9 #2
Olivia apenas pudo mantener los ojos abiertos.
—¡Parad! —ordenó Marcos.
Todos se detuvieron y los rescatistas se agruparon instintivamente.
Olivia bajó la cámara y la protegió contra su cuerpo.
La nieve golpeaba la chaqueta con fuerza.
Durante unos segundos fue imposible distinguir con claridad lo que había unos metros por delante.
Marcos comprobó que todos estuvieran juntos.
—¿Todo el mundo bien?
—Sí —gritaron todos al unísono.
Marcos miró hacia delante y esperaron hasta que el viento disminuyó ligeramente.
—Vamos a esperar otro minuto.
Nadie discutió. Olivia respiró profundamente. El frío se había colado hasta el interior de los guantes.
Poco después, volvieron a ponerse en marcha.
Unos cientos de metros más adelante, uno de los rescatistas se agachó.
—Aquí.
Marcos se acercó.
—¿Qué tienes?
El hombre señaló la nieve. Había una huella perfectamente marcada junto a un grupo de arbustos.
—Está bastante cubierta, pero parece reciente.
Marcos se agachó y observó la suela, después miró hacia el terreno.
—¿Coincide con lo que nos dijeron?
—Podría.
Otro rescatista se acercó.
—Hay otra.
Unos metros más adelante aparecía una segunda huella y después una tercera. El rastro se internaba hacia la ladera.
Marcos se incorporó.
—Vamos por aquí.
Olivia grabó el momento.
Las huellas eran casi imperceptibles y, sin embargo, para ellos podían significar la diferencia entre seguir buscando a ciegas y saber exactamente hacia dónde dirigirse.
El grupo abandonó definitivamente la pista y ahora avanzaban entre los árboles, siguiendo el rastro.
La nieve era más profunda y, en algunos puntos, llegaba por encima de las botas.
Marcos iba delante, comprobando el terreno. Cada pocos pasos, consultaba el GPS.
—¿Cuánto nos estamos desviando de la ruta original? —preguntó uno de sus compañeros.
—Unos trescientos metros.
—¿Crees que se han desviado tanto?
Marcos miró las huellas.
—Si perdieron la referencia de la ruta, es posible.
Siguieron avanzando mientras Olivia grababa cuando podía, pero empezaba a darse cuenta de que el trabajo era mucho más lento en aquella zona.
Ya no había un camino claro. Solo nieve, árboles y una serie de huellas que podían desaparecer en cualquier momento.
Marcos volvió a levantar la mano y todos se detuvieron.
Se agachó junto a otra huella y esta vez había algo diferente.
—Aquí han pasado dos personas. —Olivia levantó la cámara y Marcos señaló las marcas—. Dos pares de botas.
Uno de los rescatistas asintió.
—Podrían ser ellos.
Marcos miró hacia la ladera.
—Seguimos el rastro.
Y, por primera vez desde que habían iniciado la búsqueda, Olivia tuvo la sensación de que realmente estaban cerca.
El grupo avanzó durante más de media hora siguiendo las huellas cuando el viento volvió a levantarse. Esta vez llegó acompañado de una ráfaga tan fuerte que la nieve acumulada en las ramas de los árboles salió despedida en una nube blanca, mezclándose con los copos que ya caían del cielo.
—¡Parad! —ordenó Marcos.
Todos se detuvieron inmediatamente.
Olivia bajó la cámara y la protegió contra el pecho. Durante unos segundos, la visibilidad se redujo prácticamente a la nada. La nieve golpeaba sus rostros y el viento silbaba entre los árboles.
Marcos comprobó que todos estuvieran juntos.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Todos?
Los demás respondieron afirmativamente.
Marcos miró hacia delante y esperó.
Olivia permaneció quieta, intentando distinguir algo a través de la cortina de nieve.
Aquello ya no se parecía a la nevada tranquila que habían visto desde el pueblo.
El viento volvió a soplar y Marcos hizo una señal.
—Nos quedamos aquí hasta que pase.
Nadie discutió.
Pasaron unos diez minutos y, poco a poco, la intensidad de la nevada disminuyó. Los árboles volvieron a distinguirse y la montaña recuperó algo de visibilidad.
Marcos consultó el GPS.
—Seguimos.
El grupo retomó la marcha, esta vez más despacio.
Las huellas que habían encontrado antes estaban desapareciendo bajo la nueva capa de nieve, así que los rescatistas tuvieron que buscarlas continuamente.
Uno de ellos señaló el suelo.
—Aquí. —Había otra huella—. Siguen hacia arriba.
Marcos observó la pendiente.
—Vamos.
La inclinación aumentaba y la nieve llegaba más arriba de las botas.
Los rescatistas avanzaban con cuidado, utilizando sus bastones para comprobar el terreno antes de apoyar el peso.
Olivia seguía detrás de Sergio y Paula y, de vez en cuando, levantaba la cámara para grabar.
El grupo continuó durante varios minutos, hasta que uno de los rescatistas levantó una mano.
—Esperad.
Se agachó junto a un pequeño montículo de nieve y apartó cuidadosamente algunos centímetros de esta.
—Aquí hay algo.
Marcos se acercó.
—¿Qué es?
El hombre siguió apartando nieve y apareció un objeto oscuro.
—Un guante.
Marcos lo sostuvo entre las manos.
