
Después enfocó a Marcos. Él estaba de espaldas, mirando hacia la montaña. No parecía relajado, consultaba periódicamente el dispositivo meteorológico y después levantaba la mirada hacia el cielo.
Olivia bajó la cámara.
La tormenta estaba avanzando más rápido de lo esperado.
—Nos movemos —ordenó Marcos.
Todos volvieron a ponerse las mochilas.
Laura se ajustó la manta térmica alrededor del cuerpo y el grupo retomó el descenso.
No habían recorrido ni trescientos metros cuando el viento cambió.
Primero llegó una ráfaga, después otra que les hizo detenerse y, de repente, una corriente de aire mucho más fuerte atravesó el bosque.
La nieve comenzó a caer casi horizontalmente.
—¡Alto! —gritó Marcos.
Todos se detuvieron. La visibilidad desapareció en cuestión de segundos.
Olivia apenas podía distinguir a Sergio, que estaba a menos de dos metros delante de ella.
—¡Todos juntos! —ordenó Marcos.
Los rescatistas se reagruparon inmediatamente.
Uno de ellos se colocó junto a Laura y otro junto a Javier. Los demás formaron una línea cerrada alrededor del grupo.
Olivia agarró con fuerza la correa de su mochila.
El viento silbaba entre los árboles y la nieve golpeaba su cara con tanta fuerza que tuvo que bajar la cabeza.
Sergio se acercó hasta quedar prácticamente a su lado.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te separes.
—No.
Marcos comprobó uno por uno que todos estuvieran donde debían.
—¿Laura?
—Aquí.
—¿Javier?
—Aquí.
—¿Sergio?
—Aquí.
—¿Paula?
—Aquí.
Buscó a Olivia.
—¿Olivia?
—Aquí.
Marcos asintió.
—Bien.
Se mantuvieron quietos mientras la tormenta rugía a su alrededor.
Durante unos segundos, nadie habló. Solo se escuchaba el viento.
Olivia intentó mirar hacia delante, pero no conseguía distinguir prácticamente nada.
Aquello era completamente diferente a la nevada que habían encontrado durante la subida.
Ya no era simplemente frío. Era una auténtica tormenta.
Marcos consultó rápidamente el GPS y después miró a sus compañeros.
—Esperaremos a que pase esta ráfaga.
Uno de los rescatistas levantó la voz.
—¿Cuánto?
—Lo que haga falta.
Olivia sintió que el corazón comenzaba a acelerársele.
Todavía no estaba asustada, pero, por primera vez desde que habían salido del vehículo, comprendió que podían encontrarse en una situación realmente complicada.
Marcos volvió a comprobar que todos estuvieran juntos y después levantó la vista hacia la montaña.
La ráfaga comenzó a disminuir.
—Preparados. —Los rescatistas ajustaron sus mochilas—. En cuanto abra un poco la visibilidad, seguimos.
Olivia respiró profundamente.
La nieve seguía cayendo y, aunque todavía tenían el camino de regreso delante, la montaña acababa de demostrarles que ya no estaba dispuesta a ponérselo fácil.
La ráfaga fue perdiendo intensidad poco a poco.
Primero desapareció el silbido más fuerte del viento y, poco a poco, las formas de los árboles comenzaron a distinguirse de nuevo entre la cortina de nieve.
Marcos esperó unos segundos más antes de hacer una señal.
—Ahora.
El grupo volvió a ponerse en movimiento. Esta vez la formación era más cerrada: los rescatistas avanzaban alrededor de Laura y Javier, procurando que ninguno de los dos quedara expuesto demasiado tiempo al viento, mientras Sergio y Paula seguían detrás.
Olivia caminaba junto a ellos con la mochila bien ajustada. Había guardado la cámara dentro de la funda impermeable. Por el momento, no tenía sentido arriesgar el equipo. Además, las condiciones empezaban a exigir toda su atención.
El camino de descenso apenas se distinguía ya. Los rescatistas consultaban continuamente el GPS y se guiaban por las referencias del terreno.
Marcos iba unos metros por delante y, de vez en cuando, se detenía para comprobar la dirección y esperaba a que todos lo alcanzaran.
La nieve llegaba ya por encima de los tobillos y, en algunos puntos, se acumulaba mucho más, provocando que cada paso requiriera un esfuerzo extra.
Olivia respiró profundamente y siguió caminando.
El descenso siguió durante varios minutos.
El viento iba y venía. A veces, podían caminar con relativa facilidad y, de repente, una ráfaga les obligaba a reducir el paso o incluso a detenerse por completo.
Olivia volvió a sacar la cámara. La llevaba protegida bajo la capa impermeable y había conseguido grabar algunos planos cortos del grupo avanzando entre la nieve.
Quería conservar imágenes del regreso y aquella tormenta que estaban atravesando durante el rescate era demasiado impactante como para no grabarla.
Todavía no sabía si alguna de aquellas imágenes acabaría entrando en el documental, pero sí tenía la certeza de que aquel momento era importante.
Grabó a Laura y a Javier caminando entre los rescatistas, después enfocó a Marcos consultando el GPS y, finalmente, giró la cámara hacia la montaña.
