9 #3
Laura tenía las piernas recogidas contra el pecho y los brazos cruzados alrededor de ellas, intentando conservar el calor.
Sobre los hombros llevaba una manta térmica arrugada que le cubría buena parte del cuerpo.
Su chaqueta de montaña estaba completamente cubierta de pequeñas partículas de nieve que se habían derretido y vuelto a congelar en algunos puntos, y el pantalón estaba húmedo desde las rodillas hacia abajo.
Tenía el rostro muy pálido, salvo por las mejillas, que presentaban un tono rojizo provocado por el frío.
Los labios estaban ligeramente amoratados y le temblaban de manera casi imperceptible.
El pelo, probablemente húmedo por la nieve, estaba apelmazado en algunos mechones que se le pegaban a la frente y a las sienes.
Sus guantes estaban puestos, aunque uno de ellos tenía una pequeña zona desgastada en la palma.
A su lado, Javier estaba sentado con la espalda apoyada contra la roca y las piernas extendidas parcialmente delante de él. También llevaba una manta térmica sobre los hombros, aunque una parte había resbalado hasta quedar alrededor de su cintura.
Su aspecto era igualmente agotado.
Tenía la piel pálida, los labios ligeramente morados y una fina capa de hielo alrededor de la barba. La chaqueta estaba húmeda y tenía restos de nieve acumulados sobre los hombros. Sus pantalones presentaban una mancha oscura de humedad desde las rodillas hasta los tobillos.
Ninguno de los dos parecía gravemente herido, pero llevaban demasiadas horas expuestos al frío y eso se notaba.
Marcos se agachó delante de ellos.
—¿Laura y Javier?
La mujer levantó lentamente la cabeza.
—Sí.
—Soy Marcos, del equipo de rescate.
Javier asintió.
—Gracias.
Marcos miró primero a uno y después al otro.
—Vamos a comprobar cómo estáis antes de sacaros de aquí. ¿Alguno está herido?
Laura negó con la cabeza.
—No.
—¿Te duele algo?
—No... solo tengo mucho frío.
Marcos asintió.
—Es normal después de pasar tantas horas aquí. ¿Puedes mover los dedos de las manos?
Laura comenzó a moverlos dentro de los guantes.
—Sí.
—¿Y los pies?
Ella hizo un pequeño gesto afirmativo.
—Sí.
Marcos se volvió hacia Javier.
—¿Y tú?
—Estoy bien.
—¿Estáis mareados?
Javier dudó un instante.
—Un poco.
Uno de los rescatistas se acercó inmediatamente.
—Vamos a comprobarte.
Javier asintió y Marcos volvió a mirar a Laura.
—¿Habéis comido algo?
—Un poco.
—¿Cuándo?
—Anoche.
Marcos frunció ligeramente el ceño.
—¿Y habéis bebido?
—Nos queda agua.
Laura señaló una botella que estaba junto a ella.
Marcos la cogió.
—Bien, muy bien. —La revisó y se la devolvió—. Vamos a ir poco a poco. Primero tenemos que comprobar que podéis caminar y después empezaremos el descenso.
Laura lo miró con cierta preocupación.
—¿Tenemos que caminar?
—Sí, si estáis en condiciones de hacerlo.
—¿Y si no podemos?
—Entonces buscaremos otra solución.
La respuesta pareció tranquilizarla.
Javier miró hacia el exterior del refugio.
—¿Qué tal está el tiempo?
Marcos se volvió ligeramente para mirar la tormenta.
—Peor que cuando salimos.
Laura bajó la mirada.
—Lo siento —sollozó.
Marcos volvió a mirarla.
—¿Por qué?
—Por haber provocado todo esto.
—No habéis provocado nada. Es nuestro trabajo.
—Aun así…
Marcos negó con la cabeza.
—Hicisteis bien al quedaros aquí cuando os disteis cuenta de que estabais desorientados.
Javier respiró profundamente.
—Pensábamos que por la mañana podríamos encontrar el camino, pero qué va… es imposible.
—¿Cómo os desorientasteis?
Javier señaló hacia la ladera.
—Íbamos siguiendo la ruta, pero empezó a nevar muchísimo. Perdimos algunas marcas y creímos que estábamos más abajo de lo que realmente estábamos.
—Intentamos volver sobre nuestros pasos —continuó Laura—, pero cada vez había menos visibilidad.
—¿Y decidisteis venir aquí?
—Sí —respondió Javier—. Vimos las rocas y pensamos que era mejor esperar.
Marcos asintió.
—Fue una buena decisión. Seguir caminando sin saber dónde estabais habría sido mucho más peligroso.
La mujer soltó lentamente el aire y, por primera vez desde que el equipo de rescate había llegado, pareció relajarse un poco.
Marcos se levantó.
—Vamos a prepararos para salir.
Uno de los rescatistas sacó material de la mochila y otro comprobó el estado de ambos.
Olivia observaba desde unos metros más atrás, con la cámara preparada.
La imagen de aquella pareja sentada bajo las mantas, agotada y rodeada de nieve, era muy diferente de todo lo que habían grabado hasta entonces.
Aquello no era un entrenamiento ni una demostración. Era un rescate real.
Marcos se volvió hacia ella.
—¿Todo bien?
Olivia asintió.
—Sí.
—Graba solo cuando puedas hacerlo sin interferir —le pidió.
—Lo haré.
Marcos volvió con Laura y Javier.
—Vamos a sacaros de aquí.
Mientras los rescatistas comenzaban a ayudarles a ponerse en pie, Olivia encendió la cámara y empezó a grabar.
Había conseguido exactamente la imagen que necesitaba para el documental, pero todavía quedaba algo mucho más complicado: el regreso.
Marcos miró hacia fuera, donde la nieve caía cada vez con más fuerza.
—Tenemos que volver.
Uno de sus compañeros miró el cielo.
—El tiempo está empeorando rápido.
Marcos asintió.
—Sí, ya lo veo.
Ayudaron a la pareja a prepararse.
La mujer se puso la mochila y el hombre se ajustó la chaqueta mientras los rescatistas se colocaron alrededor de ellos.
Olivia guardó la cámara y se ajustó bien la mochila.
Marcos comprobó que todos estuvieran preparados.
—Nos vamos.
El grupo comenzó a descender por la ladera mientras la nieve caía con más fuerza a cada minuto.