—¿Puede ser de ellos?
—El color coincide con la descripción.
Otro de los rescatistas consultó sus notas.
—Uno de ellos llevaba guantes negros.
Marcos observó el objeto.
—Probablemente sí.
Olivia levantó la cámara.
Grabó el momento en que Marcos mostraba el guante al resto del equipo.
No dijo nada, no quería romper la concentración.
Marcos miró alrededor.
—Están cerca.
Uno de los compañeros señaló la pendiente.
—Si han perdido esto aquí, probablemente hayan seguido por esa zona.
Marcos consultó el GPS.
—La última señal estaba más arriba.
Levantó la mirada hacia una formación rocosa que apenas podía distinguirse entre la nieve.
—¿Ves aquello?
—Sí.
—Podrían haberse refugiado ahí.
Olivia siguió la dirección de su mirada. Apenas podía distinguir la roca.
El viento volvió a levantarse, aunque esta vez no con tanta fuerza.
Marcos guardó el guante en una bolsa de evidencia e inició la marcha.
—Seguimos hacia allí.
El grupo volvió a avanzar y, unos minutos después, otro de los rescatistas recibió una señal en el teléfono.
—El teléfono vuelve a estar operativo. Voy a intentar llamar. —Pulso el número y esperó—. ¿Hola? —Todos permanecieron en silencio—. ¿Hola? ¿Me escucháis?
Durante unos segundos, no se oyó nada.
Entonces llegó un sonido muy débil, como una voz.
El rescatista abrió los ojos.
—¿Sois vosotros? —La comunicación se cortó y miró la pantalla—. Se ha vuelto a perder.
Marcos se acercó.
—¿Has oído algo?
—Sí, una voz, pero muy débil.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Marcos miró hacia la formación rocosa y después al GPS.
—Están ahí arriba.
Uno de los rescatistas asintió.
—Vamos.
Marcos hizo una señal para que continuaran y Olivia ajustó la cámara.
El viento seguía aumentando y la nieve comenzaba a caer con mayor intensidad, pero ahora tenían una dirección y, después de horas de búsqueda, por primera vez sabían que la pareja estaba realmente cerca.
El grupo continuó ascendiendo, siguiendo las huellas.
La pista que habían encontrado era cada vez más evidente, aunque la nieve empezaba a cubrirla con rapidez. En algunos tramos podían distinguir dos pares de pisadas y, unos metros después, desaparecían por completo, obligándolos a detenerse para localizar de nuevo el rastro.
El terreno también había cambiado. Ya no caminaban por la pista forestal.
Ahora avanzaban por una zona de bosque más cerrado, con una pendiente que obligaba a caminar con cuidado.
Las ramas de los árboles estaban cargadas de nieve y, de vez en cuando, alguna ráfaga hacía que una pequeña avalancha de polvo blanco cayese sobre ellos.
Olivia mantenía la cámara protegida bajo la capa impermeable.
Había conseguido grabar bastante material, pero cada vez resultaba más complicado mantenerla fuera.
Olivia levantó la cámara y grabó unos segundos, pero el viento aumentó de nuevo y tuvo que bajarla inmediatamente.
La nieve empezó a caer con más intensidad.
—Esto se está poniendo feo —murmuró Sergio.
Paula se ajustó la capucha.
—Y todavía tenemos que volver.
La montaña parecía haber cambiado en cuestión de minutos. La visibilidad se reducía poco a poco y las cumbres habían desaparecido por completo detrás de una cortina blanca.
Marcos consultó el reloj y después miró hacia la formación rocosa.
—No podemos entretenernos.
—¿Seguimos? —preguntó uno de sus compañeros.
—Sí. —Marcos miró hacia la formación rocosa—. Tiene que ser allí.
Uno de los rescatistas señaló algo.
—¿Habéis visto eso?
Todos miraron en la misma dirección.
Entre la nieve y los árboles se distinguía una pequeña zona oscura en la roca. No parecía una cueva grande, apenas un hueco, un abrigo natural entre las piedras.
Marcos avanzó unos metros y se detuvo.
—¡Laura! ¡Javier! —Su voz se extendió por la montaña y todos guardaron silencio.
Marcos volvió a llamar—. ¡Laura! ¡Javier! ¡Somos el equipo de rescate!
Esta vez llegó algo desde la distancia, una voz muy débil.
—¡Aquí!
Olivia abrió los ojos y Sergio la miró.
—Los han encontrado.
Marcos levantó una mano.
—¡No os mováis! ¡Vamos hacia vosotros!
El grupo aceleró todo lo que permitía el terreno.
Olivia guardó la cámara durante unos segundos y siguió a los rescatistas.
Ya no necesitaba grabar. Quería llegar.
Cuando estuvieron a pocos metros del refugio, distinguieron a dos personas sentadas en el interior: una mujer y un hombre.
El hueco entre las rocas era más pequeño de lo que Olivia había imaginado.
No podía considerarse una cueva propiamente dicha, sino un refugio natural formado por dos grandes paredes de piedra que se inclinaban ligeramente hacia dentro y protegían una pequeña zona del viento y de la nieve.
Aun así, después de pasar allí toda la noche, resultaba evidente que aquel lugar les había protegido de quedar completamente expuestos al temporal.
Laura y Javier estaban sentados en el suelo, apoyados contra la pared rocosa del fondo.