Durante unos segundos consiguió una imagen espectacular de los árboles desapareciendo entre la nieve.
—Perfecto —murmuró.
Bajó la cámara y, en ese momento, se dio cuenta de que Sergio y Paula estaban unos metros más adelante.
No era mucho, quizá veinte o treinta metros.
Aceleró el paso cuando la correa de la cámara se enganchó con la mochila.
—Mierda —susurró.
Se detuvo, soltó la correa y comprobó que el equipo estuviera bien. Por suerte, todo parecía intacto.
Volvió a levantar la cabeza y empezó a caminar hacia el grupo entre los árboles. Entonces, el viento volvió a levantarse, esta vez con una fuerza brutal.
La nieve se levantó delante de ella y durante unos segundos tuvo que cerrar los ojos. Se cubrió la cara con el brazo mientras el viento silbaba con fuerza y la fuerte corriente amenazaba con echarla hacia atrás.
Esperó, tal y como siempre hacían, hasta que la corriente de aire desapareció poco a poco y, cuando volvió a mirar…
Ahí no había nadie. El grupo no estaba.
No estaban Sergio, Paula ni ninguno de los rescatistas. No había nada, excepto nieve.
Olivia se quedó inmóvil.
—¿Sergio? —gritó. No obtuvo respuesta y miró hacia delante—. ¿Paula? —gritó de nuevo.
El viento volvió a rugir y tuvo que taparse de nuevo la cara mientras la nieve la golpeaba con fuerza.
Cuando la ráfaga acabó, dio unos pasos hacia delante.
—¡Sergio! —gritó de nuevo.
Nada. No se escuchaba nada.
Sacó el teléfono rápidamente, pero no tenía señal.
Resopló y guardó el móvil. Miró hacia donde creía que había visto desaparecer al grupo.
—Están ahí —se dijo, intentando no entrar en pánico.
Tenían que estarlo. Solo habían pasado unos segundos.
Olivia comenzó a caminar. No podía haberse alejado tanto, pero, después de unos metros, la nieve volvió a cerrarse delante de ella y la montaña quedó completamente en silencio.
Marcos avanzaba unos metros por delante de los demás, concentrado en el GPS y en encontrar la referencia que les permitiría recuperar la pista forestal. El viento había vuelto a aumentar, aunque todavía podían mantener el descenso.
—Por aquí —indicó, señalando una zona entre los árboles.
El resto del grupo comenzó a seguirlo.
Laura y Javier avanzaban en el centro, acompañados por dos rescatistas, mientras Sergio y Paula iban unos metros por detrás.
Marcos miró hacia atrás por costumbre, hizo una comprobación rápida y contó.
Laura, Javier, dos compañeros, Sergio, Paula… Frunció el ceño y volvió a mirar.
Faltaba alguien.
—¿Olivia?
Sergio se giró inmediatamente y miró asustado de un lado a otro.
—Estaba detrás de mí —dijo rápidamente.
—¿Dónde?
Sergio siguió mirando rápidamente a su espalda.
La nieve caía con tanta fuerza que apenas podía distinguir nada a unos metros de distancia.
—Ahí… creo.
Marcos siguió la dirección de su mirada, pero no se veía nada.
—¿Hace cuánto que no la ves?
—No sé, dos minutos, quizá.
Marcos permaneció inmóvil.
Dos minutos.
En aquellas condiciones, veinte segundos podían ser suficientes para que alguien quedara fuera de la vista.
Uno de los rescatistas se acercó.
—¿Qué ocurre?
Marcos señaló hacia atrás.
—Falta Olivia.
El hombre miró en la misma dirección.
—¿Está muy lejos?
—No debería, hace dos minutos que no la ven, aproximadamente.
Marcos se acercó a Sergio caminando nervioso.
—¿La has visto después de la última ráfaga?
—No.
—¿Y tú, Paula?
Paula asintió.
—Sí, la vi detrás cuando empezó el viento, pero después dejé de verla.
Marcos cerró un instante los ojos. No había margen para perder tiempo, pues la tormenta cada vez era peor.
—Seguid adelante —le dijo a su compañero.
Uno de sus compañeros lo miró.
—¿Te esperamos?
Marcos miró a Javier y a Laura.
—No —dijo, acercándose a su compañero—. La tormenta va a peor, llévalos hasta el coche. Nos vemos allí. Voy a buscarla.
—De acuerdo —dijo su compañero.
Marcos se internó de nuevo entre la nieve, alejándose a cada paso un poco más del grupo.
El viento golpeaba con fuerza y la visibilidad empeoraba por momentos.
Marcos avanzaba despacio, mirando el suelo, los árboles y cualquier rastro que pudiera indicar por dónde había pasado Olivia.
—¡Olivia!
Esperó, pero no escuchó respuesta.
—¡Olivia!
Esta vez creyó escuchar algo. Se detuvo, agudizó el oído… pero nada. Solo viento.
Marcos se giró y ya ni siquiera podía ver al grupo. Observó el manto blanco de nieve que cubría el suelo. Una ráfaga de viento lo hizo retroceder, pero consiguió mantener el equilibrio. Levantó la mirada y aceleró el paso.
—¡Olivia! —gritó de nuevo.
La situación empezaba a complicarse de verdad.